El Señor Piropo

(Primer premio Concurso de cuentos en Centro Cultural San Isidro)

Pareció aletargarse en la indiferencia de realidades menos líricas. Ante los avances tecnológicos y la renuente capacidad de querer y desquererse, de amarse en un momento para odiarse en la hora posterior, prefirió acallarse, volverse hacia sí mismo, pero no pudieron eliminar su profunda convicción, aunque si su cotidiana vigencia.
Hubo un momento en tiempos no demasiados remotos, que del piropo, esa adulación especialmente masculina, fuimos testigos de lo que podríamos llamar su materialización o continente corpóreo…
Era de edad indefinida. Su cabellera revuelta, ensortijada y desprolija, cubría, desde el borde del sombrero negro, la preocupación de su frente. Vestía siempre igual, pantalones marrones con rayitas blancas, un saco del mismo tono, con dibujos príncipe de Gales, una corbata voladora que le daba entidad de poeta, a veces cubierta por una bufanda, negligentemente atada al cuello, pretendiendo ser abrigo cuando la temperatura bajaba. En la solapa, inalterablemente una flor, que variaba según la época, siendo un nardo o un jazmín en noviembre, un clavel, un pimpollo de rosa o una azucena en primavera.
Y como si estuviera de imaginaria, siempre en la misma esquina, rumiaba las flores que en forma de piropos dedicaba, cada día, a las chicas que transitaban el paseo de la tarde, tal vez en el mandado inventado hacia el mercado, buscando el zapatito para el baile del fin de semana, finalizando la clase de música o de corte y confección o simplemente, para tomar un helado, de los que artesanalmente hacía el Petiso Fontán, en el bar Curacó.
Tenía para cada una de las muchachas vespertinas, la palabra galana, en una insospechada relación con el piropo del día anterior, como elaborando un madrigal por entregas diarias; quitándose el sombrero, reverencialmente, y recibiendo complacidas sonrisas agradecidas.
Las chicas, por supuesto, esperaban el halago de esa ofrenda diaria, que era siempre nueva, cada vez más inspirada, permanentemente amable.
Los muchachos, en tanto, lo admirábamos con una sana envidia, por esa inspiración inacabable, por sus ademanes y gestos, que se acentuaban en la calidez de la caricia hecha piropo.
El paseo dominical desde la entrada a la estación, por el amplio veredón contiguo al ferrocarril que desembocaba en la pavimentada que nos acercaba directamente al muelle en el borde el mar, reunía toda la juventud en ese recorrido social entre las mejores pilchas, los esperados saludos y las sonrisas y miradas llenas de promesas que flotaban en el atardecer, algunas con acercamientos amorosos duraderos y otras diluidas en el tiempo.
Los piropos y su cultor cambiaban su lugar y estratégicamente ubicado, volcaba los pétalos de su admiración por las niñas engalanadas con la ansiedad de su adolescencia.
Entonces cuidaba más que nunca de estar, porque se sabía esperado. Tal vez para alimentarse con las sonrisas que le devolvían las destinatarias de sus requiebros galantes e inspirados.
Cuidaba, intuía o sabía, que a determinadas muchachas, estaba vedado dedicarle sus cumplidos, porque esperaban a sus novios y jamás pretendió ser un factor de discordia por una galanura suya a alguna niña ligada a un compromiso amoroso.
Alguna vez, entendiendo la exclusión de esas damas, aparecía en el paseo, con un gran ramo de flores que iba obsequiando a todas las damas paseantes, agregando el piropo correspondiente, cuando sabía que su gentileza no molestaba ni comprometía a la destinataria.
Respetaba los momentos de recogimiento en las misas, a las que concurría, para rezar profundamente conmovido en los últimos sitios del templo.
En las procesiones de San Silverio, Patrono de los pescadores locales, repetía esa actitud de profunda fe religiosa.
Las circunstancias que el transcurrir del tiempo, dejó en este pueblo, como en otros, hizo que la realidad social borrara los atardeceres en las esquinas, los helados del petiso Fontán junto a un montón de cosas que variaron su fisonomía, transformando a sus habitantes en ilustres desconocidos.
Los memoriosos dicen que volvieron a ver al vate piropeador, con su trajinado sombrero en una mano, su deshilachado mechón encanecido, sin su corbata voladora, sobre una camisa que fue blanca, donde sólo florecía el clavel rojo como sangre en la solapa desgarrada. Los avatares del frío, en sus cuerdas vocales, trocaron ininteligibles y sus piropos parecieron desaparecer en una profunda ronquera.
Imperturbable en su prosapia poética, ofrecía pequeñas tarjetitas escritas a mano, ausente las flores pero con el piropo de turno, alimentado por las sonrisas y por las escasas monedas, que caían en su desvaído sombrero amarronado de tiempo y desesperanza.
Un invierno cuando inadvertidamente desapareció, se fueron con él las mariposas tan amigas de las flores y nadie supo desde qué nube, lloró la llovizna de la siguiente primavera que marchitó capullos en la inútil espera al Señor de los piropos…

 

Anuncios

La mancha del conejo

maxresdefaultEn una comunidad conejera, había un grupo que era lo que se podría denominar clase alta. Era todo cuestión de pelaje. Aquellos grupos de conejos que ostentaban un color uniforme en todos sus integrantes, ocupaban los planos principales dentro de la tribu. Y el color blanco era que se lo consideraba el más chic.
En cierta ocasión, en un nacimiento de estos grupos inmaculadamente blanco, los gazapos alegraron a la pareja de padres conejos. Pero a poco que les fue creciendo el pelaje, surgió el problema. Uno de los conejitos tenía un pequeño triangulo de pelo negro en medio de la frente.
Ante esa afrenta estética, trataron de lavarlo en el arroyo cercano, pensando que sería una mancha circunstancial, pero todo intento resultó infructuoso, y el pequeño conejo fue, poco a poco, apartado – despreciado de su familia original – dada la impureza de su pelaje con esa mancha en la frente.
El pobre conejo, entonces, pastando, comiendo o simplemente queriendo jugar con sus hermanos, era apartado violentamente de los demás impecablemente blancos.
Se acostumbró a andar sólo.
Una mañana estaba comiendo el pasto que crecía entre los durmientes de las vías del ferrocarril, cuando pasó un tren que le rozó, una parte de sus patas traseras, con tanta suerte, que sólo alcanzó a quitarle una porción de pelo, que dejaba al descubierto su piel.
Cuando pasó el susto y se aprestaba a continuar con su comida, surgió la idea. Si hacía las cosas bien, podría ser aceptado por su familia.
Comenzó a pensar cómo hacerlo. Recordaba que por la tarde pasaba otro tren en sentido contrario y se preparó para llevar a la práctica el posible camino de su vuelta a su familia.
Cuando sintió la pitada del tren, se colocó cerca de las vías. Si antes un convoy le había quitado un poco de pelo, bien ahora, cuando le rozara la frente, le quitaría ese estigma de vergüenza.
Todo estaba listo. La emoción – ¿el miedo? – lo hacía estremecer.
La formación de vagones, llegó con su estrépito, de golpes metálicos. Pero al llegar al conejo un hierro inesperado o tal vez una falla en el cálculo del pequeño animal hizo que el paso del tren mutilara su cabeza.
MORALEJA:
Muchos pierden la cabeza por un triangulito de pelo negro.

Tiempos de radioteatro

En un suplemento especial publicado el 1 de agosto de 1998, con motivo de cumplirse cien años de existencia de esa publicación. Bajo el título “Tiempos de radioteatro” en una nota firmada por E.B.S (Esther Beatriz Serruya) expresa: “Este siglo, rico en inventos, aportó de los más importantes en materia de comunicaciones que, pese a otros muchos más complejos y no menos impactantes, mantiene una vigencia indiscutible: La radio. (…)MAMA LU7_3

Pero la oferta actual de las radios en general es bastante diferente de la otros tiempos y otras generaciones. (…) Era algo casi mágico, que permitía, no solo recibir aquella oferta sonora, sino dejar volar la imaginación.
Y entre la variedad de programas que se fueron sumando a la programación de cada día, surgió uno que renovó el asombro, la necesidad de seguirlo y también, como siempre puso alas a la capacidad de soñar, de entusiasmarse o conmoverse: el radioteatro. Sucedáneo del teatro, los autores – algunos de ellos de singular mérito en otros tiempos – lograron cautivar a las audiencias y convocar a renombrados actores y actrices que no vacilaron en aceptar el desafío de utilizar, como único recurso, el sortilegio de la voz.
En Buenos Aires se dieron los primeros pasos y se cimentaron aquellos formidables prestigios, que forman parte hoy de una antología desdibujada por la dinámica del medio. Nuestra ciudad no fue la excepción y comenzó a remontar el tiempo de las historias, las sagas, y las leyendas, a través de compañías radio teatrales que dejaron la huella de su recuerdo, muchas veces entrañable y afectuoso. Quienes le dieron enjundia al radioteatro bahiense a lo largo de muchos años tenían algo común: un entrañable amor por el teatro. (…)
Es casi imposible referirse al género, sin recordar dos nombres que dejaron una impronta, poco menos que inolvidable, para millares de oyentes: Javier Rizzo y Mario Mauret. (en la foto Yolanda Reyes)
Enjuto y chispeante el primero, de presencia robusta y jocunda el segundo, ambos tuvieron en común haber creado a su alrededor una atmósfera de afectos familiares, puesto que los suyos se interesaron y participaron con idénticos fervores de la aventura teatral, matizada muchas veces con la inocultable gracia que los animaba, o con las rispideces de las que hacían gala toda vez que las cosas no salían como ellos deseaban. Eran exigentes y preocupados aquellos ´cabezas de compañía´, que cada viernes salían a desandar caminos desparejos para llevar a los pueblos de la zona las versiones teatrales de sus éxitos de la radio.
Algunos dejaron recuerdos más que vivos en los memoriosos que todavía añoran su media hora con la compañía de Javier Rizzo, a las 15 (N.R.: 15:15) por LU2 Radio Bahía Blanca, o las 16, con la de Mario Mauret, por LU3 Radio del Sur.
Y junto a ellos o paralelamente, otros actores y actrices se sumaron al semillero formado por Pirucha, Piruja, María Elena Rizzo y Valentina de la Cruz, Isabelita Tabarés, Nancy Grey, Ana María Tabarés y Germán Tabarés (el Gordito, como se le decía afectuosamente).
De los años de oro del radioteatro bahiense son los nombres de María del Carmen Torres, recientemente desaparecida en la Capital Federal, Alfredo Robles (N.R.: Sebastián Racedo), que también tuvo su propia compañía en LU3; Roberto Pieri (N.R.: Duillo Pierantoni) que luego ´emigró´ hacia la metrópoli y participó de programas de singular predicamento – ¿quién podrá olvidar su áspero ´Lapicero´ de la insomne calle Corrientes de Roberto Gil, o al profesor de Tarzán (N.R.: Profesor Philander), que encendía la imaginación de chicos y grandes cada día a las 18 por LR4 Radio Splendid y su red de emisoras (N.R.: La filial en Bahía Blanca era LU3)?, Ricardo Soler, Olguita Miranda (N.R.: Olga Cela), Violeta Vilma, Raúl Chanel, Ricardo Iglesias (N.R.: Onofre A. Forgia), Adalberto Norton (N.R.: Víctor Iglesias), Luis Harris, entre otros muchos que fueron parte de un mundo lleno de encanto, de ilusión, de sonrisa o emociones que hicieron vibrar las expectativas de millares de oyentes.(…)JAVIER RIZZO 002 bis
El radioteatro, que evade la imagen, puede jugar con otras instancias, apelando a la capacidad de soñar, imaginar e interesarse de la silenciosa mayoría que siente la radio como un puente que, diariamente, atraviesa con quienes la protagonizan, para hacerse mutua y cálida compañía. E.B.S.”
OTRAS VIVENCIAS:
Además de sus recuerdos en la actividad radial, Olga [Cela] atesora muy buenos momentos de las actuaciones en teatros locales y giras que, cada mes –al finalizar las novelas– se realizaban en la zona.
“El broche de oro era actuar en numerosos escenarios de tantísimas localidades, y hasta en los campos. Nos esperaban con un cholulismo increíble, el mismo que hoy ocurre con las grandes estrellas”, compara y justifica que en las zonas rurales, por ejemplo, el radioteatro era el único entretenimiento.
Señala que hasta ha llegado a actuar en galpones del ferrocarril.
“Se montaba un escenario improvisado y el público llevaba sus propias sillas. En la entrada, se amontonaban las camionetas y camiones de los chacareros y sus familias”.
Una de sus más emocionantes experiencias, y que coincidió con su alejamiento de la actividad, fue una obra de teatro con quien, a su juicio, es el mejor director teatral de la Argentina: Antonio Medina. En esa ocasión, representó un personaje de la obra La Casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca.

Después de muchos años, las hijas de Javier Rizzo, con Ricardo Soler reprisaron en televisión, una cuidada versión de un teleteatro, que a pesar de ello, solo se mantuvo durante muy poco tiempo.
Por LU2 Radio Bahía Blanca, Pipo Palacios, en sus madrugadas de los domingos, presentó un radioteatro bahiense, muy particular e imaginativo.
Era veinte minutos semanales, se llamaba “La leyenda de La Llorona” y lo peculiar fue que integraban el elenco, oyentes previamente seleccionados, pero lo más llamativos era que en el curso de la semana se repartían los libretos a domicilio y durante la audición se los llamaban a todos por teléfono y con el relato de Palacios desde los estudios y la colaboración de su hija Victoria, cada “actor” participaba desde su casa. El resultado era interesante, ya que se producían alternativas de “morcilleos”, titubeos, risas, reinicio del capítulo, pero con muchísima aceptación por parte del público. Es una lástima que no se haya insistido en esta modalidad.

El perro del bar

Cuando la primavera nos iba devolviendo el sol que nos había quitado abril, y el rojizo resplandor del ocaso, nos anticipaba una próxima jornada ventosa, solíamos caer al Bar Curacó un grupo de muchachos a charlar los mil temas de ese tiempo
Mi llegada, en martes o miércoles era un poco antes. Antonio Fontán, propietario del negocio con su hermano Luís, era uno de los empresarios dueños del Cine Jockey Club, me había encargado que le preparara un suerte de slide, para anunciar la cartelera semanal durante las funciones, para las futuras proyecciones.
Era unos trozos de vidrio, de aproximadamente 10 por 5 cms, a los que cubríamos un día con pintura al agua de color ocre y al día siguiente, con una pluma cucharón o simplemente con una especie de lesna, puntiagudamente afilada, escribíamos en letra tipo de imprenta, rasgando la pintura, los días de la semana entrante y la indicación de ronda o noche, y los fines de semana matinée, con el nombre de películas que se pasarían y en algunos casosespeciales otros detalles, como los nombre de los actores famosos, como gancho y en algunos pocos casos, que se trataba de un estreno. También cuando se contrataban números vivos, para actuar en la sala de Guillermo Torres y Elsegood (hoy Belgrano)
En retribución, teníamos entrada libre en todas las funciones de todos los días. Este trabajo lo realicé con mucho gusto, pero por poco tiempo, ya que no era adepto al cine y era casi imposible que me quedara en la butaca, más allá de la proyección de una película, como me pasa actualmente con la televisión, con el agravantes entonces, que no había “control remoto”, -ni se conocía – en aquellos cines, para intentar el zapping Al ver que no hacía uso de la franquicia, Antonio, me atendía deferentemente, en el bar. Cuando pedía un té, además de no cobrarlo, lo preparaba, con esas hebras especiales, que tenía reservadas para momentos muy particulares, y que según afirmaba correspondían a cajitas de té de importación.
Hasta que un día, le sugerí que si alguno de los muchachos, a quien le agradara el cine más que a mí, quería hacerse cargo de las diapositivas, no tenía ningún problema, en cederle el lugar.
Me dijo que no, que siguiera con la tarea y que cuando quisiera concurriera al cine sin problemas. Finalmente uno de la barra, enterado de mi punto de vista, me preguntó si podría volver a hablarlo con Antonio, ya que le encantaría poder ver filmes que empezaban a llegar en Technicolor.
Y a partir de ahí mejoraron un poco las presentaciones de los programas proyectados.
Por mi parte conservé, no solo la atención especial en el bar, sino también la entrada irrestricta a las funciones de cine.
En la mesa de ese bar escuchamos las cuitas de algún pretendiente desairado, la confesión entre efluvios de alcohol de eso que no se le cuenta a nadie, las alternativas que quedaran de un domingo de fútbol o de una función danzante en el Jardín Recreo del Club Puerto Comercial. También algún aprendiz a escritor o poeta se atrevía a presentar sus primeros balbuceos literarios.
Y estaba un poco más tarde la victrolera, que nos regalaba ilusiones, mientras iba reemplazando los discos de tango sobre el plato de la fonola. O aparecían unas violas ruidosas, que trataban de seguir a un cantor desafinado.
Como en todo bar que se precie, su mozo era una parte irreemplazable de la geografía cotidiana. Y así se alternaron, Ramos, Ferrer y otros a los que indefectiblemente, rebautizábamos “Flecha” y ciertamente no por la diligencia con eran atendidos los pedidos, de un café, un cortado o tal vez un vermú o una cerveza.
Alguien rescató de la desaparecida revista “Rico Tipo”, una nueva forma de nombre para los mozos del Curacó: “Embarazo”, por que “cuando se le pide algo, tarda como nueve meses y generalmente, lo que trae no es lo que se le pidió”.
También solíamos ocupar, cuando el calor apretaba, las mesas de la vereda. Era atrayente ver pasar a las pibas entre las mesas, que siempre en grupos de tres o cuatro, realizaban los últimos mandados, algunos inventados, del día. Muchos romances nacieron de esas miraditas furtivas desde y hacia las mesas.
Los grupos de muchachos ocupaban, casi sin variantes, las mismas mesas, mientras alargaban un café o un cortado, ocupaban al lustrabotas, en el lustrado o repasado de los zapatos.
En la nuestra éramos, según los días, seis o siete, que como los demás parecían pertenecer al inventario del Curacó. Un día se agregó un perro. Un hermoso perro blanco que simpatizó con uno de los amigos, que le alcanzara un trozo de salame del vermú. Desde ese día, fue infaltable integrante de la nuestra mesa. Era uno más.
Estábamos en una discusión, totalmente banal, creo que pronosticábamos sobre las próximas elecciones, y al loquito del grupo, se le ocurrió preguntarle al perro: “¿Y vos que opinás, quién gana?” y ante el asombro de todos escuchamos que el perro nos decía: “Perón”.
Sorprendidos insistimos en preguntas al canino, que por supuesto no hallaban respuesta. Pero todos habíamos oído la contestación que nos diera.Perro en el bar
Cuando casi habíamos olvidado y tal vez culpado a alguna copa de más, lo ocurrido, el amigo, que siempre le alcanzaba al perro, unos trocitos de fiambre del aperitivo, con el dado en el escarbadientes, lo desafió: “Si me decís como te llamas, te doy el salame”. El perro ladró esperando el bocado, que nuestro amigo no le dio. Cuando reafirmábamos la ilusión auditiva del hecho pasado y quitamos la vista del can, escuchamos al perro decir: “Moreira”.
No se si Moreira tuvo el premio prometido. Nosotros nos hicimos una promesa, cuidarnos con la bebida, que pronto olvidamos ya que un buen día el perro no acudió a la cita. Nos quedó el misterio. La confusión colectiva. La incertidumbre de una hipnosis general del grupo. También un poco de vergüenza por lo que había pasado y nos prometimos guardarlo para nosotros, sin hacer comentarios a nadie.
Días siguientes, ahora ya en el bar Americano, compartíamos la mesa con Tulio (Angelozzi) que había comenzado a trabajar como ayudante de “bicho canasto”, y venía de un viaje a López Lecube, acompañando a Heriberto Cornachoni, en el trayecto de ida y vuelta. Nos contaba las alternativas y peripecias que el padre de Gustavo Gabí, le había hecho pasar, con sus atributos de ventrílocuo, haciéndole escuchar gritos de pedido de auxilio, fuera del furgón en marcha o cuando dormían en la “comuna”, con gritos de muchachas desde la calle y otras circunstancias similares.
Se nos hizo la luz. El padre de Gabí, solía ocupar alguna mesa contigua, en aquellos momentos en que creímos escuchar hablar al perro Moreira.

La tortuga blanca

Después de tantos días de internación, por fin el alta. Atrás quedó la angustia y también el miedo.Todo había comenzado aquella tarde el accidente, A partir de ese momento llegaron las consultas, las operaciones, los momentos de tensión y las dudas, para dar lugar después a la tediosa espera y al yeso.
Había llegado el momento de llegar a casa.
Casi no recordaba, el cielo. Ese celeste vivo de los buenos momentos, que cruzaban escasas nubes, de un blanco iluminado, que se retorcían pasivamente al impulso de una suave brisa. ¿Era el otoño? O tal vez la primavera de su mirada, producía esa tibieza entre los pájaros, que no recordaban, habitaban la plaza.2x1_yeso
¿Había flores? O era el retorno a “sus días”, lo que salpicaba de formas multicolores su visión.
Esperaba el encuentro. La prisión de su internación, la había privado de sus cosas de todos los días. Y principalmente de él.
El taxi que la acercó a su departamento, demoró enormemente tal era su ansiedad, para recorrer unas pocas cuadras.
Para esperarlo, comenzó a ordenar .a ropa en el placard. Recorrió el departamento, buscando encontrar la forma de mitigar la espera. El pequeño ambiente lucía limpio y prolijo. Solo se habían alterado algunas cosas de sus manías personales… Eso que nos hace únicos e intransferibles. Que muestra el orden propio, no el establecido. La toalla en el perchero y la ropa en el toallero o que nos libera al presionar la pasta en medio del pomo y no donde lo marca el uso de las buenas costumbres.
Su desplazamiento era torpe, por el yeso que la oprimía. Se miró al espejo preocupada. Luego divertida, se quitó la ropa, para contemplar su imagen. El cuadro que reflejaba el cristal era grotesco y risueño. El blanco que cubría casi enteramente su torso, parecía un caparazón inconcluso. “ ¡Parezco una tortuga blanca!” se rió. Después divagó como serían los cinturones de castidad. ¿Tendrían ese aspecto, ubicados inversamente?
La connotación sexual, borró la figura que le devolvía el azogue y su pensamiento volvió a él. ¿Podrían hacer el amor? La incertidumbre, tintó de picardía sus oscuros ojos.
Lo imaginó anhelante, mientras laboraba nerviosamente, como los antiguos amantes, cuando intentaban liberar la zona con la llave absolutoria. Solo que de ser completo su yeso, habría que emplear un serrucho
Al pestañear, volvió al espejo, y concluyó que a pesar de todo, nada les impediría brindarse como antes.
Cenaron, comentando los últimos sucesos, ese intercambio de vivencias que lo integraba más al compartirlos. Era como rescatar las horas perdidas, de los momentos no comunes.
Él colaboró en amontonar la vajilla usada en la mesada, para compartir un largo beso. Entonces surgió la idea. Porque no reencontrarse en aquel albergue, el de la primera vez.
Las imágenes de la tarde, se volvieron a repetir en el cristal del cielorraso de la habitación. Sonrió y al acercarse su compañero, el cuadro se le antojó tan de telenovela, que tuvo que esforzarse para no reir.
Pero cuando las aristas del yeso, provocaron un gemido en él, ya no pudo contenerse. Estalló en carcajadas. El cuarto se llenó de su risa incontenible.
Sólo cuando lo vio tan enojado, trató de esconder la explosión. El reencuentro debió postergarse para otra ocasión.
Éll seguía molesto y esquivo, rato después cuando compartían un café. Ella que no había dejado de sonreir y reir, se contuvo. Musitó un ¡Querido!con el que trató de resumir todo el amor que tenía por él y para que tratara de comprenderla.
El hombre la miró en la profundidad de esos ojos tan negros y dijo con suavidad, pero sin dejar su aspecto contrariado: “Creí que eras una chica seria...”
Ahora las risas fueron a dúo.
Cascabeleó su eco, convulsivo pero alegre, que los acompañó, en la madrugada del nueva día.

T.D.

La última botella

El Juez, a pesar de su resfrío, había dado despacho a todas las citaciones que aguardaban en su escritorio. El oficial de justicia suspiró resignado, cuando recibió tantas cédulas para notificar. Trato de clasificar los papeles por sector, para que la recorrida fuera más provechosa. Cuando terminó pasó distraídamente su vista por la última de las notas:-“Esto es en la loma del …. “ – se exasperó.
Horas después estaba oprimiendo el timbre, en la modesta vivienda.

alcool

Las cosas, en lo económico, no le iban bien, como a casi todos, pero él estaba tocando fondo y ese viaje era la esperanza de nuevos y mejores horizontes. Tampoco, y como consecuencia de la falta de dinero, la relación con su esposa, luego de muchos años de matrimonio, se había ido deteriorando hasta límites de casi no retorno. Si las cosas resultaban como esperaba, recompuestos sus ingresos, creía que rápidamente mejorarían la situación familiar.
Sus pensamientos se interrumpieron por la llegada del colectivo a destino.
La cálida noche lo encontró entre las aplastantes paredes de la pensión. Salió a la calle.
Alguna vez había fantaseado con mujeres que lo esperaban, pero lo que vio, le resultó deprimente y hasta ominoso. Optó por ignorar las descaradas insinuaciones y él que nunca bebía, pidió una copa, a la que inconscientemente siguieron otras hasta que, muy entrada la madrugada, a duras penas volvió, bastante mareado, para dormir vestido en la pequeña cama.
Cuando se despertó, la resaca aumentó la angustia de la soledad. Su ropa y su desayuno que siempre lo esperaban, cada mañana, con su esposa, faltaban.
Mientras se arreglaba para salir, sintió la tristeza que le oprimía el pecho, ponía turbia su mirada. Palpó la angustia de la ausencia de afectos.
Su desayuno fue una ginebra. Como una fuerza de darse fuerza para continuar.
El tiempo fue tendiendo su alfombra, donde la mejoría de sus finanzas naufragaba inundada de alcohol.
Su hábito de beber se tornó un frenesí incontrolable. La bebida fue su único consejero y amigo.
Cuando llegó el momento del regreso, había cambiado su estrechez económica, ya superada, por una calamidad mayor. Promesas de olvidar el licor, que pronto pasaban al olvido. Los malos momentos volvieron ahora contínuas reyertas que siempre terminaban mal. Su esposa, no pudo soportarlo y lo abandonó. La prepotencia del alcohol, que apenas le permitían mantenerse en pie, le dieron impulsos a sus puños, que se lastimaron una y otra vez, en la puerta de la casa de sus suegros, donde fue a buscarla. Sin respuesta,la violencia se atenuó y se fue degradando en una suplicante súplica, que lo aplastaba en aquel umbral.
Al no encontrar respuesta, renovó sus fuerzas para seguir suplicando atención y golpeando desesperadamente la puerta, sin otro eco que su angustia interior.Por fin un patrullero le puso punto y aparte a ese acto del drama.

Luego de un tiempo,la compañía de su hijo adolescente,le fue marcando el camino de su recuperación. Asistió a grupos de ayuda y ya liberado de este nuevo flagelo, volvió a su casa, curado mental y físicamente. Se abrazó con su hijo y con él, comenzó a vaciar, las botellas, en la pileta de la cocina, y cuando solamente
restaba verter el contenido de la última botella, el timbre lo interrumpió…

Seguramente no seguiría el mismo destino de las otras…