Cacho Marzocca y un milagro de San Silverio

   

 

El mar está calmo pero siempre está el temor que se desaten tormentas y tempestades y entonces se dan cuenta que están sobre una cáscara de nuez:

Cacho Marzocca

Fue una tormenta acompañada por un tornado. Justo agarramos la línea del tornado en el lugar donde estaban fondeadas las cuatro embarcaciones les tocó que el tornado les dio vuelta campana la lancha, cuatro tripulantes alcanzaron a zambullirse al agua y el otro socio y Cacho quedaron encerrados en la bodega, unos veinte a treinta minutos. La lancha quedó dada vuelta flotando sobre cubierta. Se había formado una cámara de aire y la embarcación se iba hundiendo muy despacio. Pensaban que no iban a poder salir más, comenzaron a invocar al santo, ante el peligro de morir encerrados como ratas y ahogados tuvieron la suerte, según Cacho, y el milagro del santo protector que tienen los pescadores, ante los ruegos “San Silverio, ayudame…!!”, “¡San Silverio, ayudame…!!” y agrega vehementemente,  “¡¡El Santo Protector nuestro es SAN SILVERIO!!!”

San Silverio vino a los barcos, bajó de ellos, junto a las valijas, los recuerdos, sueños y tristezas de los inmigrantes pescadores italianos.

En un principio pensábamos que la boca escotilla estaba obstruida por algo ahí y que no teníamos salida y de repente, en la oscuridad, Cacho mete la mano y encuentra  un hueco y le dice al otro muchacho: “Mirá, yo voy a tratar de salir a la superficie”. Se zambulle, quiere nadar para un lado y se encuentra con que tocaba con lo que esta baranda (y señala a la tablilla de alrededor de cubierta).

Al llegar arriba se encuentra con un temporal de viento, lluvia y granizo. La persona que tenía a su cargo despachar la embarcación estaba tomada del timón, es decir la hélice de la lancha, y en el otro brazo tenía al cuñadito, el hermano de la mujer de Cacho, que era su socio de trabajo también, que se había desvanecido a raíz de la granizada que caía.

El que estaba abajo, se encontraba soportando la mezcla del gasoil con el agua. Con el torso desnudo y sólo vestido con un pantaloncito corto y por lo tanto totalmente embadurnado por el combustible. Lo esperaban de un lado de la lancha pero apareció por el otro. La tormenta profusa de relámpagos y truenos, lo iluminaron cuando la tormenta se lo llevaba, al tiempo que vimos las señas de pedido de ayuda que nos hacía.

Fueron con una canoa, pero era tal la cantidad de gasoil que se adhería a su cuerpo que los intentos de asirlo, resbalaban. Por suerte, tenía una abundante cabellera que les sirvió para sujetarlo y poder tomarlo por debajo de las axilas para subirlo al bote.

Se pudo reflotar la lancha y volver a puerto sin consecuencias mayores y acota Cacho Marzocca: “Y yo siempre digo que esos son los milagros de ese famosito Santo que es San Silverio…

(Basado en “Cacho el pescador de White” de la Serie “Esas Pequeñas Cosas” de Néstor Machiavelli – fragmento)

En la playa ferroviaria de Ingeniero White

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En la segunda parte de la década de los años 50, el personal de cambistas había gestionado y logrado la provisión de elementos de protección, consistentes en capas para lluvia, guantes y botas de goma, indispensables, especialmente en la época invernal, por las continuas lluvias y la humedad acumulada en el pasto que crecía dentro de la trocha y en los senderos entre las distintas vías.

Los apuntadores en playa por su parte, carecían de algunas de esas protecciones, lo que determinaba que en cada salida a tomar los trenes que arribaban o habían sido formados para su oportuna salida, los compañeros volvieran con el calzado y parte del pantalón completamente empapados.

Con integrantes de la comisión de reclamos, con  Eduardo Lalaurette a la cabeza, decidimos comenzar reclamos a la empresa de EFEA. En la Unión Ferroviaria,  seccional Ingeniero White, recibimos el asesoramiento y apoyo incondicional del compañero Enrique Acevedo.

Tipiado de esténcils  y mimiógrafo sin cesar llenaron varias de nuestras tardes, en la confección de circulares a compañeros de otros lugares el Ferrocarril Roca. A poco todas las partes que sufrían en mismo problemas, estaban notificadas de nuestra gestión  y con ello logramos un importante avance.

Las primeras respuestas de la  superioridad, por supuesto, fueron negativas. Hubo reuniones, sin resultados y comenzaron las medidas que se habían previsto.

En presencia de lluvias, fuera un chubasco o una tormenta o cuando la noche dejaba gotas de rocío en el pasto, ningún apuntador salía a realizar su labor. Por su parte otros compañeros que realizaban censos diarios del material rodante, también suspendía su trabajo y se paralizaba tanto la entrada y salida de trenes de carga como la información estadística que necesitaban las oficinas comerciales y de control para su ordenamiento regional.

16864406_1796114974044212_6004857595784400880_nSe intentó minimizar el impacto de la “medida de fuerza” reemplazando al personal actuante con funcionarios de jerarquía, que pretendieron suplir la emergencia. Un detalle importante, ese personal que llegaba a debilitar el impacto de la medida, llegaba vestido con botas de gomas, trajes y sombreros para lluvia, lo que fue determinante como argumento en las reuniones posteriores, como otro de los argumentos que inclinaron la resolución a favor de los apuntadores  en playa.

Poco tiempo después los reemplazos en ese trabajo, provocaron incertidumbre en la eficiencia del servicio ferroviario de cargas y dejaron en claro la realidad y justicia del pedido hasta desde los propios testimonios de aquellos que llegaron a desactivar el reclamo.

De esta manera los apuntadores en playa y todos los que desarrollaban actividades similares en el Ferrocarril Roca, tuvieron los elementos de protección personal, para asegurar no sólo la seguridad y salud personal, sino como un símbolo de la unidad gremial y la identidad ferroviaria.

El “explique”

16422469_762310320598080_2533389928574114910_oPermítame que lo ubique;
los que fuimos ferroviarios
supimos de un formulario
que le llamaban “Explique”.

En él pedían que indique
desvíos de itinerarios,
o de otros errores varios.
Nos ordenaban: Explique!

Y así, según la respuesta
que dabas de explicación,
te encajaban por la testa

un llamado de atención,
o terminabas la fiesta
con días de suspensión.

Tino Diez

Lágrimas…

En aquella estación perdida en la inmensidad de la pampa, única conexión con el resto del mundo, se sucedieron el pitar del guarda, el campanazo del jefe de la estación y el silbato de la locomotora que, envuelta en nubes de vapor, se ponía estruendosamente en movimiento.

En un vagón de segunda, María, casi una niña, apretaba contra sí, a una criatura enferma. El destino era el centro asistencial de la ciudad cabecera, donde podrían tratar las causas de su elevada fiebre.

claroDesde el andén, José volvía al sulky, con esa resignación que sus escasos veinte años, había dejado cicatrices de todo tipo en su alma y en su humanidad. Desde que sus padres lo abandonaron en el lejano campo, fue el “esclavo preferido” de sus patrones, para arrear el ganado desde muy niño, para desmalezar los potreros, acarrear agua, limpiar y llenar los tanques australianos, reparar el molino, cortar leña, conducir el sulky, y cuanto trabajo surgiera en la estancia.

María era una especie de sirvienta que atendía las dependencias de los patrones, una vida paralela con la de Juan, la limpieza, la comida, los mandados, todo lo concerniente al lavado, tanto de enseres como de la ropa y una especie de ayudante personal de la dueña y de sus hijas.
Entre las tareas de uno y otro, llegó un momento, alguien pensó por ellos, que podrían ser “tal para cual” y sin poder decidirlo, se encontraron formando una pareja y viviendo juntos.

Ninguno de los dos conocía siquiera una palabra amable, las órdenes siempre eran de tono imperativo y jamás supieron la existencia de ningún tipo de caricia. Tampoco ninguno de los dos recordaba haber llorado alguna vez. Era una pareja de forma que de pronto, recibió la llegada un hijo.
Nada cambió para ellos. Lo asimilaban a probabilidad de respirar y comer y a la cotidianidad de su contacto con los animales del establecimiento. Ellos mismos estaban convencidos de ser integrantes de las manadas de animales de la estancia. Conformes de la fatalidad previsible a cada vuelta de los días.

Por eso cuando el hijo de pocos meses, comenzó a tener fiebre, José le dijo a María que le colocará paños mojados, para tratar de atenuarla y se fue a realizar sus tareas diarias.
Fue una de las niñas hijas del patrón, más como reproche (el bebé era una especie de muñeco viviente para ella) la que se quejó, porque el nene lloraba y no podía jugar con él. La mamá de la niña entonces, se acercó al humilde cuarto de su empleada y, comprobando que la fiebre no cedía, a pesar de los trapos mojados, organizó que la viera un centro de salud, ubicado a tantísimas leguas hasta la estación y casi tres horas más de tren. Y le ordenó a José, dándole el dinero necesario, la orden de llevar a su esposa hasta la estación, sacar el boleto y a la mamá, le dejó una nota para los médicos del centro sanitario.

Pocos días después, mientras José estaba limpiando de pasto alrededor del casco de la estancia, llegó el ayudante del auxiliar, con un telegrama de María (seguramente redactado por alguien, ya que no sabía escribir), que a pedido de José, también analfabeto, se lo leyó:

“Por favor vení, el nene está en estado muy grave”.

José le agradeció y se dirigió mecánicamente a hablar con sus patrones para que le explicaran. A la primera que encontró fue a su patrona, quién enterada del contenido del telegrama, llamó a su esposo para que dispusiera que José se trasladara a encontrarse con su compañera y con su hijo.

El patrón, menos sensible que la mujer, casi a regañadientes accedió, pero le dijo, “Terminá el desmalezamiento y después tomate el sulky…”

Un momento después cuando iba a atar el caballo al sulky, hubo un escape de animales y José antes de recibir la orden montó su caballo y a campo traviesa, y luego de correr hacia todos los puntos cardinales logró encerrar nuevamente a los animales. Durante esa tarea, unos de los animales piso un cardo y una de sus espinas, fue a dar en el ojo de José.

Cuando llegó a su cuarto antes de salir, trató de iluminarse con un farol ante un viejo espejo, para ver que podía hacer con la espina en su ojo.

Luego de varios intentos frustrados, mojó un trapo y lo atravesó tapando el ojo lastimado.

Subió al sulky para volver a recorrer las larguísimas leguas hasta la estación, donde tomar el tren. Cuando llegó, habiendo comprado el boleto, le preguntó al ayudante si podía ayudarlo, para extraer la espina de su ojo. Fueron a pedirle a la señora del ayudante colaboración, pero a pesar de la buena luz y de la utilización de una pinza pequeña, no pudieron sacarle ese agujón que lo molestaba. La mujer le aconsejó: “si vas a ver a tu señora, decile a la gente del hospital que te atiendan”.

Volvió a cubrir el ojo y sentó en un banco de la plataforma, a esperar el tren tres horas más tarde.

Se quedó dormitando y fue despertado por el auxiliar, que agitando un telegrama en su mano le decía eufórico:

“José…. José… el pibe está fuera de peligro…el gurí zafó…”

Sintió una convulsión en todo el cuerpo… algo que lo sacudía… un nudo en el estómago y algo que nunca le había pasado, su ojo libre se llenó de lágrimas que empezaron a correr por sus mejillas. Y a cada erupción de emociones nunca sentidas, se sucedía ese llanto, que no podía detener, pero que tampoco quería que terminara.

El empleado ferroviario, lo palmeaba, compartiendo la buena noticia.

Un momento después, al quitarse la tela que cubría el ojo herido, vio sobre el trapo la espina liberada. Las lágrimas habían hecho el milagro.

NOTA: Este relato está basado en el cuento de Benito Linch, “La espina del junco” contenido en su libro “De los campos porteños”, que hace muchos años leí. Cuando lo recordé para publicarlo no pude hallar el original. Me hubiera gustado copiarlo textualmente, pero no pude encontrarlo en su momento, y armé un relato con su línea estructural que no cambió, en parte, la dimensión espacial y social que desarrolló su autor.   

La lección del cigarrillo

(Los hechos de esta nota son reales, aunque no su desarrollo que esta hilvanado a efectos de darle continuidad. No se citan los nombres, por no conocerlos ya que sus protagonistas son respetables abuelos. Si alguien se siente identificado y quiere hacerlo saber, está en su derecho).

Las actitudes personales de los alumnos, eran – y son – tan importantes como la formación escolar. El Maestro Gejo procuraba que sus alumnos, los que concurrían a la Escuela Presidente Sarmiento, fueran personas correctas además de instruidas, es decir buenos ciudadanos, para basar en ellos el crecimiento firme de una sociedad mejor.

Como expresábamos en otra nota, concurría, en la medida que su tareas docentes se lo permitía a aquellos lugares donde sabía, encontraría alumnos de su escuela. Habría otras, pero se lo veía seguido en la vieja tribuna de chapa de la cancha o recorriendo el perímetro externo del campo de juego.

En su recorrida advirtió que dos alumnos de los últimos grados de su escuela, estaban fumando. Los chicos escondieron rápidamente el cigarrillo, pero no pudieron impedir que el maestro los viera. Trataron de pasar inadvertidos y pronto desaparecieron de las instalaciones del club.

En la primera clase siguiente, con toda normalidad ingresó al aula y comenzó a desarrollar las actividades previstas. A poco, llamó a uno de los chicos que había sorprendido jugando y le pidió que pasara al frente. El chico, en espera de la reprimenda, tembloroso, hizo un esfuerzo por tener compostura y se paró frente al escritorio del maestro. Luego de unos instantes, en los que continuó la clase, se dirigió al otro infractor, indicándole que pasara también pasara al frente y los ubicó juntos a un costado de su mesa.

Continuó la explicación, que había interrumpido, dando unos pasos en dirección opuestas a la ubicación de los chicos. De pronto, alzando la voz, con el dedo índice, admonitorio, en su mano derecha, le espetó: “USTEDES DOS….”

Vieron que se veía la noche, pero no. Continuando su didáctico tono habitual, continuó: “borren el pizarrón…”

Y mientras el pizarrón era borrado nerviosamente, el maestro hizo un llamado a un tercer alumno. Una aureola nerviosa parecía sobrevolar esa aula de chapa y madera.

Subrayó con un “Buen trabajo”, la tarea de los chicos con el pizarrón y dirigiéndose al tercer chico, le preguntó si sabía dónde estaba la percha donde el maestro había colgado su saco. Ante el asentimiento del chico, le dijo: “Vaya y en el bolsillo de adentro hay una cigarrera, tráigamela…“

El curso se sorprendió. Jamás habían visto fumando al maestro y no comprendían que tuviera cigarrillos.

Cuando la cigarrera estuvo en sus manos, con delicadeza, la abrió y dirigiéndose a uno de los chicos que había sorprendido, le ofreció: “¡Sírvanse!”, “No, señor, gracias.” fue la titubeante respuesta, casi a coro.

El maestro entonces fue más imperativo: “¡¡¡Sírvanse!!!” La asustada contestación fue apenas un murmullo, casi un ruego: “No… señor….no…”

La tercera vez fue casi un grito “¡¡¡¡SÍRVANSE…!!!”

El maestro cerró la cigarrera y los chicos suspiraron, creyendo que había pasado el mal rato. El hombre dejó los cigarrillos sobre el escritorio, se sentó con calma.

De pronto se levantó abrió otra vez la petaca y le puso un cigarrillo en la boca a cada uno, mientras los ellos trataban de impedirlo, tímidamente, con un “No, señor… “que repitieron cuando el maestro les ofrecía fósforos, con un imperativo “¡Préndanlos…!”.

Cuando el “No, señor…” se confundía con algunas lágrimas, mezcla de un poco de temor y mucho de vergüenza, el maestro Gejo, tomó cada cigarrillo, con un pulgar a izquierda y derecha e hizo que se introdujeran en la boca de los infractores. La nueva orden de “no escupirlo…” convirtió la respiración agitada en toz y las lágrimas en llanto incontrolable.

Luego de un rato interminable, les permitió que fueran a enjuagar la boca a la canilla del patio y de vuelta le indicó, con calma, que volvieran a sus asientos.

La lección de ese día había sido aprendida.

Como no hablar de Ingeniero White y su gente

pescadores-darsena-actualSi nací en Bahía Blanca me crie en el Boulevard cangrejero de nacimiento, donde las aguas de nuestra Ría, nos marco con su salitre desde la cuna, yo tenía diez años o quizás menos cuando comencé a frecuentar al puerto, con Don Miguel Ginder, un palanquero, que se dedicaba a vender pescado con su carrito por los barrios de Bahía Blanca, hoy de grande me siento muy feliz, de haber caminado por muchos lugares de nuestra ciudad, golpeándoles las puertas a cada cliente identificándome ¿señora el pescador? Cuantos hermosos recuerdos! quedaron marcados que perduraran en la existencia de mi vida, ese muelle de pescadores que estaba, junto al club náutico donde hoy se encuentra el elevador 5 del sitio 9, recuerdo a los pescadores regresando al puerto con sus lanchas cargadas de pescado, era una odisea descargar desde sus embarcaciones la captura obtenida ¡ cuánto sacrificio! y con qué pasión lo hacían.
Después de un largo día de pesca a su regreso les esperaba otra lucha, con marea baja, tenían que encajonarlos en su embarcación mayor, en cajones de madera con tapa, que al estar mojados se hacían más pesados, luego trasladarlos a las canoas con poco calado y llevarlo a tierra, lugar que se encontraba debajo del muelle de hierro, desde ahí haciendo pasamanos unos setenta metros, hasta llegar a la escalera que tenía unos cuantos escalones y así llegabas a la plataforma del muelle, donde se encontrabas con el galpón de la Coop Pesquera Whitense, para el control de su kilaje. Los empleados de la mencionada se encargaban de acondicionarlos y enfriarlos, me quedó grabado el ruido, de la moledora de hielo, triturando las barras que les proveían de la fábrica de Stacco, que se encontraba en la calle Lautaro al 3.300 de Ing White. En pleno verano tomábamos de los cajones los pedazos de hielo para refrescarnos y también aprovechábamos para jugar entre los chicos e introducirles un pedazo entre sus ropas, mientras que esos empleados se encargaban de atar la tapa de los cajones con alambre y despacharlos en vagones frigoríficos para su venta a mercados compradores. Es por lo que en esos tiempos, muchas personas frecuentaban el muelle, era un lugar de esparcimiento y distracción, ver llegar a los pescadores, familiares, ferroviarios, portuarios y quienes se encontraban sin empleo, sabían el horario del regreso de las mismas, cooperaban con la descarga y eran compensados con pescados. ¿Qué hermoso recuerdo? Imposible de olvidar muchas de las personas grandes se deben recordar, esos momentos allá por los años 60 la gente regresando del puerto trayendo en sus manos , pescadillas, corvinas, palometas y gatuzo con un alambre atadas de las agallas y sus colas rosando por el piso, cantidad de pescados, daba gusto ver sus caras de alegría y felicidad al regresar a sus casas, que con mucho esfuerzo se avían ganado el sustento para su familia, después de haber cooperado con la descarga, al cual esa gente mucho se los agradecía. La mayoría de las personas se sentaban esperando a los pescadores, en la pasarela que te llevaba al triangulo, muelle de hierro, desde ese lugar te deleitabas observando remolcadores desempeñándose en atraque y salidas de barcos, los veleritos del Club náutico, a lo lejos se divisaban las lanchas por el canal principal, era infaltable el grupito de los patriarcas de la ría, los jubilados contando sus anécdotas vividas en su oficio como pescador, y lo hacían tan apasionante que te daban ganas de ser parte de esa aventura, no te cansabas nunca de escucharlos, mucha gente del lugar se pasaban horas y horas contemplando el mar, felices y disfrutando de la natural belleza de nuestra ría, unos recogiendo moluscos de los pilotes del muelle, otros al pique del mero o escofinas como se le decía acá, personas grandes que se dedicaban a pescar cornalitos con su copo, bajaban por la escalera a una plataforma que se encontraba debajo del muelle, en un lugar donde se formaba el triangulo, ya siendo de noche y con marea en creciente a la luz de un farol alimentado con  puerto-banquina-30piedras de carburo, así se ganaban el día, también al pique de pejerreyes u otras variedades con sus cañas de pescar. Apenas a lo lejos divisaban por el canal el color amarillo, ya sabían que se acercaba un pesquerito, los que siempre frecuentaban al muelle generaban muchas discusiones, haber cual era la embarcación que se aproximaba, unos decían por la altura del palo es esta, otros las diferenciaban por la marejada de proa, otros por la cabina que en esos tiempos eran contadas las embarcaciones que las tenían y así se armaba una terrible polémica , a de lejos se escuchaban las discusiones de esa gente, que ya era costumbre de hablar fuerte como si estuvieran enojados tradicional de nuestras colectividades, pero siempre sanamente. A pesar que la mayoría de sus embarcaciones no tenían las comodidades adecuadas esa gente honrada lo hacían con amor y dedicación a su trabajo. Tengo el gran orgullo de haber formado parte de estas generaciones pasadas, donde la Coop Pesquera tenía más de cincuenta lanchas, el promedio no era menos de seis personas por lancha, había mucha pesca y los trabajos Eran más sacrificados que hoy, la mayoría de las embarcaciones tenían motores a nafta, no tenia arranque eléctrico, tenias que darles manija para poderlos arrancar, en el mar casi todos los movimientos se despeñaban en canoas y a remo , los dueños tenían miedo de que quedara atrapada la hélice en las redes y al no haber medios de comunicación se tornaba mas difícil, si las otras embarcaciones se encontraban cerca levantabas un trapo en el palo mayor y tus compañeros ya sabían que estabas en problemas y si estabas solo arréglatelas como puedas. Muchas embarcaciones al no tener cabina y con buen tiempo principalmente en verano, almorzaban en su cubierta, debajo de un toldo de arpillera para protegerse del sol, era tan deleitante disfrutar una picadas que se preparaba con los camarones o langostinos dándoles una pasadita por aceite vinagre y pimienta, como plato final Eran esos tallarines con abundante tuco y frutos naturales de nuestra ría, plato tradicional la pasta yuta heredado de nuestros queridos Italianos, o también cenaban en bodega sentados en banquitos de madera, a la luz de un farol de querosene, que al ser tan frágil su mecha , tenias que cuidarlo como a una señorita, palabra que siempre te repetían los mayores ¿nene cuidado con el farol ? Era lo primero que aprendías, por ser el más joven de la tripulación, la consigna era que tenías que lavar los platos, cebar mate, sacarles el agua a las canoas con una lata y en algunas lanchas cobrabas medio sueldo, hasta que aprendieses el oficio, no eran malas la exigencia, te enseñaban a ser responsable. Las redes eran de hilo sisal, se rompían muy seguido, todas las semanas teníamos que lavarlas y colgarlas del palo mayor para secarlas y repararlas, a los más jóvenes mucho no nos gustaba el sacudido de las mismas, cuando estaban secas volaban los pelos de las aguas vivas te picaba todo el cuerpo, luego se llevaba a una olla de aproximadamente 2000 litros con agua hirviendo para su teñido con tanino, así eran más resistente al sol y también al asido de las medusas. Hoy día las redes son de nilón o polietileno, no necesitan tanto de su cuidado o mantenimiento solamente de enganches y protegerlas del sol, también son mucho más livianas es mucho menor el esfuerzo del pescador. En el año 1965 comencé a trabajar en el puerto como estibador, con solo 15 años de edad que en esos tiempo avía tanto trabajo que no te preguntaban si eras menor hasta 1966 que vino el derrocamiento del Dr. Arturo Íllia, por el gobierno militar de Juan C Onganía.
white lanchas pescadorasse desató una gran huelga de los portuarios, muchos se dedicaron a la pesca u otros oficios en 1967 comencé como pescador oficio que me apasionaba, en la Josefina lancha que era de los hermanos Caserma, A.G.P ya habían trasladado a los pecadores al muelle Nacional, sitio llamado “puerto piojo” lugar donde hoy actualmente se encuentran, por la construcción del elevador 5 en el sitio 9, como es de costumbre las promesas incumplidas aunque en esos años estaba el gobierno militar, nos prometieron un “varadero” cada vez que teníamos que reparar las embarcaciones en emergencia nos teníamos que meter en ese lodo podrido mezclado con petróleo, o salir fuera del puerto esperar marea baja para poderla reparar, promesas que hasta el día de hoy nunca se cumplieron.“Puerto piojo” lo único que tenia de bueno el reparo de los vientos, no tenia dragado, chatas hundidas al romancearse el mar , petróleo que venía de los barcos que cargaban en el triangulo, muelle de hierro se estancaba en ese sitio, por las pérdidas de sus mangueras y también de la planta de YPF que tenían un desagüe fluvial que desagotaba todo al sitio, por donde tocaras había petróleo, para amarrar las embarcaciones no podías ir con ropa limpia, no tenia escaleras improvisábamos con sogas y maderas para poder subir con marea baja a las embarcaciones, cuando las lanchas regresaban cargadas a puerto había que levantar los cajones uno a uno a mano, para cargar combustible el surtidor de Don Mario Camagni, que se encontraba a un cuadra, frente a la oficinas de A.G.P tenías que llevar el tambor de doscientos litros rodando hasta el borde del muelle. Con el tiempo algo fue cambiando después de tantas denuncias por los derrames de petróleo y también cuando hubo ese incendio tan grande de un tanque de combustible sacaron a YPF del puerto, fue trasladado a la costa de batería en Punta Alta donde hoy se encuentran las mono boyas de Punta Ancla y Punta Cigüeña, también les causaron mocho daño a los pescadores, con las roturas de sus mangueras, zonas ricas en pesca, costas de la RÍA fueron regadas con las pérdidas de petróleo, daños ambientales terrible y sin ningún responsable. A La Coop Pesquera le asignaron un lugar y construyó un galpón en un sitio de Puerto Piojo, donde hoy actualmente se encuentra, para almacenar cajones y proceder al pesado de la producción, a medida que iban llegando sus embarcaciones, también construimos un guinche, para aliviar el trabajo del pescador, que en vez de un cajón, ya levantábamos de cinco por tanda. Con el correr del tiempo fue cambiando para mejoría del pescador, A. G. P nos alquilaba una grúa para depositar las lanchas sobre la plataforma del muelle levantaba 50 toneladas, fue un cambio muy importante, ya no teníamos que efectuar las reparaciones y el pintado de las embarcaciones, pensando en que en el cambio de marea nos corría detrás con la creciente las reparaciones eran con absoluta tranquilidad y también botabas con seguridad, sabiendo que estaba todo en condiciones. Por suerte se abrió la exportación de todo pescado costero a Nigeria, obtuvimos buenas ganancias, lástima que duro poco tiempo, después llegaron compradores Chinos, al frigorífico Gepa en el puerto de Ing White, nos compraban toda la producción y los pagos eran en término, eso para el pescador es muy importante, ya en la Ría había mermado mucho la producción de peces, debido a la contaminación provocado por los efluentes cloacales y también las empresas del polo petroquímico, dicho por gente autorizada en efectuar los estudios y divulgado por los medios de comunicación. Una vía de escape hubiese sido Bahía Unión, partido de Patagones donde nuestros antecesores y también parte de nuestra generación pescamos toda la vida, las autoridades competente lo declararon como reserva natural, no sabemos a qué se debe esa resolución siendo que el pescador Whitense, ejerce la pesca artesanal con redes fondeadas no estropean el fondo marino, de a poco con esas políticas nos fueron desplazando. En el sitio que se encontraba el frigorífico Enfripez, la A.G.P que en buena hora por la fuente de trabajo producida, les adjudicaron a la empresa Cargil, para construir un silo y una galería de embarque, también se coloco una transferencia que transporta cereal, por encima del galpón de la cooperativa pesquera, con consentimiento de su comisión, con las promesas de que no iba a afectar a los pescadores, que en caso que fuésemos afectados la empresa se haría responsables de los daños, palabras que nunca se cumplieron, nos taparon con polvillo de cereal las embarcaciones, hervidero de moscas provocadas por descomposición de cereales y por la humedad de las lluvias, también nos redujeron el espacio de la parte sud oeste del sitio no puede entrar ni ambulancia, ni camión de bomberos en caso de emergencia, en ese lugar se encontraba el frigorífico Enfripez lo obligaban a dejar el espacio por cualquier incidente que ocurriese. En años anteriores ya veníamos reclamándole a las autoridades por nuestra fuente de trabajo y la merma de nuestra producción por la contaminación en la ría, en el año 2009 fue la gota que rebalso el vaso, cansados de tantas promesas, como plantas depuradora, controles a las empresas cosas que nunca se cumplieron, comenzamos con más dureza y con justa razón por la ya mencionada contaminación, metales pesados, efluentes cloacales y muchos productos químicos mas al estuario sin ningún tratamiento, la prueba esta con el balneario Maldonado, si los pescadores no divulgaban lo que pasaba en el estuario la gente hasta el día de hoy se estarían bañando en las aguas servidas, lo más grave es que partidos políticos de nuestra ciudad a los que les depositamos el voto en confianza, todos en general sabían lo que estaba pasando en nuestra ría Whitense, o quizás no les convenía divulgar, “quien sabe por qué”. Lo que si señores, los pescadores del puerto de Ing White, en su vida se van a olvidar el día “24/12/2010” estando en democracia, el gobierno de la provincia de BUENOS AIRES con el gobernador Daniel Scioli y el municipio de Bahía Blanca su intendente Cristian Brestestein, les dieron libertad a la policía para reprimir a nuestra gente corriéndolos del puerto, quizás a los dirigentes les hubiese dado vergüenza que pasáramos la navidad en los accesos al puerto, reclamando nuestros derechos, Los pescadores nos refugiamos en la iglesia, pensábamos que estaríamos protegidos y fue donde la policía aprovecho para entrar y disparar sus armas dentro de la misma, nuestra gente tirados en el piso del altar boca abajo sin ofrecer resistencia ninguna, los esposaron y fueron golpeados y muy maltratados en la casa del señor, en la cual mancharon sus pisos con sangre de nuestra gente, que no merecíamos ese mal trato, por la justa razón de defender los derechos y fuente de trabajo que en la cual se viene desempeñando más de un centenar de años, herencia de nuestros queridos emigrantes.
No OLVIDEMOS esta lucha nos costó la vida de dos personas muy querida, en un accidente en la ruta por gestionar en la Ciudad de La Plata, tramites relacionados con los pescadores, Euardo Defilippis y Cristian Andragnez.
Me gustaría que no engañen mas a la gente, con los paseos costeros y otras mentiras mas Bahía Blanca y toda la zona quiere tener una ría limpia y sana libre de contaminación y no pido que nos dejen respirar aire puro porque al haber tantas empresas que generan contaminación en el ambiente sería imposible, los pescadores que se dedican a esa profesión, pueda ejercer la pesca comercial o deportiva como toda las generaciones pasadas lo hicieron.
Amén de la fuente de trabajo que nos hace tanto falta, estos señores se dieron el lujo de indemnizar la gente, hoy día los pescadores están a punto de desaparecer para estos señores no somos rentables por las políticas ejercidas por C G P B B y el municipio de Bahía Blanca, poco a poco los van desplazando.

HUGO OMAR ANDRAGNEZ
15-04-16

Gracias Hugo

Pescando..

(Esta letra dedicada a los pescadores guaitenses, se puede cantar con la música de “La Romanina”).

23-banquina-pescadoresEl Sol ya viene asomando
muy temprano, a la mattina
los pescadores cantando
zarpan desde la banquina.
Cada día hacia el misterio
ruega a San Silverio
la pesca feliz.

Bona pesca se adivina
la barca se encamina
surgiendo van los cantares
mientras el sol calcina
sobre las redes nerviosas
entre las olas del mar
la tarde se termina
dale pescar y pescar.

pescadores-banquinaEn la pausa marinera
sonando alguna guitarra,
surgen las notas primeras
el cuore vive la calma
el coro de las gargantas
en la vuelta canta
un día feliz.

Dale pescar y pescare
con sones de romanina
surgiendo van los cantares
mientras en sol calcina
sobre la carga preciosa
en la barca que se inclina
la tarde se termina
dale pescar y pescar.

Tino Diez