Matanza en Ingeniero White

Sobre Las grietas del relato histórico: A un siglo del doble fusilamiento, homenaje a los mártires del movimiento obrero

Autor/es: Federico Randazzo

Luego de las múltiples lecturas de la masacre conocida como Campaña del desierto y de la profunda trascendencia que adquirió con los años la labor periodística de Osvaldo Bayer con su investigación sobre las matanzas de peones rurales en 1921, la patagonia argentina resultó impregnada de cierto perfil genocida.  La matanza de inmigrantes en Ingeniero White, el puerto de Bahía Blanca, en 1907, viene a sumar una insólita página salvaje al accionar del Ejército argentino.  Las grietas del relato histórico presenta una investigación periodística dedicada a reconstruir los detalles de aquel doble asesinato que acabó con la vida de dos inmigrantes. Se trata de una historia de sucesos crueles, que despertaron la rabia de la población de todo el país y generaron la huelga solidaria más importante de aquella etapa heroica del movimiento obrero nacional.  El texto también contiene una primera aproximación a la realidad que se vivía en Bahía Blanca a comienzos de siglo XX y la llegada a esa ciudad de las dos grandes matrices del pensamiento revolucionario de la época, el socialismo y el anarquismo. En julio de 2007, al cumplirse un siglo exacto de esta matanza emblemática para Ingeniero White, se presentó este trabajo en Bahía Blanca como parte de un homenaje a los primeros mártires del movimiento obrero bahiense. 100 años después de la sangre, hubo reuniones en la ciudad y en el puerto para reivindicar la entrega de aquellos inmigrantes a quienes, en estas tierras, les arrebataron prontamente la vida. Aquí retratamos los fragmentos más salientes de Las grietas del relato histórico y una reseña del recordatorio homenaje.

“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas. Esta vez es posible que se quiebre el círculo…”

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El Águila que venció vendavales, vencida por la desidia

Video corresponde a Ricardo N Morelli, publicado en Personajes Históricos de White

El artículo publicado en PHW  y “La Nueva Provincia”, el 23 de abril de 2006.

El águila que venció los vendavales

 “Pocas lanchas conocieron la ría como el “Aguila Blanca”. Nos salvó de trampas mortales. Nos trajo de nuevo al muelle atravesando tormentas y vendavales de los que creímos que nunca íbamos a salir. Pero lo que no consiguieron los peores vientos del mar lo lograron los de la tierra. Cuando la veo ahora, abandonada, en ruinas, se me parte el corazón.

 “La conocí poco después de cumplir diez años. Ahí, sobre la popa, yo tenía mi cucheta. Mi padre le había encargado al carpintero Manuel Blanco, uno de los mejores, que le agrandara la popa porque era chata. Y le puso un motor de 220 caballos. ¡Qué lancha! La ría le quedaba chica. (N.R. Manuel Blanco tenía su obrador sobre la calle Magallanes al 3500 y por la parte trasera del mismo, que daba a un gran baldío hasta Cabral, Lautaro e Islas Órcadas, salían hacia el puerto las lanchas que había construido o reparado).

 “La miro y aparece el rostro de mi padre con su infaltable pipa, contemplando el mar como si hablara con él. O le preguntara. Uno al mar siempre le preguntaba. Y él escondía sus secretos.

 “El ‘Aguila Blanca’ pasó a ser parte de mi vida el día que mi viejo alejó la pipa de la boca, soltó una bocanada de humo y me dijo:

 -Bueno, gualió (*), ya sabés bastante. Ahora basta de escuela, venís a bordo conmigo.

“Yo estaba en cuarto grado. Había ido hasta segundo, en Italia. En la isla de Ponza.

 “Me adapté rápido a White. Cuando llegué me dijeron ese es tu papá. Yo quería esconderme porque no conocía a aquel hombre. ¿Cómo podía ser mi papá alguien al que apenas había visto y no recordaba? Bueno, gualió, tenés que ir a la escuela, me dijo en cuanto llegué. Dos años después, la orden, serena, cambió entre una bocanada de humo y otra: Ya aprendiste bastante…

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Réquiem para el “Águila Blanca”

Antes del rosicler salía del puerto,
la esforzada tripulación de pescadores,
que llevaba en las redes la esperanza,
de sustanciosa pesca,
que airosa soportaba aquella lancha.

Si en calma, transcurría el mar sus olas,
o el viento se enredaba en la tormenta,
su casco soportaba los embates,
con la muñeca de timonel que, en el esfuerzo,
luchaba y demostraba su coraje.

Así, en el reitero de los días dibujaste en la ría
tantos viajes que minaron tu estructura
y una tarde te abandonó de las gaviotas,
el cortejo;
y finalmente, ancoraste tu vuelo, en dique seco.

El destino que aguardando estaba
dilatar el fin de tu trayecto,
decidió que fueras el emblema
para el Museo del Puerto.
Entonces se poblaron de recuerdos
de música y de risas, tus momentos,
tu imagen amarilla renacía
y en un mar de alegrías,
fuiste el hito inconfundible de tu puerto.

El tiempo que transcurre, inexorable,
el viento que se lleva las promesas,
la desidia, el olvido, la apatía,
sentenciaron que, en el final inmersa,
te encerraran, indolentes, entre rejas.
En el cuadro final de los finales,
hoy quedan de aquellas esperanzas,
sólo recuerdos vetustos del plumaje,
réquiem de lo que fuiste, Águila Blanca.

 

Tino Diez – Febrero de 2019.

El fútbol que yo ví, sentí y practiqué

Escribe ERNESTO LAZZATTI

Sus comienzos
En Ingeniero White, primero, siendo muy chico aprendí a darle a la pelota en el Bulevar 20. Después, del otro lado de las vías, frente a las colonias de Ferrocarril, continúe el aprendizaje.
Posteriormente, ya en Comercial, como entreala derecho de la quinta división y jugando en algún entrenamiento o, cubriendo ausencias imprevistas de otras divisiones, fui observando a los grandes que más me atraían. Martín, Santos Ursino, gran jugador y de extraordinaria personalidad. Bruno Borgheti, de juego regular y firme. Aguedo Ursino, habilidoso entreala. Pradilla, Soto, extremadamente sobrio y prolijo. Tourignan, mediocampista “de ahora”. Rossini, mi posterior compañero de ala. Agrioli, cabeceador especialista y astuto observador de defectos y virtudes futbolísticas. Isaito Romano, complemento especial de Aníbal Troncoso, uno de los mejores del fútbol bahiense, Brustia y Puyatti, distintos tipos de arqueros, igualmente eficaces.
En ese tiempo, sin ninguna duda, los equipos constituidos con buenos jugadores ofrecían espectáculos de mayor atracción y ganaban en mayor cantidad de oportunidades.
Recuerdo clásicos de Comercial y Pacífico, disputas de alto vuelo que, repetidamente, tenían que ver con el título de campeones. No por mera casualidad, sino simplemente porque, su tipo de fútbol, compuesto por jugadores que entendían el valor del bien jugar, lo aplicaban en la medida de sus posibilidades con total integridad.
El tiempo ha pasado, sin duda, pero las bases del fútbol no. Las dimensiones de las canchas son las mismas. La cantidad de jugadores no ha variado; y lo que rige es la velocidad del fútbol, es la pelota. Esa es una de las tantas cosas que aprendí jugando y observando en tantos años de fútbol. Sigue leyendo

Lágrimas al mar (video)

 

Celestina Gómez: Un personaje guaitense. Su figura pequeña durante mucho tiempo, estaba en el balneario detrás de la Usina General San Martín.

Balneario de aguas cálidas provenientes del enfriamiento de las turbinas de la usina de electricidad que deleitaba a los guaitenses.

Celestina, concurría todos los días del año. Y detrás de sus horas en el balneario especial, hay una singular historia de amor.

De Celestina recuerdo sus ojos de un celeste impactante, en los años 50 que, cuando el rigor del tiempo, atenuaron otros atributos seguían siendo profundamente bellos.

Bajaba del tren en la estación Ingeniero White, con la horda que se dirigía al balneario detrás de la usina. Hasta los años 70, que fue las últimas veces que la vi, su apariencia lucía descuidada, con maquillaje al por mayor y al volver del balneario directamente desastrosa.

Algún proceso madurativo había quedado inconcluso en ella, ya que su familia siempre tuvo problemas con su rebeldía, sus ansias de libertad y sus pequeñas locuras que eran verdaderos dramas para los suyos.

Estaba enamorada de Raúl Vattuone, el hermano de la cantante Nelly Omar, un peculiar habitante que se dedicaba a la pesca en las amarillas lanchas pesqueras del puerto guaitense.

También alguien recordaba que intentó ser boxeador sin demasiada suerte.

Raúl había nacido sordo, por lo cual su comunicación con los demás se entorpecía, debido a la sordera que como consecuencia le provocaba dificultades para expresarse.

La relación que había comenzado juntando un “roto para un descosido” con el tiempo se deterioró y Raúl hacía lo imposible para no encontrarse con Celestina. La mujer imperturbable, lo espera en el embarcadero de los pescadores, mientras él encontraba formas para eludirla.

Por su perseverancia cerca del agua del puerto, comenzaron a llamarla “La reina del Mar” y ella estaba complacida de ese mote.

Sus últimos años, ya pasados los noventa años, transcurrieron en un hogar, donde, seguramente, la pasaba asomada al ventanal. Siempre esperando a “su” Raúl. Siempre imaginando “su” mar…

Una de las personas que la visitaba en el profesor Conrado de Lucía, ya que desde el hogar donde vivía, no se perdía ninguno de sus programas de Radio. Desacreditaba los títulos de “reinas del mar” en las elecciones de nuestro puerto y en el de Mar del Plata, diciendo que la única “Reina del Mar” era ella.

Un día nos enteramos que esa espera de la “Reina…” había llegado a su fin.

NOTA 1

Mi agradecimiento a mi amigo Eduardo Aldiser, por la impecable interpretación realizada, incorporando su calidad profesional para darle identidad a las palabras.

NOTA 2

Testigo de esta frustrada relación amorosa, entre Celestina Gómez – simplemente “Celestina” o “La Reina del Mar” – fue Alberto Molina, en ese tiempo . más o menos 1966 – un pibe, por quien Celestina, ignorada por Raúl, que vivía en una pieza de la calle Rubado – enviaba sus cartitas de amor, escritas con un lápiz de trazo grueso sobre el primer papel que encontraba Celestina. La recompensa eran unas chirolas que eran bienvenidas a los huecos bolsillos de sus pantalones cortitos.

Recuerda Alberto: “…era muy linda, siempre perfumada y con una cartera llena de lápices de labios color carmín. Siempre con tacos altos y  unos ojos muy lindos y grandes.”

Gracias, Alberto.