Mis otros proyectos

 

 

Se pueden consultar otros trabajos, especialmente referidos al tema tango, accediendo a este enlace: Tangos al sur

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busto para minervino. 12/10/07. foto de pablo

 

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Cacho Marzocca y un milagro de San Silverio

   

 

El mar está calmo pero siempre está el temor que se desaten tormentas y tempestades y entonces se dan cuenta que están sobre una cáscara de nuez:

Cacho Marzocca

Fue una tormenta acompañada por un tornado. Justo agarramos la línea del tornado en el lugar donde estaban fondeadas las cuatro embarcaciones les tocó que el tornado les dio vuelta campana la lancha, cuatro tripulantes alcanzaron a zambullirse al agua y el otro socio y Cacho quedaron encerrados en la bodega, unos veinte a treinta minutos. La lancha quedó dada vuelta flotando sobre cubierta. Se había formado una cámara de aire y la embarcación se iba hundiendo muy despacio. Pensaban que no iban a poder salir más, comenzaron a invocar al santo, ante el peligro de morir encerrados como ratas y ahogados tuvieron la suerte, según Cacho, y el milagro del santo protector que tienen los pescadores, ante los ruegos “San Silverio, ayudame…!!”, “¡San Silverio, ayudame…!!” y agrega vehementemente,  “¡¡El Santo Protector nuestro es SAN SILVERIO!!!”

San Silverio vino a los barcos, bajó de ellos, junto a las valijas, los recuerdos, sueños y tristezas de los inmigrantes pescadores italianos.

En un principio pensábamos que la boca escotilla estaba obstruida por algo ahí y que no teníamos salida y de repente, en la oscuridad, Cacho mete la mano y encuentra  un hueco y le dice al otro muchacho: “Mirá, yo voy a tratar de salir a la superficie”. Se zambulle, quiere nadar para un lado y se encuentra con que tocaba con lo que esta baranda (y señala a la tablilla de alrededor de cubierta).

Al llegar arriba se encuentra con un temporal de viento, lluvia y granizo. La persona que tenía a su cargo despachar la embarcación estaba tomada del timón, es decir la hélice de la lancha, y en el otro brazo tenía al cuñadito, el hermano de la mujer de Cacho, que era su socio de trabajo también, que se había desvanecido a raíz de la granizada que caía.

El que estaba abajo, se encontraba soportando la mezcla del gasoil con el agua. Con el torso desnudo y sólo vestido con un pantaloncito corto y por lo tanto totalmente embadurnado por el combustible. Lo esperaban de un lado de la lancha pero apareció por el otro. La tormenta profusa de relámpagos y truenos, lo iluminaron cuando la tormenta se lo llevaba, al tiempo que vimos las señas de pedido de ayuda que nos hacía.

Fueron con una canoa, pero era tal la cantidad de gasoil que se adhería a su cuerpo que los intentos de asirlo, resbalaban. Por suerte, tenía una abundante cabellera que les sirvió para sujetarlo y poder tomarlo por debajo de las axilas para subirlo al bote.

Se pudo reflotar la lancha y volver a puerto sin consecuencias mayores y acota Cacho Marzocca: “Y yo siempre digo que esos son los milagros de ese famosito Santo que es San Silverio…

(Basado en “Cacho el pescador de White” de la Serie “Esas Pequeñas Cosas” de Néstor Machiavelli – fragmento)

Cancha brillante

 

 por Douglas Javier León

(Publicado por “La Nueva Provincia”, el 26 de septiembre de 2012, en el Suplemento dedicado al 127° Aniversario de Ingeniero White)

Goyén; Clausen, Villaverde, Trossero, Enrique, Giusti, Marangoni; Bochini, Burruchaga; Percudani y Barberón. Quién pudiera jugar como ellos, entenderse como ellos. Ser uno más… ¡Y zas! Mi viejo me trae una camiseta roja. No tiene ninguna inscripción pero es de Independiente. Me la pongo enseguida y con seis años salgo a jugar a la vereda con el pecho inflado. Me animo a tirar gambetas que no había tirado, voy a buscar paredes posibles y meto pases que si los defensores calzaran más, seguro que los cortan.

Es una tarde de verano. Mi mamá me dice que duerma la siesta. Le hago caso y después de tomar el té, vamos a la cancha que está abajo del Puente La Niña, a metros del puerto, entre el Bulevar e Ingeniero White, la de los scouts de la Pilling. Ahí se juega el baby fútbol más importante y antiguo de Bahía Blanca.

Llego de la mano de mis viejos. Camino ligero y emocionado hasta entrar en los vestuarios del cuartel y me encuentro con los pibes de la cuadra. “Voy a jugar en serio”, pienso. “Soy un jugador más, como Bochini”, así pensé.

Por una ventana veo que se encienden las luces de la cancha, que la gente llena los costados, escucho por los parlantes como empieza a salir música, que “Tucho” Ursino, el jefe de los scouts, anuncia que entre los partidos de la fecha jugarán Las Colonias y Juventud Unida.

El grito de Gaite, el director técnico, me devuelve al vestuario. Nos explica que hacer en la defensa, en el mediocampo y en el ataque pero no me mira, agarra una bolsa negra y empieza a repartir unas camisetas azules. Espero la 10 pero me tira un buzo naranja enorme, con la 12 en la espalda…

Ya no hay nadie que pueda arreglar semejante injusticia. Salimos del galpón y detrás de la venta de choripanes comenzamos a girar para entrar en calor. Gaite nos acomoda en fila india y cuando “Tucho” anuncia por los parlantes a “Las Colonias” salimos a la cancha con la música del Mundial 78.

La gente nos saluda como estrellas. Miro a mis viejos y siento vergüenza por el 12 en la espalda. Tras levantar los brazos, camino hacia el banco y no imagino cómo salir de semejante angustia.

El partido empieza, y termina el primer tiempo. Así es, creo que no pasó nada. Estoy tan enojado que no veo nada. En el vestuario pongo cara que siempre pongo para que mis viejos sepan que estoy enojado. Gaite me dice, “´Cabeza de choclo´, vas al arco”.

Ahora estoy asustado. Escucho el silbato llamando al segundo tiempo y me dan gans de ir al baño. “Ahora no”, dice Gaite. Salgo a la cancha y miro a mis viejos, también a mi hermano Walter que se puso detrás del arco.

Arranca el partido y no me llega ninguna pelota. Sólo la voy a buscar cuando sale de la cancha. De pronto, justo cuando se escuchó un estruendo de la turbina de la Termoeléctrica Luis Piedrabuena…¡penal! ¡penal para Las Colonias! Y mi hermano no duda: “Anda vos Ruso, andá vos”. Gaite escucha el grito y me hace una seña que lo pateara.

Todo el estadio me mira y comienzo a mover las piernas temblorosas. En la carrera veo a mis vecinos y sigo corriendo, a otros amigos de la cuadra y sigo corriendo, a la chica más linda y sigo corriendo, a mis viejos y sigo corriendo, a mi hermano y sigo corriendo, a la pelota quieta en el punto del penal y sigo corriendo… y puntinazo y ¡goooooooolll!

Ése y otros tantos goles siguen retumbando por ahí. El campeonato se mudó a otra cancha, donde el olor a puerto ya no se siente tanto y donde no hay cabarets al lado.

La cancha de los scouts, de debajo de puente, pasó a manos de la Municipalidad. Se la hirió cuando les robaron las redes, se la siguió lastimando cuando se le quitó el alambrado perimetral y se la dejó irreconocible al sacarle los arcos…

Pero esa cancha era un potrero y los pibes improvisaban arcos con piedras y buzos y remeras, hasta que el último haz de vida le fue arrebatado. Como a un toro el estoque de un mataor, se le enterró una columna de alumbrado público justo  en el punto donde empezaban los partidos.

Pasaron casi 30 años de aquel penal. Ya los pibes no juegan ahí. Pero de una cosa estoy seguro, esa columna jamás brillará como el pasado de la canchita de los scouts.

¡Muchas gracias, Douglas Javier!!

 

El Señor Piropo

(Primer premio Concurso de cuentos en Centro Cultural San Isidro)

Pareció aletargarse en la indiferencia de realidades menos líricas. Ante los avances tecnológicos y la renuente capacidad de querer y desquererse, de amarse en un momento para odiarse en la hora posterior, prefirió acallarse, volverse hacia sí mismo, pero no pudieron eliminar su profunda convicción, aunque si su cotidiana vigencia.
Hubo un momento en tiempos no demasiados remotos, que del piropo, esa adulación especialmente masculina, fuimos testigos de lo que podríamos llamar su materialización o continente corpóreo…
Era de edad indefinida. Su cabellera revuelta, ensortijada y desprolija, cubría, desde el borde del sombrero negro, la preocupación de su frente. Vestía siempre igual, pantalones marrones con rayitas blancas, un saco del mismo tono, con dibujos príncipe de Gales, una corbata voladora que le daba entidad de poeta, a veces cubierta por una bufanda, negligentemente atada al cuello, pretendiendo ser abrigo cuando la temperatura bajaba. En la solapa, inalterablemente una flor, que variaba según la época, siendo un nardo o un jazmín en noviembre, un clavel, un pimpollo de rosa o una azucena en primavera.
Y como si estuviera de imaginaria, siempre en la misma esquina, rumiaba las flores que en forma de piropos dedicaba, cada día, a las chicas que transitaban el paseo de la tarde, tal vez en el mandado inventado hacia el mercado, buscando el zapatito para el baile del fin de semana, finalizando la clase de música o de corte y confección o simplemente, para tomar un helado, de los que artesanalmente hacía el Petiso Fontán, en el bar Curacó.
Tenía para cada una de las muchachas vespertinas, la palabra galana, en una insospechada relación con el piropo del día anterior, como elaborando un madrigal por entregas diarias; quitándose el sombrero, reverencialmente, y recibiendo complacidas sonrisas agradecidas.
Las chicas, por supuesto, esperaban el halago de esa ofrenda diaria, que era siempre nueva, cada vez más inspirada, permanentemente amable.
Los muchachos, en tanto, lo admirábamos con una sana envidia, por esa inspiración inacabable, por sus ademanes y gestos, que se acentuaban en la calidez de la caricia hecha piropo.
El paseo dominical desde la entrada a la estación, por el amplio veredón contiguo al ferrocarril que desembocaba en la pavimentada que nos acercaba directamente al muelle en el borde el mar, reunía toda la juventud en ese recorrido social entre las mejores pilchas, los esperados saludos y las sonrisas y miradas llenas de promesas que flotaban en el atardecer, algunas con acercamientos amorosos duraderos y otras diluidas en el tiempo.
Los piropos y su cultor cambiaban su lugar y estratégicamente ubicado, volcaba los pétalos de su admiración por las niñas engalanadas con la ansiedad de su adolescencia.
Entonces cuidaba más que nunca de estar, porque se sabía esperado. Tal vez para alimentarse con las sonrisas que le devolvían las destinatarias de sus requiebros galantes e inspirados.
Cuidaba, intuía o sabía, que a determinadas muchachas, estaba vedado dedicarle sus cumplidos, porque esperaban a sus novios y jamás pretendió ser un factor de discordia por una galanura suya a alguna niña ligada a un compromiso amoroso.
Alguna vez, entendiendo la exclusión de esas damas, aparecía en el paseo, con un gran ramo de flores que iba obsequiando a todas las damas paseantes, agregando el piropo correspondiente, cuando sabía que su gentileza no molestaba ni comprometía a la destinataria.
Respetaba los momentos de recogimiento en las misas, a las que concurría, para rezar profundamente conmovido en los últimos sitios del templo.
En las procesiones de San Silverio, Patrono de los pescadores locales, repetía esa actitud de profunda fe religiosa.
Las circunstancias que el transcurrir del tiempo, dejó en este pueblo, como en otros, hizo que la realidad social borrara los atardeceres en las esquinas, los helados del petiso Fontán junto a un montón de cosas que variaron su fisonomía, transformando a sus habitantes en ilustres desconocidos.
Los memoriosos dicen que volvieron a ver al vate piropeador, con su trajinado sombrero en una mano, su deshilachado mechón encanecido, sin su corbata voladora, sobre una camisa que fue blanca, donde sólo florecía el clavel rojo como sangre en la solapa desgarrada. Los avatares del frío, en sus cuerdas vocales, trocaron ininteligibles y sus piropos parecieron desaparecer en una profunda ronquera.
Imperturbable en su prosapia poética, ofrecía pequeñas tarjetitas escritas a mano, ausente las flores pero con el piropo de turno, alimentado por las sonrisas y por las escasas monedas, que caían en su desvaído sombrero amarronado de tiempo y desesperanza.
Un invierno cuando inadvertidamente desapareció, se fueron con él las mariposas tan amigas de las flores y nadie supo desde qué nube, lloró la llovizna de la siguiente primavera que marchitó capullos en la inútil espera al Señor de los piropos…

 

En la playa ferroviaria de Ingeniero White

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En la segunda parte de la década de los años 50, el personal de cambistas había gestionado y logrado la provisión de elementos de protección, consistentes en capas para lluvia, guantes y botas de goma, indispensables, especialmente en la época invernal, por las continuas lluvias y la humedad acumulada en el pasto que crecía dentro de la trocha y en los senderos entre las distintas vías.

Los apuntadores en playa por su parte, carecían de algunas de esas protecciones, lo que determinaba que en cada salida a tomar los trenes que arribaban o habían sido formados para su oportuna salida, los compañeros volvieran con el calzado y parte del pantalón completamente empapados.

Con integrantes de la comisión de reclamos, con  Eduardo Lalaurette a la cabeza, decidimos comenzar reclamos a la empresa de EFEA. En la Unión Ferroviaria,  seccional Ingeniero White, recibimos el asesoramiento y apoyo incondicional del compañero Enrique Acevedo.

Tipiado de esténcils  y mimiógrafo sin cesar llenaron varias de nuestras tardes, en la confección de circulares a compañeros de otros lugares el Ferrocarril Roca. A poco todas las partes que sufrían en mismo problemas, estaban notificadas de nuestra gestión  y con ello logramos un importante avance.

Las primeras respuestas de la  superioridad, por supuesto, fueron negativas. Hubo reuniones, sin resultados y comenzaron las medidas que se habían previsto.

En presencia de lluvias, fuera un chubasco o una tormenta o cuando la noche dejaba gotas de rocío en el pasto, ningún apuntador salía a realizar su labor. Por su parte otros compañeros que realizaban censos diarios del material rodante, también suspendía su trabajo y se paralizaba tanto la entrada y salida de trenes de carga como la información estadística que necesitaban las oficinas comerciales y de control para su ordenamiento regional.

16864406_1796114974044212_6004857595784400880_nSe intentó minimizar el impacto de la “medida de fuerza” reemplazando al personal actuante con funcionarios de jerarquía, que pretendieron suplir la emergencia. Un detalle importante, ese personal que llegaba a debilitar el impacto de la medida, llegaba vestido con botas de gomas, trajes y sombreros para lluvia, lo que fue determinante como argumento en las reuniones posteriores, como otro de los argumentos que inclinaron la resolución a favor de los apuntadores  en playa.

Poco tiempo después los reemplazos en ese trabajo, provocaron incertidumbre en la eficiencia del servicio ferroviario de cargas y dejaron en claro la realidad y justicia del pedido hasta desde los propios testimonios de aquellos que llegaron a desactivar el reclamo.

De esta manera los apuntadores en playa y todos los que desarrollaban actividades similares en el Ferrocarril Roca, tuvieron los elementos de protección personal, para asegurar no sólo la seguridad y salud personal, sino como un símbolo de la unidad gremial y la identidad ferroviaria.

El “explique”

16422469_762310320598080_2533389928574114910_oPermítame que lo ubique;
los que fuimos ferroviarios
supimos de un formulario
que le llamaban “Explique”.

En él pedían que indique
desvíos de itinerarios,
o de otros errores varios.
Nos ordenaban: Explique!

Y así, según la respuesta
que dabas de explicación,
te encajaban por la testa

un llamado de atención,
o terminabas la fiesta
con días de suspensión.

Tino Diez

“Arreglé con mi socio…”

Pasó en el tiempo de las máquinas de maniobras vaporeras.

La playa de Ingeniero White, entraba en un declive luego de haber ingresado a Muelle Bahía Blanca una de las cosechas de mayor volumen de cereal.

No obstante, el trabajo era intenso y las pilotas del sector elevadores y recepción, realizaban su acostumbrada tarea de colocación de los vagones en el área de la Junta Nacional de Granos, por un lado, la clasificación de otros vagones en la playa clasificación – entre entradores y la superintendencia de Tracción y la formación de trenes, frbna_fo005613_25_01ente a la estación, o en otras vías destinadas al efecto.

De buena fuente me contaron esta anécdota, afirmándome que es real:

Creo que ese fin de semana, se jugaba el superclásico entre Boca y River y el foguista, al que llamaremos Marcos, de una de las pilotas, se decidió ir a verlo. Es decir que el sábado y el domingo, el maquinista trabajaría sólo. El lunes tenían franco diagramado.
En su viaje hacia Buenos Aires, Marcos sacó un boleto con rebaja, creo recordar que los empleados sólo pagábamos un 25 %.

Todo transcurrió sin problemas, tanto en las operaciones de la playa con la pilota, como en el periplo de Marcos en la Capital y durante su estadía entre los porteños.

Bueno, todo no…

Pasó que Marcos se excedió en los gastos y cuando debió sacar el boleto para volver, se cercioró que su billetera no alcanzaba a reunir el exiguo monto que le otorgaba su condición de empleado ferroviario.

Entonces el lunes se presentó en la jefatura de los ferrocarriles, a solicitar que le otorgaran un pase libre. Y cuando le preguntaron si estaba con licencia o parte enfermó, inconcientemente dijo:

“No, arreglé con mi socio”.

Muy pocas horas después tenía en sus manos una notificación de cesantía.

El maquinista, luego de “expliques” intercambiados con la empresa, sufrió una suspensión, que pareció exagerada en ese momento, y un grave antecedente en su foja de servicios.