Lágrimas…

En aquella estación perdida en la inmensidad de la pampa, única conexión con el resto del mundo, se sucedieron el pitar del guarda, el campanazo del jefe de la estación y el silbato de la locomotora que, envuelta en nubes de vapor, se ponía estruendosamente en movimiento.

En un vagón de segunda, María, casi una niña, apretaba contra sí, a una criatura enferma. El destino era el centro asistencial de la ciudad cabecera, donde podrían tratar las causas de su elevada fiebre.

claroDesde el andén, José volvía al sulky, con esa resignación que sus escasos veinte años, había dejado cicatrices de todo tipo en su alma y en su humanidad. Desde que sus padres lo abandonaron en el lejano campo, fue el “esclavo preferido” de sus patrones, para arrear el ganado desde muy niño, para desmalezar los potreros, acarrear agua, limpiar y llenar los tanques australianos, reparar el molino, cortar leña, conducir el sulky, y cuanto trabajo surgiera en la estancia.

María era una especie de sirvienta que atendía las dependencias de los patrones, una vida paralela con la de Juan, la limpieza, la comida, los mandados, todo lo concerniente al lavado, tanto de enseres como de la ropa y una especie de ayudante personal de la dueña y de sus hijas.
Entre las tareas de uno y otro, llegó un momento, alguien pensó por ellos, que podrían ser “tal para cual” y sin poder decidirlo, se encontraron formando una pareja y viviendo juntos.

Ninguno de los dos conocía siquiera una palabra amable, las órdenes siempre eran de tono imperativo y jamás supieron la existencia de ningún tipo de caricia. Tampoco ninguno de los dos recordaba haber llorado alguna vez. Era una pareja de forma que de pronto, recibió la llegada un hijo.
Nada cambió para ellos. Lo asimilaban a probabilidad de respirar y comer y a la cotidianidad de su contacto con los animales del establecimiento. Ellos mismos estaban convencidos de ser integrantes de las manadas de animales de la estancia. Conformes de la fatalidad previsible a cada vuelta de los días.

Por eso cuando el hijo de pocos meses, comenzó a tener fiebre, José le dijo a María que le colocará paños mojados, para tratar de atenuarla y se fue a realizar sus tareas diarias.
Fue una de las niñas hijas del patrón, más como reproche (el bebé era una especie de muñeco viviente para ella) la que se quejó, porque el nene lloraba y no podía jugar con él. La mamá de la niña entonces, se acercó al humilde cuarto de su empleada y, comprobando que la fiebre no cedía, a pesar de los trapos mojados, organizó que la viera un centro de salud, ubicado a tantísimas leguas hasta la estación y casi tres horas más de tren. Y le ordenó a José, dándole el dinero necesario, la orden de llevar a su esposa hasta la estación, sacar el boleto y a la mamá, le dejó una nota para los médicos del centro sanitario.

Pocos días después, mientras José estaba limpiando de pasto alrededor del casco de la estancia, llegó el ayudante del auxiliar, con un telegrama de María (seguramente redactado por alguien, ya que no sabía escribir), que a pedido de José, también analfabeto, se lo leyó:

“Por favor vení, el nene está en estado muy grave”.

José le agradeció y se dirigió mecánicamente a hablar con sus patrones para que le explicaran. A la primera que encontró fue a su patrona, quién enterada del contenido del telegrama, llamó a su esposo para que dispusiera que José se trasladara a encontrarse con su compañera y con su hijo.

El patrón, menos sensible que la mujer, casi a regañadientes accedió, pero le dijo, “Terminá el desmalezamiento y después tomate el sulky…”

Un momento después cuando iba a atar el caballo al sulky, hubo un escape de animales y José antes de recibir la orden montó su caballo y a campo traviesa, y luego de correr hacia todos los puntos cardinales logró encerrar nuevamente a los animales. Durante esa tarea, unos de los animales piso un cardo y una de sus espinas, fue a dar en el ojo de José.

Cuando llegó a su cuarto antes de salir, trató de iluminarse con un farol ante un viejo espejo, para ver que podía hacer con la espina en su ojo.

Luego de varios intentos frustrados, mojó un trapo y lo atravesó tapando el ojo lastimado.

Subió al sulky para volver a recorrer las larguísimas leguas hasta la estación, donde tomar el tren. Cuando llegó, habiendo comprado el boleto, le preguntó al ayudante si podía ayudarlo, para extraer la espina de su ojo. Fueron a pedirle a la señora del ayudante colaboración, pero a pesar de la buena luz y de la utilización de una pinza pequeña, no pudieron sacarle ese agujón que lo molestaba. La mujer le aconsejó: “si vas a ver a tu señora, decile a la gente del hospital que te atiendan”.

Volvió a cubrir el ojo y sentó en un banco de la plataforma, a esperar el tren tres horas más tarde.

Se quedó dormitando y fue despertado por el auxiliar, que agitando un telegrama en su mano le decía eufórico:

“José…. José… el pibe está fuera de peligro…el gurí zafó…”

Sintió una convulsión en todo el cuerpo… algo que lo sacudía… un nudo en el estómago y algo que nunca le había pasado, su ojo libre se llenó de lágrimas que empezaron a correr por sus mejillas. Y a cada erupción de emociones nunca sentidas, se sucedía ese llanto, que no podía detener, pero que tampoco quería que terminara.

El empleado ferroviario, lo palmeaba, compartiendo la buena noticia.

Un momento después, al quitarse la tela que cubría el ojo herido, vio sobre el trapo la espina liberada. Las lágrimas habían hecho el milagro.

NOTA: Este relato está basado en el cuento de Benito Linch, “La espina del junco” contenido en su libro “De los campos porteños”, que hace muchos años leí. Cuando lo recordé para publicarlo no pude hallar el original. Me hubiera gustado copiarlo textualmente, pero no pude encontrarlo en su momento, y armé un relato con su línea estructural que no cambió, en parte, la dimensión espacial y social que desarrolló su autor.   

“Arreglé con mi socio…”

Pasó en el tiempo de las máquinas de maniobras vaporeras.

La playa de Ingeniero White, entraba en un declive luego de haber ingresado a Muelle Bahía Blanca una de las cosechas de mayor volumen de cereal.

No obstante, el trabajo era intenso y las pilotas del sector elevadores y recepción, realizaban su acostumbrada tarea de colocación de los vagones en el área de la Junta Nacional de Granos, por un lado, la clasificación de otros vagones en la playa clasificación – entre entradores y la superintendencia de Tracción y la formación de trenes, frbna_fo005613_25_01ente a la estación, o en otras vías destinadas al efecto.

De buena fuente me contaron esta anécdota, afirmándome que es real:

Creo que ese fin de semana, se jugaba el superclásico entre Boca y River y el foguista, al que llamaremos Marcos, de una de las pilotas, se decidió ir a verlo. Es decir que el sábado y el domingo, el maquinista trabajaría sólo. El lunes tenían franco diagramado.
En su viaje hacia Buenos Aires, Marcos sacó un boleto con rebaja, creo recordar que los empleados sólo pagábamos un 25 %.

Todo transcurrió sin problemas, tanto en las operaciones de la playa con la pilota, como en el periplo de Marcos en la Capital y durante su estadía entre los porteños.

Bueno, todo no…

Pasó que Marcos se excedió en los gastos y cuando debió sacar el boleto para volver, se cercioró que su billetera no alcanzaba a reunir el exiguo monto que le otorgaba su condición de empleado ferroviario.

Entonces el lunes se presentó en la jefatura de los ferrocarriles, a solicitar que le otorgaran un pase libre. Y cuando le preguntaron si estaba con licencia o parte enfermó, inconcientemente dijo:

“No, arreglé con mi socio”.

Muy pocas horas después tenía en sus manos una notificación de cesantía.

El maquinista, luego de “expliques” intercambiados con la empresa, sufrió una suspensión, que pareció exagerada en ese momento, y un grave antecedente en su foja de servicios.

“Fifí”

caniche_pose-300x235En el Museo del Puerto hay un testimonio vivo del esplendor del ferrocarril y del potencial comercial de Ingeniero White. Una simple caja de té. Aunque no me gusta expresarme en idiomas y nomenclaturas “gringas” le cuento que la cajita de fondo amarillo tiene de dimensiones 4 x 2 x 2 pulgadas. La marca del té es “Ceilán” elaborado en la isla del mismo nombre (actual Sri Lanka) y consta que, estuvo elaborado y envasado especialmente para Dino Torres F.C.S. Ingeniero White. No habia intervención de mayoristas ni comisionistas y los comercios whitenses (Sclavi, Margoni, Malisia, Moralejo, Dignani, etc) se entendían con las fábricas en cualquier parte del mundo, para beneficio propio y de las familias de White. El tren era insustituible, también para el transporte de mercadería desde los centros de producción desde cualquier lugar del país.

Lo mismo pasaba con el transporte de pasajeros. Se viajaba, claro que en ámbitos distintos, según las clases sociales. Y esos viajes era acompañados por bicicletas, mascotas y otros elementos, como por ejemplo, sombrillas para la playa y otros.

Sinvergüenzas hubo siempre en este mundo y en el ferrocarril también había pícaros, rateros y gente de esa calaña.

Llegó a Ingeniero White, una señora de ampulosos modos aristocráticos, pieles de abrigo y joyas ostentosas en sus manos y humanidad.

Parientes en White la esperaban y la recibieron con los consecuentes abrazos y muestras de cariño.

Horas más tarde volvió a la estación para retirar desde el sector “Encomiendas” a su mascota, un perrito caniche de pedigrí. Cuando se lo entregaron, la señora casi se desmaya, mientras gritaba: “Éste no es mi Fifí…! ¡No es mi Fifí…!”, “no es el que despache en Constitución…”

Y el dependiente de encomiendas, trataba de explicar que él no tenía modo de comprobar si el canino que le entregaba era o no el que ella había despachado, pero estaba seguro que ese perro era el que había llegado en el tren.

La historia no dice que desenlace tuvo esta circunstancia y envuelto en la nebulosa de las repeticiones se dice que el pobre dependiente, no logró soportar el histerismo de la pobre señora y cortó el tema (por lo menos, por ese momento) diciendo: “Señora, en este papel dice “un perro” y ahí tiene: “¡Un perro…!”

Se e vero e ven trovato

Un duende de barba blanca

En tu cuna, en el convento,
ya te arrulló la marea
12191474_180793018926844_1619920909827835759_nmientras se colaba el viento
por hendijas de madera.

Desde entonces fue tu amigo
el mar, que en su jubileo
y en la arena, fue testigo
de tus secretos deseos:

tu horizonte de aventuras,
de conocer otros puertos,
de grandezas y locuras
que ibas soñando despierto

11218810_135466256792854_360437746334192662_nen fantásticas quimeras
de horizontes deslumbrantes,
o en las míticas sirenas
subyugando navegantes.

Sol y mar, bronce pintaron
en tu cuerpo tarzanesco,
y en tus ojos se anidaron
los pájaros de tus sueños.

Mientras, buzo, en el Castillo
tu sueño se hizo reflejo
de los submarinos brillos
de tan cerca, de tan lejos.

El mar estuvo a tu lado
como bañista o bañero,
y, ya de blanco barbado,
luchaste sueños primeros

atilio-rumbo-a-la-usinade liberarlo: está preso
el mar, y contaminado,
por efluentes desechos
de foráneos enquistados.

Tus viejos sueños de ayer
que impulsaste día a día,
logrando el Museo Taller

y la Casa del Espía.

Cúspide herida, muralla
con San Jorge en las alturas,
la torre como atalaya,
y el túnel de la aventura,

no los viste concretados;
descargafueron vanos tus intentos,
y el mar hoy sigue encerrado
tras su muro berlinesco.

Tuviste en tus ojos zarcos
el mar, el cielo y la gloria,
asumiendo el desembarco
de la historia sin memoria.

Y fue más que una postura,
mucho más que evocación:
fuiste y sos genio y figura
del gran Cristóbal Colón.

Y digo “sos” porque vaga
tu duende de blanca barba
en las ruinas de una draga
o por los muelles de carga;

con nostalgia, vigilando
que no muera la esperanza…
El mar siempre está esperando
su duende de barba blanca.

Tino Diez

El desembarco de Colón en 1992:

http://www.facebook.com/video/video.php?v=1345021307946&oid=328883787317

Y el dolor de ya no ser…

15540849_1503960679629029_1650219275669585296_oLa penumbra parpadeante del bereca
pintaba tu bacará con las burbujas,
mientras dilapidabas sin agujas
tu destino, jugado a cara o ceca.

La suerte puso tu mundo de zabeca,
se acabaron las noches de garufa;
te sacudió el espiante de la bruja
y diste con las narices en la yeca.

Tu presente es un sucio conventillo,
tu lujo, recostado en la ventana,
mordisquear el mendrugo de algún pan.

sin esplendor, sin guita ni yuguiyos,
añorás, con el sol, cada mañana,
que fuiste, alguna vez, un gran bacán.

Tino Diez                                Thibón de Libian, Valentín (1889 – 1931)
“Cabaret” (Museo Benito Quinquela Martín)

No la llames, no le temas ni le huyas…

noNo la llames, no le temas ni le huyas,
si estás obsesionado con la muerte,
el destino está marcado, ya la suerte
recorrerá su senda que es la tuya.

No la llames…
Porque es sorda, muda e implacable,
acudirá puntual en el momento,
a dejar tus despojos sin aliento
al cumplirse tu sino inapelable.

No le temas…
El mundano pasar solo es prestado,
no pedimos nacer, pero nacimos,
no queremos morir, pero morimos
y quebrado, el presente ya es pasado.

No le huyas…
No podrás eludir lo inevitable
no hay lugar, medicina ni milagro,
ni ruego, ni cuentas de rosario
que evite el final irrevocable.

Recorrerá su senda que es la tuya
el destino, marcado con tu suerte,
si estás obsesionado con la muerte;
no la llames, no le temas, ni le huyas…

Tino Diez

Dos gotas de Chanel para morir

“Cuan temible y maravillosamente fue hecha por el creador” ,dijo el pastor en su funeral.
549700e59f2faad485a8a5c319b24165

La vida me niega volver a ser Norma,
no puedo soportar tanta fatiga,
ni podré seguir viviendo de esta forma:
me acosan los demonios de la intriga.

Nadie sabe si es mentira o es real,
ni donde está aquel diario secreto,
que sería la espoleta en los aprietos,
explotando en el oval presidencial..

Ni Bob ni John atienden mis llamados,
el doc me satura con placebos;
¿será tal vez una cuestión de estado
que me está amenazando, que no debo?

Ni una nota, entre endebles testimonios,
silencio hermético, secreto del sumario,
las notas que se acallan en los diarios,
y pruebas que se llevan los demonios.

La soledad me da miedo, en el temblor
las sienes se me parten en astillas;
no intentaré nada más, será mejor
la solución final de las pastillas…

En esa despedida, la del funeral,
de las mil dudas, no están Frank ni Dean;
con gotas de Chanel te llega el final
de tu azarosa vida, Marilyn.

Tino Diez

 

 

Fueron solamente seis

Nunca la van a asfaltar. Es ruta nacional. Depende de Vialidad”, decía mi viejo.

Y así pasaban años y lustros. Y firme seguía la hilera de altísimos eucaliptus bordeando el empedrado cachuzo. Nunca la van a asfaltar, se decía. Mientras ronroneaban avanzando a paso de regulador los camiones-acoplados cerealeros hacia el puerto. Viejos camiones que también solían permanecer detenidos a la sombra durante horas y horas, esperando que la fila volviera a moverse unos metros. “Me calienta un poco de agua, doña..?” el camionero, gauchito, bajaba, tocaba timbre y se quitaba la gorra transpirada en gesto de respeto con la dueña de casa.

Por el senderito lateral de la avenida, en esa misma rutina de ilusiones previsibles y trabajo constante, iban los obreros rumbo a un cuadro de Quinquela . Invierno y verano. Rostros surcados y ajados. Caras que se hacían conocidas a fuerza de pasar y pasar. Un día y otro día. Casi siempre con la misma vestimenta. Minuto más, minuto menos, sabíamos quién sería el próximo que nos tocaría ver pedaleando esas bicicletas despintadas, cada una con su rechine propio.

Humildes seres, anónimos pero no grises. Personas con la sabia modestia de quien se pone la vida al hombro como debe ser. Sin excusas. Responsables de horarios y destinos. Puntuales ciclistas a favor o contra el viento impiadoso de la bahía, un viento que a la tarde los regresaba…. claro que…un poco más lentos, después de haber hombreado oro amarillo por las rampas de los barcos mercantes durante ocho o diez horas.

Años de bienestar de la mano generosa del estado presente. También lo recuerdo: casi todos los obreros volvían con una bolsita de arpiyera atada al caño de la bici portando un poco de cereal para sus pollos.

Nunca la van a asfaltar. Ni lo sueñes. Hasta el Tarta Bosco lo repetía con sus dificultades propias, mientras el aroma de los eucaliptus mencionaba eternidades. Nunca la van a asfaltar.

OOO————————————————————————-OOO

15285063_1454884437874008_8322179615911390127_n-1Fueron seis. Solamente seis. Pudieron haber sido muchos más.

Un poco de cada recuerdo me empujó a hacerlo. Lo hizo este pibe que llevo conmigo y que sigue conservando imágenes, símbolos, caras, bicicletas, gorriones, torcazas, perfume de eucaliptus, las sílabas re re repetidas una y otra vez por el Tarta Bosco y la convicción de mi viejo diciéndome que no la van a asfaltar…

Nunca la van a asfaltar….Hasta que aparecieron con sus máquinas y empezaron a hacer todo aquello que presumíamos jamás iba a suceder.

Fueron seis. Pudieron haber sido muchos más si hubiese respondido a la ansiedad del momento. Podría haberme cargado una cuadra de adoquines. Es decir: mi propia cuadra. Pero fueron solamente seis adoquines. Porque tuve vergüenza de parecer punga de cosas que se van. Y lo que se estaba yendo era justamente la vieja avenida empedrada, bordeada de eucaliptus altísimos y añosos. Era un pedazo de mi propia vida que se estaba yendo. Y lo hice. Apurado. Para que me vieran pocos o ninguno. Cargué seis adoquines y me los traje a este otro espacio de tiempo. Mi casa en otro barrio. Un sitio donde las personas que llegan al patio solamente ven seis piedras, seis adoquines. Y yo veo tantas otras cosas.

JORGE ÁNGEL

NOTA: Relacionada con este artículo se puede ver una nota en empedrado  (hacer click)

Códigos de barrio

15541501_1904912333071712_6013096375536408813_n“La vida entonces nos brindaba refugio,
el seguro lugar donde encontrarnos…
Era esa villa un techo y un abrigo,
era el seguro pan y era la leche
y aquella sensación de estar a salvo
que ya nunca sentí cuando anochece.

¡Qué sé yo qué perfumes
se animan a quedarse todavía
después de tantos vientos!
¡Qué sé yo qué humareda
de San Pablo y San Pedro!

Calles de tierra y potreros pelados
donde darle motivo al deber inconcluso
y ese sol de diciembre
que igual nos acomete
vacilando en la hilera de eucaliptus.

15577936_1904913429738269_3913326393031880513_oTorcazas frágiles, indecisas de alas
rindiendo Tema Uno
del techo de la escuela a la palmera.
¡Ah! el almidón crujiente y la blancura
del guardapolvo humilde,
remendado
en la prolija cicatriz de la rodada.

Y esos ojos nuestros,
dibujando carátulas eternas
en la virgen memoria apenas convocada.

La villa daba entonces
un seguro lugar donde encontrarnos…
15577960_1904912596405019_4685441827435069931_oPatio con gallinas
cercos de gladiolos, bordes con malvones
y ese parral dejando los resquicios
para no ocultarnos el cielo del ensueño.
Alto, bien alto, arriba,
donde supimos asomar nuestras miradas
para ver la función en continuado
de un tiempo de fraternas emociones.

Postal chillona de colores nuestra villa,
simple como cuento
de la bici cachuza con el freno cortado
al moretón sublime y azulado,
15591137_1904912766405002_8741413780809668401_ocausa y efecto.
Huellas de vida y de niñez al mango
mientras el club, parlante abajo aún esparce
al varón Julio Sosa en ese tango.

Un techo y un abrigo,
como la sensación de estar a salvo,
aunque aullara el Zapalero sin remedio
un terraplén más cerca que el salitre,
cada noche, si acaso el tibio nido de la almohada,
diera cobijo al sabañón doliente
en un postrer ahínco de la madrugada.

15440419_1904913643071581_6048677785749949472_oPrimeros sueños
con pelota de trapo dominada
o más..¡dormida!
en el empeine maltratado de la zapatilla.
Si no fue gol…¡por poco!
A medias…
como su armazón de calcetín y nylon.

Nos dio un largo recreo nuestra villa
donde la calle fuera un aula sin pupitres,
para copiarnos la costumbre desmañada
del primer cigarrillo

o el bautismo de sexo imaginado.

Sí. La vida entonces nos brindaba un refugio,
el seguro lugar donde encontrarnos…
Era esa villa un techo y un abrigo,
era el seguro pan y era la leche
y aquella sensación de estar a salvo
que ya nunca sentí cuando anochece.”
JORGE ANGEL

Yo no soy rencoroso…

alquiler_imagen_generica-jpg_258117318“No quiero terminar el año enojado con nadie,¡pídanme perdón..!

Las notas del último tango se estiraban, con esfuerzo, en la voz del cantor, para provocar el aplauso final.
Un piadoso aplauso coronó la actuación del vocalista y mientras se inclinaba agradeciendo la gratitud de la gente. Con una mano señalaba al bandoneonista director y la otra, pañuelo en ristre, enjugaba la transpiración de su frente.
La gente comenzó el retiro, despaciosamente mientras los músicos del quinteto guardaban los instrumentos. El director no. Dejó el fueye sobre la silla y fue al encuentro del vocalista “¿Qué te pasa, José?, preguntó mientras ponía una de sus manos en el hombro del cantor.
   “Tengo problemas, Juan, estoy por irme a vivir con mi novia, pero como no tengo laburo, nadie me quiere salir de garante, para alquilar un departamento…
Tené paciencia, creo a todo se le puede encontrar una solución y cuando menos lo pensás, aparece algo…Vení vamos a tomar algo”.
Tal como lo dijo Juan, pasados unos días, José consiguió trabajo como ordenanza en uno de los bancos locales. Pero cuando fue a la inmobiliaria para reflotar el tema del alquiler, recibió un nuevo obstáculo. El trabajo reciente no le alcanzaba, necesitaba una antigüedad de determinado tiempo y un garante con ingresos justificados y por lo menos la misma antigüedad mínima laboral.
Y otra vez Juan, le dio la mano que necesitaba. Firmó como aval garantizando la seguridad de los pagos mensuales y contribuyendo a consolidar la vida sentimental de su cantor que no había tenido suerte en ese sentido.
José formó su nido, invitando a su maestro director y amigo a un asadito en el recién alquilado departamento.
Las actuaciones del cantor mejoraron lo mismo que su situación personal, ahora con seguridad laboral, su hogar y la satisfacción que las piezas se fueran colocando en su lugar, para ofrecerle este inmejorable presente.
Pasaron los días y los meses con normalidad.
Un día al llegar al banco, fue llamado por el gerente quien le comunicó que iba a ser trasladado a Buenos Aires a una nueva sucursal y que debía trasladarse en los próximos treinta días. El banco tenía para estos casos, departamentos para sus empleados, hasta tanto solucionaban su instalación en Buenos Aires.
En ese momento, los amigos le hicieron una comida de despedida. Hubo alegría, tangos, reconocimientos con pergaminos ad hoc y hasta algunas lágrimas.
Todo siguió su curso, ahora no con normalidad. Unos diez días después Juan era citado por la inmobiliaria, ya que su cantor había dejado varios meses sin pagar el alquiler, así como las expensas y demás servicios. Por más que intentó a través del banco donde trabajaba, comunicarse con José, no pudo hacerlo y finalmente abrumado y apremiado, solicitó y obtuvo un plan de pagos para cancelar la deuda pendiente.
Pero los caminos que recorremos son impredecibles y José, luego de algunos años en la Perla del Plata, volvió a nuestra Bahía que besa el mar. El reencuentro no fue grato entre Juan y José. Juan, recriminado a su ex cantor su actitud y el pago de lo que había dejado colgado y José, que se había separado de su pareja, diciéndole que en algún momento iba a devolverle lo que Juan había pagado. Pero al ver la suma, le cuestionó a su amigo que quería robarle lo que él no debía, ya que no era tanto lo que había dejado sin pagar. Y, enojado, dio un portazo y se fue.
Allegados comunes le aconsejaban a Juan que le iniciara una acción en la justicia, pero el músico desistió de hacerlo. Había decidido olvidar, al que supuesto era su amigo, igual que a su deuda.
Y otra vez el tiempo que pone distancia. Tal vez olvido y distanciamiento entre el director y el cantor.
Un buen día, Juan recibe un llamado de José, diciéndole que quería hablar con él. Juan tuvo un impulso de colgar el teléfono, para no rechazarlo con un insulto, pero se escuchó diciéndole: “Bueno, vení esta tarde al estudio…
La reunión, casi no fue tal. Juan pensaba que José vendría a pagar algo de lo que le debía o a decirle que por ahora no podía pagarle. Que, arrepentido, le pediría disculpas (y estaba predispuesto a hacerlo) por su acción, pero…
La llegada fue fría, un apretón (que no fue tal) de manos, y el recién llegado, comenzó a hablar: “Mirá, Juan, trabajamos muchos años juntos, fuimos amigos, ya somos viejos, no podemos estar enojados. Podríamos seguir siendo amigos, porque yo no soy rencoroso y…”
Fue todo lo que pudo aguantar, Juan, que se levantó, abrió la puerta y de un empellón lo depositó de bruces en la vereda, mordiéndose, para que volcán de insultos que le brotaba desde su interior, no se manifestara.