Manzi eterno

“Estoy lleno de voces y de colores / que juraron acompañarme hasta la muerte / como amantes resignadas / al breve paso de mi eternidad”.

Un 3 de mayo, -hace 67 años- Homero transformó sus pasos en una huella imborrable. En aquella despedida, su amigo de siempre, Cátulo Castillo, vertía su congoja en el sentido mensaje final.

-Ya lo sabíamos todos. Este instante en que había que entregarte el adiós desde un entarimado. Mucha gente. Y una noche muy larga de angustiosos saludos y de lágrimas, y el apretón de manos y el abrazo.
Y tu madre, deambulando entre flores, como un viejo quebracho, con la mirada firme –hora tras hora- hasta el momento mismo en que podríamos recogerla en los brazos, desplomada.
Ya sé que lo sabíamos, pero también lo ignorábamos todo, y a fuerza de ignorarlo lo sabíamos, y esta esperanza nuestra de que no fuera así lo decretado. Y también tus engaños, cuando te sonreías con esa misma cara que miramos durmiendo, afilada y cerúlea, con tu barbita negra que tenía hilachas blancas y el cuerpo lastimado en todas partes.
Ya sé que lo sabíamos, Homero, pero menos que tú, que lo sabías mejor, como supiste todas las cosas que no se aprenden nunca y que se saben.
Porque también sabemos que la muerte no es nada y no tiene misterio.
Misterio tiene un verso, una sonrisa.
Pero tú estás durmiendo, y entonces hay que evitar la muerte de un recuerdo, y escribirte estas cosas que nos hizo más honda la vigilia y el regresar atrás, rumbo al principio, para verte mejor, sin el cansancio oscuro del café, del alcohol, de muchas muertes, como la tuya ayer, la más sentida.
Para hacerte una historia, hermano mío, comenzaría así:
Se acercó con sus cosas que tenían la simpleza genial del propio pueblo. Un trasunto de calles orilleras, arboladas y viejas como el duende que transitó sus tangos, y que vivió en sus ojos que eran negros y tristes y profundos. Tal vez, toda la infancia que alborotó las tardes de extramuros, y el poema del hermano mayor que él admiraba.
Una fuerza indomable le llegaba de lejos; no sé si de Añatuya, su pueblito purinke con Imasti el capataz indígena o su hermano Román que amansaba el rosillo en la heredad paterna.
Acaso el algarrobo triste o el chañar que tiraba las sombras en la tierra reseca, o la lejana cruz de calicanto con que cantó algún día en los años el poema de María Chacarera.

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