Cacho Marzocca y un milagro de San Silverio

   

 

El mar está calmo pero siempre está el temor que se desaten tormentas y tempestades y entonces se dan cuenta que están sobre una cáscara de nuez:

Cacho Marzocca

Fue una tormenta acompañada por un tornado. Justo agarramos la línea del tornado en el lugar donde estaban fondeadas las cuatro embarcaciones les tocó que el tornado les dio vuelta campana la lancha, cuatro tripulantes alcanzaron a zambullirse al agua y el otro socio y Cacho quedaron encerrados en la bodega, unos veinte a treinta minutos. La lancha quedó dada vuelta flotando sobre cubierta. Se había formado una cámara de aire y la embarcación se iba hundiendo muy despacio. Pensaban que no iban a poder salir más, comenzaron a invocar al santo, ante el peligro de morir encerrados como ratas y ahogados tuvieron la suerte, según Cacho, y el milagro del santo protector que tienen los pescadores, ante los ruegos “San Silverio, ayudame…!!”, “¡San Silverio, ayudame…!!” y agrega vehementemente,  “¡¡El Santo Protector nuestro es SAN SILVERIO!!!”

San Silverio vino a los barcos, bajó de ellos, junto a las valijas, los recuerdos, sueños y tristezas de los inmigrantes pescadores italianos.

En un principio pensábamos que la boca escotilla estaba obstruida por algo ahí y que no teníamos salida y de repente, en la oscuridad, Cacho mete la mano y encuentra  un hueco y le dice al otro muchacho: “Mirá, yo voy a tratar de salir a la superficie”. Se zambulle, quiere nadar para un lado y se encuentra con que tocaba con lo que esta baranda (y señala a la tablilla de alrededor de cubierta).

Al llegar arriba se encuentra con un temporal de viento, lluvia y granizo. La persona que tenía a su cargo despachar la embarcación estaba tomada del timón, es decir la hélice de la lancha, y en el otro brazo tenía al cuñadito, el hermano de la mujer de Cacho, que era su socio de trabajo también, que se había desvanecido a raíz de la granizada que caía.

El que estaba abajo, se encontraba soportando la mezcla del gasoil con el agua. Con el torso desnudo y sólo vestido con un pantaloncito corto y por lo tanto totalmente embadurnado por el combustible. Lo esperaban de un lado de la lancha pero apareció por el otro. La tormenta profusa de relámpagos y truenos, lo iluminaron cuando la tormenta se lo llevaba, al tiempo que vimos las señas de pedido de ayuda que nos hacía.

Fueron con una canoa, pero era tal la cantidad de gasoil que se adhería a su cuerpo que los intentos de asirlo, resbalaban. Por suerte, tenía una abundante cabellera que les sirvió para sujetarlo y poder tomarlo por debajo de las axilas para subirlo al bote.

Se pudo reflotar la lancha y volver a puerto sin consecuencias mayores y acota Cacho Marzocca: “Y yo siempre digo que esos son los milagros de ese famosito Santo que es San Silverio…

(Basado en “Cacho el pescador de White” de la Serie “Esas Pequeñas Cosas” de Néstor Machiavelli – fragmento)

Nació dos veces

Habían huido de Rusia, expulsado y huyendo de la guerras continuas, la miseria y la persecución contra los judíos. Tuvieron que cambiarse el apellido para esconder su origen judío y cruzar prácticamente toda Europa, para emigrar hacia la Argentina.

Eran una joven pareja que esperaban con ansiedad los nuevos horizontes que aparecían en este nuevo mundo, que les ofrecía trabajo.  Era todo lo que pretendían. Trabajo. Imaginaban el resto soñaba llegaría por añadidura. Y aunque las cosas no le fueron tan fáciles, podían trabajar y alimentarse, dejando atrás, entre las añoranzas de la patria lejana, los días de miseria, cuando sólo podían comer raíces de plantas que venían minando sus organismos de diversas patologías debidas a la subalimentación.

El joven emigrado comenzó a trabajar casi inmediatamente en la ruda tarea de construcción de los elevadores de chapa que llevaba a cabo del Ferrocarril del Sud. Largas y agotadoras jornadas con muy poca paga.

Y lo que fue una perspectiva en un principio, se transformó  en una explotación a los obreros.  Hubo tímidas presentaciones para mejorar el salario que fue correspondido con amenazas de despido y más ajustes. Y ante el nuevo panorama, la huelga. Las reuniones que no estaban autorizadas por ley y finalmente la represión cobarde con disparos de fusil sobre los asistentes a la asamblea de obreros. Obreros  y transeúntes  desprevenidos fueron alcanzados por las descargas de la marina, al mando del coronel Astorga.

Con el tiempo, fueron alternándose los trabajos y aunque la patronal con el respaldo de las autoridades. Los obreros no tenían ningún derecho y sólo la obligación de obedecer.

El matrimonio ucraniano se había completado con dos hijos y la vida continuaba con las carencias de siempre.

Les llegó una propuesta, trabajar en un campo de la zona, donde deberían realizar las tareas de sembrado, atención y cosechado de los productos a cambio de techo y comida. Y remuneraciones de acuerdo a lo producido por la fracción de explotación a su cargo.

Hubo una primera temporada que trabajaron duramente y con el acompañamiento del buen  tiempo  la cosecha fue bastante favorable. Sólo que a la hora de hacer los números para que les pagaran, fue exigua la parte que les quedó a la familia.

Pero, se dijeron, es mejor poco que nada. Claro la situación no daba resquicios por donde poder mejorar.

Las temporadas siguientes fueron magras en sus rendimientos y tuvieron el correlato de menores pagos, pero sin vestigios de poder incrementarse. Hubo sequías, incendios y otras pestes. Y las consecuencias comenzaron a menguar la ya magra alimentación que les proporcionaban cada vez las entregas eran más espaciadas.

Pero las vicisitudes, parecían no tener fin para los ucranianos.

Dice Felipe Pigna, de ese momento: “No fue de golpe sino de a poco, sin prisa pero sin pausa como la gente se fue quedando sin trabajo. El discurso oficial hablaba de una grave crisis económica frente a la cual había que ajustarse el cinturón y estaba claro a qué cinturas iba a afectar el nuevo ´ajuste´. Algunos hipócritas buscaban como siempre transformar a las víctimas en victimarios y pretendían socializar las culpas para que los verdaderos culpables mantuvieran intacta su proverbial impunidad”

    Al perro flaco no le faltan pulgas, dice un refrán.  Y parece que es cierto a las desventuras de la clase trabajadora, explotada y sojuzgada, convergieron la crisis de 1930 de Wall Street, en Estados Unidos,  y la quiebra institucional, con la revolución de septiembre del mismo año.

Y Felipe Pigna,  transcribe, declaraciones orgullosas del entonces Ministro de Hacienda:   Alrededor de 20.000 personas han sido separadas de sus puestos por razones de economía en los distintos ministerios, sin contar las reparticiones autónomas en las que las cesantías fueron también apreciables, como el Consejo Nacional de Educación con 14.000. Había sido posible llevar mucho más lejos esta cifra. Pero es evidente que en los momentos actuales la aplicación de esta idea hubiese traído consigo serias perturbaciones sociales que deben evitarse a toda costa”

Y el historiador Pigna, no sigue contando el panorama: “Los países centrales trasladaron los efectos negativos de la crisis hacia los periféricos como la Argentina. Ellos fijaban los precios de nuestros productos y decidieron bajarlos considerablemente. Los pequeños productores, que habían tomado préstamos hipotecarios para sembrar y pensaban pagarlos con el producto de las cosechas, pronto advirtieron que por la rebaja unilateral de precios impuesta por EE.UU. y Gran Bretaña, para ganar lo mismo tenían que producir y vender un 40% más y absorber los costos que ello implicaba. La mayoría no pudo afrontar su situación, sus campos fueron ejecutados y apropiados por los bancos y tuvieron que dejar el campo en busca de oportunidades económicas. Peor aún sería la situación de los peones de estos campos, familias enteras que comienzan a migrar hacia las ciudades expulsadas por el hambre”.

El gobierno de Uriburu, no tomó ninguna medida, para que las consecuencias de todos estos factores negativos, llegaran a los que menos tenían y entonces todas las variantes, de por si negativas, acentuaron el desempleo, la miseria y la proliferación de barrios de emergencia, en los suburbios de las ciudades más importantes del país.

El mal aspecto que daban esas  villas miseria determinó que el general Justo, que sucedió al sedicioso Uriburu, los desalojara despiadadamente de la Capital Federal.

Un censo oficial determina que los desocupados ascendían en el  país a cerca de 400.000 personas pero según Scalabrini Ortiz la cifra superaba los tres millones

Se produce  una fuerte rebaja de salarios  y se recortan las condiciones de trabajo, aumentándose la jornada de trabajo, por el déficit del  Estado, pero se cancelan puntualmente las amortizaciones de los préstamos internacionales.

Estas conclusiones que corresponden al mismo trabajo del historiador Pigna,  concluye que, en la revisación para el ingreso al servicio militar obligatorio, en ciertas zonas del país con bolsones de pobreza, miseria y desocupación, son rechazados el 65% “por debilidad constitucional, falta de peso, de talla o de capacidad torácica”.

Volviendo al matrimonio ucraniano, la crisis se acentuaba y el ajuste llegaba hasta la mesa de cada día. Tenían, obstante la palabra del dueño de las parcela que cultivaban, de mantenerlos, en el predio, por un tiempo más para esperar que la situación mejoraba, siempre que se atuvieran a lo que les fueran recortando si el momento lo requería.

El matrimonio sueña con un futuro mejor, mientras sobrevive al momento que estaba sufriendo.  Una mañana la mujer le anuncia a su pareja que está nuevamente embarazada. El amor entre ambos se consolidaba en hijos que, llegaban a un mundo tremendamente hostil, para procurar una vida más llevadera. Todo era felicidad. El magro alimento de ese día sabía a manjar de los dioses, por la noticia de ese día. Hasta el clima de ese verano parecía poner un marco de luz, a tanto infortunio.

Pero…

Cuando se enteró el patrón de las tierras, volvió a raptarlos del cielo que el advenimiento del hijo había creado, a la impiadosa realidad donde se hallaban encadenados.

El patrón, desalmadamente, les ordenó interrumpir ese embarazo,  porque  él “no iba a alimentar una boca más”. Hasta el sol que un momento antes los acariciaba, parecía quemarles como si estuvieran en el infierno.  Hubo reproches,  algún “usted no puede hacernos eso” y respuestas crueles “Prueben tener a ese chico y van a ver como los echo de aquí inmediatamente”.  Llantos. Gritos “No puede pedirnos que matemos a nuestro hijo”  y un lapidario: “están a tiempo, sino se van a morir de hambre ustedes y sus dos hijos”.

Las horas, morosas y pesadas siguieron pasando y como la gota de agua que horada la roca, la voluntad se fue debilitando de tal suerte que la joven embarazada  quedó sola desesperada , desconsolada e impotente ante lo que se iba tornando inevitable.

No pasaron muchos días, una mañana gris  febrero,  subieron a un sulky  a la mujer, que se había transformado en un amorfo y abatido ser, sin voluntad, sin ganas de vivir. Sólo se podía comprobar que estaba viva, por el débil movimiento de su respiración.

Se habían realizado los contactos con el Hospital Policlínico y desde la zona allí se dirigía para cumplir con la orden del patrón, interrumpir el embarazo.

Cuando  estaban llegando a la ciudad, en un paso a nivel sin barreras, un tren quien conducía el sulky no advirtió, casi los atropella. El maquinista que había intuido ese descuido, comenzó, impedido de poder detener  la formación de vagones, a hacer sonar, desesperadamente, el silbato de la locomotora y se pudo desviar, a escasos centímetros de la vía el carruaje, y los vagones,  pasaron ruidosamente, aturdiendo a todos, pero despertando a la mujer, que de una masa inanimada, se transformó en una loba incontrolable defendiendo a su cría. Y estremecida de una fuerza inusitada, les gritó a los demás: “A mi hijo no me lo quitan”.

El viaje de retorno fue un  concierto silencioso de los acompañantes, como respetando los sollozos incontenibles de la mujer.

La amenaza patronal incumplida, tuvo el castigo de expulsión prometido. Una semana después los cuatro integrantes de la familia, con sus escasas  pertenencias, estaban esperando el tren en la estación del ferrocarril. Habían llegado mucho antes, porque no tenían donde ir.

De pronto,  el auxiliar de la estación, llamó al muchacho y le dijo que sabía que en el partido de Villarino, podrían estar necesitando gente para  un establecimiento que  explotaba el cultivo de ajos.

El telégrafo, través del cual hizo una consulta, le devolvió una noticia alentadora. Desde el lugar le habían tomado las referencias personales y les decían que viajaran cuanto antes, que lo iban a emplear.

Aquella expresión por la cual se dice que “los bebés nacen con un pan debajo de brazo” – que naciera para ejemplificar que un hijo varón llega con manos para el trabajo, es decir para incrementar los ingresos de la familia que lo trae al mundo – se dio por partida doble. La familia no sólo mejoró en ese momento, sino que se fue acentuando con el correr del tiempo.

Aquella criatura que dio origen a esta historia, en homenaje a su madre, dice que él nació dos veces, el día que figura en su documento y  aquel, en que su mamá, impidió que interrumpieran su embarazo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cancha brillante

 

 por Douglas Javier León

(Publicado por “La Nueva Provincia”, el 26 de septiembre de 2012, en el Suplemento dedicado al 127° Aniversario de Ingeniero White)

Goyén; Clausen, Villaverde, Trossero, Enrique, Giusti, Marangoni; Bochini, Burruchaga; Percudani y Barberón. Quién pudiera jugar como ellos, entenderse como ellos. Ser uno más… ¡Y zas! Mi viejo me trae una camiseta roja. No tiene ninguna inscripción pero es de Independiente. Me la pongo enseguida y con seis años salgo a jugar a la vereda con el pecho inflado. Me animo a tirar gambetas que no había tirado, voy a buscar paredes posibles y meto pases que si los defensores calzaran más, seguro que los cortan.

Es una tarde de verano. Mi mamá me dice que duerma la siesta. Le hago caso y después de tomar el té, vamos a la cancha que está abajo del Puente La Niña, a metros del puerto, entre el Bulevar e Ingeniero White, la de los scouts de la Pilling. Ahí se juega el baby fútbol más importante y antiguo de Bahía Blanca.

Llego de la mano de mis viejos. Camino ligero y emocionado hasta entrar en los vestuarios del cuartel y me encuentro con los pibes de la cuadra. “Voy a jugar en serio”, pienso. “Soy un jugador más, como Bochini”, así pensé.

Por una ventana veo que se encienden las luces de la cancha, que la gente llena los costados, escucho por los parlantes como empieza a salir música, que “Tucho” Ursino, el jefe de los scouts, anuncia que entre los partidos de la fecha jugarán Las Colonias y Juventud Unida.

El grito de Gaite, el director técnico, me devuelve al vestuario. Nos explica que hacer en la defensa, en el mediocampo y en el ataque pero no me mira, agarra una bolsa negra y empieza a repartir unas camisetas azules. Espero la 10 pero me tira un buzo naranja enorme, con la 12 en la espalda…

Ya no hay nadie que pueda arreglar semejante injusticia. Salimos del galpón y detrás de la venta de choripanes comenzamos a girar para entrar en calor. Gaite nos acomoda en fila india y cuando “Tucho” anuncia por los parlantes a “Las Colonias” salimos a la cancha con la música del Mundial 78.

La gente nos saluda como estrellas. Miro a mis viejos y siento vergüenza por el 12 en la espalda. Tras levantar los brazos, camino hacia el banco y no imagino cómo salir de semejante angustia.

El partido empieza, y termina el primer tiempo. Así es, creo que no pasó nada. Estoy tan enojado que no veo nada. En el vestuario pongo cara que siempre pongo para que mis viejos sepan que estoy enojado. Gaite me dice, “´Cabeza de choclo´, vas al arco”.

Ahora estoy asustado. Escucho el silbato llamando al segundo tiempo y me dan gans de ir al baño. “Ahora no”, dice Gaite. Salgo a la cancha y miro a mis viejos, también a mi hermano Walter que se puso detrás del arco.

Arranca el partido y no me llega ninguna pelota. Sólo la voy a buscar cuando sale de la cancha. De pronto, justo cuando se escuchó un estruendo de la turbina de la Termoeléctrica Luis Piedrabuena…¡penal! ¡penal para Las Colonias! Y mi hermano no duda: “Anda vos Ruso, andá vos”. Gaite escucha el grito y me hace una seña que lo pateara.

Todo el estadio me mira y comienzo a mover las piernas temblorosas. En la carrera veo a mis vecinos y sigo corriendo, a otros amigos de la cuadra y sigo corriendo, a la chica más linda y sigo corriendo, a mis viejos y sigo corriendo, a mi hermano y sigo corriendo, a la pelota quieta en el punto del penal y sigo corriendo… y puntinazo y ¡goooooooolll!

Ése y otros tantos goles siguen retumbando por ahí. El campeonato se mudó a otra cancha, donde el olor a puerto ya no se siente tanto y donde no hay cabarets al lado.

La cancha de los scouts, de debajo de puente, pasó a manos de la Municipalidad. Se la hirió cuando les robaron las redes, se la siguió lastimando cuando se le quitó el alambrado perimetral y se la dejó irreconocible al sacarle los arcos…

Pero esa cancha era un potrero y los pibes improvisaban arcos con piedras y buzos y remeras, hasta que el último haz de vida le fue arrebatado. Como a un toro el estoque de un mataor, se le enterró una columna de alumbrado público justo  en el punto donde empezaban los partidos.

Pasaron casi 30 años de aquel penal. Ya los pibes no juegan ahí. Pero de una cosa estoy seguro, esa columna jamás brillará como el pasado de la canchita de los scouts.

¡Muchas gracias, Douglas Javier!!

 

El Señor Piropo

(Primer premio Concurso de cuentos en Centro Cultural San Isidro)

Pareció aletargarse en la indiferencia de realidades menos líricas. Ante los avances tecnológicos y la renuente capacidad de querer y desquererse, de amarse en un momento para odiarse en la hora posterior, prefirió acallarse, volverse hacia sí mismo, pero no pudieron eliminar su profunda convicción, aunque si su cotidiana vigencia.
Hubo un momento en tiempos no demasiados remotos, que del piropo, esa adulación especialmente masculina, fuimos testigos de lo que podríamos llamar su materialización o continente corpóreo…
Era de edad indefinida. Su cabellera revuelta, ensortijada y desprolija, cubría, desde el borde del sombrero negro, la preocupación de su frente. Vestía siempre igual, pantalones marrones con rayitas blancas, un saco del mismo tono, con dibujos príncipe de Gales, una corbata voladora que le daba entidad de poeta, a veces cubierta por una bufanda, negligentemente atada al cuello, pretendiendo ser abrigo cuando la temperatura bajaba. En la solapa, inalterablemente una flor, que variaba según la época, siendo un nardo o un jazmín en noviembre, un clavel, un pimpollo de rosa o una azucena en primavera.
Y como si estuviera de imaginaria, siempre en la misma esquina, rumiaba las flores que en forma de piropos dedicaba, cada día, a las chicas que transitaban el paseo de la tarde, tal vez en el mandado inventado hacia el mercado, buscando el zapatito para el baile del fin de semana, finalizando la clase de música o de corte y confección o simplemente, para tomar un helado, de los que artesanalmente hacía el Petiso Fontán, en el bar Curacó.
Tenía para cada una de las muchachas vespertinas, la palabra galana, en una insospechada relación con el piropo del día anterior, como elaborando un madrigal por entregas diarias; quitándose el sombrero, reverencialmente, y recibiendo complacidas sonrisas agradecidas.
Las chicas, por supuesto, esperaban el halago de esa ofrenda diaria, que era siempre nueva, cada vez más inspirada, permanentemente amable.
Los muchachos, en tanto, lo admirábamos con una sana envidia, por esa inspiración inacabable, por sus ademanes y gestos, que se acentuaban en la calidez de la caricia hecha piropo.
El paseo dominical desde la entrada a la estación, por el amplio veredón contiguo al ferrocarril que desembocaba en la pavimentada que nos acercaba directamente al muelle en el borde el mar, reunía toda la juventud en ese recorrido social entre las mejores pilchas, los esperados saludos y las sonrisas y miradas llenas de promesas que flotaban en el atardecer, algunas con acercamientos amorosos duraderos y otras diluidas en el tiempo.
Los piropos y su cultor cambiaban su lugar y estratégicamente ubicado, volcaba los pétalos de su admiración por las niñas engalanadas con la ansiedad de su adolescencia.
Entonces cuidaba más que nunca de estar, porque se sabía esperado. Tal vez para alimentarse con las sonrisas que le devolvían las destinatarias de sus requiebros galantes e inspirados.
Cuidaba, intuía o sabía, que a determinadas muchachas, estaba vedado dedicarle sus cumplidos, porque esperaban a sus novios y jamás pretendió ser un factor de discordia por una galanura suya a alguna niña ligada a un compromiso amoroso.
Alguna vez, entendiendo la exclusión de esas damas, aparecía en el paseo, con un gran ramo de flores que iba obsequiando a todas las damas paseantes, agregando el piropo correspondiente, cuando sabía que su gentileza no molestaba ni comprometía a la destinataria.
Respetaba los momentos de recogimiento en las misas, a las que concurría, para rezar profundamente conmovido en los últimos sitios del templo.
En las procesiones de San Silverio, Patrono de los pescadores locales, repetía esa actitud de profunda fe religiosa.
Las circunstancias que el transcurrir del tiempo, dejó en este pueblo, como en otros, hizo que la realidad social borrara los atardeceres en las esquinas, los helados del petiso Fontán junto a un montón de cosas que variaron su fisonomía, transformando a sus habitantes en ilustres desconocidos.
Los memoriosos dicen que volvieron a ver al vate piropeador, con su trajinado sombrero en una mano, su deshilachado mechón encanecido, sin su corbata voladora, sobre una camisa que fue blanca, donde sólo florecía el clavel rojo como sangre en la solapa desgarrada. Los avatares del frío, en sus cuerdas vocales, trocaron ininteligibles y sus piropos parecieron desaparecer en una profunda ronquera.
Imperturbable en su prosapia poética, ofrecía pequeñas tarjetitas escritas a mano, ausente las flores pero con el piropo de turno, alimentado por las sonrisas y por las escasas monedas, que caían en su desvaído sombrero amarronado de tiempo y desesperanza.
Un invierno cuando inadvertidamente desapareció, se fueron con él las mariposas tan amigas de las flores y nadie supo desde qué nube, lloró la llovizna de la siguiente primavera que marchitó capullos en la inútil espera al Señor de los piropos…

 

En la playa ferroviaria de Ingeniero White

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En la segunda parte de la década de los años 50, el personal de cambistas había gestionado y logrado la provisión de elementos de protección, consistentes en capas para lluvia, guantes y botas de goma, indispensables, especialmente en la época invernal, por las continuas lluvias y la humedad acumulada en el pasto que crecía dentro de la trocha y en los senderos entre las distintas vías.

Los apuntadores en playa por su parte, carecían de algunas de esas protecciones, lo que determinaba que en cada salida a tomar los trenes que arribaban o habían sido formados para su oportuna salida, los compañeros volvieran con el calzado y parte del pantalón completamente empapados.

Con integrantes de la comisión de reclamos, con  Eduardo Lalaurette a la cabeza, decidimos comenzar reclamos a la empresa de EFEA. En la Unión Ferroviaria,  seccional Ingeniero White, recibimos el asesoramiento y apoyo incondicional del compañero Enrique Acevedo.

Tipiado de esténcils  y mimiógrafo sin cesar llenaron varias de nuestras tardes, en la confección de circulares a compañeros de otros lugares el Ferrocarril Roca. A poco todas las partes que sufrían en mismo problemas, estaban notificadas de nuestra gestión  y con ello logramos un importante avance.

Las primeras respuestas de la  superioridad, por supuesto, fueron negativas. Hubo reuniones, sin resultados y comenzaron las medidas que se habían previsto.

En presencia de lluvias, fuera un chubasco o una tormenta o cuando la noche dejaba gotas de rocío en el pasto, ningún apuntador salía a realizar su labor. Por su parte otros compañeros que realizaban censos diarios del material rodante, también suspendía su trabajo y se paralizaba tanto la entrada y salida de trenes de carga como la información estadística que necesitaban las oficinas comerciales y de control para su ordenamiento regional.

16864406_1796114974044212_6004857595784400880_nSe intentó minimizar el impacto de la “medida de fuerza” reemplazando al personal actuante con funcionarios de jerarquía, que pretendieron suplir la emergencia. Un detalle importante, ese personal que llegaba a debilitar el impacto de la medida, llegaba vestido con botas de gomas, trajes y sombreros para lluvia, lo que fue determinante como argumento en las reuniones posteriores, como otro de los argumentos que inclinaron la resolución a favor de los apuntadores  en playa.

Poco tiempo después los reemplazos en ese trabajo, provocaron incertidumbre en la eficiencia del servicio ferroviario de cargas y dejaron en claro la realidad y justicia del pedido hasta desde los propios testimonios de aquellos que llegaron a desactivar el reclamo.

De esta manera los apuntadores en playa y todos los que desarrollaban actividades similares en el Ferrocarril Roca, tuvieron los elementos de protección personal, para asegurar no sólo la seguridad y salud personal, sino como un símbolo de la unidad gremial y la identidad ferroviaria.

Las manos del rompehuelgas

(Hacer click para escuchar la versión de este poema de Miguel Otero Silva)

Manos torpes y manchadas
las manos del rompehuelgas
manos que cuando trabajan
traicionan, manos arteras,
cuyo sudor no enaltece
sino que ultrajan lo que crean.
Son las manos mas infames
las manos del rompehuelgas.
Ni las del enterrador
sucias de muerte y tierra
porque el mismo enterrador
tiene las manos honestas,
no hay otras manos más viles
como las del rompehuelgas.

Ni las manos del verdugo
oscuras de sangre ajena
ni las manos que en las carceles
manchan negras cadenas.
No hay manos que agravien tanto
como las del rompehuelgas.


Manos que cuando se alquilan,
alquilan su honor con ellas
podrido fango en las uñas
y sangre verde en las venas,
surcadas de maldiciones
las manos del rompehuelgas.

Oí decir a un anciano,
obrero de voz abuela,
mientras mostraba las manos
arrugadas de faenas,
Prefiero las manos mancas
que manos de un rompehuelgas.

El poema es del escritor venezolano Miguel Otero Silva y pertenece a su libro Agua y Cauce, poemas revolucionarios, de 1937 erróneamente se atribuyó al chileno Pablo Neruda.

Muchas gracias, Nestor “Cacho” Alende.

 

 

El “explique”

16422469_762310320598080_2533389928574114910_oPermítame que lo ubique;
los que fuimos ferroviarios
supimos de un formulario
que le llamaban “Explique”.

En él pedían que indique
desvíos de itinerarios,
o de otros errores varios.
Nos ordenaban: Explique!

Y así, según la respuesta
que dabas de explicación,
te encajaban por la testa

un llamado de atención,
o terminabas la fiesta
con días de suspensión.

Tino Diez