Alpargatas

277421164_490c34bc09Aunque se trata de un hecho real, por diversas razones me voy a abstener de dar precisiones que alienten a identificar a los protagonistas de la anécdota.
Voy a referir sí, que pasó hace muchos años, cuando las calles era de tierra y barro, las cabezas de los chicos en edad escolar una hirsuta cabellera, los pantalones cortos, las rodillas marcadas por el salitre del suelo de potreros donde se jugaban los picados.
Se acercaba el fin de año en la escuela y la escuela resolvió que en el festejo del cierre lectivo, cada grado debía presentar una comedia o acto, ya que iban a concurrir, desde el Subprefecto hasta el Jefe de Bomberos, pasando por el Comisario, representantes de las entidades culturales y deportivas, el Jefe de la Estación, el médico de la Salita, del Consejo Escolar y hasta de alguno de los consulados de otros países que tenían asiento en Bahía Blanca.
Faltaban algunos meses, así que cada maestra tenía la tarea de seleccionar el material a trabajar y determinar qué alumnos “representaban” (como se estilaba decir).
La maestra había elegido una pequeña obrita que contenía un hermoso recitado del chileno Diego Dublé, “En el fondo del lago”, que era disputado por varios alumnos, ofreciéndose como postulantes para esa parte de la presentación.
La docente decidió dictar todo que se iba a presentar para que fuera repasado por los interesados en participar y días más tarde según el grado de interés, asignaría cada personaje.
Luego de los primeros escarceos de pre-ensayos, con algunas caras de decepción y otras caritas de felicidad, quedó todo establecido.
La perla del poema de interpretar, le fue adjudicada a Juan. Su presentación, que iba a ser la primera en sus varios años a través de los grados, aunque mereció algún detalle apuntado por la maestra, revelaba que había dedicado tiempo y todo su entusiasmo para no perder esta oportunidad.
Los pequeños resquemores menguaron luego del primer recreo y pasaron cuando los distintos ensayos se fueron sucediendo. La maestra trabajó intensamente cada personaje hasta conseguir lo mejor que podía dar cada alumno.
En una clase, en pleno ensayo, llegó la directora y con un ademán pidió que siguieran la práctica. Fueron pasando los actos de cada cuadro, hasta llegar el de la celebración donde Juan, comenzó aquello de “Soñé que era muy niño/ que estaba en la cocina…” con mucha convicción y dando la entonación casi exacta que le marcaran.
El rostro de la directora no rebelaba en ningún momento gestos de conformidad y cuando se llegó al fin, le dijo a la maestra que la viera en la dirección.
Cuando la maestra llegó a la dirección, su jefa le indicó que no podía incluir en una actuación central a un chico como Juan.
La maestra mostraba perplejidad, Le explicó que su actuación era impecable, que había probado a varios alumnos y que todos coincidían que debía ser él, porque además no había participado nunca de un acto en la escuela.
La directora, ahora enojada, le replicó que era un cierre especial para la escuela, que iba a ver visitas importantes y la presentación de “ese alumno” dejaba mucho que desear, agregando que “a todo su desaliño, mírele las alpargatas con los dedos afuera”…”¡no podemos hacer esa exhibición, cámbielo…!!!
La docente, casi con desesperación, le dijo que no podía hacer esa atrocidad con Juan, enrostrarle sus carencias en oposición a sus cualidades personales.
Se impuso la autoridad de la dirección y para no poner a Juan en evidencia, le dijo a la directora que le permitiera suspender la presentación en la fiesta de fin de año de lo preparado por sus alumnos.
La vuelta al aula, fue muy triste. Sin poder fijar la vista en Juan, mientras hablaba con sus alumnos, explicó que la representación quedaba suspendida. No pudo soportar más y el nudo que la ahogaba la garganta, asaltaba sus ojos, pero no quiso que su grado la viera llorar y salió del aula para encerrarse en el baño, donde dio rienda suelta a su desesperación.
El tiempo pasó. Al año siguiente, esta docente dejó de pertenecer al cuerpo de maestras de esa escuela.

Tino Diez

Anuncios

Suburbios

12991069_931651690266635_2761908405312467311_n

Un suburbio de calles aventuradas y de ocasos visibles
con aire de casas viejas y oscuros pasillos
portones de durmientes y alambre ferroviario
zanjas con aguas quietas y largas
con tujurios grises y deprimentes bajo el puente
entre vasos de alcohol y humo amargo.
Las vías de hierro desgarraban al pueblo en suburbios
descargando esa peculiar tristeza de las cosas esclavizadas.
Una frontera de humo y ruido trabajador,
una frontera de máquinas y vagones brutos en movimiento.-

Dante Sgalla Panzeri (autor del excelente poema y la inmejorable fotografía)

Blanco y Negro

2994-ni-20-5GalanDicen que en EEUU no hay apartheid. En un concurso televisivo habían llegado a la final un blanco y un negro. Las autoridades del gobierno, del canal y de la empresa que la auspiciaba habían decidido – por supuesto – que debía ganar el blanco. Pero, en la última pregunta, que le hicieron el blanco contestó mal. Y si contestaba bien el negro, se llevaba el millonario premio. La pregunta fue “¿Qué población tiene la República de China?” la respuesta se demoró un poco, y el Negro contestó “Mil trescientos setenta y siete millones de habitantes…”, pero el moderador, le replicó: “¡No, cuántos, no, mister Blake, los nombres, los nombres…!!!

La mancha del conejo

maxresdefaultEn una comunidad conejera, había un grupo que era lo que se podría denominar clase alta. Era todo cuestión de pelaje. Aquellos grupos de conejos que ostentaban un color uniforme en todos sus integrantes, ocupaban los planos principales dentro de la tribu. Y el color blanco era que se lo consideraba el más chic.
En cierta ocasión, en un nacimiento de estos grupos inmaculadamente blanco, los gazapos alegraron a la pareja de padres conejos. Pero a poco que les fue creciendo el pelaje, surgió el problema. Uno de los conejitos tenía un pequeño triangulo de pelo negro en medio de la frente.
Ante esa afrenta estética, trataron de lavarlo en el arroyo cercano, pensando que sería una mancha circunstancial, pero todo intento resultó infructuoso, y el pequeño conejo fue, poco a poco, apartado – despreciado de su familia original – dada la impureza de su pelaje con esa mancha en la frente.
El pobre conejo, entonces, pastando, comiendo o simplemente queriendo jugar con sus hermanos, era apartado violentamente de los demás impecablemente blancos.
Se acostumbró a andar sólo.
Una mañana estaba comiendo el pasto que crecía entre los durmientes de las vías del ferrocarril, cuando pasó un tren que le rozó, una parte de sus patas traseras, con tanta suerte, que sólo alcanzó a quitarle una porción de pelo, que dejaba al descubierto su piel.
Cuando pasó el susto y se aprestaba a continuar con su comida, surgió la idea. Si hacía las cosas bien, podría ser aceptado por su familia.
Comenzó a pensar cómo hacerlo. Recordaba que por la tarde pasaba otro tren en sentido contrario y se preparó para llevar a la práctica el posible camino de su vuelta a su familia.
Cuando sintió la pitada del tren, se colocó cerca de las vías. Si antes un convoy le había quitado un poco de pelo, bien ahora, cuando le rozara la frente, le quitaría ese estigma de vergüenza.
Todo estaba listo. La emoción – ¿el miedo? – lo hacía estremecer.
La formación de vagones, llegó con su estrépito, de golpes metálicos. Pero al llegar al conejo un hierro inesperado o tal vez una falla en el cálculo del pequeño animal hizo que el paso del tren mutilara su cabeza.
MORALEJA:
Muchos pierden la cabeza por un triangulito de pelo negro.

Ya no habemo má guapo…

Rosendo_Rosell-281x345Esta historia puedo decir que es totalmente real, por lo que no voy a dar pistas para localizar a su protagonista. Pasó en nuestro Guaite, hace muchos años.
Miembro de una modesta familia se empeñó en diferenciarse de ella y lucir siempre como un gigoló. Con pilchas bien debute y calzado de prima. Nadie jamás lo había despeinado, barbudo o desaliñado. Era común verlo en las calles del “centro guaitense”, con el mejor perfume, haciéndose repasar la lustrada de sus zapatos. El peinado impecable a la ricibrill. El piropo gentil, recibido con suspiros de aprobación. Fue durante muchos años, lo que se decía un “buen partido”, que no quería jugarlo y deseaba cortarse siempre en alguna aventura sin asumir compromisos.
Pero cuando se le acercaban los cuarenta, se cumplió aquella sentencia que dice “el hombre propone y Dios dispone” y comenzó una relación formal con una señorita que no era del pueblo. Nadie podía creerlo, pero la cosa avanzó, hubo presentación de familias. Luego de un tiempo el compromiso y finalmente – fatalmente – el casamiento.
La ceremonia, fastuosa como se estilaba, en un gran salón, con orquesta, previa ceremonia religiosa que bendijo el cura en la vieja iglesia. Transcurrió la luna de miel y al regreso de los novios, no se lo vio en la esquina de la Tienda Buenos Aires que era su parada de los atardeceres guaitenses. Pero cuando preguntaban por él, nadie lo había visto.
Un día lo vieron. Y lo que veían no lo podían creer, Parecía haber envejecido veinte años. El cabello renegrido a la brillantina, había perdido no sólo el brillo y el ondeado, sino de un gris desconocido y encanecido. Lo mismo ocurría con sus cejas y con el bigote pintado con nieve.
No queremos imaginar lo que habrá tenido que soportar con sus compañeros de laburo, que se vinieron preparando por haber claudicado su soltería y se encontraron con tanto deterioro físico.
Ellos nos contaron que, cuando la esposa, comprobó el arsenal de tinturas, brillantinas, cremas faciales, tijeras, tijeritas, ungüentos para masajes, le exigió que tirara todo a la basura.
Así terminó no sólo la soltería de un gentleman guaitense, sino también su fama hecha añicos por su vertiginoso y prematuro envejecimiento.