Un 6 de enero en que los Reyes Magos no llegaron…

Por fin estuvieron en condiciones, ajustando lo que pudieron de intentar el sueño de la casa propia. Una casa mínima, pero nuestra. Mi papá estuvo visitando a personas que habían puesto en venta casas, las condiciones de acarreo con sus posibilidades económicas, hasta que encontró una construcción de chapa galvanizada por fuera, revestida en madera machihembrada por dentro, la integraba una pieza y una cocina.

Consultó las condiciones que, luego de algunas aclaraciones y regateos, fueron aceptadas por ambas partes. Pero para sellar definitivamente la compra hubo que consultar a quien debía acarrearla – o arrastrarla – hasta su destino y las posibilidades de deterioro que se podrían presentar en relación a la mejor o menor fortaleza constructiva que presentaban. Una vez que se aseguró este aspecto por parte del acarreador, mi papá con esa hermosa letra que tenía, trasladó las condiciones establecidas al papel – un tipo de papel semejante al que usaban los escribanos para su trabajo –  y se firmaron dos ejemplares con las mismas pautas contenidas. Se convenía – mi viejo escribió “se combinan”  – la división del costo total en determinado número de cuotas que se pagarían mensualmente en el ya nombrado almacén que oficiaba como oficina gestora, la Almacén de Sclavi. Sigue leyendo

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Cuando las causalidades son guaitenses

CÓRDOBA Capital
   El 6 de julio de 1573 un desobediente caballero llamado Jerónimo Luis de Cabrera decidía fundar Córdoba…

Esa osadía le valió, tiempo después, la pena de muerte. La plazoleta que lo honra, está sobre la calle 27 de abril y la estatua de 2,70 metros de altura fue realizada por el escultor local Horacio Juárez.

En el año 1992, el entonces Intendente doctor Rubén Américo Martí, instituye esta distinción que con el correr de los años se ha convertido en un sello distintivo del Gobierno de la ciudad.

Los destinatarios son referentes locales de la cultura, la salud, la educación, el periodismo, las comunidades barriales, el comercio, las empresas, las instituciones y los lazos sociales. Se entrega el 6 de julio de cada año.

La estatuilla es una réplica a escala de la escultura, que honra la memoria del Fundador Jerónimo Luis de Cabrera y está emplazada en la plazoleta homónima de Obispo Trejo esquina 27 de Abril y es obra del propio Marcelo Hepp. Sigue leyendo

Aníbal Vitali, cantando…!

Alguna vez Bocha Cordi lo presentó como “El fueye de Bahía Blanca”. Músico, bandoneonista, director, autor, maestro en el literal y total sentido del término. Aníbal Vitali, en las reuniones tangueras que se realizaban en el Patio de Tango, reducto de Luisito Carbonara, teníamos sorpresas como éstas.

Gustavo Gabí, presente en una de esas tenidas, se lamentaba no haber traído el grabador. Pero se dió y, emocionado, con la filmadora en mano pude registrar ese momento que aquí va:

 

 

Mis otros proyectos

 

 

Se pueden consultar otros trabajos, especialmente referidos al tema tango, accediendo a este enlace: Tangos al sur

También informamos que momentáneamente no se puede ingresar a la “Página de Tino Diez” en “Terapiatanguera.com.ar”.

 

busto para minervino. 12/10/07. foto de pablo

 

Cacho Marzocca y un milagro de San Silverio

   

 

El mar está calmo pero siempre está el temor que se desaten tormentas y tempestades y entonces se dan cuenta que están sobre una cáscara de nuez:

Cacho Marzocca

Fue una tormenta acompañada por un tornado. Justo agarramos la línea del tornado en el lugar donde estaban fondeadas las cuatro embarcaciones les tocó que el tornado les dio vuelta campana la lancha, cuatro tripulantes alcanzaron a zambullirse al agua y el otro socio y Cacho quedaron encerrados en la bodega, unos veinte a treinta minutos. La lancha quedó dada vuelta flotando sobre cubierta. Se había formado una cámara de aire y la embarcación se iba hundiendo muy despacio. Pensaban que no iban a poder salir más, comenzaron a invocar al santo, ante el peligro de morir encerrados como ratas y ahogados tuvieron la suerte, según Cacho, y el milagro del santo protector que tienen los pescadores, ante los ruegos “San Silverio, ayudame…!!”, “¡San Silverio, ayudame…!!” y agrega vehementemente,  “¡¡El Santo Protector nuestro es SAN SILVERIO!!!”

San Silverio vino a los barcos, bajó de ellos, junto a las valijas, los recuerdos, sueños y tristezas de los inmigrantes pescadores italianos.

En un principio pensábamos que la boca escotilla estaba obstruida por algo ahí y que no teníamos salida y de repente, en la oscuridad, Cacho mete la mano y encuentra  un hueco y le dice al otro muchacho: “Mirá, yo voy a tratar de salir a la superficie”. Se zambulle, quiere nadar para un lado y se encuentra con que tocaba con lo que esta baranda (y señala a la tablilla de alrededor de cubierta).

Al llegar arriba se encuentra con un temporal de viento, lluvia y granizo. La persona que tenía a su cargo despachar la embarcación estaba tomada del timón, es decir la hélice de la lancha, y en el otro brazo tenía al cuñadito, el hermano de la mujer de Cacho, que era su socio de trabajo también, que se había desvanecido a raíz de la granizada que caía.

El que estaba abajo, se encontraba soportando la mezcla del gasoil con el agua. Con el torso desnudo y sólo vestido con un pantaloncito corto y por lo tanto totalmente embadurnado por el combustible. Lo esperaban de un lado de la lancha pero apareció por el otro. La tormenta profusa de relámpagos y truenos, lo iluminaron cuando la tormenta se lo llevaba, al tiempo que vimos las señas de pedido de ayuda que nos hacía.

Fueron con una canoa, pero era tal la cantidad de gasoil que se adhería a su cuerpo que los intentos de asirlo, resbalaban. Por suerte, tenía una abundante cabellera que les sirvió para sujetarlo y poder tomarlo por debajo de las axilas para subirlo al bote.

Se pudo reflotar la lancha y volver a puerto sin consecuencias mayores y acota Cacho Marzocca: “Y yo siempre digo que esos son los milagros de ese famosito Santo que es San Silverio…

(Basado en “Cacho el pescador de White” de la Serie “Esas Pequeñas Cosas” de Néstor Machiavelli – fragmento)

Cancha brillante

 

 por Douglas Javier León

(Publicado por “La Nueva Provincia”, el 26 de septiembre de 2012, en el Suplemento dedicado al 127° Aniversario de Ingeniero White)

Goyén; Clausen, Villaverde, Trossero, Enrique, Giusti, Marangoni; Bochini, Burruchaga; Percudani y Barberón. Quién pudiera jugar como ellos, entenderse como ellos. Ser uno más… ¡Y zas! Mi viejo me trae una camiseta roja. No tiene ninguna inscripción pero es de Independiente. Me la pongo enseguida y con seis años salgo a jugar a la vereda con el pecho inflado. Me animo a tirar gambetas que no había tirado, voy a buscar paredes posibles y meto pases que si los defensores calzaran más, seguro que los cortan.

Es una tarde de verano. Mi mamá me dice que duerma la siesta. Le hago caso y después de tomar el té, vamos a la cancha que está abajo del Puente La Niña, a metros del puerto, entre el Bulevar e Ingeniero White, la de los scouts de la Pilling. Ahí se juega el baby fútbol más importante y antiguo de Bahía Blanca.

Llego de la mano de mis viejos. Camino ligero y emocionado hasta entrar en los vestuarios del cuartel y me encuentro con los pibes de la cuadra. “Voy a jugar en serio”, pienso. “Soy un jugador más, como Bochini”, así pensé.

Por una ventana veo que se encienden las luces de la cancha, que la gente llena los costados, escucho por los parlantes como empieza a salir música, que “Tucho” Ursino, el jefe de los scouts, anuncia que entre los partidos de la fecha jugarán Las Colonias y Juventud Unida.

El grito de Gaite, el director técnico, me devuelve al vestuario. Nos explica que hacer en la defensa, en el mediocampo y en el ataque pero no me mira, agarra una bolsa negra y empieza a repartir unas camisetas azules. Espero la 10 pero me tira un buzo naranja enorme, con la 12 en la espalda…

Ya no hay nadie que pueda arreglar semejante injusticia. Salimos del galpón y detrás de la venta de choripanes comenzamos a girar para entrar en calor. Gaite nos acomoda en fila india y cuando “Tucho” anuncia por los parlantes a “Las Colonias” salimos a la cancha con la música del Mundial 78.

La gente nos saluda como estrellas. Miro a mis viejos y siento vergüenza por el 12 en la espalda. Tras levantar los brazos, camino hacia el banco y no imagino cómo salir de semejante angustia.

El partido empieza, y termina el primer tiempo. Así es, creo que no pasó nada. Estoy tan enojado que no veo nada. En el vestuario pongo cara que siempre pongo para que mis viejos sepan que estoy enojado. Gaite me dice, “´Cabeza de choclo´, vas al arco”.

Ahora estoy asustado. Escucho el silbato llamando al segundo tiempo y me dan gans de ir al baño. “Ahora no”, dice Gaite. Salgo a la cancha y miro a mis viejos, también a mi hermano Walter que se puso detrás del arco.

Arranca el partido y no me llega ninguna pelota. Sólo la voy a buscar cuando sale de la cancha. De pronto, justo cuando se escuchó un estruendo de la turbina de la Termoeléctrica Luis Piedrabuena…¡penal! ¡penal para Las Colonias! Y mi hermano no duda: “Anda vos Ruso, andá vos”. Gaite escucha el grito y me hace una seña que lo pateara.

Todo el estadio me mira y comienzo a mover las piernas temblorosas. En la carrera veo a mis vecinos y sigo corriendo, a otros amigos de la cuadra y sigo corriendo, a la chica más linda y sigo corriendo, a mis viejos y sigo corriendo, a mi hermano y sigo corriendo, a la pelota quieta en el punto del penal y sigo corriendo… y puntinazo y ¡goooooooolll!

Ése y otros tantos goles siguen retumbando por ahí. El campeonato se mudó a otra cancha, donde el olor a puerto ya no se siente tanto y donde no hay cabarets al lado.

La cancha de los scouts, de debajo de puente, pasó a manos de la Municipalidad. Se la hirió cuando les robaron las redes, se la siguió lastimando cuando se le quitó el alambrado perimetral y se la dejó irreconocible al sacarle los arcos…

Pero esa cancha era un potrero y los pibes improvisaban arcos con piedras y buzos y remeras, hasta que el último haz de vida le fue arrebatado. Como a un toro el estoque de un mataor, se le enterró una columna de alumbrado público justo  en el punto donde empezaban los partidos.

Pasaron casi 30 años de aquel penal. Ya los pibes no juegan ahí. Pero de una cosa estoy seguro, esa columna jamás brillará como el pasado de la canchita de los scouts.

¡Muchas gracias, Douglas Javier!!

 

El Señor Piropo

(Primer premio Concurso de cuentos en Centro Cultural San Isidro)

Pareció aletargarse en la indiferencia de realidades menos líricas. Ante los avances tecnológicos y la renuente capacidad de querer y desquererse, de amarse en un momento para odiarse en la hora posterior, prefirió acallarse, volverse hacia sí mismo, pero no pudieron eliminar su profunda convicción, aunque si su cotidiana vigencia.
Hubo un momento en tiempos no demasiados remotos, que del piropo, esa adulación especialmente masculina, fuimos testigos de lo que podríamos llamar su materialización o continente corpóreo…
Era de edad indefinida. Su cabellera revuelta, ensortijada y desprolija, cubría, desde el borde del sombrero negro, la preocupación de su frente. Vestía siempre igual, pantalones marrones con rayitas blancas, un saco del mismo tono, con dibujos príncipe de Gales, una corbata voladora que le daba entidad de poeta, a veces cubierta por una bufanda, negligentemente atada al cuello, pretendiendo ser abrigo cuando la temperatura bajaba. En la solapa, inalterablemente una flor, que variaba según la época, siendo un nardo o un jazmín en noviembre, un clavel, un pimpollo de rosa o una azucena en primavera.
Y como si estuviera de imaginaria, siempre en la misma esquina, rumiaba las flores que en forma de piropos dedicaba, cada día, a las chicas que transitaban el paseo de la tarde, tal vez en el mandado inventado hacia el mercado, buscando el zapatito para el baile del fin de semana, finalizando la clase de música o de corte y confección o simplemente, para tomar un helado, de los que artesanalmente hacía el Petiso Fontán, en el bar Curacó.
Tenía para cada una de las muchachas vespertinas, la palabra galana, en una insospechada relación con el piropo del día anterior, como elaborando un madrigal por entregas diarias; quitándose el sombrero, reverencialmente, y recibiendo complacidas sonrisas agradecidas.
Las chicas, por supuesto, esperaban el halago de esa ofrenda diaria, que era siempre nueva, cada vez más inspirada, permanentemente amable.
Los muchachos, en tanto, lo admirábamos con una sana envidia, por esa inspiración inacabable, por sus ademanes y gestos, que se acentuaban en la calidez de la caricia hecha piropo.
El paseo dominical desde la entrada a la estación, por el amplio veredón contiguo al ferrocarril que desembocaba en la pavimentada que nos acercaba directamente al muelle en el borde el mar, reunía toda la juventud en ese recorrido social entre las mejores pilchas, los esperados saludos y las sonrisas y miradas llenas de promesas que flotaban en el atardecer, algunas con acercamientos amorosos duraderos y otras diluidas en el tiempo.
Los piropos y su cultor cambiaban su lugar y estratégicamente ubicado, volcaba los pétalos de su admiración por las niñas engalanadas con la ansiedad de su adolescencia.
Entonces cuidaba más que nunca de estar, porque se sabía esperado. Tal vez para alimentarse con las sonrisas que le devolvían las destinatarias de sus requiebros galantes e inspirados.
Cuidaba, intuía o sabía, que a determinadas muchachas, estaba vedado dedicarle sus cumplidos, porque esperaban a sus novios y jamás pretendió ser un factor de discordia por una galanura suya a alguna niña ligada a un compromiso amoroso.
Alguna vez, entendiendo la exclusión de esas damas, aparecía en el paseo, con un gran ramo de flores que iba obsequiando a todas las damas paseantes, agregando el piropo correspondiente, cuando sabía que su gentileza no molestaba ni comprometía a la destinataria.
Respetaba los momentos de recogimiento en las misas, a las que concurría, para rezar profundamente conmovido en los últimos sitios del templo.
En las procesiones de San Silverio, Patrono de los pescadores locales, repetía esa actitud de profunda fe religiosa.
Las circunstancias que el transcurrir del tiempo, dejó en este pueblo, como en otros, hizo que la realidad social borrara los atardeceres en las esquinas, los helados del petiso Fontán junto a un montón de cosas que variaron su fisonomía, transformando a sus habitantes en ilustres desconocidos.
Los memoriosos dicen que volvieron a ver al vate piropeador, con su trajinado sombrero en una mano, su deshilachado mechón encanecido, sin su corbata voladora, sobre una camisa que fue blanca, donde sólo florecía el clavel rojo como sangre en la solapa desgarrada. Los avatares del frío, en sus cuerdas vocales, trocaron ininteligibles y sus piropos parecieron desaparecer en una profunda ronquera.
Imperturbable en su prosapia poética, ofrecía pequeñas tarjetitas escritas a mano, ausente las flores pero con el piropo de turno, alimentado por las sonrisas y por las escasas monedas, que caían en su desvaído sombrero amarronado de tiempo y desesperanza.
Un invierno cuando inadvertidamente desapareció, se fueron con él las mariposas tan amigas de las flores y nadie supo desde qué nube, lloró la llovizna de la siguiente primavera que marchitó capullos en la inútil espera al Señor de los piropos…