El Señor Piropo

(Primer premio Concurso de cuentos en Centro Cultural San Isidro)

Pareció aletargarse en la indiferencia de realidades menos líricas. Ante los avances tecnológicos y la renuente capacidad de querer y desquererse, de amarse en un momento para odiarse en la hora posterior, prefirió acallarse, volverse hacia sí mismo, pero no pudieron eliminar su profunda convicción, aunque si su cotidiana vigencia.
Hubo un momento en tiempos no demasiados remotos, que del piropo, esa adulación especialmente masculina, fuimos testigos de lo que podríamos llamar su materialización o continente corpóreo…
Era de edad indefinida. Su cabellera revuelta, ensortijada y desprolija, cubría, desde el borde del sombrero negro, la preocupación de su frente. Vestía siempre igual, pantalones marrones con rayitas blancas, un saco del mismo tono, con dibujos príncipe de Gales, una corbata voladora que le daba entidad de poeta, a veces cubierta por una bufanda, negligentemente atada al cuello, pretendiendo ser abrigo cuando la temperatura bajaba. En la solapa, inalterablemente una flor, que variaba según la época, siendo un nardo o un jazmín en noviembre, un clavel, un pimpollo de rosa o una azucena en primavera.
Y como si estuviera de imaginaria, siempre en la misma esquina, rumiaba las flores que en forma de piropos dedicaba, cada día, a las chicas que transitaban el paseo de la tarde, tal vez en el mandado inventado hacia el mercado, buscando el zapatito para el baile del fin de semana, finalizando la clase de música o de corte y confección o simplemente, para tomar un helado, de los que artesanalmente hacía el Petiso Fontán, en el bar Curacó.
Tenía para cada una de las muchachas vespertinas, la palabra galana, en una insospechada relación con el piropo del día anterior, como elaborando un madrigal por entregas diarias; quitándose el sombrero, reverencialmente, y recibiendo complacidas sonrisas agradecidas.
Las chicas, por supuesto, esperaban el halago de esa ofrenda diaria, que era siempre nueva, cada vez más inspirada, permanentemente amable.
Los muchachos, en tanto, lo admirábamos con una sana envidia, por esa inspiración inacabable, por sus ademanes y gestos, que se acentuaban en la calidez de la caricia hecha piropo.
El paseo dominical desde la entrada a la estación, por el amplio veredón contiguo al ferrocarril que desembocaba en la pavimentada que nos acercaba directamente al muelle en el borde el mar, reunía toda la juventud en ese recorrido social entre las mejores pilchas, los esperados saludos y las sonrisas y miradas llenas de promesas que flotaban en el atardecer, algunas con acercamientos amorosos duraderos y otras diluidas en el tiempo.
Los piropos y su cultor cambiaban su lugar y estratégicamente ubicado, volcaba los pétalos de su admiración por las niñas engalanadas con la ansiedad de su adolescencia.
Entonces cuidaba más que nunca de estar, porque se sabía esperado. Tal vez para alimentarse con las sonrisas que le devolvían las destinatarias de sus requiebros galantes e inspirados.
Cuidaba, intuía o sabía, que a determinadas muchachas, estaba vedado dedicarle sus cumplidos, porque esperaban a sus novios y jamás pretendió ser un factor de discordia por una galanura suya a alguna niña ligada a un compromiso amoroso.
Alguna vez, entendiendo la exclusión de esas damas, aparecía en el paseo, con un gran ramo de flores que iba obsequiando a todas las damas paseantes, agregando el piropo correspondiente, cuando sabía que su gentileza no molestaba ni comprometía a la destinataria.
Respetaba los momentos de recogimiento en las misas, a las que concurría, para rezar profundamente conmovido en los últimos sitios del templo.
En las procesiones de San Silverio, Patrono de los pescadores locales, repetía esa actitud de profunda fe religiosa.
Las circunstancias que el transcurrir del tiempo, dejó en este pueblo, como en otros, hizo que la realidad social borrara los atardeceres en las esquinas, los helados del petiso Fontán junto a un montón de cosas que variaron su fisonomía, transformando a sus habitantes en ilustres desconocidos.
Los memoriosos dicen que volvieron a ver al vate piropeador, con su trajinado sombrero en una mano, su deshilachado mechón encanecido, sin su corbata voladora, sobre una camisa que fue blanca, donde sólo florecía el clavel rojo como sangre en la solapa desgarrada. Los avatares del frío, en sus cuerdas vocales, trocaron ininteligibles y sus piropos parecieron desaparecer en una profunda ronquera.
Imperturbable en su prosapia poética, ofrecía pequeñas tarjetitas escritas a mano, ausente las flores pero con el piropo de turno, alimentado por las sonrisas y por las escasas monedas, que caían en su desvaído sombrero amarronado de tiempo y desesperanza.
Un invierno cuando inadvertidamente desapareció, se fueron con él las mariposas tan amigas de las flores y nadie supo desde qué nube, lloró la llovizna de la siguiente primavera que marchitó capullos en la inútil espera al Señor de los piropos…

 

Las manos del rompehuelgas

(Hacer click para escuchar la versión de este poema de Miguel Otero Silva)

Manos torpes y manchadas
las manos del rompehuelgas
manos que cuando trabajan
traicionan, manos arteras,
cuyo sudor no enaltece
sino que ultrajan lo que crean.
Son las manos mas infames
las manos del rompehuelgas.
Ni las del enterrador
sucias de muerte y tierra
porque el mismo enterrador
tiene las manos honestas,
no hay otras manos más viles
como las del rompehuelgas.

Ni las manos del verdugo
oscuras de sangre ajena
ni las manos que en las carceles
manchan negras cadenas.
No hay manos que agravien tanto
como las del rompehuelgas.


Manos que cuando se alquilan,
alquilan su honor con ellas
podrido fango en las uñas
y sangre verde en las venas,
surcadas de maldiciones
las manos del rompehuelgas.

Oí decir a un anciano,
obrero de voz abuela,
mientras mostraba las manos
arrugadas de faenas,
Prefiero las manos mancas
que manos de un rompehuelgas.

El poema es del escritor venezolano Miguel Otero Silva y pertenece a su libro Agua y Cauce, poemas revolucionarios, de 1937 erróneamente se atribuyó al chileno Pablo Neruda.

Muchas gracias, Nestor “Cacho” Alende.

 

 

Dos cobres

Tal vez le parezca gringo
porque me ve en la ciudad,
pero vivo en libertad
desd´el lunes al domingo,
ningún alambrao mi pingo
sosiega en su derrotero;
nada debo al mundo entero,
sólo a mi madre la vida;
no me busca la partida,
y nunca tendrá mi cuero.

Se que´s larga la jornada
pal´que´s pion golondrina,
que los ojos se te achinan,
asoliaos en la parvada,
y se que no sirve e´nada
quejarse por el calvario
o pedir por más salario
pa´tus flacas faltriqueras;
la respuesta es la tranquera
o el hotel del comesario.

Seguís soportando males,
porque la cosa no cambia,
proseguís juntando rabia
y en tus manos cardenales.
Las penurias son iguales
como en los siglos pasados
los derechos pisoteados
y el maltrato del pión:
¡Es dueño y amo el patrón!
Nada p´al gaucho ha cambiado.
Tuve un sufrido testigo
que en su trabajo rural,
cosechaba en el maizal
y en el dorado del trigo;
soportando el desabrigo
o el fuego de los veranos
con esfuerzos sobrehumanos
fueron armando gavillas,
o sembrando las semillas,
mi viejo con sus hermanos.

De criollo no me disfrazo,
ni bailo la chacarera,
pero sigo la carrera
de mi viejo, en sus pasos,
sigo estrechando los lazos
con el paisano más pobre,
al que el gran señor, por noble
lo explota en el alquiler,
y lo mismo que fue ayer
le paga el oro, dos cobres.

Tino Diez

Mientras haya…

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Mientras suene mi guitarra
y haya un asao con cuero,
mientras cante la calandria
y haga su nido el hornero.
Si hay un potro y una doma
si suena un bombo legüero,
si el sol incendia la loma,
si la luna, si el lucero
pintan de gris, policroma
la pampa de Martin Fierro.

Estará Güemes en Salta
y aquellos gauchos de acero,
que como nada tenían,
su vida misma ofrecieron.
Y Belgrano, en las barrancas,
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gauchos patriotas del suelo,
bandera celeste y blanca
con los colores del cielo,
crearon para que nunca
la arríe algún extranjero.

Si, una bandera de cielo
se dibuja en el repecho,
y si la historia nos miente
tergiversando los hechos;
el gaucho con San Martín,
al godo le puso el pecho,
para vencer o morir
por la patria y por su pueblo
cuando el bronce del clarín
payador

les ordenaba “a degüeyo”.

Mientras haya un payador,
reivindicando en milonga,
la decisión soberana
que la guitarra rezonga
y el repique del tambor
en el valor de las huestes
plasmen para siempre el sol
entre lo blanco y celeste,
inmaculado el valor
de la patria independiente.

Siempre estaremos dispuestos
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para el abrazo fraterno,
para el apretón de manos,
con virtudes y defectos;
con, siempre, el deseo a cuestas
de hallar un camino cierto
consolidando un enero
los pueblos de nuestra tierra
en paz, aboliendo guerras,
ser hermanos, no extranjeros.

Tino Diez

Dos gotas de Chanel para morir

“Cuan temible y maravillosamente fue hecha por el creador” ,dijo el pastor en su funeral.
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La vida me niega volver a ser Norma,
no puedo soportar tanta fatiga,
ni podré seguir viviendo de esta forma:
me acosan los demonios de la intriga.

Nadie sabe si es mentira o es real,
ni donde está aquel diario secreto,
que sería la espoleta en los aprietos,
explotando en el oval presidencial..

Ni Bob ni John atienden mis llamados,
el doc me satura con placebos;
¿será tal vez una cuestión de estado
que me está amenazando, que no debo?

Ni una nota, entre endebles testimonios,
silencio hermético, secreto del sumario,
las notas que se acallan en los diarios,
y pruebas que se llevan los demonios.

La soledad me da miedo, en el temblor
las sienes se me parten en astillas;
no intentaré nada más, será mejor
la solución final de las pastillas…

En esa despedida, la del funeral
de las mil dudas, no están Frank ni Dean;
con gotas de Chanel llega el final
de tu azarosa vida, Marilyn.

Tino Diez

 

 

Fueron solamente seis

Nunca la van a asfaltar. Es ruta nacional. Depende de Vialidad”, decía mi viejo.

Y así pasaban años y lustros. Y firme seguía la hilera de altísimos eucaliptus bordeando el empedrado cachuzo. Nunca la van a asfaltar, se decía. Mientras ronroneaban avanzando a paso de regulador los camiones-acoplados cerealeros hacia el puerto. Viejos camiones que también solían permanecer detenidos a la sombra durante horas y horas, esperando que la fila volviera a moverse unos metros. “Me calienta un poco de agua, doña..?” el camionero, gauchito, bajaba, tocaba timbre y se quitaba la gorra transpirada en gesto de respeto con la dueña de casa.

Por el senderito lateral de la avenida, en esa misma rutina de ilusiones previsibles y trabajo constante, iban los obreros rumbo a un cuadro de Quinquela . Invierno y verano. Rostros surcados y ajados. Caras que se hacían conocidas a fuerza de pasar y pasar. Un día y otro día. Casi siempre con la misma vestimenta. Minuto más, minuto menos, sabíamos quién sería el próximo que nos tocaría ver pedaleando esas bicicletas despintadas, cada una con su rechine propio.

Humildes seres, anónimos pero no grises. Personas con la sabia modestia de quien se pone la vida al hombro como debe ser. Sin excusas. Responsables de horarios y destinos. Puntuales ciclistas a favor o contra el viento impiadoso de la bahía, un viento que a la tarde los regresaba…. claro que…un poco más lentos, después de haber hombreado oro amarillo por las rampas de los barcos mercantes durante ocho o diez horas.

Años de bienestar de la mano generosa del estado presente. También lo recuerdo: casi todos los obreros volvían con una bolsita de arpiyera atada al caño de la bici portando un poco de cereal para sus pollos.

Nunca la van a asfaltar. Ni lo sueñes. Hasta el Tarta Bosco lo repetía con sus dificultades propias, mientras el aroma de los eucaliptus mencionaba eternidades. Nunca la van a asfaltar.

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15285063_1454884437874008_8322179615911390127_n-1Fueron seis. Solamente seis. Pudieron haber sido muchos más.

Un poco de cada recuerdo me empujó a hacerlo. Lo hizo este pibe que llevo conmigo y que sigue conservando imágenes, símbolos, caras, bicicletas, gorriones, torcazas, perfume de eucaliptus, las sílabas re re repetidas una y otra vez por el Tarta Bosco y la convicción de mi viejo diciéndome que no la van a asfaltar…

Nunca la van a asfaltar….Hasta que aparecieron con sus máquinas y empezaron a hacer todo aquello que presumíamos jamás iba a suceder.

Fueron seis. Pudieron haber sido muchos más si hubiese respondido a la ansiedad del momento. Podría haberme cargado una cuadra de adoquines. Es decir: mi propia cuadra. Pero fueron solamente seis adoquines. Porque tuve vergüenza de parecer punga de cosas que se van. Y lo que se estaba yendo era justamente la vieja avenida empedrada, bordeada de eucaliptus altísimos y añosos. Era un pedazo de mi propia vida que se estaba yendo. Y lo hice. Apurado. Para que me vieran pocos o ninguno. Cargué seis adoquines y me los traje a este otro espacio de tiempo. Mi casa en otro barrio. Un sitio donde las personas que llegan al patio solamente ven seis piedras, seis adoquines. Y yo veo tantas otras cosas.

JORGE ÁNGEL

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