CIELITO

Bartolomé Hidalgo (1788-1822)

Pues yo siempre oí decir

que ante la ley era yo

Igual a todos los hombres.

 

Mesmamente, así pasó,

y en papeletas de molde

por todo se publicó;

pero hay dificultades

en cuanto a su ejecución.

 

Roba un gaucho unas espuelas,

o quitó algún mancarrón,

o del peso de unos medios

algún paisano alivió;

 

lo prienden, me lo enchalecan,

y en cuanto se descuidó

le limpiaron la caracha,

y de malo y saltiador

me lo tratan, y a un prisidio

lo mandan con clazador;

 

aquí la ley se cumplió, es cierto,

y de esto me alegro yo;

quien tal hizo que tal pague.

 

Vamos pues a un Señorón;

tiene una casualidad…

ya se ve.. se remedió…

Un descuido que a un cualqueira

le sucede, sí señor,

 

al principio mucha bulla,

embargo, causa, prisión,

van y vienen, van y vienen,

secretos, almiración,

¿qué declara? que es mentira,

Que él es un hombre de honor,

¿Y la mosca? No se sabe,

el Estao ya la perdió,

el preso sale a la calle

y se acaba la función.

Privacidad no es egoísmo

   

 

Tengo muchas canciones atascadas en la garganta….muchas películas que me recuerdan lo hermoso y lo doloroso…Tengo muchos recuerdos que la lluvia me trae, que el sol me seca, que una tarde de siesta de hace muchos años me recuerda que fui pequeñita, asi, de 4 años, de 6….Que tuve a mis padres frente a frente en un almuerzo, a mis hermanos un mediodía….
Que tuve una prima hermana jugando conmigo, que ahora es madre y antes se escondía tras la pollera de su madre…mi tía tan querida….
Tengo recuerdos del campo, de mi tío que no podía ser más bueno y solidario, que tenía esa alegría campera que no se puede explicar…que nos recibía con el mate, en su casa de campo, siempre trabajando duro, siempre ocupado y con su paso rápido….y ahora está tan lejano, tan perdido, tan apartado de su campo que amaba….de sus animales que cuidaba y protegía…Y no sabe más de la política, la educación, la economía, los devenires de la socidad…y no escucha más la historia argentina sin fin, del cíclico ir y venir del gobierno que deja perplejo al pueblo, lo chantajea, lo saquea, lo deja esperando un cambio que nunca…jamás….llega…..y seguimos todos esperando que dejen de mentirnos, pero él….ya está muy lejos de la verdad y la mentira….está allá….donde los recuerdos se mezclan con el pasado y lo vivido, y no llega a lo actual…se queda más atrás…y sus ojos miran pero no ven…
Tengo historias de lágrimas que ya fueron, de esperanzas que partieron, de olvidos que salvaron dolores, de personas amadas que están pero se fueron, dejando sólo su cuerpo, con una mirada que ni por asomo es la de quienes nos amaron y cuidaron…pero deben guardar algún recuerdo nuestro en algún sitio…que desconocemos…..
Tengo una guitarra que duerme en mi ropero, y en otro tiempo, hace veintenas….me alegró el corazón, me ayudó a hablarle a mi tristeza, a expresar mi desesperación….con sus acordes de madera armónica y mi voz entonando letras que me identificaban….en aquel pasado de lagunas y amaneceres entre rondas de mate y música compartida…..arrullo de palomas y olor a pinos….y gaviotas buscando comida….
Hay un cielo que es sólo mío, con sonidos y recuerdos que sólo yo guardo….al que nadie puede ingresar sin mi permiso….del que sólo yo soy dueña….
Hay espacios a los que no puede permitirse la entrada de “todo público”….porque no todo es público….no todo es de todos….La privacidad existe….aunque muchos no entiendan….No es egoísmo….es autoprotección.

El asado

Es domingo. Te bate el reglamento:
Tener bien engrasada la parrilla,
convocar con un morfi a la cuadrilla 
y retirar del carnisa el manyamiento.

Zochoris de rigor, tiras, achuras
y por si acaso la barra está con hambre
mandá a las brasas un cacho de matambre,
bancándola aunque venga mishiadura.

Lucí tu grosa busarda en musculosa,
piantá de esgunfiantes la parrilla,
acopiá el chimichurri, las morcillas
y un pañuelo anudado cubriendo la piojosa.

Manijeá lo aprendido de pendejo:
Las brasitas al rojo; minga de humo,
defender tu terreno a lo Perfumo
y mandar al joraca los consejos.

Tendrás a mano un novi bien peleón,
zochoris en agua, sal gruesa pá la nerca,
apuntarás banderón: ¡Junen que merca!,
y a los chabones poneles un sifón.

De prima un choripán punteás a cuenta,
dopo mandá chinchulines bien crocantes,
achuras, pa’saciar tanto atorrante,
chairando commeilfaut la ferramenta.

Las tiras ya embragaste en el enyante;
se contarán chistes fules, remanyados,
y vos, de castrucho bien sarpado,
rematarás con un postre vigilante.

Entre eructos atorrás a pata ancha
cuando el güiscardo da finish al manduque,
pues la barra por fin se toma el buque
rumbeando, pipones, pa’la cancha.

José María Otero

Cacho Marzocca y un milagro de San Silverio

   

 

El mar está calmo pero siempre está el temor que se desaten tormentas y tempestades y entonces se dan cuenta que están sobre una cáscara de nuez:

Cacho Marzocca

Fue una tormenta acompañada por un tornado. Justo agarramos la línea del tornado en el lugar donde estaban fondeadas las cuatro embarcaciones les tocó que el tornado les dio vuelta campana la lancha, cuatro tripulantes alcanzaron a zambullirse al agua y el otro socio y Cacho quedaron encerrados en la bodega, unos veinte a treinta minutos. La lancha quedó dada vuelta flotando sobre cubierta. Se había formado una cámara de aire y la embarcación se iba hundiendo muy despacio. Pensaban que no iban a poder salir más, comenzaron a invocar al santo, ante el peligro de morir encerrados como ratas y ahogados tuvieron la suerte, según Cacho, y el milagro del santo protector que tienen los pescadores, ante los ruegos “San Silverio, ayudame…!!”, “¡San Silverio, ayudame…!!” y agrega vehementemente,  “¡¡El Santo Protector nuestro es SAN SILVERIO!!!”

San Silverio vino a los barcos, bajó de ellos, junto a las valijas, los recuerdos, sueños y tristezas de los inmigrantes pescadores italianos.

En un principio pensábamos que la boca escotilla estaba obstruida por algo ahí y que no teníamos salida y de repente, en la oscuridad, Cacho mete la mano y encuentra  un hueco y le dice al otro muchacho: “Mirá, yo voy a tratar de salir a la superficie”. Se zambulle, quiere nadar para un lado y se encuentra con que tocaba con lo que esta baranda (y señala a la tablilla de alrededor de cubierta).

Al llegar arriba se encuentra con un temporal de viento, lluvia y granizo. La persona que tenía a su cargo despachar la embarcación estaba tomada del timón, es decir la hélice de la lancha, y en el otro brazo tenía al cuñadito, el hermano de la mujer de Cacho, que era su socio de trabajo también, que se había desvanecido a raíz de la granizada que caía.

El que estaba abajo, se encontraba soportando la mezcla del gasoil con el agua. Con el torso desnudo y sólo vestido con un pantaloncito corto y por lo tanto totalmente embadurnado por el combustible. Lo esperaban de un lado de la lancha pero apareció por el otro. La tormenta profusa de relámpagos y truenos, lo iluminaron cuando la tormenta se lo llevaba, al tiempo que vimos las señas de pedido de ayuda que nos hacía.

Fueron con una canoa, pero era tal la cantidad de gasoil que se adhería a su cuerpo que los intentos de asirlo, resbalaban. Por suerte, tenía una abundante cabellera que les sirvió para sujetarlo y poder tomarlo por debajo de las axilas para subirlo al bote.

Se pudo reflotar la lancha y volver a puerto sin consecuencias mayores y acota Cacho Marzocca: “Y yo siempre digo que esos son los milagros de ese famosito Santo que es San Silverio…

(Basado en “Cacho el pescador de White” de la Serie “Esas Pequeñas Cosas” de Néstor Machiavelli – fragmento)

Cancha brillante

 

 por Douglas Javier León

(Publicado por “La Nueva Provincia”, el 26 de septiembre de 2012, en el Suplemento dedicado al 127° Aniversario de Ingeniero White)

Goyén; Clausen, Villaverde, Trossero, Enrique, Giusti, Marangoni; Bochini, Burruchaga; Percudani y Barberón. Quién pudiera jugar como ellos, entenderse como ellos. Ser uno más… ¡Y zas! Mi viejo me trae una camiseta roja. No tiene ninguna inscripción pero es de Independiente. Me la pongo enseguida y con seis años salgo a jugar a la vereda con el pecho inflado. Me animo a tirar gambetas que no había tirado, voy a buscar paredes posibles y meto pases que si los defensores calzaran más, seguro que los cortan.

Es una tarde de verano. Mi mamá me dice que duerma la siesta. Le hago caso y después de tomar el té, vamos a la cancha que está abajo del Puente La Niña, a metros del puerto, entre el Bulevar e Ingeniero White, la de los scouts de la Pilling. Ahí se juega el baby fútbol más importante y antiguo de Bahía Blanca.

Llego de la mano de mis viejos. Camino ligero y emocionado hasta entrar en los vestuarios del cuartel y me encuentro con los pibes de la cuadra. “Voy a jugar en serio”, pienso. “Soy un jugador más, como Bochini”, así pensé.

Por una ventana veo que se encienden las luces de la cancha, que la gente llena los costados, escucho por los parlantes como empieza a salir música, que “Tucho” Ursino, el jefe de los scouts, anuncia que entre los partidos de la fecha jugarán Las Colonias y Juventud Unida.

El grito de Gaite, el director técnico, me devuelve al vestuario. Nos explica que hacer en la defensa, en el mediocampo y en el ataque pero no me mira, agarra una bolsa negra y empieza a repartir unas camisetas azules. Espero la 10 pero me tira un buzo naranja enorme, con la 12 en la espalda…

Ya no hay nadie que pueda arreglar semejante injusticia. Salimos del galpón y detrás de la venta de choripanes comenzamos a girar para entrar en calor. Gaite nos acomoda en fila india y cuando “Tucho” anuncia por los parlantes a “Las Colonias” salimos a la cancha con la música del Mundial 78.

La gente nos saluda como estrellas. Miro a mis viejos y siento vergüenza por el 12 en la espalda. Tras levantar los brazos, camino hacia el banco y no imagino cómo salir de semejante angustia.

El partido empieza, y termina el primer tiempo. Así es, creo que no pasó nada. Estoy tan enojado que no veo nada. En el vestuario pongo cara que siempre pongo para que mis viejos sepan que estoy enojado. Gaite me dice, “´Cabeza de choclo´, vas al arco”.

Ahora estoy asustado. Escucho el silbato llamando al segundo tiempo y me dan gans de ir al baño. “Ahora no”, dice Gaite. Salgo a la cancha y miro a mis viejos, también a mi hermano Walter que se puso detrás del arco.

Arranca el partido y no me llega ninguna pelota. Sólo la voy a buscar cuando sale de la cancha. De pronto, justo cuando se escuchó un estruendo de la turbina de la Termoeléctrica Luis Piedrabuena…¡penal! ¡penal para Las Colonias! Y mi hermano no duda: “Anda vos Ruso, andá vos”. Gaite escucha el grito y me hace una seña que lo pateara.

Todo el estadio me mira y comienzo a mover las piernas temblorosas. En la carrera veo a mis vecinos y sigo corriendo, a otros amigos de la cuadra y sigo corriendo, a la chica más linda y sigo corriendo, a mis viejos y sigo corriendo, a mi hermano y sigo corriendo, a la pelota quieta en el punto del penal y sigo corriendo… y puntinazo y ¡goooooooolll!

Ése y otros tantos goles siguen retumbando por ahí. El campeonato se mudó a otra cancha, donde el olor a puerto ya no se siente tanto y donde no hay cabarets al lado.

La cancha de los scouts, de debajo de puente, pasó a manos de la Municipalidad. Se la hirió cuando les robaron las redes, se la siguió lastimando cuando se le quitó el alambrado perimetral y se la dejó irreconocible al sacarle los arcos…

Pero esa cancha era un potrero y los pibes improvisaban arcos con piedras y buzos y remeras, hasta que el último haz de vida le fue arrebatado. Como a un toro el estoque de un mataor, se le enterró una columna de alumbrado público justo  en el punto donde empezaban los partidos.

Pasaron casi 30 años de aquel penal. Ya los pibes no juegan ahí. Pero de una cosa estoy seguro, esa columna jamás brillará como el pasado de la canchita de los scouts.

¡Muchas gracias, Douglas Javier!!

 

El Señor Piropo

(Primer premio Concurso de cuentos en Centro Cultural San Isidro)

Pareció aletargarse en la indiferencia de realidades menos líricas. Ante los avances tecnológicos y la renuente capacidad de querer y desquererse, de amarse en un momento para odiarse en la hora posterior, prefirió acallarse, volverse hacia sí mismo, pero no pudieron eliminar su profunda convicción, aunque si su cotidiana vigencia.
Hubo un momento en tiempos no demasiados remotos, que del piropo, esa adulación especialmente masculina, fuimos testigos de lo que podríamos llamar su materialización o continente corpóreo…
Era de edad indefinida. Su cabellera revuelta, ensortijada y desprolija, cubría, desde el borde del sombrero negro, la preocupación de su frente. Vestía siempre igual, pantalones marrones con rayitas blancas, un saco del mismo tono, con dibujos príncipe de Gales, una corbata voladora que le daba entidad de poeta, a veces cubierta por una bufanda, negligentemente atada al cuello, pretendiendo ser abrigo cuando la temperatura bajaba. En la solapa, inalterablemente una flor, que variaba según la época, siendo un nardo o un jazmín en noviembre, un clavel, un pimpollo de rosa o una azucena en primavera.
Y como si estuviera de imaginaria, siempre en la misma esquina, rumiaba las flores que en forma de piropos dedicaba, cada día, a las chicas que transitaban el paseo de la tarde, tal vez en el mandado inventado hacia el mercado, buscando el zapatito para el baile del fin de semana, finalizando la clase de música o de corte y confección o simplemente, para tomar un helado, de los que artesanalmente hacía el Petiso Fontán, en el bar Curacó.
Tenía para cada una de las muchachas vespertinas, la palabra galana, en una insospechada relación con el piropo del día anterior, como elaborando un madrigal por entregas diarias; quitándose el sombrero, reverencialmente, y recibiendo complacidas sonrisas agradecidas.
Las chicas, por supuesto, esperaban el halago de esa ofrenda diaria, que era siempre nueva, cada vez más inspirada, permanentemente amable.
Los muchachos, en tanto, lo admirábamos con una sana envidia, por esa inspiración inacabable, por sus ademanes y gestos, que se acentuaban en la calidez de la caricia hecha piropo.
El paseo dominical desde la entrada a la estación, por el amplio veredón contiguo al ferrocarril que desembocaba en la pavimentada que nos acercaba directamente al muelle en el borde el mar, reunía toda la juventud en ese recorrido social entre las mejores pilchas, los esperados saludos y las sonrisas y miradas llenas de promesas que flotaban en el atardecer, algunas con acercamientos amorosos duraderos y otras diluidas en el tiempo.
Los piropos y su cultor cambiaban su lugar y estratégicamente ubicado, volcaba los pétalos de su admiración por las niñas engalanadas con la ansiedad de su adolescencia.
Entonces cuidaba más que nunca de estar, porque se sabía esperado. Tal vez para alimentarse con las sonrisas que le devolvían las destinatarias de sus requiebros galantes e inspirados.
Cuidaba, intuía o sabía, que a determinadas muchachas, estaba vedado dedicarle sus cumplidos, porque esperaban a sus novios y jamás pretendió ser un factor de discordia por una galanura suya a alguna niña ligada a un compromiso amoroso.
Alguna vez, entendiendo la exclusión de esas damas, aparecía en el paseo, con un gran ramo de flores que iba obsequiando a todas las damas paseantes, agregando el piropo correspondiente, cuando sabía que su gentileza no molestaba ni comprometía a la destinataria.
Respetaba los momentos de recogimiento en las misas, a las que concurría, para rezar profundamente conmovido en los últimos sitios del templo.
En las procesiones de San Silverio, Patrono de los pescadores locales, repetía esa actitud de profunda fe religiosa.
Las circunstancias que el transcurrir del tiempo, dejó en este pueblo, como en otros, hizo que la realidad social borrara los atardeceres en las esquinas, los helados del petiso Fontán junto a un montón de cosas que variaron su fisonomía, transformando a sus habitantes en ilustres desconocidos.
Los memoriosos dicen que volvieron a ver al vate piropeador, con su trajinado sombrero en una mano, su deshilachado mechón encanecido, sin su corbata voladora, sobre una camisa que fue blanca, donde sólo florecía el clavel rojo como sangre en la solapa desgarrada. Los avatares del frío, en sus cuerdas vocales, trocaron ininteligibles y sus piropos parecieron desaparecer en una profunda ronquera.
Imperturbable en su prosapia poética, ofrecía pequeñas tarjetitas escritas a mano, ausente las flores pero con el piropo de turno, alimentado por las sonrisas y por las escasas monedas, que caían en su desvaído sombrero amarronado de tiempo y desesperanza.
Un invierno cuando inadvertidamente desapareció, se fueron con él las mariposas tan amigas de las flores y nadie supo desde qué nube, lloró la llovizna de la siguiente primavera que marchitó capullos en la inútil espera al Señor de los piropos…

 

Las manos del rompehuelgas

(Hacer click para escuchar la versión de este poema de Miguel Otero Silva)

Manos torpes y manchadas
las manos del rompehuelgas
manos que cuando trabajan
traicionan, manos arteras,
cuyo sudor no enaltece
sino que ultrajan lo que crean.
Son las manos mas infames
las manos del rompehuelgas.
Ni las del enterrador
sucias de muerte y tierra
porque el mismo enterrador
tiene las manos honestas,
no hay otras manos más viles
como las del rompehuelgas.

Ni las manos del verdugo
oscuras de sangre ajena
ni las manos que en las carceles
manchan negras cadenas.
No hay manos que agravien tanto
como las del rompehuelgas.


Manos que cuando se alquilan,
alquilan su honor con ellas
podrido fango en las uñas
y sangre verde en las venas,
surcadas de maldiciones
las manos del rompehuelgas.

Oí decir a un anciano,
obrero de voz abuela,
mientras mostraba las manos
arrugadas de faenas,
Prefiero las manos mancas
que manos de un rompehuelgas.

El poema es del escritor venezolano Miguel Otero Silva y pertenece a su libro Agua y Cauce, poemas revolucionarios, de 1937 erróneamente se atribuyó al chileno Pablo Neruda.

Muchas gracias, Nestor “Cacho” Alende.