El tango Re-fa-si

Santiago Alvarado, portorriqueño, compuso en la época de oro el bolero “Siete notas de amor”, famoso universalmente que, por supuesto, incluye todas las notas musicales en su poesía. Los Panchos, Johnny Albino, Estela Raval y otros muchos se encargaron de hacer que este tema se conozca y se cante.


En nuestra música ciudadana, existe un tema que se titula con tres notas musicales y en su nacimiento tiene una anécdota curiosa
Enrique Pedro Delfino, se encontraba en Montevideo. Luego de una actuación en torno de una mesa de colegas músicos y compositores, derivó la conversación a las técnicas para componer que usaba cada uno de ellos. Hubo quien expuso de pura inspiración, otro que componía trozos de obra que guardaba inconclusa, el que armaba sus temas por pedidos o a partir de una letra que le impactaba su contenido.
Como consecuencia de su posición ante su forma de componer, lo retaron a Delfino a hacer un tango con tres notas musicales en un término perentorio. Con gramos de alcohol que avivaban su imaginación y dificultaban su andar, Delfino volvía a su hotel. En ese momento el desafío y su inspiración coincidieron en unos acordes que cumplían con el patrón musical solicitado.Refasi
Una urgencia de registrarlos ya que era consciente que cuando los vahos de la noche se transformaran en resaca, nada quedaría de esas notas. Tocó en el bolsillo del gabán y un escaso – pero suficiente – lápiz encontró. Recorrió los bolsillos, febrilmente. en busca de un trozo de papel, inútilmente. Ni siquiera el paquete de donde había sacado el último cigarrillo que había quedado en el restorán.
No se amilanó y en un muro dejó escritas las notas del tango. La idea era volver a la mañana cuando despertara, para copiarlas y darles forma.
Llegó al hotel y con la acumulación de sentimientos y vahos etílicos, se durmió.
Como a las diez de la mañana, despertó y luego de desayunar salió presto con hojas pentagramadas, para rescatar su tango y ganar la apuesta.
Claro, Delfino, no había tenido en cuenta que ese 1919 era tiempo de elecciones en Montevideo y sus apuntes habían que dado sepultados bajo los afiches de los candidatos que se postulaban en los inmediatos comicios.
Delfino no era de los que se doblegan así porque sí y empezó a despegar los carteles políticos. Un policía que lo vio, interrumpió su tarea, ya que contravenía los edictos policiales y electorales. Sorprendido primero, pero con toda firmeza después le explicó al agente que era músico y que debajo de la propaganda política, estaba la música de un tango.
Llegaron a un acuerdo con el oficial que intervino, que luego de quitar los carteles y copiar sus apuntes, iría al comité del partido a los que correspondían y pediría nuevos ejemplares que él mismo pegaría.
Hubo buena voluntad y todo se resolvió.

Así Enrique Pedro Delfino, ganó la apuesta y todos nosotros y nuestra música atesoró el tango “Re fa si”

 

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El viejo huraño

(Tomado de “No lo creo.Com”)

Tras morir este hombre en la residencia, las enfermeras encuentran algo que cambia sus vidas

603389331788Miles de ancianos esperan a diario la visita o llamada de sus familiares en las residencias. Pero a menudo sus corazoncitos cansados de latir sufren una gran decepción al final de sus vidas. Cuando un hombre al que las enfermeras únicamente ven como a un cascarrabias muere, estas se disponen a limpiar su cuarto. Allī encuentran algo que les arrancará lágrimas de amarga emoción.

Entre las pertenencias del paciente, recuerdos de toda una vida, encuentran este poema:

¿Qué veis vosotras, enfermeras? ¿Qué veis?
¿Qué pensáis cuando me veis?
Un viejo cascarrabias, no muy listo.
Con hábitos extraños y mirada distante.

Al que la comida le cae por la comisura de los labios y nunca responde.
Al que decís en alto: „Al menos podría intentarlo“.
Que parece no darse cuenta de las cosas que hacéis.
Y que siempre pierde algo. ¿Un calcetín o un zapato?

Que, oponiendo resistencia o sin oponerla, os deja hacer.
Que ocupa sus largos días con el baño o la comida.
¿Es eso lo que pensáis? ¿Es eso lo que veis?
Pues entonces abrid los ojos, enfermeras, vosotras no me veis.

Os diré quién soy, ahora que estoy sentado
haciendo lo que me decís y comiendo cuando me pedís:
Soy un niño de 10 años, con padre y madre,
hermanos y hermanas, que se quieren.

Un chico de 16 con alas en los pies,
que sueña con encontrar pronto el amor.
Un novio con 20, al que el corazón le brinca.
Que recuerda los votos que prometió cumplir.

Que con 25 ya tiene sus propios niños,
A los que ha de guiar y dar un seguro hogar.
Un hombre con 30, cuyos hijos crecen rápido.
Unidos los unos a los otros con lazos que han de durar.

Con 40, mis jóvenes hijos han crecido y se han ido.
Pero mi mujer está conmigo para ver que no entristezco.
Con 50 vuelven a jugar bebés en mi regazo.
Volvemos a conocer a niños, mi amor y yo.

Días oscuros sobre mí, mi mujer ha muerto.
Miro al futuro y me estremezco.
Mis hijos tienen sus propios hijos.
Y pienso en los años y en el amor que conocí.
Yo soy ahora un viejo. La naturaleza es terrible.

Me río de mi edad como un idiota.
Mi cuerpo se viene abajo. Gracia y fuerza se despiden.
Ahora solo queda una piedra, donde latía un corazón.
Pero en esta vieja carcasa aún vive un hombre joven.

Y mi maltrecho corazón se hincha.
Me acuerdo de las alegrías, me acuerdo de las penas.
Y vivo y amo, todos los días.
Pienso en los años, tan pocos y que se fueron tan rápido.

Acepto el hecho de que nada puede quedar.
Así que abrid los ojos. Abridlos y mirad.
Nada de viejo cascarrabias.
Mirad más de cerca. ¡Vedme a MÍ!

No asumas que el viejito de tu lado ya no ve nada. Él vive y siente como tú. En cada uno de nosotros late un corazón que se mantiene joven aunque el cuerpo se estropee. Recuerda las palabras de este anciano siempre que veas a una persona mayor, y compórtate como se merece. Comparte este poema con tus amigos y recuérdales que el corazón no envejece.

En Rusia se escuchó otro “himno”

descargaLos tangos más conocidos en el mundo tienen asociado una suerte de padrinos que se atribuyen derechos de autoría o que por lo menos, tiene varios “constructores” que en su devenir fueron modificando o agregando arreglos musicales en unos casos y la adaptación de otras letras, en otras.
Es conocido el culebrón que recorrió “La cumparsita” desde Gerardo Hernán Matos Rodriguez (1897-1948), pasando por Roberto Firpo (1884-1969) hasta Enrique Pedro Maroni (18871957), donde el litigio por los derechos de autor excedió la vida de los autores ya que el fallo demoró varias décadas.
“El choclo” tuvo sus alternativas desde su nacimiento ya que hay quien lo atribuye a la autoría de Casimiro Alcorta, un violinista de origen africano, de quien no se tienen mayores datos, sólo que falleció en la miseria absoluta en los albores de siglo XX; lo cierto es que las versiones con mayor asidero informan que fue compuesto en 1898 por Ángel Gregorio Villoldo (1861-1919) y estrenado en 1903, con letra olvidable de Villoldo:
“De un grano nace la planta/ que más tarde nos da el choclo/ por eso de la garganta/ dijo que estaba humilloso./ Y yo como no soy otro7 más que un tanguero de fama/ murmuro con alborozo/ está muy de la banana”.
Después Villoldo reemplazó esos versos por otros, a juicio de los entendidos, de peor factura:
“Oíme china, que tengo mucho que hablarte/ De una cosa que a vos no te va a gustar,/
Largá el rollo, que aquí te escucho y explicate (…)”.

Pasó el tiempo y ante la falta de interés por este tango, Juan Carlos Marambio Catán (1895-1973) que había nacido en Ingeniero White, en el Boulevard Juan B. Justo, rimó nuevos versos para “El choclo”, en el año 1930:

“Vieja milonga, que en mis horas de tristeza/ Traes a mi mente tu recuerdo cariñoso,/ Y encadenándome a tus notas dulcemente/ Siento que el alma se me encoge poco a poco./ Recuerdo triste de un pasado que en mi vida/ Dejó una página de sangre escrita a mano,/ Y que he llevado como cruz de mi martirio/ Aunque mi carga infame me llene de dolor.”

Tanto la segunda letra que creo Villoldo como la de Marambio Catán, si bien mantenían el título, su estructura no tenía relación, como no la tuvo la posterior, de la pluma del filósofo del tango, Enrique Santos Discépolo, (1901-1951) que se conoció en 1947 y se popularizó no sólo localmente y a través de los buques escuela que recorrían , dando a conocer nuestra música, en los confines del mundo.

Actualmente se canta casi exclusivamente la letra aportada por Discépolo y en algunos casos muy especiales la versión del guaitense Juan Carlos Marambio Catán. Hay una grabación de la orquesta de Edelmiro D´Amario, en la cual Ángel Vargas canta una parte de Enrique Santos Discépolo y una parte de la autoría de Juan Carlos Marambio Catán. (Esta es la versión citada:

Para cerrar debemos recordar que en febrero de 1916 en ocasión que el periodista y escritor Tito Livio Foppa, fue enviado por un diario porteño a Alexandranowa, Kiev, donde junto a varios corresponsales de guerra de distintos países del mundo:

 

EL CHOCLO CONVERTIDO EN HIMNO

En misión periodística llegué en compañía de varios corresponsales de guerra de distintos diarios a una estación aerostática oculta entre las colinas nevadas de Rusia. Allí fuimos cordialmente recibidos por los jefes de la estación –un capitán y dos tenientes alemanes- que nos hicieron objeto de toda clase de agasajos. Por último nos invitaron a cenar en la casa-habitación que ellos ocupaban; ésta era muy pequeña pero nada de lo indispensable faltaba; hasta un piano (también necesario para acompañar las canciones que disipaban la tristeza) completaba el ménage. Durante la cena hubo, pues, música alegre.
Como fin de fiesta los oficiales indicaron al pianista que interpretara el himno de cada uno de los periodistas extranjeros que honraban la mesa y, de inmediato se escuchó y entonó con unción la “Canción de los Habsburgos”, a la que siguió una canción patriótica suiza en obsequio al cronista del “Berner Tag”. Luego de una pausa, un soldado que hablaba español y oficiaba de intérprete me advirtió pesaroso:
“El pianista no conoce el himno de vuestro país, pero, no obstante, nos va a hacer escuchar una música argentina que nosotros vamos a reverenciar como si fuera el propio himno”.
Se produjo un silencio expectante e, instantes después, las notas de “El choclo”, interpretado en solemne circunstancia por un desconocido pianista extranjero –benditos sean los músicos anónimos-, poblaron el espíritu de extraña emoción. No sé si el blanco y desolado paisaje que veía a través de la ventana influyó en mi ánimo aquella inolvidable noche de febrero de 1916, pero lo cierto es que las notas de Villoldo, resonando en un perdido rincón del mundo y escuchado de pie y silenciosamente por un grupo de oficiales y periodistas extranjeros, tuvieron la emotiva elocuencia de un himno.
Tito Livio Foppa

(Este último párrafo  – EL CHOCLO CONVERTIDO EN HIMNO – lo tomé sin permiso de las publicaciones de mi amigo José María Otero- Gracias querido amigo)