Hacia lo incierto

dimensionQue tristeza llorar el propio duelo,
llevar la certidumbre del final
de partir en el viaje terminal;
la vida que se va ya sin consuelo.

Despedirse de su gente y de su suelo,
mientras avanza, sin piedad, el mal,
para hundirse en la noche fantasmal
si el telón de su vida corre el velo.

Es el fin de todos los finales,
sin revancha, retruque, ni descuento,
como una quebradura de cristales,

la cruel condena que sentencia el tiempo
recorriendo el sendero hacia lo incierto;
la insondable presencia de los muertos.
Tino Diez

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Tirando a los perros

Esta nostalgia que evoco
entre olvidos y recuerdos
muestra, fingiéndome cuerdo,
finge, mostrándome loco.

Me van llegando de a poco
neblinosos pasos lerdos
de ayer, en ellos me pierdo,
loquicuerdo y cuerdiloco.

Cuántas vergüenzas y yerros
cuánto tiempo de reproche,
cuanta libertad y encierro

entre culpas y derroche.
Viví tirando a los perros
cada día, cada noche.

Tino Diez

 

Biguá

MARZAROLI Y LA ESTACION DE SERVICIO BIGUA
Era el nombre que ostentaba la Estación de Servicio YPF frente a la Cancha de Puerto Comercial, Biguá. Cada vez que pasaba por ese sector, se renovaba la curiosidad del por qué ese nombre que parecía pertenecer a algún pueblo indígena. También lo pregunté a los muchachos que me cargaban combustible, con resultado negativo y con la promesa de consultar al propietario, señor Marzaroli, para contestarme. Por una u otra razón la respuesta no llegó y el interrogante quedó sin respuesta.
Cuando menos lo esperaba y cuando ya la estación de servicio había sido cerrada y abandonada, tuve la respuesta esperada.
Y fue en Córdoba, a bordo de una embarcación de excursión por el Lago San Roque. Biguá es un pájaro que habita en colonias a orillas de dicho lago.
Su nombre científico es Phalacrocorax olivaceus, y el nombre se debe a una leyenda guaraní relata que Biguá era un indio corpulento que habitaba con su compañera Yerutí, una modesta vivienda a orillas del Miriñay, un pequeño río de la cuenca hidrográfica del río Uruguay, que recorre unos 200 km en la provincia argentina de Corrientes.
Yerutí era codiciada por otro indio de nombre Capiberá y en ausencia de Biguá la raptó llevándosela en una piragua.
Biguá persiguió a Capiberá y le dio muerte, pero no pudo encontrar a su esposa. Había desaparecido. Recorrió la selva y el río dando voces que sólo encontraban el eco de su lastimero llamado.
Desesperado se arrojó al río, pensando que su amada había puerto en el fondo del agua. Nunca más se tuvieron noticias ni de Biguá ni se Yerutí.
Transcurrido un tiempo se vio a un ave de plumas negras que luego de sobrevolar el rancho donde vivía la pareja ausente, se internaba en la selva y se arrojaba violentamente al rio Miriñay.
Los ancianos hechiceros, sentenciaron que era Biguá – o Mbiguá – que seguía buscando a su amada.BIGUÁ
La leyenda y las características del Biguá nos fueron referidas por el guía que acompañaba la excursión lacustre, que nos dio más precisiones. Es un pájaro que habita la región subtropical, en la franja que va desde la provincia de Corrientes hasta Córdoba. Tiene un largo de alrededor de 75 centímetros, una apertura de alas de alrededor de un metro y un peso de uno o dos kilos y un pico largo, con un gancho en la punta y puntiagudo. Tiene la cola larga y un cuello en forma de “s”. Cuando adulto su pelaje es negro y suele tener un mancha de color amarillo o castaño, en la garganta.

Vuelan sobre el agua – lo vimos en el Lago San Roque – a baja altura y de pronto detienen su vuelo y se sumergen en picada. Un momento después aparecen a distancia considerable del lugar en que ingresaron al agua con un pez atravesado en su largo pico.

Luego se posan con las alas extendidas sobre los árboles, para secarlas de la zambullida. Suelen regurgitar el contenido de su comida y por ese motivo, los árboles donde habitan tienen un color grisáceo azulado. También su pesca viene acompañada de huevas que quedan en parte sobre los árboles y el resto vuelve al agua. Por eso se explica que en el lugar de las colonias de los biguás, debajo en el agua existe un criadero de peces.

Son parientes cercanos del cormorán – en realidad son la misma familia – que tienen un comportamiento parecido en su alimentación.

En la playa Joao Fernandinho, de Brasil los cormoranes tienen facilitada la alimentación debido a la forma que utilizan los pescadores artesanales para realizar la pesca diaria. A un costado de la serena playa, muy elegida por los turistas, los hombres de la pesca continúan como hace ciento de años, utilizando pequeños botes y sólo la fuerza de sus brazos para cercar y pescar sólo lo redes-de-pesca-en-plenaindispensable para la venta asegurada de cada día.
Colocan una red partiendo desde la playa se interna cientos de metros en el mar y como una “u” invertida cierra una superficie importante con otros dos tramos uno de un par de cientos y su cierre hacia la playa. En ese sitio capturan, pero sin retirarlos del agua a cientos de anchoas y otros peces, que permanecen el sitio vivos. Diariamente recorren los lugares de comida o reciben de éstos los pedidos. Así establecen la cantidad que deberán pescar, para lo cual, según la práctica, conocen la superficie que debe explorarse dentro de la otra mayor, para cumplir con los encargues recibidos.
Pero no todo es como lo realizaban sus ancestros, ya que los pedidos son recibidos por telefonía celular y los repartos realizados con camionetas refrigeradas y de los últimos modelos llegados.

Claro dentro del ámbito digamos de stock que mantienen los pescadores, los peces tienen poco lugar de desplazamiento, lo que es aprovechado por los cormoranes para elegir, casi displicente su presa, ya que si yerran en alguna tentativa, tienen objetivos a elección para su alimentación.

Muy al contrario en China, Japón y el sudeste asiático, los cormoranes son los que les proveen a los pescadores artesanales, el sustento diario. Se denomina la pesca con cormorán. La conformación física es de mayor envergadura de los habidos en Sud-América. Los asiáticos domestican y amaestran sus cormoranes y cuando lo logran les atan una cinta alrededor del cuello, lo bastante apretada para impedirles engullir a los pescados. Los llevan en sus embarcaciones y en el lugar donde saben que existe pesca los sueltan. Los pájaros se sumergen atrapando peces que no pueden tragar y los pescadores retirárselos, obligándoles a abrir el pico, lo que activa su reflejo de regurgitarlos.

Cormoran (1)Todo tiene que ver con todo. Aquí se nombran distintos lugares y el nombre de un pájaro que aporta una ilación entre ellos, pero también otra noble tarea como es la de los pescadores artesanales que, mantienen costumbres ancestrales en su tarea diaria, otros que maltratan a quien le da el sustento y en nuestro caso, los que tienen la identidad, ostentan la pertenencia y reclaman para sí el espacio ganado en nuestro Guaite.

Elegías musicales

En ocasiones escribir, componer música, crear poemas donde se vuelquen las palabras como lágrimas dolorosas alivia y ayuda a soportar ese dolor, tanta angustia y la inmensa soledad.
BECQUERTambién por penitencia, como relata Gustavo Adolfo Bécquer sobre un gran músico, pero de aireada y que arrepentido de su anterior vida totalmente vacua de buenos hechos y pletórica de orgías en el filo de la maldad, se propone componer el Miserere (Apiádate o ten piedad, en latín) más excelso para intentar el perdón de Dios. Juan Pablo II lo definió al Miserere, como “El más intenso y repetido salmo penitencial, el canto del pecado y del perdón, la más profunda meditación sobre la culpa y sobre la gracia.”
Se entera entonces que entre las ruinas de una vieja Abadía de Fitero en Navarra, España, cuyos monjes fueron violentamente asesinados a la vez que saqueado, incendiado, en la noche de Jueves Santo, suele escucharse el más estremecedor de los cánticos místicos. Una vez que los escuchó, la obsesión por trasladarlos al pentagrama fue tal que borroneó papiros enteros, proponiéndose no comer ni beber hasta lograr plasmar su lastimera música. La muerte lo sorprendió cuando había escrito decenas de melodías inconclusas.

En nuestra música existen ejemplos de momentos dolorosos que asaltaron a músicos quienes canalizaron su dolor a la composición de una obra en el vano intento de hallar paliativos al dolor de su alma.
PIAZZOLLAEl gran Astor Pantaleón Piazzolla, había compuesto en 1954, estando en Italia un tango – Nonino – dedicado a su padre Vicente. Cinco años después, luego de actuar en una gira que dejara escasísimos resultados positivos, estando en Puerto Rico se entera de la muerte de su padre. Llegado a Nueva York, casi en la ruina económica y destruído por la noticia recibida, sobre la base del tango “Nonino” crea para recordarlo, homenajearlo y llorarlo su inmortal “Adiós Nonino”, que tiene reminiscencias de George Gershwin y de Brian Wilson.

 

Alberto Cortez, el pampeano triunfador en España y en el mundo, toma conocimiento de la muerte de su padre y como Piazzolla casi encerrado en su dolor, compone en letra y música “Cuando un CORTEZamigo se va”. En 1969 integra el disco “El compositor, el cantante”. Previamente había tenido que oponerse a las sugerencias de Armando Manzanero, que tenía funciones principales en el sello grabador, quien quería cambiar el título por “Cuando una amiga se va” y negarse una y otra vez a la tenaz ofensiva de Manzanero. Finalmente fue registrado como lo había compuesto Cortez.

 

CANTORALFue en el año 1956. Un destacado cantante melódico, letrista y compositor estaba pasando por problemas graves de salud por los que transitaba su compañera “Encontrándose en el Hospital de Beneficencia Española en Tampico, México, cuando era atendida su esposa, el galeno le informó a don Roberto Cantoral, que la ciencia había realizado todo lo que estaba a su alcance… y la señora no pasaría de esa noche”.
“En las paredes de dicho hospital, había un reloj, al que no dejaba de ver, como testimonio del anunciado desenlace; así nació esta célebre composición”, que se convertiría en un himno sentimental de Latinoamérica”

Desesperado escribió varios versos como una síntesis de su dolor que se acrecentaría con el curos de las horas. Fue a la capilla del hospital a doblarse a rezar por un milagro.
Un milagro que finalmente se produjo y su señora logró, no sólo salir del trance de ese momento, sino que algunos días más tarde ya estaba recuperada en su residencia de Linda Vista, ciudad de México.

Cuando todo era un mal recuerdo, Roberto Cantoral, encontró el papel arrugado con aquellos versos que comenzaban: “Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer” y nació para el mundo su bolero “El Reloj”.

Todo parece suceder en la década del ´50. Dos de nuestros mejores poetas tangueros habían sido invadidos por el cáncer. Homero Manzi, que según su hijo Acho, lo había escuchado lamentarse frente al espejo, diciéndose: “Pensar, Barba, que te vas a morir”

MANZI y discepolo
y Enrique Santos Discépolo. Amigos comunes como Osvaldo Miranda y señora, además de Aníbal Troilo y Zita, planearon juntarlos, en casa de Discepolín. Fue una cena muy triste, de sonrisas forzadas y de brindis inseguros, que se hicieron lágrimas incontenibles cuando Pichuco, quiso leer, los versos que Homero le había escrito. “Sobre el mármol helado, migas de medialunas y una mujer absurda…” se cree que Troilo no pudo leer más. Tiempo después Aníbal Troilo le agregaría la música que se conoce, creando el tango “Discepolín”
El 3 de mayo de 1951, fallece Homero Manzi. Pichuco al enterarse, destrozado, bañado en lágrimas, le da dos vueltas de llaves a la cerradura de su cuarto y pocos minutos después fue el fueye también llora la muerte de Homero en el “Responso” compuesto en su homenaje por Aníbal Troilo.
Siete meses después, el 23 de diciembre de 1951, Enrique Santos Discépolo, se iba para encontrarse en el más allá con su amigo Homero Manzi.

Ariel Ramírez no conoció a Alfonsina Storni, que perdió la vida voluntariamente, en 1938, en Mar del Plata, saltando al agua desde una escollera. Alfonsina Storni había sido alumna de Zenón alfonsina_storniRamírez, padre de Ariel, quien transmitió a su hijo el drama de la poetisa acrecentado por los poemas que Alfonsina escribió y la carta de despedida que dejó. Le pidió a Félix Luna que escribiera los versos y así nació el tema ”Alfonsina y el mar” como homenaje póstumo a tan brillante escritora. La zamba se conoció por Mercedes Sosa, en el disco “Mujeres argentinas”en 1969.

 

El cantante Nino Bravo interpreta la canción “Libre” dedicada a la primera víctima que muere en su intento de cruzar el muro de Berlín.

Pocos después de la construcción del muro de Berlín, la población de Alemania Democrática, especialmente los más jóvenes,  comenzaron a extrañar la libertad de recorrer los lugares conocidos, ahora detrás de una gran pared de ladrillos, que con una estricta vigilancia lo impedía.

Era un obrero de la construcción alemán que -cansado de esperar- un día intentó escapar de la República Democrática Alemana junto con su amigo Helmut Kulbeik.

Ambos habían tramado un plan para esconderse en un taller de carpintería cerca del «muro de la vergüenza» donde observarían a los guardias y después saltarían desde una ventana en el momento adecuado hasta el llamado corredor de la muerte (un espacio entre el muro principal y un muro paralelo que recientemente se había empezado a construir). Si todo salía bien, correrían por este C874080E-B5FD-4226-AD1B-ACA493149CDB_w987_r1_scorredor hasta una pared cercana al checkpoint Charlie, en el distrito de Kreuzberg en Berlín occidental.

Pero su aventura no tuvo un final feliz, al menos para Fechter, que al tratar de escalar la pared final fue avistado y disparado por los guardias, cayendo de nuevo en el lado este. Estuvo gritando y desangrándose durante cerca de una hora, pero no recibió ayuda médica de ninguna de las partes, que tenían miedo a posibles represalias.

Tras la reunificación alemana, se construyó un monumento en su honor y el de las otras 270 personas que perdieron su vida tratando de buscar la libertad. Una libertad que también supo dedicar Nino Bravo a nuestro amigo Peter Fechter.

Diez años más tarde surge la canción “Libre” interpretada por el cantante españolNino Bravo y compuesta por José Luis Armenteros y Pablo Herreros.

La reina de la Villa

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Debió haber pasado en la semana de carnaval. Tal vez volvíamos del Salón de los Deportes, de Olimpo o de Villa Mitre. Lo cierto es que coincidimos varias madrugadas en la vuelta con el tren pasajeros local, un grupo de amigos con las trabajadoras nocturnas en cabarets y boliches. Era a todas luces un pobre espectáculo el que ofrecían, primero en la sala de espera y luego en el coche del tren. Sus atuendos llamativos y provocativos, saturadas de tintura y maquillaje y con el desparpajo propio del ambiente que les era cotidiano, con sus voces chillonas estragadas de noche, alcohol y tabaco, conformaban un cuadro por lo menos desagradable.
En la sala de espera donde aguardábamos poder “descabezar un sueño”, según la acertada descripción del poema “Malevo”, era tal el vocinglerío, el chillerío como decía el maestro Fioravanti, que no era imposible no ya dormir, sino poder seguir la lectura del diario que, en la cálida madrugada, nos había entregado un canillita.
Y ya en viaje, con una energía merecedora de mejor causa, continuaba el parloteo, las risas histéricas y el continuo cambio de comentarios. Dormir imposible. Una de las mujeres, cada tanto farfullaba “¡Soy la Coqui, la reina de la Villa…!”
Por suerte bajaban todas en Villa Rosas, resonó otra vez en la Estación Spurr un lejano y repetido, “¡Soy la Coqui, la reina de la Villa…!” y nos quedaban unos minutos de paz, hasta llegar a Guaite.
Algunos afortunados no trabajaban, tal vez por el domingo, acaso por el feriado, otros lo harían en dos o tres horas más tarde.
Yo tenía el tiempo justo para llegar a casa, sacarme el “traje dominguero”, preparar unos mates y “en traje fulerón y en alpargatas”, como lo dice el tango “Lunes”, tomar servicio a las cuatro de la mañana, como peón en Encomiendas de la Estación Ingeniero White.
Mi socio, como se estilaba nombrar en la jerga del riel, al compañero de tareas y por extensión a todos los demás ferroviarios, era Eduardo. Su apariencia y su forma de hablar, denunciaba sus raíces galaicas. Pronunciaba las “elles” como tales, no como “ye” y resaltaba las “zetas” y las “ces”. Las “eses” las silbaba. Además era un cascabel, siempre buscando la sonrisa y a veces la risa franca, ante situaciones que, solo a él, no se le piantaban y que describía con gracia y humor. Siempre irónico, a veces cruel.
Con él compartíamos la tarea de descarga de los furgones, en los locales de pasajeros. Para ello había dos carretones. Uno en forma de “L” de aproximadamente un metro veinte de largo por cincuenta centímetros de alto. Poseía cuatro ruedas. El otro móvil, en forma de “U” y de mayor tamaño, dos metros por cincuenta centímetros, también con cuatro ruedas.
Entre los dos, según el horario, empujábamos la “Ciriaca” menor o la mayor, como se las denominaba, hasta arrimarlas al furgón del tren y descargábamos las encomiendas que llegaban a la estación. Temprano eran los tarros de leche que llegaban de los tambos de la zona. En el resto del día generalmente llegaban dos o tres paquetes, destinados a los comercios de Ingeniero White. También transportaban lonas, cadenas y sogas del tráfico interno de la empresa.
Después efectuábamos la limpieza de las oficinas de la estación, y el andén de la estación. En esa tarea, estábamos, cuando al bostezar, Eduardo me recriminó que había que dormir de noche, ya que era la segunda – o tercera – mañana que trabajaba como sonámbulo. Me vino a la mente la reiteración del lamentable cuadro grotesco de esas mujeres, en la madrugada. Recordé la frase: “¡Soy la Coqui, la reina de la Villa…!” y supuse que Eduardo, que vivía por Villa Rosas, tal vez la conocía. Me dijo que no y agregó:”Preguntale al Colorado, que viene a las ocho. Él es un putaniero y seguro te puede decir quien es”.
Terminado de barrer la plataforma y mientras Eduardo iba a preparar el mate, guardé los escobillones en el depósito de limpieza.
Cuando a media mañana, me encontré con el Colorado, le repetí la pregunta. La respuesta fue áspera: “¡Hay tantas locas en Villa Rosas..!” y continuó su camino rumbo a la cabina de señales.
Cuando llevábamos un par de mates, Eduardo, con gesto serio, preguntó: “¿Viste al Colorado?” “Si – fue mi respuesta – pero me dio poca bola”. “Perdoname, Flaco – y con cara de total arrepentimiento, completó – ¿Sabés que pasa? ¡¡¡Es la hermana…!!!

Un guaitense en un OVNI

5776c4c466679(De La Nueva – 4 de julio de 2016)

ENERO DE 1975
En la lluviosa madrugada del 5 de enero de 1975 Carlos Alberto Díaz (whitense, 28 años, ferroviario) salió de trabajar, compró La Nueva Provincia y tomó el micro para volver a su casa en el bulevar Juan B. Justo.
Al bajarse no vio a nadie pero sí algo: un haz de luz poderoso que caía desde el cielo. Lo que pasó después, según su relato, resulta increíble:
Se paralizó, una corriente de aire lo izó con violencia, perdió el conocimiento, despertó acostado dentro de una esfera luminosa, se le acercaron 3 seres sin manos, de rostro liso (“sin boca, ni nariz, ni orejas”), piel verdosa, sin vestimenta, de aproximadamente un metro y 75, en silencio 2 trataron de sujetarlo,
Carlos se defendió y al tocarlos sintió que eran “de goma esponjosa”, se le nubló la vista, le faltó el aire, colapsó, despertó con el sol y a 45 kilómetros de Buenos Aires, un desconocido lo acercó a Retiro,
nadie le creía su relato, se presentó en el Hospital Central Ferroviario con el ejemplar de La Nueva Provincia, que se había publicado apenas unas horas antes, le hicieron decenas de análisis, constataron que estaba bien, sólo tenía huellas en la cabeza y en el pecho: literalmente le habían tomado el pelo.
“Si alguien me lo contara a mí, yo seguramente no lo creería —le dijo al diario un mes más tarde—. Lo único que sé es que eso me ocurrió.”
Hace unos días, Díaz habló otra vez:
—Cuando sos abducido no te das cuentas porque quedás petrificado. Después, cuando ingresás en la nave, se afloja todo el cuerpo —declaró en el programa de radio Maldición es lunes, el ídem 13 de junio último.
Dio detalles sobre “3 seres, color verde, que levitaban” y contó:
—Del miedo, me oriné. Y toda la ropa se desintegró. Quedé totalmente lampiño. Así fue la cosa dentro de la nave. Cuando quedo sin pelo en el cuerpo, ni en los orificios de la nariz, es lo que más les extrañó a los médicos. Me atendieron casi 75 médicos de distintas ramas.