En la playa ferroviaria de Ingeniero White

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En la segunda parte de la década de los años 50, el personal de cambistas había gestionado y logrado la provisión de elementos de protección, consistentes en capas para lluvia, guantes y botas de goma, indispensables, especialmente en la época invernal, por las continuas lluvias y la humedad acumulada en el pasto que crecía dentro de la trocha y en los senderos entre las distintas vías.

Los apuntadores en playa por su parte, carecían de algunas de esas protecciones, lo que determinaba que en cada salida a tomar los trenes que arribaban o habían sido formados para su oportuna salida, los compañeros volvieran con el calzado y parte del pantalón completamente empapados.

Con integrantes de la comisión de reclamos, con  Eduardo Lalaurette a la cabeza, decidimos comenzar reclamos a la empresa de EFEA. En la Unión Ferroviaria,  seccional Ingeniero White, recibimos el asesoramiento y apoyo incondicional del compañero Enrique Acevedo.

Tipiado de esténcils  y mimiógrafo sin cesar llenaron varias de nuestras tardes, en la confección de circulares a compañeros de otros lugares el Ferrocarril Roca. A poco todas las partes que sufrían en mismo problemas, estaban notificadas de nuestra gestión  y con ello logramos un importante avance.

Las primeras respuestas de la  superioridad, por supuesto, fueron negativas. Hubo reuniones, sin resultados y comenzaron las medidas que se habían previsto.

En presencia de lluvias, fuera un chubasco o una tormenta o cuando la noche dejaba gotas de rocío en el pasto, ningún apuntador salía a realizar su labor. Por su parte otros compañeros que realizaban censos diarios del material rodante, también suspendía su trabajo y se paralizaba tanto la entrada y salida de trenes de carga como la información estadística que necesitaban las oficinas comerciales y de control para su ordenamiento regional.

16864406_1796114974044212_6004857595784400880_nSe intentó minimizar el impacto de la “medida de fuerza” reemplazando al personal actuante con funcionarios de jerarquía, que pretendieron suplir la emergencia. Un detalle importante, ese personal que llegaba a debilitar el impacto de la medida, llegaba vestido con botas de gomas, trajes y sombreros para lluvia, lo que fue determinante como argumento en las reuniones posteriores, como otro de los argumentos que inclinaron la resolución a favor de los apuntadores  en playa.

Poco tiempo después los reemplazos en ese trabajo, provocaron incertidumbre en la eficiencia del servicio ferroviario de cargas y dejaron en claro la realidad y justicia del pedido hasta desde los propios testimonios de aquellos que llegaron a desactivar el reclamo.

De esta manera los apuntadores en playa y todos los que desarrollaban actividades similares en el Ferrocarril Roca, tuvieron los elementos de protección personal, para asegurar no sólo la seguridad y salud personal, sino como un símbolo de la unidad gremial y la identidad ferroviaria.

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El “explique”

16422469_762310320598080_2533389928574114910_oPermítame que lo ubique;
los que fuimos ferroviarios
supimos de un formulario
que le llamaban “Explique”.

En él pedían que indique
desvíos de itinerarios,
o de otros errores varios.
Nos ordenaban: Explique!

Y así, según la respuesta
que dabas de explicación,
te encajaban por la testa

un llamado de atención,
o terminabas la fiesta
con días de suspensión.

Tino Diez

Lágrimas…

En aquella estación perdida en la inmensidad de la pampa, única conexión con el resto del mundo, se sucedieron el pitar del guarda, el campanazo del jefe de la estación y el silbato de la locomotora que, envuelta en nubes de vapor, se ponía estruendosamente en movimiento.

En un vagón de segunda, María, casi una niña, apretaba contra sí, a una criatura enferma. El destino era el centro asistencial de la ciudad cabecera, donde podrían tratar las causas de su elevada fiebre.

claroDesde el andén, José volvía al sulky, con esa resignación que sus escasos veinte años, había dejado cicatrices de todo tipo en su alma y en su humanidad. Desde que sus padres lo abandonaron en el lejano campo, fue el “esclavo preferido” de sus patrones, para arrear el ganado desde muy niño, para desmalezar los potreros, acarrear agua, limpiar y llenar los tanques australianos, reparar el molino, cortar leña, conducir el sulky, y cuanto trabajo surgiera en la estancia.

María era una especie de sirvienta que atendía las dependencias de los patrones, una vida paralela con la de Juan, la limpieza, la comida, los mandados, todo lo concerniente al lavado, tanto de enseres como de la ropa y una especie de ayudante personal de la dueña y de sus hijas.
Entre las tareas de uno y otro, llegó un momento, alguien pensó por ellos, que podrían ser “tal para cual” y sin poder decidirlo, se encontraron formando una pareja y viviendo juntos.

Ninguno de los dos conocía siquiera una palabra amable, las órdenes siempre eran de tono imperativo y jamás supieron la existencia de ningún tipo de caricia. Tampoco ninguno de los dos recordaba haber llorado alguna vez. Era una pareja de forma que de pronto, recibió la llegada un hijo.
Nada cambió para ellos. Lo asimilaban a probabilidad de respirar y comer y a la cotidianidad de su contacto con los animales del establecimiento. Ellos mismos estaban convencidos de ser integrantes de las manadas de animales de la estancia. Conformes de la fatalidad previsible a cada vuelta de los días.

Por eso cuando el hijo de pocos meses, comenzó a tener fiebre, José le dijo a María que le colocará paños mojados, para tratar de atenuarla y se fue a realizar sus tareas diarias.
Fue una de las niñas hijas del patrón, más como reproche (el bebé era una especie de muñeco viviente para ella) la que se quejó, porque el nene lloraba y no podía jugar con él. La mamá de la niña entonces, se acercó al humilde cuarto de su empleada y, comprobando que la fiebre no cedía, a pesar de los trapos mojados, organizó que la viera un centro de salud, ubicado a tantísimas leguas hasta la estación y casi tres horas más de tren. Y le ordenó a José, dándole el dinero necesario, la orden de llevar a su esposa hasta la estación, sacar el boleto y a la mamá, le dejó una nota para los médicos del centro sanitario.

Pocos días después, mientras José estaba limpiando de pasto alrededor del casco de la estancia, llegó el ayudante del auxiliar, con un telegrama de María (seguramente redactado por alguien, ya que no sabía escribir), que a pedido de José, también analfabeto, se lo leyó:

“Por favor vení, el nene está en estado muy grave”.

José le agradeció y se dirigió mecánicamente a hablar con sus patrones para que le explicaran. A la primera que encontró fue a su patrona, quién enterada del contenido del telegrama, llamó a su esposo para que dispusiera que José se trasladara a encontrarse con su compañera y con su hijo.

El patrón, menos sensible que la mujer, casi a regañadientes accedió, pero le dijo, “Terminá el desmalezamiento y después tomate el sulky…”

Un momento después cuando iba a atar el caballo al sulky, hubo un escape de animales y José antes de recibir la orden montó su caballo y a campo traviesa, y luego de correr hacia todos los puntos cardinales logró encerrar nuevamente a los animales. Durante esa tarea, unos de los animales piso un cardo y una de sus espinas, fue a dar en el ojo de José.

Cuando llegó a su cuarto antes de salir, trató de iluminarse con un farol ante un viejo espejo, para ver que podía hacer con la espina en su ojo.

Luego de varios intentos frustrados, mojó un trapo y lo atravesó tapando el ojo lastimado.

Subió al sulky para volver a recorrer las larguísimas leguas hasta la estación, donde tomar el tren. Cuando llegó, habiendo comprado el boleto, le preguntó al ayudante si podía ayudarlo, para extraer la espina de su ojo. Fueron a pedirle a la señora del ayudante colaboración, pero a pesar de la buena luz y de la utilización de una pinza pequeña, no pudieron sacarle ese agujón que lo molestaba. La mujer le aconsejó: “si vas a ver a tu señora, decile a la gente del hospital que te atiendan”.

Volvió a cubrir el ojo y sentó en un banco de la plataforma, a esperar el tren tres horas más tarde.

Se quedó dormitando y fue despertado por el auxiliar, que agitando un telegrama en su mano le decía eufórico:

“José…. José… el pibe está fuera de peligro…el gurí zafó…”

Sintió una convulsión en todo el cuerpo… algo que lo sacudía… un nudo en el estómago y algo que nunca le había pasado, su ojo libre se llenó de lágrimas que empezaron a correr por sus mejillas. Y a cada erupción de emociones nunca sentidas, se sucedía ese llanto, que no podía detener, pero que tampoco quería que terminara.

El empleado ferroviario, lo palmeaba, compartiendo la buena noticia.

Un momento después, al quitarse la tela que cubría el ojo herido, vio sobre el trapo la espina liberada. Las lágrimas habían hecho el milagro.

NOTA: Este relato está basado en el cuento de Benito Linch, “La espina del junco” contenido en su libro “De los campos porteños”, que hace muchos años leí. Cuando lo recordé para publicarlo no pude hallar el original. Me hubiera gustado copiarlo textualmente, pero no pude encontrarlo en su momento, y armé un relato con su línea estructural que no cambió, en parte, la dimensión espacial y social que desarrolló su autor.   

“Arreglé con mi socio…”

Pasó en el tiempo de las máquinas de maniobras vaporeras.

La playa de Ingeniero White, entraba en un declive luego de haber ingresado a Muelle Bahía Blanca una de las cosechas de mayor volumen de cereal.

No obstante, el trabajo era intenso y las pilotas del sector elevadores y recepción, realizaban su acostumbrada tarea de colocación de los vagones en el área de la Junta Nacional de Granos, por un lado, la clasificación de otros vagones en la playa clasificación – entre entradores y la superintendencia de Tracción y la formación de trenes, frbna_fo005613_25_01ente a la estación, o en otras vías destinadas al efecto.

De buena fuente me contaron esta anécdota, afirmándome que es real:

Creo que ese fin de semana, se jugaba el superclásico entre Boca y River y el foguista, al que llamaremos Marcos, de una de las pilotas, se decidió ir a verlo. Es decir que el sábado y el domingo, el maquinista trabajaría sólo. El lunes tenían franco diagramado.
En su viaje hacia Buenos Aires, Marcos sacó un boleto con rebaja, creo recordar que los empleados sólo pagábamos un 25 %.

Todo transcurrió sin problemas, tanto en las operaciones de la playa con la pilota, como en el periplo de Marcos en la Capital y durante su estadía entre los porteños.

Bueno, todo no…

Pasó que Marcos se excedió en los gastos y cuando debió sacar el boleto para volver, se cercioró que su billetera no alcanzaba a reunir el exiguo monto que le otorgaba su condición de empleado ferroviario.

Entonces el lunes se presentó en la jefatura de los ferrocarriles, a solicitar que le otorgaran un pase libre. Y cuando le preguntaron si estaba con licencia o parte enfermó, inconcientemente dijo:

“No, arreglé con mi socio”.

Muy pocas horas después tenía en sus manos una notificación de cesantía.

El maquinista, luego de “expliques” intercambiados con la empresa, sufrió una suspensión, que pareció exagerada en ese momento, y un grave antecedente en su foja de servicios.

“Fifí”

caniche_pose-300x235En el Museo del Puerto hay un testimonio vivo del esplendor del ferrocarril y del potencial comercial de Ingeniero White. Una simple caja de té. Aunque no me gusta expresarme en idiomas y nomenclaturas “gringas” le cuento que la cajita de fondo amarillo tiene de dimensiones 4 x 2 x 2 pulgadas. La marca del té es “Ceilán” elaborado en la isla del mismo nombre (actual Sri Lanka) y consta que, estuvo elaborado y envasado especialmente para Dino Torres F.C.S. Ingeniero White. No habia intervención de mayoristas ni comisionistas y los comercios whitenses (Sclavi, Margoni, Malisia, Moralejo, Dignani, etc) se entendían con las fábricas en cualquier parte del mundo, para beneficio propio y de las familias de White. El tren era insustituible, también para el transporte de mercadería desde los centros de producción desde cualquier lugar del país.

Lo mismo pasaba con el transporte de pasajeros. Se viajaba, claro que en ámbitos distintos, según las clases sociales. Y esos viajes era acompañados por bicicletas, mascotas y otros elementos, como por ejemplo, sombrillas para la playa y otros.

Sinvergüenzas hubo siempre en este mundo y en el ferrocarril también había pícaros, rateros y gente de esa calaña.

Llegó a Ingeniero White, una señora de ampulosos modos aristocráticos, pieles de abrigo y joyas ostentosas en sus manos y humanidad.

Parientes en White la esperaban y la recibieron con los consecuentes abrazos y muestras de cariño.

Horas más tarde volvió a la estación para retirar desde el sector “Encomiendas” a su mascota, un perrito caniche de pedigrí. Cuando se lo entregaron, la señora casi se desmaya, mientras gritaba: “Éste no es mi Fifí…! ¡No es mi Fifí…!”, “no es el que despache en Constitución…”

Y el dependiente de encomiendas, trataba de explicar que él no tenía modo de comprobar si el canino que le entregaba era o no el que ella había despachado, pero estaba seguro que ese perro era el que había llegado en el tren.

La historia no dice que desenlace tuvo esta circunstancia y envuelto en la nebulosa de las repeticiones se dice que el pobre dependiente, no logró soportar el histerismo de la pobre señora y cortó el tema (por lo menos, por ese momento) diciendo: “Señora, en este papel dice “un perro” y ahí tiene: “¡Un perro…!”

Se e vero e ven trovato

Un viaje en tren…

472961tren-bahiaEsto ocurrió en el año 1961. Volvíamos de Necochea, habiendo realizado antes una recorrida, por Mar del Plata. Tomamos el tren en la estación Quequén y, como yo era ferroviario con pase para viajar en primera clase, nos instalamos con mi señora y mi cuñada, en la pequeña división que estaba destinada a pasajeros no fumadores. Los asientos eran confortables a pesar de la antigüedad del vagón, por lo que antes de salir y habiendo ubicado ya las valijas en el portaequipaje, recorrimos los otros dos vagones denominados pulman. Éstos eran flamantes y habían desplazados los viejos coches de segunda con asientos que eran de madera. Tanto en primera como en pulman viajaban en ese mes de mayo muy pocos pasajeros. Pero coincidimos que los nuevos vagones se presentaban como de mayor comodidad que el de primera y nos trasladamos con el equipaje a esas nuevas formas de viajar, convencidos de las bondades de esta nueva forma de viajar que superaba a los de primera clase.
El sector tenía lugar para 24 pasajeros, ya dijimos para no fumadores y nosotros estábamos sentados en un extremo, el interno. En la otra punta cerca de la puerta, un grupo de chilenos, ocho en total, se trasladaba, según pudimos escuchar, desde Balcarce a la zona de Mayor Buratovich, Hilario Ascasubi y Pedro Luro, para trabajar en la cosecha de cebollas, para llegar después a Médanos donde trabajarían en la recolección de ajos.
A poco de iniciado el viaje, empezó a recorrer el grupo, el vino que iba vaciando varias botellas. La sorpresa para nosotros era que tanto los hombres como las mujeres empinaban con fruición el jugo de uva. Abrieron un gran paquete quedó al descubierto su contenido, varios pollos asados, que iban siendo devorados, sin más cubiertos con las manos, que se iban engrasando paulatinamente, lo mismo que la parte exterior de las bocas y los cachetes. Parecía una jauría devorando su caza del día.
Mi señora, viendo la groticidad del espectáculo, tal vez por ese sexto sentido que dicen tienen las mujeres, me sugirió que cambiáramos de lugar. Me pareció que no era necesario.
Un rato después, ya el vino empezó a agitar discusiones y hubo empujones y más gritos que fue coronado con una tremenda trompada que se estrelló en uno de ellos. Hubo una ruidosa caída contra el asiento y el suelo.
La sugerencia de mi esposa se tornó imperativa, pero no logró que yo accediera, le dije: “Es un problema entre ellos”. Como subrayando mis palabras, quien había recibido el golpe, hurgaba en su valija y en su mano apareció un arma de fuego.
No recuerdo cómo, pero en décimas de segundos aparecimos los tres con nuestros bártulos, en los asientos más alejados del coche de primera y no fuimos más adelante porque ese lugar estaba ocupado por la locomotora que traccionaba aquel tren de pasajeros.

Hugo Alberto Marozzi

Cuando trabajaba como operador en un locutorio de la avenida Colón, de Bahía Blanca, veía pasar al flaco de la bicicleta. No. No era el personaje de la balada de Horacio Ferrer.

hugo marozziEra Hugo Marozzi, que desde las colonias de la calle Brickman, pasaba hacia la Cooperativa Obrera. Y no eran pocas las veces que en el viaje de ida, pasaba a saludarme y a despuntar ese vicio de hablar de tango. Desbordaba tango por todos sus poros. Cada momento, cada encuentro daba motivo y origen para inspirarle un tema de tango que a poco procuraba impulsar. Así surgieron tangos dedicados al Boca de Bianchi, a su amigo de la infancia, el doctor Favaloro, a Maradona, al centenario de Guaite y siguen los temas.
Una vertiente indetenible para crear en versos propios, o poner notas a los poemas que le llegaban. Y tenía la convicción necesaria para que los cantantes, un tanto reacios a incorporar temas desconocidos, se atrevieran a cantarlos
Un poco porque esos cantantes eran su propia obra, ya que a los más conocidos, Nora Roca y Silvana Lorena, se podrían agregar muchos nombres más, como Alberto Acuña, Roberto del Barrio, Roxana Soler y tantos otros.
Impulsor con Felipe Baldi de la Peña “Amigos del 2 x 4 – Juan Carlos Cobián”, que realizaba para el aniversario de la ciudad en el mes de abril, “Bahía Blanca, tus hijos te cantan“, con producciones exclusivas de bahienses; en agosto, la “Noche de las Liras”, donde se destacaba a las principales figuras del movimiento tanguero, en Bahía Blanca.
Luego en diciembre, nucleaba, generalmente en la Biblioteca Rivadavia, “La noche del bandoneón”, con casi todos los fueyes activos de toda la zona
Quiero detenerme en una anécdota que pinta de cuerpo entero a Hugo Marozzi.
Se acercaba el centenario de Ingeniero White, y en una charla entre amigos, en Club Defensores del Sur de esta localidad, alguien le comentó a Hugo: “Habría que hacer un tango para Guaite”. La respuesta fue inmediata, “¡Lo hacemos!”.
Creo que fue Cándido Lorenzo, quien preguntó “¿Y la letra?
El maestro, rápidamente, le preguntó a Cándido y a Chiche Elisii, “¿qué quieren que diga la letra?”
La charla continuó. En la misma Cándido y Chiche abundaron en datos, personajes y anécdotas de las que Hugo fue tomando nota.
El tango salió. La letra y la música de Hugo Marozzi. Un oriundo no habría podido reflejar de mejor forma, la idiosincrasia whitense.
La última actuación de Hugo Marozzi, que estuve presente, fue en la Biblioteca Rivadavia, coincidente con una muestra de reproducciones de cuadros de Florencio Molina Campos que desarrollaba mi amigo Marcelo Beato.
Marozzi, andaba preocupado, por el delicado estado de salud de su esposa, pero llegaba con toda la potencia acostumbrada.
Fue una noche gris, la pequeña de la biblioteca sala estaba escasamente ocupada.
Para aumentar las pálidas se produjeron fallas de producción imperdonables, como por ejemplo, no haber trasladado el piano desde su guarda hasta el escenario. Aunque el cuarteto no lo utilizaba, el grupo que cerraba el espectáculo, los músicos de Aníbal Vitali, casi no pueden actuar por la falta del teclado.
Cuando nos despedimos lo vi como fatigado – ¿disgustado? – y en la mansedumbre de su mirada, un gran cansancio.
Meses más tarde, cuando se inauguraron las instalaciones de FerroWhite, es decir, las dependencias de la ex-Usina General San Martín, para la creación de espacios de recreo, acopio y recuperación de la memoria en la actividad plena, Marozzi estaba presente. Su nieto lo llevaba del brazo. Parecía haber envejecido de golpe.
Poco tiempo después, en los primeros días del mes de julio de 2007, unas escuetas líneas en el diario local, informaba que el 30 de junio anterior, había dejado de existir en La Plata, el bandoneonista, el compositor, el hacedor, el amigo Hugo Alberto Marozzi.

BREVE RESEÑA SOBRE HUGO ALBERTO MAROZZI , por Juan Carlos Ocaña (1990)
Nació en La Plata el 6 de octubre de 1921. Bandoneonista y compositor desde hace más de 50 años, prefiere el tango y los tangueros del ‘40. De la época de oro rescata a Alfredo Gobbi y Horacio Salgán. Y como bandoneonistas a Juan José Mosalini, Roberto Di Filippo y Antonio Ríos, aunque quien esto escribe supone que guarda especial consideración por el maestro Alberto Di Paulo. En una nota concedida al diario “La Nueva Provincia” de Bahía Blanca, y publicada en la edición del domingo 12 de febrero de 1995, el músico señaló que “me gusta investigar sobre nuestros ancestros musicales, en especial los tangueros. Confecciono y perfecciono mi Calendario del Tango, una obra que rescata todas las fechas importantes de nuestra música ciudadana”.
Vuelve Marozzi su recuerdo a la niñez y señala: “En un casamiento de pequeño vi a un músico tocar el bandoneón. Me atrapó y comencé a estudiarlo. Mi primer bandoneón me costó 360 pesos y yo ganaba 60 por mes. Aún lo conservo, porque estimo que tener dos bandoneones es un error. Es un instrumento para acariciarlo y compartir junto a él toda la vida...”

Se inició en 1939, a los 18 años, en una orquesta de barrio formando el grupo “Venus”, pasando luego por varias orquesta típicas, como la de “Los Zorros Grises” o la de “Los Mendocinos”, o cuando se independizó y formó su propio cuarteto típico en 1947. Lo hizo junto a Juan Carlos Pereyra en piano, Vicente Fontana en violín y Carmelo Saguese en contrabajo. Esta formación —según sus propias palabras— le brindó muchas satisfacciones, como por ejemplo tener a Héctor Baldi como cantante o a Rodolfo Cabral (padre de Facundo) como presentador. Y así va desgranando que batieron verdaderos “récord” de actuaciones compartiendo escenario con figuras de la talla de Oscar Alemán, Feliciano Brunelli y Barry Moral, entre otros.

Después de trabajar en Radio Mitre, Marozzi dejó la música para dedicarse por completo a su trabajo en el Ferrocarril como jefe de estación. Y es en 1973 cuando se radica en Bahía Blanca, donde se conecta con los músicos Ernesto Puefil, José Amado y Carlos Briganti. Así nació la Peña del 2×4, de la que surgieron Nora Roca y Silvana Lorena, ganadoras en Cosquín en los años ‘87 y ‘88, respectivamente.

Hugo Marozzi 1Hugo Marozzi, “genio y figura”

¿Quien mejor que don Felipe Baldi, ¬— el hombre que llegó a ocupar altas funciones en la Aduana de Bahía Blanca y que en su juventud platense fue un prolijo cantor de tangos— podría hablar de la personalidad y la profesionalidad de Hugo Marozzi…?

En ocasión de haberse ofrecido el 5 de abril pasado un agasajo al músico “en reconocimiento a su constante actividad en pro de la música ciudadana y al apoyo que brinda a intérpretes y compositores bahienses”, LA NUEVA PROVINCIA, en la sección “En tiempo de tango”, publicó por aquellos días este reportaje a Felipe Baldi:

“Lo recuerdo a Hugo Marozzi en su juventud quinceañera, portando la caja de su bandoneón entrañable por las calles de La Plata, con ése su andar cansino y su aire bonachón que le valió el cariñoso apodo de “Oso” entre la muchachada platense. Había iniciado sus estudios musicales siendo muy chico, tan chico que apenas podía llevar su instrumento, con el destacado bandoneonista César Malnatti, quien más tarde se radicó en el Uruguay. Entonces su otro gran maestro fue Francisco Romano. Con éste y con Malnatti plasmó su particular manera de sentir la música ciudadana y selló ese estilo tan suyo, de rancia estirpe cadenera“.

Y continúa relatando don Felipe al redactor periodístico:“Recuerdo el debut de Marozzi, en 1937, integrando la orquesta típica “Venus” en el club de barrio “El Cajón”, denominación que respondía al formato que tenía el salón de baile. Al poco tiempo, ese mismo año, se incorpora Marozzi a la orquesta “Los Reyes Blancos”, formando en la fila de bandoneones junto a Mario Torti y Domingo Conti. En 1941 pasa a “Los Mendocinos”, oportunidad en que, por primera vez en la ciudad de La Plata, se forma una línea de cinco bandoneones. El conjunto debutó en el Club “El Porteñito”, que resultó el trampolín para el salto que lo llevaría a LS10 Radio Libertad y de allí a los bailables de Quilmes, Avellaneda, Bernal, Berazategui y otras poblaciones de Buenos Aires. Un año después, por desinteligencias entre los músicos, se van del conjunto el propio Marozzi, el contrabajista Carmelo Saggese y el vocalista Héctor Baldi”(N.R.:nombre artístico de nuestro convecino, el entrevistado en esta ocasión, don Felipe Baldi
Entonces, Marozzi emprende una verdadera “patriada” dentro del tango. Era la época en que las grandes orquesta típicas copaban los principales escenarios y clubes de barrio. A instancias de Horacio “Tití” Pissani, Marozzi, desoyendo muchas opiniones negativas, se presenta con un cuarteto típico en el preciso memento en que, por la causa apuntada, perdían el favor del público cuartetos tan famosos como el de Roberto Firpo, el de Aiello (padre de Rodolfo Lesica), el de Mora y otros similares”(…)Contra todo lo que podría suponerse, el cuarteto de Marozzi tuvo un éxito resonante. Yo creo -afirma don Felipe- que ahí se impuso, definitivamente, el espíritu cadenero de Marozzi. Cada integrante era prácticamente un solista y se lucían como tales. El público los aceptó de entrada. Tanto fue así que, hasta el día de hoy, el cuarteto Marozzi ostenta un record absoluto de bailes: 32 presentaciones en 31 días. Un hecho único en la ciudad de La Plata y sus alrededores. El maestro D’Agostino con su orquesta y Angelito Vargas tenían entonces un record que se consideraba imbatible: 28 bailes en 31 días. Pero Marozzi lo superó“.
Va llegando el final de la nota. Y éstas son las palabras con que Felipe Baldi rubrica la magnífica trayectoria de Hugo Marozzi como músico y como ser humano..

De ahí en más, aquel cuarteto que Marozzi creó con esa modestia tan proverbial en él, emprendió diversas giras por las principales ciudades del país. Actuó también en la República Oriental del Uruguay, en poblaciones del sur de Brasil y dejó el testimonio de su valimiento grabando en los estudios de la Casa Mayer, en la Capital Federal, Hoy, en su espléndida madurez, tenemos la suerte de verlo en Bahía Blanca, mezclados con aquellos que siempre añoran el tango del ‘40. ¡Qué lindo carácter, qué calidad humana la de Hugo Marozzi! Siempre da, nunca pide. Jamás dice que no. Siempre dispuesto a colaborar con todos. Su generosidad no tiene límites y la amargura —¡qué cosa!, ¿no?—, esa amargura que demuele los caracteres, parece que no existiera para él. Es un hombre cabal…

Sentimiento al que adhiere personal y “tanguerísticamente”

EL RECOPILADOR

¡Muchas gracias a mi amigo Juan Carlos Ocaña!!!