El primer schiaffo

14725686_351889685150509_3884096695712685431_nA todos nos gustaba el fútbol y Cacho Marzzoca no era la excepción. Anhelante esperaba que terminara el curso de cada día en la escuela, para tomar el café con leche, apurar el pan con manteca que con dedicación le preparaba su Mamá, para cruzarse al gran terreno baldío que había frente a su casa, para prenderse al picado que armaban los mayores que a iban a otras escuelas, pero sólo de mañana. O para armar con otro pibe un “arco a arco” en el lote de al lado que estaba desocupado desde Lautaro y haciendo escuadra salía por Islas Órcadas.

En esos días, fuera porque por algún motivo se demoraba la salida de la escuela a media tarde o porque los otros pibes, los mañaneros, estaban ansiosos de triunfar con la de cuero, que por ahora era de trapo, Cacho, llegaba, se sacaba el guardapolvo y en una de las dos piedras que limitaban el arco, lo dejaba junto con la cartera. Doña María, su mamá, se quedaba esperando, inútilmente, lo mismo que la merienda que con amor le preparaba cada tarde.

Cuando este hecho se repitió varios días, doña María, lo amenazó a Cacho, diciéndole que iba a ir para hablar con el maestro Gejo, para que lo pusiera en vereda. No era grato que el maestro impusiera un castigo, así que Cacho prometió, que no iba a volver a hacerlo.

Pero al ver los pibes jugando al otro día, olvidó lo prometido y dejando las cosas de la escuela, tras del arco, se metió a correr detrás de la pelota, con el ansia de tener pleno dominio de la redonda y del juego.

Y doña María fue a la escuela, le expuso el problema al maestro y le pidió que lo corrigiera. El maestro, le dijo que en la escuela era muy buen alumno, pero era necesario que complementara esa conducta en la escuela, con la obediencia a su madre. Y recordando lo que le había dicho doña María, que si fuera necesario le diera un buen “schiaffo”.

“Y así fue como el maestro Gejo, concluyó Cacho Marzzoca, me dio el primer sopapo a pedido de mi mamá.

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La lección del cigarrillo

(Los hechos de esta nota son reales, aunque no su desarrollo que esta hilvanado a efectos de darle continuidad. No se citan los nombres, por no conocerlos ya que sus protagonistas son respetables abuelos. Si alguien se siente identificado y quiere hacerlo saber, está en su derecho).

Las actitudes personales de los alumnos, eran – y son – tan importantes como la formación escolar. El Maestro Gejo procuraba que sus alumnos, los que concurrían a la Escuela Presidente Sarmiento, fueran personas correctas además de instruidas, es decir buenos ciudadanos, para basar en ellos el crecimiento firme de una sociedad mejor.

Como expresábamos en otra nota, concurría, en la medida que su tareas docentes se lo permitía a aquellos lugares donde sabía, encontraría alumnos de su escuela. Habría otras, pero se lo veía seguido en la vieja tribuna de chapa de la cancha o recorriendo el perímetro externo del campo de juego.

En su recorrida advirtió que dos alumnos de los últimos grados de su escuela, estaban fumando. Los chicos escondieron rápidamente el cigarrillo, pero no pudieron impedir que el maestro los viera. Trataron de pasar inadvertidos y pronto desaparecieron de las instalaciones del club.

En la primera clase siguiente, con toda normalidad ingresó al aula y comenzó a desarrollar las actividades previstas. A poco, llamó a uno de los chicos que había sorprendido jugando y le pidió que pasara al frente. El chico, en espera de la reprimenda, tembloroso, hizo un esfuerzo por tener compostura y se paró frente al escritorio del maestro. Luego de unos instantes, en los que continuó la clase, se dirigió al otro infractor, indicándole que pasara también pasara al frente y los ubicó juntos a un costado de su mesa.

Continuó la explicación, que había interrumpido, dando unos pasos en dirección opuestas a la ubicación de los chicos. De pronto, alzando la voz, con el dedo índice, admonitorio, en su mano derecha, le espetó: “USTEDES DOS….”

Vieron que se veía la noche, pero no. Continuando su didáctico tono habitual, continuó: “borren el pizarrón…”

Y mientras el pizarrón era borrado nerviosamente, el maestro hizo un llamado a un tercer alumno. Una aureola nerviosa parecía sobrevolar esa aula de chapa y madera.

Subrayó con un “Buen trabajo”, la tarea de los chicos con el pizarrón y dirigiéndose al tercer chico, le preguntó si sabía dónde estaba la percha donde el maestro había colgado su saco. Ante el asentimiento del chico, le dijo: “Vaya y en el bolsillo de adentro hay una cigarrera, tráigamela…“

El curso se sorprendió. Jamás habían visto fumando al maestro y no comprendían que tuviera cigarrillos.

Cuando la cigarrera estuvo en sus manos, con delicadeza, la abrió y dirigiéndose a uno de los chicos que había sorprendido, le ofreció: “¡Sírvanse!”, “No, señor, gracias.” fue la titubeante respuesta, casi a coro.

El maestro entonces fue más imperativo: “¡¡¡Sírvanse!!!” La asustada contestación fue apenas un murmullo, casi un ruego: “No… señor….no…”

La tercera vez fue casi un grito “¡¡¡¡SÍRVANSE…!!!”

El maestro cerró la cigarrera y los chicos suspiraron, creyendo que había pasado el mal rato. El hombre dejó los cigarrillos sobre el escritorio, se sentó con calma.

De pronto se levantó abrió otra vez la petaca y le puso un cigarrillo en la boca a cada uno, mientras los ellos trataban de impedirlo, tímidamente, con un “No, señor… “que repitieron cuando el maestro les ofrecía fósforos, con un imperativo “¡Préndanlos…!”.

Cuando el “No, señor…” se confundía con algunas lágrimas, mezcla de un poco de temor y mucho de vergüenza, el maestro Gejo, tomó cada cigarrillo, con un pulgar a izquierda y derecha e hizo que se introdujeran en la boca de los infractores. La nueva orden de “no escupirlo…” convirtió la respiración agitada en toz y las lágrimas en llanto incontrolable.

Luego de un rato interminable, les permitió que fueran a enjuagar la boca a la canilla del patio y de vuelta le indicó, con calma, que volvieran a sus asientos.

La lección de ese día había sido aprendida.

Por culpa del Quijote

pre-tapa-de-por-culpaCAMINOS  CRUZADOS

Tiempo gris

Se acercó a la cocina económica y alimentó su infierno con dos tronquitos de leña. Volvió a colocar la pava sobre el fuego, mientras renovaba parte de yerba en la calabaza con virola de aluminio y buscó en el bolsillo de su chaqueta los cigarrillos negros, tal vez marca Brasil o Tecla. Introdujo una pequeña rama,  que había separado cuando acercó el tronco  que estaba ardiendo, que  luego de tomar contacto con las llamas  acercó  al cigarrillo, ya en su boca, aspirando una profunda bocanada.

Rumeaba cuando podría tener un trabajo estable. Ya hacía unos meses que estaba esperando la llegada de la documentación, que no tenía, y que había gestionado ante el consulado de España. En este momento seguía siendo un indocumentado y esta situación impedía que ingresara a la empresa inglesa del Ferrocarril del Sud, como lo habían conseguido dos de sus hermanos. Tenía la promesa de la gerencia de personal que, necesitada de personal, para su funcionamiento en la playa de Ingeniero White, en cuanto se hiciera del documento de identidad, tenía el trabajo asegurado en el galpón de máquinas.   “Otro día perdido”, pensó. Es que  el clima frustraba su propósito de “picar” en el puerto en la faena de estibaje, o de tentar una salida a la ría para procurarse con la pesca no sólo su sustento alimenticio sino lo suficiente para vender entre amigos y vecinos.

El tiempo había dicho no,  otra vez.

El rezongo del mate le advirtió que la tibieza del agua había terminado. Su mirada se perdía en el fuerte oleaje que la sudestada hacía resonar  con furia en los pilotes de la precaria vivienda.

Es que la reiteración de anegamiento de esos terrenos bajos de la costa del mar, exigía elevar la vivienda sobre pilotes de madera, como una forma de paliar las crecidas del mar que penetraban no sólo a las casas cercanas sino al conjunto del puñado de viviendas, que se apretujaban cerca de las instalaciones ferroviarias, inundando la calle paralela a las vías que aunque no tenía plazoletas, jardines ni veredones centrales en su curso, se llamo pomposamente Boulevard Juan B. Justo y esa denominación se extendió a todo el grupo barrial.

Claro que estas crecidas o sudestadas del mar no era sólo una situación que se daba hacia el lado sudeste de la población. Del otro lado de las vías, donde se había instalado un pequeño centro civil y comercial, tenía su sede la Subprefectura, la Aduana, la policía y la incipiente noche portuaria, sufría también la invasión del agua que al no encontrar en días de fuerte viento del sur, el reflujo de la pleamar no desaguaba los cauces y la nueva crecida era empujada fuera de sus riberas y se paseaba como un visitante no querido por las calles y baldíos del pueblo.

Por esa razón cuando se construían casas, que eran de chapa exterior y revestida en madera machiembrada en cielorrasos y paredes, constaba de un asentamiento elevado, con el mismo criterio constructivo, observado para las casas del “Bulevar”.

dibujo-1Pero la gente como Paco, que ocupaba una vivienda, casi sobre el borde del agua, trataba de trasladarse del otro lado de las vías y algunos menos arriesgados, buscaban ubicación en la localidad cercana de Villa Rosas, a tres kilómetros en dirección a Bahía Blanca, lo que le permitía alejarse del mar y sus consecuencias. En ese tiempo, se mudaban con casa y todo. Si, las casas eran desmontadas sólo del sustento de sus pilotes y mediante la utilización de gruesas sogas, aparejos, varios caballos percherones y unos cuantos hombres, se apoyaban en gruesos tirantes de quebracho que generalmente eran durmientes cedidos por las autoridades el ferrocarril y arrastrados pacientemente a través de las calles del Bulevar, la peligrosa subida del puente sobre las vías y su no menos inquietante bajada hacia el otro lado del pueblo. Superada esta etapa, la más temida, con más o menos tiempo se llegaba al nuevo emplazamiento. Si el traslado era hacia Villa Rosas, la avenida empedrada, facilitaba el deslizamiento, aunque se debían controlar más a los caballos que resbalaban sobre los adoquines. Las habitaciones requerían un revisión y ajuste por las deformaciones durante el traslado. Pero cuando los últimos destellos del día se apagaban, todo concluía felizmente.

La niñez

Paco había nacido en El Ferrol, provincia de León,  en el norte de España. Integraba con sus padres y siete hermanos más, una clásica familia de clase media. Su casa se erigía al borde de una de las carreteras interestatales, como una especie de castillo construido con grandes bloques de piedras o sillares, en las típicas moradas  que ocupaba en su planta baja las dependencias de uso diario y en un segundo nivel los dormitorios. Contigua a la casa estaba la herrería de su  padre, donde colaboraban los hermanos mayores y en la medida que iban creciendo, se incorporaban los demás, primero como ayudantes y en la medida que iban adquiriendo aptitud y crecimiento físico y técnico, incorporándose al rudo trabajo.
El terreno familiar era amplio por lo que permitía que su madre y hermana mayor mantuvieran una pequeña huerta con todo lo que se necesitaba para prepara el alimento diario.

También había un corral con una treintena de gallinas, patos y otras aves y se completaba con alguna cabra, que les procuraba la leche  y algún lechoncito para las grandes ocasiones. Además el padre, como buen herrero del final del siglo 19, era el “sacamuelas” del pueblo. Solía vérselo montado en su mula,  acudiendo al lastimero llamado de un dolor de muelas, con la pequeña pinza debajo de la faja negra. Esa cruel faena no sabía de anestésicos que hoy  conocemos y frente al inevitable dolor,  sólo podía procurarse un buen trago de grapa que se repetía una vez  realizada la extracción. Se decía que el “herrero sacamuelas” gozaba ese momento de poder en que la víctima quedaba a su merced. Puede que hubiera sido así, lo real es que  su sola presencia impresionaba, su enorme complexión física y su altura rayana en los dos metros, era suficiente para  que a veces con su llegada pasaban  los dolores, tal era el temor que infundían sus manos inmensas. Claro nadie se atrevía a explicarle esa circunstancia intentando disuadirlo,  de realizar la extracción,  porque sabían de su mal genio. Se rumoraba que, enojado, era capaz y tenía la rara habilidad para sujetar la pieza dental con su pequeña pinza y sin bajarse la mula, talonearla para lograr la fuerza que necesitaba para quitar, de una boca temblorosa, la causa de tantas horas de dolor.

Todo transcurría con normalidad en la familia de Paco, hasta que,  como se recordaba había ocurrido hace unos diez años, llegó una epidemia de crup que determinó la no  la concurrencia de alumnos a las escuelas. La medida fue un poco tardía y se fueron conociendo casos de chicos atacados por la temible difteria. Y aquellos chicos no podían esperar casi medio siglo más para que los antibióticos aparecieran como el ángel de la guarda. Su hermano Emilio, que contrajo la enfermedad, no la superó, ya que lamentablemente falleció  y  aunque se tomaron todas las medidas al alcance para evitar contagio, una mañana, Paco amaneció con una tos seca, perruna  e improductiva que tendió un manto de miedo e incertidumbre en su familia.

Sus labios y la piel iban tomando una tonalidad azul, inequívoca de la enfermedad, por la falta de oxigenación en la sangre y la fiebre comenzaba a hacerse presente en el chico.  Para completar el angustioso cuadro,  comenzaban a llegar las noticias del fallecimiento de compañeros de la escuela. Es que la infección era el aviso de lo irremediable. Todo era tristeza infinita que se fue acentuando cuando las dificultades para respirar y tragar se hicieron presentes. Resultaba muy difícil la alimentación. Ya los caldos substanciosos que intentaba hacerle tomar  su mamá, a poco eran rechazadas, por que su deglución era casi imposible. Lo mismo pasaba con los tazones de leche que le acercaban.

Las esperadas visitas del médico no  aportaban ningún avance y la desesperación hacía presa de padres, hermanos y parientes. En una de esas oportunidades, el facultativo dejó entrever que la vida del niño estaba en manos de  Dios, al sugerir que le pidieran al señor cura que visitara al enfermo y le administrara el sacramento de la extremaunción.

 

Ante las protestas del padre, descreído de la iglesia y de sus ministros, llegó el cura del pueblo y  reuniendo a todos los familiares, dejó la unción final de  los enfermos, mientras afuera se desataba una inusual tormenta de viento y lluvia. Todos se retiraron, sólo su mamá se quedó controlando  la fiebre que mitigaba con paños fríos. Hasta que tantas horas de zozobra y de  llanto minaron sus fuerzas y se quedó dormitando sobre el hijo.

Unas horas después, la despertó una voz temblorosa. Sobresaltada por haberse dormido tocó la frente del enfermo. La fiebre había desaparecido y cayó en la cuenta que hacía muchos días que su hijo apenas articulaba algunos monosílabos. Escuchó al niño, casi en un titubeo: “Madre, tengo hambre!”. La pobre madre no sabía si llorar o reír, si correr a traerle alimentos o quedarse mirándolo con la ternura y la esperanza corporizada que no perdería a su pequeño. El médico llegó de inmediato,  confirmando que el mayor peligro había pasado  y dejando indicaciones para la posterior atención entre las que se incluía rigurosa guarda en cama durante unos cuantos días.

Los días siguientes trajeron la recuperación anunciada  y las fuerzas se iban renovando en el enfermo hasta hacerse casi imposible mantenerlo en su cama. Comenzaron entonces a acercarle libros, juegos de ingenio y compañía de hermanos y allegados tratando de hacerle  llevadera la convalecencia.

Primero con algo de disgusto, que fue disipándose con el pasar de las horas y los días, iba devorando un libro tras otro, como contrarrestando el encierro a que estaba sometido, viajando en las aventuras que a través de los relatos que habían dejado en sus historias los escritores más famosos,
La primavera además del verdor y el colorido a árboles, plantas y flores, devolvió a la escuela a un Paco, mucho más delgado, más alto, más activo. El sacerdote que le impartía los conocimientos escolares, pronto advirtió el cambio y trató de convencerlo para que estudiara como cura, aunque había notado cierto recelo, en el trato que le dispensaba el chico, especialmente cuando se dirigía a él lo llamaba “Señor cura” y no “Padre” como casi todos los otros alumnos. Esto le molestaba bastante al “asotanado”, pero no encontraba modo de sugerirle el cambio desde aquella vez que lo intentó y recibió una contestación contundente “Padre es mi padre”, en consonancia con lo que escuchaba en labios de su progenitor, cuando  la madre, le indicaba, “Dile al padre que …”, que la interrumpía vociferando  “Si ese es el padre, ¿yo  quién soy?”.

En la escuela se rezaron oficios por los pequeños alumnos fallecidos víctimas de  la epidemia diftérica, renovando las tristezas por los ausentes, soportadas algunas semanas atrás. Y los curas procuraban capitalizar la presencia de aquellos, como Paco, que estuvieron casi a estar amortajados y por la bendición de Dios habían salvado su vida. Algo mortificado por la realidad de su sanación, comenzó a evaluar la posibilidad de sacerdocio, como una compensación por su vida, ya que el incisivo cura  insistía, en su sermón, algo que parecía admonitorio “Dios los salvó, porque los necesita, para tenerlos en su misión evangelizadora”.

Sus regresos desde la escuela eran espacios, donde procuraba encontrar las palabras para que su padre le permitiera, siquiera intentar despejar esa incertidumbre que le sembraba el clérigo y los recientes acontecimientos.

Cuando se animó y comenzó a transmitirle a su padre , sus inquietudes: “Padre, el sacerdote me dijo que Dios me había salvado la vida, porque me necesita en …”  fue interrumpido violentamente por su progenitor “¿..qué seas cura? Un hijo mío un inútil cura? ¡Nunca! Yo  te necesito en la herrería como lo hacen tus hermanos- ¡Déjate de pavadas!” y dio por terminada la conversación, levantándose de la mesa, no si antes golpear con su enorme puño sobre la mesa de piedra y tomando la dirección del taller. Nunca más en su casa se pudo hablar del tema.

Cuando los curas del colegio reiteraban la presión, les sugería que al respecto hablaran con su padre. Sabía que no se atreverían a hacerlo, ya que todos conocían en el pueblo, y el clérigo también, el  pensamiento de animosidad que tenía el “herrero-sacamuelas”. sobre la iglesia y los curas. Hasta hubo una idea de invitarlo a retirar a su hijo del colegio, pero que no pasó del intento, ya que herrero era por intermedio de su esposa una puntual contribuyente de pesetas mensualmente al establecimiento.

El chico acelerando su afición a la lectura, la que no era del agrado de su padre, pero alentado por su   madre, continuó recorriendo libros que fueron ocupando una pequeña biblioteca que a poco se transformaba en extensas estanterías, mirando de reojo, como su progenitor simulaba limpiar la pipa con un cortaplumas y se alejaba refunfuñando.

La herrería

El tiempo siguió su inalterable marcha, el ciclo escolar primario había terminado y como ya estaba determinado, el chico pasó a colaborar en la herrería.
5069016196_50cb1020b7_zPronto su percepción intuitiva encontró mejoras para el desenvolvimiento del trabajo que, su padre, se resistía a aplicar. Pronto dominó las principales tareas, como cambio de las llantas de  los carruajes, carotenos y volantas, la colocación de herraduras en los caballos y aquello que podría denominarse valor agregado, el trato amable, el razonamiento con los clientes de las reparaciones a efectuar, con una elocuencia que comenzó a dividir el tratamiento drástico y sin matices de su padre y la sonrisa, el saludo y el agradecimiento, como fórmulas permanentes. Fue entonces que el padre, decidió, que se encargara solamente de las tareas administrativas adicionales, pero el motivo pudo haber sido ese resquemor paterno, el consejo médico – llegado para asegurar las empaquetaduras de la suspensión – que le sugirió que el muchacho no debía realizar tareas pesadas, luego del trance  pasado recientemente o la visita, otra vez del cura, que no se conformaba con el abandono de estudios superiores del muchacho. Si bien nunca había sido amable el intercambio de palabras con el sacerdote, está vez, los ojos del hombre parecían remedar el chisperío que arrojaban las fraguas, que  no pudo soportar la arenga sobre las cualidades  del adolescente y que era necesario que siguiera una carrera universitaria o la vocación sacerdotal que aseguraba poseía.    Su voz tronó en el ámbito de la herrería por encima de del martilleo sobre las bigornias:“Mire, señor cura, según la creencia popular de la gente que maneja explosivos y los mineros, que tienen por patrona a Santa Bárbara, es mala suerte que en las galerías mineras ingresen mujeres. Les trae mala suerte. Con la misma firmeza yo digo que no entran en mi herrería polleras y menos pollerudos, de manera que le pido que se retire de mi propiedad y por favor, no vuelva nunca más por acá”.

Con la mirada fuera de las órbitas ante tanta rudeza, el cura se santiguó y rápidamente desapareció por el portón que daba a la calle, mientras sin bajar un ápice el tono de voz, le ordenó y señaló al muchacho el camino hacia la oficina.  Las tareas era realizar algunas de control de material y registro de trabajos, sus cobranzas y los pagos a proveedores, como también registrar los turnos o las urgencias que planteaban los clientes.

descargaEl trabajo le ofrecía tiempos muertos como para proseguir incursionando en la lectura que nunca había abandonado y se dedicó a seguir las aventuras y desventuras de don Quijote de la Mancha y su peculiar escudero Sancho Panza. Sólo abandonaba los libros cuando era requerido, desde la herrería, llevando recados a su madre o aquellos que  respondían al requerimiento de algún visitante.

Durante días las páginas escritas por Cervantes iban avanzando hoja a hoja, que en algún momento requería volver atrás para retomar el hilo de la lectura.

En un alto de la lectura, fuera por cansancio visual o por algún llamado de su padre, se había acercado a la fragua, desperezándose, donde luego de alcanzar la temperatura adecuada, un “cortafierro” descabezaba remaches de una estructura de hierro.
Una de esas cabezas de remaches le cortó levemente en el brazo, al levantarlo instintivamente le impactó en la cara y como consecuencia de las heridas, perdió la visión en uno de sus ojos.

A partir de ese momento, siempre culpó al Quijote, por  haberse quedado tuerto, pero decía que la visión parcial le daba mayor precisión de enfoque ya que era capaz de retener con la mirada hasta un grano de arena.

Lo sucedido enfureció a don Silverio, el padre herrero, que pretendía visitar al cura del pueblo para responsabilizarlo de esta nueva desgracia en la familia. Afortunadamente cuando fue a la parroquia no estaba, ya porque alguien le avisó de su furia y sus propósitos, ya porque estaba cumpliendo alguna de sus misiones religiosas en la campiña cercana. El tiempo fue distendiendo los ánimos, pero el párroco evitaba sistemáticamente cruzarse con don Silverio.

“Ninguno de mis hijos morirá por el Rey”

Alrededor de 1910, en tiempo de la “mili”, “la leva” o sea el servicio militar, los jóvenes eran reclutados para nutrir a las fuerzas españolas que combatían contra los moros, en Marruecos.

Z-QUIJOTELos primeros incidentes dicen las crónicas habían arrancado en 1909, en Ceuta, con escaramuzas que se agravaron cuando un grupo de obreros españoles que realizaban un tendido ferroviario, fue atacado incluso con cañones. Con esto empezó la guerra. A mediados de ese año se convocó a reservistas que engrosaron las filas de las compañías que iban a luchar. El pueblo en Barcelona trató de evitar que se embarcaran. Hubo represión y muerte de decenas de españoles. Una guerra en la que todos perderían, pero más España, especialmente soldados españoles y que se prolongaría más de un década.

Don Silverio no estaba de acuerdo, con que sus hijos fueran a la guerra, que según el punto de vista general, iban derecho a morir, ya que el armamento de los moros era notablemente superior y se concluía que, tal era la desventaja militar, que los españoles tenían orden no disparar y en consecuencia servían de blanco fácil a los disparos enemigos.

Citados a control médico se determinaba su aptitud o no para ser reclutados. Dicho control era lo más parecido a una tragicomedia; saludables y vigorosos jóvenes de familias adineradas, eran declarados no aptos, merced al vigoroso impulso de una corriente donde se adivinaba viles sumas de pesetas presentes.

Por supuesto, que en teoría, existían parámetros de contextura física, que eran manejados en forma discrecional por el control militar.
Algunos de sus otros hijos  ya habían sido declarados aptos y tenían fecha de incorporación diez o doce meses después, a pesar de no encuadrarse en las condiciones  físicas establecidas.

El viejo herrero estaba enfurecido,  más cuando a su hijo tuerto, por el accidente en la herrería lo declararon apto para todo servicio y le dieron fecha de  incorporación. Fue cuando pronunció delante de la familia una frase que parecía una expresión de deseos “mientras yo pueda, ningún hijo mío morirá por el Rey!

Comenzó a recorrer dependencias, presionando funcionarios y haciendo uso de cuanto recurso tuvo a mano y envió hacia la Argentina a todos los hijos varones, apelando, cuando se presentaba la sombra de la deserción, a cambiarle la identidad, mediante papeles fraguados.

Claro no fue fácil para don Silverio. Las autoridades estaban atentas a las respuestas que daba la gente del pueblo a sus acomodos y los propios beneficiarios de la prebendas de excepción del servicio militar, enteradas de la huída de España de aquellos que reemplazaban a los hijos  de familias pudientes que habían logrado evitar que fueran al frente de batalla, denunciaban los que llamaban “delitos con la patria amenazada”, cuando los verdaderos delitos se habían cometido mediante el poder económico y el soborno de auditores militares en salud.

Para lograr su fin, vendió todo lo que tenía incluso el complejo de piedra que constaba de un inmenso terreno, la gran casa de piedra y las dependencias donde funcionaba la herrería. Todo lo malvendió para comprar voluntades a favor de sus hijos. Hasta llegó a disculparse con el cura del pueblo para lograr que intercediera neutralizando las medidas que podrían impedir la partida de sus hijos hacia América. Tampoco faltaron las amenazas, más efectistas que efectivas, al jefe de guardiaciviles, “si los detienes te mato” ,

Casi polizones…

Finalmente llegó el día de la partida. Se trasladaron al puerto donde, en un abigarrado pasaje de tercera clase, los hermanos que, según constaba en la documentación exhibida a las autoridades marítimas ya no lo eran, lograron pasar desapercibidos.

Aquel muchacho que volvió de la extremaunción para resultar herido en la herrería, fue uno de ellos, lo que dio lugar a anécdotas risueñas, ya que en el barco que los trajo junto a su hermano Marcelino, nunca acudía cuando lo nombraban, por su nombre supuesto.

ZZZPero ese hacinamiento que les sirvió para pasar los controles  portuarios, pronto comenzó a presentar su lado negativo, cuando además de las incomodidades, podían presentarse enfermedades propias de la falta de higiene y aireación en las bodegas, era una intolerable promiscuidad.

Es que en esos viajes de tercera, se amontonaban a veces miles de personas, en una superficie destinada a menos de la mitad. Abigarrados como estaban se dificultaban las acciones rutinarias más elementales y en especial, el suministro de la escasa comidas que les servían.

En ese momento de la historia de la inmigración hacia nuestro  país, habían aparecido compañías navieras que lucraban con la necesitad de trabajo de los inmigrantes europeos, que trataban de alejarse del hambre, de la clandestinidad y como en el caso de los hijos de don Silverio del servicio militar de los pobres que no podían pagar un diagnóstico absolutorio  y sustituto.

Dado que el costo del pasaje era elevado, aun en tercera clase, cuando los ahorros del inmigrante la colaboración no alcanzaba a pagar el viaje, algunas de ellas ofrecían planes de financiación de toda la gama imaginable. Por ejemplo reclutando mano de obra barata, ya el interesado se comprometía a trabajar para sus empresas asociadas, durante un lapso de varios años, con el trabajo menguado por la amortización del billete para su llegada al país.

Cuando había una denuncia por los abusos o el incumplimiento de las condiciones convenidas, generalmente el encargado de substanciar los reclamos “estaba en el negocio” y atenuaba o directamente archivaba  el tema y “marcaba” al denunciante, para excluirlo de los beneficios que el gobierno argentino había dispuesto “para todo habitante del pueblo argentino” por el sólo hecho de pisar nuestro suelo.

Luego de diez días de navegación, estando muy próximos al puerto de Río de Janeiro, uno de los pasajeros enfermó y el capitán solicitó a las autoridades brasileñas, el traslado del enfermo al continente, para su internación. Sin acercarse al puerto se debió anclar la nave y los servicios sanitarios hicieron una inspección al barco, mientras trasladaban al pasajero enfermo hacia un hospital. Luego de 24 horas le comunicaron al capitán que no podrían acercarse al continente por cuarenta días, ya que la afección descubierta en el nosocomio del vecino país, parecía ser una enfermedad muy contagiosa y se determinó el aviso a nuestro país, para que neutralizara el ingreso al Río de la Plata, hasta tanto no se realizaran tareas de desinfección y un control sanitario exhaustivo de todo el pasaje y de los tripulantes.

Afortunadamente la infección no estaba extendida y sólo debieron esperar a unas millas de Buenos Aires un poco más de una semana.

Una vez cumplidos con los trámites de desembarco, se dirigían a pie al Hotel de los inmigrantes, que estaba cerca del puerto donde por una semana y algunos casos algo  más, donde se les otorgaba, alojamiento, dependencia para aseo personal y lavado de ropa, desayuno, almuerzo, merienda y cena.

Los primeros intentos

Tres días después del desembarco, dos de los hermanos, que llevaban un tiempo en el país, fueron a buscarlos. El encuentro fue un momento de mucha emoción, entre los que ya estaban preguntando por la patria lejana, por sus padres  y desde los recién llegados, queriendo saber qué les esperaba. Fueron borbotones de respuestas, porque el tropel de la ansiedad hacía presa a los hermanos en una tierra extraña, tan parecida y tan distinta.

Los vagones de segunda de un ruidoso tren los iba a llevar a Bahía Blanca, donde estaba otra parte de la familia. A la alegría inicial por estar juntos sucedió el interrogante de cómo iban a mantenerse. Luego de algunos días pudieron trabajar en el emplazamiento del empedrado de las calles bahienses, como bolseros cargando los barcos en el puerto y otras changas que apenas les permitía obtener, en parte, el sustento diario.

Es que el grupo que se había formado con los recién llegado, requería agrandar la mesa, agregar más agua al caldo para “estírarlo”, multiplicar los panes, juntar enormes dosis de paciencia y esperar un cambio de rumbo en su actual derrumbe económico familiar.

Los intentos por lograr una ocupación, además de la incertidumbre que provocan, se veían entorpecido porque los recién llegados, carecían de documentación en regla y quienes podrían darle trabajo especulaban con esa situación y establecían remuneraciones indecorosas en relación de la tarea a realizar.  La disyuntiva era aceptar las condiciones, casi inhumanas, establecidas “por tanto”  o de lo contrario con retribuciones absurdas por lo irrisorias. Claro no era una elección, entre trabajar o no, sino que era simplemente, sobrevivir o ir muriendo lentamente por las carencias de dinero. Debieron en algunos días de desesperación, acudir a las ollas populares que daba el Ejército de Salvación, con toda la vergüenza en su espíritu, pero sintiendo que la debilidad estaba ya haciendo mella en sus organismos.

Había pasado un mes desde la llegada, cuando les ofrecieron embarcarse en un transporte que llevaba mercaderías hacia Río Gallegos, pero principalmente cargaba en San Antonio ovejas que trasladaba a  la provincia de Santa Cruz. Cuando se planteó la carencia de documentación  el capitán del barco, un tano bondadoso, les manifestó que no había problema que él arreglaba todo con las autoridades de la Prefectura.

No era el trabajo que buscaban, pero tenían qué hacer, estaban juntos y tenían asegurada la comida durante el viaje. La primera parada fue en Patagones, donde bajaron diversas mercaderías y cargaron durmientes destinados a puertos sureños, donde se estaban tendiendo enlaces ferroviarios entre algunas localidades. Como se había previsto en San

Antonio y sus hermanos,  se las vieron en figurillas para cargar los durmientes de quebracho para las líneas ferroviarias en construcción. No habían soportando hasta ahí las inclemencias del mar azotado por el viendo, pero superada la altura de la Península de Valdez, el océano levantaba gruesas capas de agua que al tomar a la nave se fueron campeando mientras se partía como suicidándose en la proa, lavaba salvajemente la cubierta, poniendo a prueba las maromas que sujetaban a los durmientes. Los tripulantes más avezados, les indicaron a los novatos que se ataran en la medida que pudieran con sogas a los palos de la bodega -y así lo hicieron ellos también-, donde las pobres ovejas eran arrastradas hacia adelante para amontonarlas en el fondo alZZZ-

instante siguiente. Los marineros les decían que estuvieran atados y atentos, por si cambiara la dirección de viento y el embate de las olas fuera de costado, el timonel del barco determinaría los ángulos de navegación, para compensar la desviación que provocara el viento al rumbo determinado en la ruta de la embarcación, según diera en el barco sobre el lateral derecho o el izquierdo. Continuaron explicando maniobras a la que los noveles grumetes no pudieron seguir un poco por la terminología marina, pero mucho más porque estaban tratando de contener la revolución en sus estómagos, la que no tardaron en expulsar por la boca.

Cuando la turbonada fue adelgazando su fuerza y todo parecía normalizarse  y comenzaron a respirar con alivio, llegó el momento de realizar una profunda revisación de la nave, reparando lo que se hubiera dañado, reacomodando la carga de durmientes, asegurando las cuerdas a sus fijaciones, revisar la bodega donde las ovejas habían sido castigadas de tal forma que una gran número de ellas muertas  o lastimadas. En persona  el patrón de abordo, fue indicando carnear, arrojar al mar o lo que fuera menester para no causar una epidemia infecciosa en el ganado y en los tripulantes.  Eso suponía una exhaustiva limpieza de  toda la bodega que por otra parte era el lugar en donde pernoctaban.

Por fin, luego varias jornadas con algunos inconvenientes menores, llegaron al puerto donde debían dejar los maderos para el ferrocarril. La tarea no fue tan pesada esta vez porque los obreros que las esperaban les dieron una mano para la descarga. En ese puerto del sur hicieron noche y participaron por primera vez de un asado – ¿qué iba a perjudicar con tantas ovejas muertas, dos o tres faltantes más? – acompañado de desafinadas guitarreadas y cantos sureros argentinos. La vida parecía acordarse de que los españolitos existían.

La travesía siguió su marcha y cuando estaban llegando a Ríos Gallegos los motores comenzaron a provocar extraños ruidos, por lo que hubo que aminorar la marcha y a vigilar el comportamiento de las calderas y las posibilidades concretas de llegar a puerto. Se llegó a la conclusión que la única manera era ir deteniendo la nave a fin de dar respiros a los fierros impulsores para que el exceso de trabajo no provocara una explosión y su consiguiente incendio.

Ya en la capital del sur, descargado todo el cargamento que le fuera destinado, llegó el momento de someter al análisis de un mecánico la reparación de la planta impulsora. Y el gran momento de las decisiones. Por la magnitud de los daños, la reparación necesitaba emplear el dinero destinado a la paga de la tripulación y que iba a llevar unos diez días.

La discusión fue ríspida. Sólo uno de los marineros estaba de acuerdo y los otros tres no. Tampoco los inmigrantes españoles querían aceptar. No era un préstamo de sus haberes, para poder volver, era cederlo y vaya a saber si en algún momento del futuro cercano o lejano lo iban a recuperar lo que les pertenecía. Nadie quería mirarse cara a cara con el de al lado ni con el patrón. Una bronca y una impotencia que desorbitaban sus ojos y dibujada un rictus en sus mandíbulas, hacía presentir que en cualquier momento estallarían. Y en ese no mirarse y no mirar el marino que estaba de acuerdo con el capitán, como no queriendo, susurró al oído de Paco: “si no aceptan van presos, por la falta de documentos ustedes son “indocumentados ilegales”. Un tremendo puñetazo en la cara del marinero, lo desjarretó tumbándolo en el suelo. Mientras el resto parecía no entender lo que pasaba. Finalmente hubo una escaramuza de una pelea general que se desactivó, al ver que se acercaban marineros de la guardia costera.

El capitán, un tano emblemático, que no usaba la gorra como tal sino un característico gorro de la lana y que cubría hasta parte de su frente y confundía las hilachas producidas por el uso con las espesas cejas que escondían una mirada indefinida, decidió apelar al sentimiento solidario de su tripulación. Y en una mezcla del dialecto natal con nuestro idioma, con un ademán de brazos en alto mostrando sus palmas hacia los marineros, repetía “Aspettare…aspettare un po´…escolttare … prego …prego…” . Como si fuera traductor oficial, uno de los veteranos, gritó todo lo más fuerte que pudo. “¡¡El patrón quiere hablarles… Escuchen…”    Tuvo que repetirse varias veces el pedido del capitán, hasta acallar los gritos, los murmullos, pero no lograron borrarse de los rostros, la contrariedad, la bronca otra vez en la mirada torva y la impotencia que los sacaba de quicio.

Se desplomó en el banco  donde estaba su tripulación, con un gesto  arisco quitó el gorro tejido, dejando desamparados los pocos cabellos cenizos que quedaban en su calva. Les explicó como pudo que lo ocurrido escapaba a sus previsiones elaboradas antes de la partida. La situación era desagraciada para todos, inclusive él. Y la situación desesperada, necesitaba un apoyo total de todos, sino no querían quedarse  en esa parte casi inhóspita del sur y volverse por sus propios medios, que era más o menos tener que invertir una gran parte de la remuneración que podrían recibir y en consecuencia el sacrificio de este viaje no dejaría beneficios para nadie. Lo que el proponía era que le permitieran usar ese dinero, el de sus sueldos, para la reparación del motor de barco. Se repitieron las negativas, los gritos hostiles y algún ademán de levantarse e irse, por parte de un par de marineros. El capitán trató de que se calmaran intercalando  sus  ademanes  que intentaban retenerlos sus clásicos “Aspettare… aspettare un po’…  ascoltare… prego… prego...”

Mientras los más molestos, volvían a su lugar, el tano capitán les explicó que como consecuencia de quedarse sin dinero, deberíamos todos buscar alguna ocupación temporaria, que le permitiera por lo menos comer, ya que  tendría el barco, mientras durada la reparación, como alojamiento. Y abundó en detalles diciendo que la entrada del verano, que era la época del almanaque que les tocaba en ese momento, era el momento de mayor ocupación, en ese lugar debido al tiempo de esquila, es decir, cuando se le extraían a las ovejas los vellones de lana. Esto provocaba un hecho propicio, en la emergencia.

Llegaron las dudas, que no sabían nada de esquilar ovejas ni de las tareas del entorno, que no conocían a nadie, los españoles plantearon su falta de documentación y reflotaron las amenazas de denuncias recibidas. El capitán privilegió la respuesta al tema de las amenazas, diciendo que había sido un error de su colaborador y que cuando había hablado en Bahía de este viaje al sur les había dado seguridad, puntualizando: “Ho promesso trabaco, non portarvi in galera”.

Explicó después que además del trabajo de esquila en sí, que necesita conocimiento del funcionamiento de las tijeras que se usaban y que se entregaba a esa gente especializada, se ocupaba personal para elegir el ejemplar en la manada, también efectuado por conocedores, el consiguiente apresado que se indicaba – y ahí se podía lograr algún puesto – y su posterior volteo y amarre; la sujeción y desamarre del bovino, el conteo o “lateo” que se entregaba a los esquiladores, para su posterior pago; el clasificado de vellones, según sus características similares, el inevitable lavado, su enfardado y estibaje en carretones que tenían rumbo a las barracas en espera de su embarcado a las fábricas laneras de Puerto Madryn  o de  Buenos Aires.

Por último el viejo capitán, les aseguró que el dinero que eventualmente tomaría, no lo perdería y “de alguna forma, más tarde o más temprano” después de llegar a Bahía se les entregará. Estas palabras aliviaron un tanto a los que ya se habían resignado y bajo el nivel de enfrentamiento de los más reacios a aceptar.

Como aun la respuesta unánime no se daba, el tano capitán decidió golpeando con el puño derecho su rodilla, claro que esta vez olvidó el champurreado y como si el puñetazo fuera como un juramento gritó desesperado en su parla tana :” Io lo dico ed io lo scriverò” que dejó perplejos a todos. Algunos juntando en ramillete los dedos de su mano, preguntaron: “¿Qué dijo?”  Paco se encargó de aclarar, ya que recordaba algunas lecciones en italiano que le daba el cura en su pueblo: “Que de la misma forma que lo dice, lo va a dejar escrito”.

Un rato después se redactó un acuerdo donde los tripulantes prestaban  el dinero de sus remuneraciones y el patrón se comprometía a devolverlo, luego de resolverse los inconvenientes técnicos del barco y regresado a la ciudad de Bahía Blanca.

Otra vez Paco fue el que asumió la responsabilidad de redacción el acta que fue firmada por todos los intervinientes y además por uno de los jefes de la guardia que tenía en aquella ciudad la Prefectura Argentina.  Al hacerlo el representante oficial, habiendo observado la prolijidad y uniformidad de la caligrafía vertida en el documento, preguntó quien la había confeccionado y al enterarse preguntó si no se quedaría en la Repartición que estaba necesitando gente instruida.

Dos sensaciones lucharon dentro de Paco antes de negarse al ofrecimiento. Una que halagaba su ego y potenciaba su senda a ser el líder del grupo y la otra el instinto de conservación que le indicaba su situación de ilegal indocumentado y su consecuente destino de calabozo.

El aparente físico endeble de Paco, indicó, equivocadamente,  que podía realiza tareas de control. Era la aureola que se había formado a través de él, por su parquedad y a la vez la respuesta oportuna y justa, su aspecto tranquilo y los conocimientos que día a día iba dejando, su letra ordenada y casi de clisé manuscrito. Por ello mientras los demás se fueron dedicando al trabajo de amarre, clasificación de tipo de lana, lavado, enfardado  y estibado a Paco le cupo la misión de ser latero. Era muy sencillo, pero a la vez muy dinámico el trabajo. Cuando un esquilador culminaba de desnudar una oveja, pegaba el grito “lata” y Paco se desplazaba hacia el para entregarle una medalla de lata donde constaba la marca del establecimiento. Había varias decenas de esquiladores por lo que no pocas veces, estando en una extremo del galpón satisfaciendo la entrega a uno de ellos, del otro lado s escuchaba el pedido de otro, que con la misma urgencia reclamaba su lata. La cosecha de latones diarios oscilaban en cerca de los doscientos animales diarios, por lo que la labor que podríamos decir era sencilla, a veces se tornaba engorrosa, máxime cuando los obreros de la tijera lanar, protestaban por la demora en la entrega redoblando sus  gritos “¡Lata!!… ¡Lata!!…”.

La terminación de las tareas de esquila, enfardado y preparado de  traslado, se concretaron y otra vez hubo un ofrecimiento, esta vez a la tripulación, para continuar el camino errante de poblaciones y campos cercanos y lejanos, para llevar a cabo la misma tarea. Los responsables estaban muy conformes de su desempeño y procuraban su retención en el grupo, incluso realizando incrementos en el jornal que les habían pagado. Pero como las reparaciones en el barco estaban por culminar, rechazaron amablemente quedarse, ya que en distinta medida y por diversas circunstancias todos querían volver a casa.

Hubo una pequeña fiesta de cierre, donde se sirvieron algunas tortas, sabrosos chorizos asados, bien acompañados por un vino que sabía a gloria, varias guitarras y voces lugareñas que se acercaron su música y casi sin intención alguien siguió las notas musicales con algún zapateo  y de a poco se fueron armando las parejas, con las mujeres que participaban del trabajo de la esquila y otras que fueron acercándose al son de aquellos guitarreros improvisados

Se fueron juntando soledades, ávidas de compañía y hartas de soledad que habían olvidado o no conocían una palabra amable de ese hombre o una mirada tierna de aquella mujer. Cuando tiempo que no compartían una mesa, un vaso de vino o la calidez piel a piel que paliara el frío del alma de tantas noches de soledad que se sumaba a la gélida temperatura austral.

Varios meses después toda la familia, se volvió a reunir en Bahía Blanca. El trabajo lo reunió. El capitán de la aventura patagónica, en unos meses pudo honrar su palabra y saldar los importes adeudados y aseguraba por un tiempo la atención de las necesidades de la familia que se tornaba una gran familia ya que algunos de sus integrantes formalizaron hogares que se sumaron al que ya había venido con la hermana mayor que para no dejar a su novio viajar sólo había anticipado la fecha de su casamiento y llegado al país antes que el resto de la familia.

Inmigrantes

Ya habían intentado recorrer la zona de grandes cosechas en el tiempo indicado, pero se encontraron que a la hora de hacer números, éstos se reducían ostensiblemente, porque había un trecho muy distinto de lo apalabrado al iniciarse la relación laboral, con lo que se recibía concretamente y los reclamos se hacían trizas ante la razón que era otorgada invariablemente a quien más poder tenía. Y lamentablemente no eran ellos. Así pergeñaron entre el grupo de hermanos y cuñados un grupo homogéneo, donde las necesidades eran comunes y estaban dispuestos a dejar perfectamente aclarado y escrito para que las condiciones de trabajo, comida y pago que se estipulaban  fueran una realidad al terminar el trabajo. Contaban para ello con la experiencia de los mayores que ya habían trabajado en el campo y conocían las alternativas a afrontar y los otros hermanos que tenían la facultad y la inteligencia para negociar.ZZZZZZ
Las primeras incursiones arrojaron beneficios, merced al buen trabajo que realizaban en tiempo y forma y exigían la contraprestación de la misma manera. Tuvieron unos problemas menores, más atribuidos al clima que a la parte patronal. Las cosechadoras recorrían la geografía pampeana y del sur de la provincia de Santa Fe, alternando las cosechas de trigo, cebada y avena en la Pampa húmeda y maíz en la zona aledaña a la ciudad de Rosario y en algunas oportunidades, avanzando un poco más al norte.
Lo intenso de las asoleadas veraniegas tostaron la piel y desterraron todo signo estético de los hermanos. Crecidas barbas, cubrían los rostros y ocultaban ostensiblemente los rasgos distintivos de cada quien. La ropa que se mal lavaba, cada vez pesaba más. Decían que con la trilladora en funcionamiento, una nube permanente permanecía alrededor y sobre ellos. Los depósitos de agua potable que se trasladaban desde los cursos de agua cercanos, aunque se estaban protegidos por una chapa o madera, tenían en su superficie, sobrenadando, una capa de esas partículas que se suspendían en el aire. Cuando debían tomar agua, antes de levantar la cubierta del tambor, peinaban con la mano el, por supuesto, espeso bigote y sorbían el borde del agua. En el bigote, oficiando de humano cedazo, quedaban los palillos del cereal, y casi todas las impurezas que contenía el líquido elemento.

Hubo una alteración en los planes de los hermanos, que habían decidido no incorporar al grupo a quien no fuera de la familia. Precisamente la familia desde Bahía Blanca hizo llegar buenas nuevas. El Ferrocarril del Sud, donde los que habían llegado primero al país, habían solicitado trabajo, lo citaban  al cuñado y debía presentarse a la brevedad a la convocatoria. Esta circunstancia deseada, causó una conmoción entre los hermanos ya que el cuñado era quien más capacitado estaba para dirigir las operaciones de cosecha, pero tal vez por qué tenían que suplirlo con un extraño que podría ser motivo de resquemores en la rutina diaria.  Hubo fuertes discusiones, hasta que Marcelino, el menor de los hermanos, ese que acataba lo resuelto por el resto, como razonando comenzó a decir que lo que hacía Antonio, el cuñado, podía quedar en manos de Eustacio, el hermano mayor y repartirnos entre todos la falta del cuñado que debía ausentarse. Esto hasta tanto, pudieran encontrar al reemplazante. Y apuntó con firmeza  que no debían bajar los brazos, que el futuro inmediato parecía para mejor.

Tiempo después encontraron a quien ofrecer el lugar vacante. Claro que las tareas principales que hacía Antonio, con el consentimiento general, de los demás integrantes. Por suerte la labor no se resintió y lograron, en la forma debida y en el tiempo establecido, terminar con la cosecha en ese establecimiento rural.

Cuando estaban agrupando todo las pertenencias para dirigirse a otras cosechas que los esperaban, comenzó a llover. Ello no detuvo emprender la marcha y cuando llegaron a la otra estancia la lluvia no había dejado centímetro por mojar, carretas, caballos, enseres y todos lo del grupo se mimetizaban en el líquido elemento.

ZZZZZLa recepción fue buena, Un matrimonio de apariencia beatífica les dio la bienvenida e inusualmente se dirigieron a Marcelino y éste que parecía constituirse en líder y vocero del grupo a pesar de ser el benjamín, recibió las primeras indicaciones de los anfitriones sobre el lugar donde iban a permanecer en espera de la mejoría del tiempo, indicándoles como acomodarse teniendo en cuanta el estado lamentable que presentaban. Las ropas y los hombres fueron secando sus pertenencias, se tendieron en el amplio galpón las prendas para su secado, alguno de ellos probó los jergones, otros encendieron fuego, mientras Marcelino hacía una inspección del lugar. A un costado de la cocina a leña, había un mueble donde al abrirse sus puertas mostraron una vajilla de lata, cubiertos y jarros, pero también encontró cucarachas merodeando entre esos elementos. Llamó entonces a Paco y entre los dos sacaron platos y demás para lavarlos en la bomba que estaba en la entrada. La lluvia había pasado y el anochecer – y algunas manifestaciones internas  de estómago vacío – aguardaba la hora de la cena.

Los utensilios a tal fin, habían quedado sobre un largo tablón que sostenían dos troncos  y a cuyos lados estaban esperando unos, también larguísimos bancos de madera.  Como para aguantar la espera, el novato Ernesto, un muchacho que a pesar de su juventud, conocía todas y cada una de las tareas del campo, sabía los secretos de la doma, del trenzado, de cómo enlazar a un animal o su volteo en el pialado. Pero también sabía tocar la guitarra y cantar. Y mayormente sus canciones eran cantos de rebeldía ante los atropellos de los que más tienen. Marcelino escuchaba sus historias, sus consejos pero sobre todo le gustaba escuchar su canto, bien entonado y el contenido de sus letras. Perdía la noción del tiempo y en ese momento no fue la excepción, porque lo interrumpió, una pregunta del patrón, que un tanto áspera no se compadecía con la impresión inicial de ese rostro: “¿Quieren comer?”.

La forma molestó un poco a Marcelino pero Paco siempre componedor se encargó de calmarlo en parte, además pidió en voz baja a todos que trataran de disimular o tolerar alguna imposición, dado que al día siguiente partirían lejos del casco de la estancia, para levantar la  cosecha.

Ubicados frente alrededor del tablón, escucharon al patrón que en un murmullo y atendiendo a sus convicciones religiosas, les decía que debían persignarse y dar gracias por el alimento que iban a recibir. Algunos, según lo indicado Paco, a regañadientes, accedió – o fingió hacerlo – o volvió la cara de disgusto hacia el otro extremo.

Sin embargo los ánimos se caldearon, porque les sirvieron una sopa grasosa y unos huesos que se decía puchero, unas manzanas y … agua. El colmo; cuando la mayoría del grupo, se aprestaba a ganar la calurosa noche armando un pitillo de tabaco negro, volvió el dueño de la estancia, para cerrar el rito y les recitó “Hemos comido y hemos bebido Gracias a Dios!! “

Marcelino  no se pudo aguantar. El acendrado e incipiente socialista que habitaba en él, cara a cara, le replicó con toda la voz de bronca que venía acumulado  y que pudo juntar:

¡Ni hemos comido, ni hemos bebido. Y me c… en Dios ¡!”

No hace falta aclarar que ni esperaron a que el patrón les indicara la salida por el portón.

No faltaron otros momentos no gratos y hasta de difíciles de resolver. Los dueños de las cosechas trataban de reducir el monto a pagar convenido, por lo que se plantaron firmemente exigiendo el pago según lo pactado previamente, ya que la cosecha ya había levantada, embolsada y estibada. El contratante aludía a que no había colocado ese producto a los habituales compradores. El grupo opinaba que entendían las dificultades, que no su responsabilidad y si la del empresario saldar la deuda con la gente. Sin poder resolver la cuestión exigieron que al día siguiente, deberían viajar a la provincia de Santa Fe y el pago lo esperaban hasta el próximo mediodía.

Mientras se llevaban a cabo las discusiones Marcelino había montado un caballo y salido con rumbo al pueblo más cercano. En el trayecto iba recordando que hacía poco Alfredo Palacios, había renunciado – en realidad lo habían expulsado del partido socialista por batirse a duelo – a su banca de diputado y trataría de ubicarlo. Llegó a la estación y le remitió un telegrama pidiéndole si podía llegarse al lugar del problema. Esto ocasionó varias sorpresas. La primera que horas después Palacios le confirmaba su presencia al día siguiente por la mañana. La otra fe que el jefe de la estación enterado del contenido de los telegramas, se llegó hasta el campo imponiendo al dueño de esas novedades. Así pocas horas después, mientras descansaban en el galpón, cayó la policía para detener a todo el grupo por amenazas e intimidación, según la denuncia hecha por el dueño del campo. Pasaron del galpón de la estancia a los calabozos de la comisaría del pueblo.
La llegada de Alfredo Palacios fue más que oportuna ya que su acostumbrada vehemencia tomó a su cargo en principio la injusta detención, demostrada por los telegramas que se habían cursado y la documentación del arreglo previo que, el grupo a instancias de Paco, había hecho firmar al estanciero. El comisario intentó mantener su posición, por el delito de intimación y queriendo demostrar que el grupo se había insubordinado no sólo con el “patrón” – como lo denominó al estanciero – sino con el gripo de milicos que los fue a detener. La elocuencia de don Alfredo y su conocimiento de las reglamentaciones, desarmaron los embates del funcionario policial y pronto el grupo con el pago que correspondía en sus faltriqueras, abandonaban las estaciones en sus carromatos y maquinarias, hasta las caras adustas del “patrón” y “su” comisario.

Tiempos mejores

Las cosas fueron mejorando para Paco. Primeramente estuvo trabajando en el adoquinado que llegaba desde Bahía Blanca hasta el puerto ya que recibidas las constancias desde la vieja España, pudo obtener su documento de identidad, que le daba entidad personal a la vez que existencia legal y siguiendo  el camino de sus demás hermanos, ingresó a trabajar en el ferrocarril de los ingleses.  Tampoco fue fácil. Las empresas inglesas como todas las demás estaban enfrentando la reacción natural ante la explotación obrera. Claro no existía ni el derecho de agremiación, considerado ilegal, y los trabajadores argentinos empezaban a ponerse de pie. Las huelgas estallaban en distintos lugares por los humildes afectados por el mismo, permanente atropello. Ante la doble necesidad de tomar personal pero evitar el ingreso de lo que llamaban – y siguen llamando – agitadores, solo luego de una insoportable evaluación, Paco por fin tenía un trabajo estable.

Cambió su lugar cercano al mar por otra ubicación más cómoda y cercana  a cinco cuadras del Galpón de Máquinas donde trabajaba.

ZZZZZZZSu primer trabajo fue la calderería, el lugar donde se reparaban las calderas de las máquinas a vapor. Para ello se sujetaba la caldera con cables, había que cortar remaches para liberarla de su sujeción. En algunas ocasiones había que rehacer o reparar la caja de humo, es decir el lugar adonde pasa el humo luego de circular por el haz de tubos que calienta el agua de la caldera. La caja de humo expulsa luego el humo hacia afuera, por la chimenea de la máquina. Luego se desmontaban los tubos ya que debían liberarse las incrustaciones de la caldera que dejaba la carga de agua con impurezas. Se procedía a lavar las calderas, esa era la tarea específica de Paco, tantas veces hasta lograr que el agua saliera limpia y transparente, que daba la pauta de haber arrastrados toda esa especie de sarro que juntaba.

Finalmente un supervisor mediante un control ocular o mediante a mecanismos pautados daba el visto bueno a la labor efectuada o indicaba las correcciones que hubieran quedado sin realizar.

Paco volvía a su casa, luego del medio día de trabajo, preparaba su rápido almuerzo que había dejado preparado la noche anterior y se recostaba unos cuarenta minutos, para poder estar dispuesto a completar la hornada de trabajo. Recorría algún sector del pueblo, cuyo movimiento comercial era importante a tal punto de no tener que desplazarse hasta Bahía Blanca, salvo en contadas ocasiones, ya que White tenía todo tipo de negocio. O visitaba a sus hermanos, ya casados y padres de varios niños. Extrañaba a sus padres y hermanos  mayores, que se había mudado. Su hermana Felisa junto a sus padres a Villa Iris y el mayor Eustacio a Olavarría.

En esas visitas se le reclamaba terminar su soltería buscando una compañera, pero Paco siempre cambiaba abruptamente de tema como si no hubiera escuchado. Es que hacía un tiempo había encontrado refugio en una mujer viuda que tenía dos hijos y se le hacía difícil explicarles a hermanos y cuñadas esa situación.

Finalmente los acontecimientos se realizaron y la vivienda de Paco se pobló de gritos infantiles, de gorjeos de canarios y de algún perro rabón y también de alegrías, rezongos y reproches. Ya estaba casado, ante la sorpresa de su familia quien se lo venía pidiendo insistentemente.

Luego de un período de relativa tranquilidad, volvieron las turbulencias. La crisis que golpeaba a los grandes capitales internacionales, buscaban encontrar su cauce, como siempre, que fuera absorbida por las clases más bajas. Pero la resistencia no se hizo esperar. Unos años antes obreros que construían los elevadores de chapa del Ferrocarril del Sud, se enfrentaron primero a la prepotencia de los capataces y luego hasta el fuego de las armas que los marineros dispararon sobre obreros indefensos que salían de una asamblea y fueron emboscados por el pelotón de un cobarde que,  horas después, dio orden de vaciar las armas de la patria, sobre el ataúd de unas de sus propias víctimas, que era pulsado por sus compañeros hasta su última morada. Las medidas represivas eran ahora más directas, si cabe, e iban desde la presión personal y familiar, hasta la colocación estratégica de explosivos en lugares claves y concurridos, como para disuadir a la gente en el reclamo. También era común que, en las encendidas discusiones de las asambleas, que estaban fuera de la ley, se introdujeran personeros de las empresas a fin de conocer los pasos que se iban a seguir en el reclamo obrero y tratar de abortarlo. Los más activos eran, por supuesto los socialistas y anarquistas, que por otra parte eran los únicos que intentaban obtener mejoras para el pueblo. Había mucho miedo y en la misión de incrementarlo, todos los medios eran lícitos. En una asamblea de ferroviarios, donde se quería conquistar la jornada de ocho horas de trabajo y una serie de medidas, para mejorar al obrero, en medio de las acaloradas propuestas, se escuchó una detonación de una arma de fuego que los concurrentes vieron en manos de una persona que ocultaba su rostro tras un pañuelo. Parecía dispuesto a disparar sobre la gente.

Hubo un silencio que interrumpió Marcelino, presente con sus hermanos en la asamblea, se paró arriba de una mesa, gritando: “Tirá, h… de p…, pero más vale que aciertes, porque sino te mato a trompadas”  Un instante de vacilación bastó para que los compañeros cercanos al “rompehuelgas” que habían hecho un vacío en torno suyo, se animaran por la arenga de Marcelino, desarmaran y un momento después su ensangrentado rostro y su cuerpo cubierto de golpe era arrojado fuera del local como una virtual bolsa de papas. Los presentes comprobaron que el arma disparada por el personero patronal era del tipo reglamentario que usaba la policía de la localidad.

Alguien sugirió efectuar la denuncia, pero prevaleció la prudencia, ya que definidas como estaban las cosas, la denuncia sería como ir a poner la cabeza en la boca del león.

Unos meses después los ánimos se distendieron, merced a unas pocas cosas logradas, pero sin poder obtener la jornada reducida, que tuvo que esperar casi una década más para implementarse.

La vida transcurría esperando  sus más, pero recibiendo la realidad de sus menos. Había muerto su compañera. La nueva situación deterioró su salud, a tal punto que su hija lo encontró tomándose el pecho con las manos en el momento en que tenía que ir a trabajar. El médico que acudió de inmediato, diagnosticó un problema cardíaco y determinó su internación en un hospital público. Se comprobó entonces que sufría una dilatación de la principal arteria, la aorta, por lo que se le aconsejó, primeramente reposo.

No había aun intervenciones quirúrgicas para este tipo de dolencia y otra vez el manto de las horas negras volvía a ensañarse con Paco.

No hubo problemas con la empresa ferroviaria, quien a través de su servicio médico, controlaba la evolución de la dolencia. El viejo médico de la empresa, extendió certificados para lograr el cambio de tareas desde la calderería a una labor donde no fuera necesario utilizar esfuerzos físicos. El mismo facultativo animó a Paco, diciéndole que si seguía las indicaciones de no realizar esfuerzos y tratar de sobrellevar una vida sana, pronto se olvidaría de su lesión y seguramente no moriría por esa causa. Y aunque en el entorno de hermanos y su familia creyeron entender que era sólo una manera de tranquilizar su inquietud, el tiempo le dio la razón al médico.

En uso del parte enfermo, Paco le preguntó al médico si podía viajar y logró una autorización para que lo hiciera. Fue así que estuvo por los pagos de Villa Iris, para alegría de su Felisa, su hermana mayor; Antonio,  su cuñado y sus cuatro encantadores sobrinos.

La segunda salida fue para estar con algunos tíos que vivían en Buenos Aires, pero con una escala previa en Olavarría lugar de residencia de Eustacio junto a su esposa y a una no menos numerosa prole de cinco hijos.

Cuando volvió a visitar al médico, a quien le dijo que se sentía restablecido, pero temía perder el empleo, por su problema de salud. Otra vez el facultativo le aseguró que ese mismo día iba a conversar con el encargado del Galpón de Máquinas, para resolver el tema.

Es que el responsable  del Galpón, un inglés afable, lo citaba cotidianamente para reiterarle la limitación estricta de los partes de enfermo, con directivas de ajustarlas al mínimo indispensable. Este jefe. según testimonios, daba las órdenes en su idioma ya que “esta lengua tenía más fuerza y no se deterioraba el espíritu de autoridad” (sic). Sus interlocutores ya se habían acostumbrado e incluso alguno de ellos “champurreaba” un extraño inglés ante el beneplácito del británico.

El viejo médico había estudiado el idioma, lo leía trabajosamente, costándole un poco más entenderlo, cuando lo escuchaba. Pero le era directamente imposible hablarlo. Por su parte el “mister” manejaba el castellano con fluidez, pero se empeñaba en hablar en su lengua. Las reuniones entonces se hablaban en inglés, cuando lo hablaba el encargado y en castellano en las respuestas del médico.

El galeno entre otros temas puso sobre la mesa el ya conversado anteriormente sobre el cambio de tareas para Paco, por las razones de salud ya conocidas y la proximidad en pocos días de su retorno al trabajo.

Un gesto de contrariedad o de no recordar o ubicar la situación fue la respuesta y al cabo de unos segundos la pregunta: “Is he the one-eyed?” (¿estás hablando del tuerto?), con el asentimiento del doctor, se quitó la pipa de la boca y como reflexionando consigo  le expresó al médico que había un puesto que debía cubrirse en poco tiempo y si “Paco” – concedió – es competente, no habría problemas”. El puesto era en un depósito como revisador de herramientas, es decir, quien se encargaba de la provisión de herramientas indispensables, a cada una de las máquinas que se liberaban al servicio.

Llegado el día de su alta médica Paco se presentó a la jefatura del Galpón, donde los subalternos del jefe inglés le indicaron que tomar servicio en el depósito de revisadores. Quién estaba a cargo de ese trabajo, asumiría nuevas responsabilidades, por lo quedaba vacante. Mientras fue asesorándose del movimiento, iba recordando que estando en la herrería y para subsanar que cada quien dejara las herramientas diseminadas, su padre le había encomendado el control de esos elementos haciéndolo responsable a él por las pérdidas que se produjeran. Fue entonces que ideó un sencillo sistema de control de la distribución y a  medida que entregaba un martillo o una sierra, dejaba en un pinche una nota que le servía para reclamar al término de la jornada de trabajo.

Ahora era el momento de aplicar esa experiencia, claro que en una dimensión superior,  por la cantidad de herramientas que salían e ingresaban cada día. Comenzó tropezando con inconvenientes. En un inventario que se hallaba en una ajada carpeta, encontró notables diferencias con la existencia real. Le explicaron que eran las que circulaban con las máquinas en actividad. No lo convencieron y basándose en ese detalle fue controlando la existencia física de elementos que recibía, asentando las diferencias en un informe que elevó a su jefe inmediato, ante la protesta de quién dejaba el puesto que temía recibir sanciones, preguntando “¿querés que me echen?” a lo que Paco, con su firme parsimonia de siempre, contestó: “y vos querés que yo me haga cargo de los faltantes?”.

El tema llegó al jefe inglés quien se estaba arrepintiendo de haber accedido al pedido del doctor con el “Does the one-eyed”, pero al analizar los papeles confeccionados por Paco, quedó impactado por la prolijidad y la letra inglesa casi perfecta que contenían los documentos. Se inclinó sobre el cenicero y con un pequeño cortante retiró los restos de tabaco de su pipa, la golpeó suavemente, renovó el contenido, lo encendió, echando una bocanada de humo y recostándose en su mullido sillón, soltó un  “very good”.  Paco confirmado en el puesto, solicitó un libro tabulado para registrar a partir del inventario que había realizado e informado, registrar los ingresos y las salidas, como forma de llevar el stock al día. Tampoco fue fácil, ganó muchas enemistades, entre el personal de conducción,  porque informaba los faltantes de las máquinas que ingresaban, como una forma de proteger la solidez de su control.

Todo parecía normalizarse nuevamente. Los hijos de su esposa fallecida se casaron y la casa quedó nuevamente en soledad.  Y también empezaron nuevos problemas con Juan, que a los problemas domésticos  de su casa, agregaba algún alboroto, en el almacén, en el bar o en el club, entregado completamente a la bebida. Con sus hermanos trataban de ayudarlo acercándole alimentos a su casa y gestionando ante los superiores del ferrocarril, por sus faltas y acciones destempladas. También yendo a buscarlo a la policía, donde dormía la borrachera después de haber ocasionado una batahola. Como Paco y sus otros hermanos eran personas conocidas, trataron, cuantas veces pudieron, que los hechos no pasaran de algunas horas en un calabozo. Pero excedido los límites, debieron contratar abogados que se encargaran de liberarlo. Mientras tanto, seguían llevando mercaderías a la cuñada y a sus sobrinos y en alguna ocasión ya desesperante se repartieron los hijos de su hermano, haciéndolos vivir en la casa de cada uno. Ésto hasta que Melchor, tal vez recapacitando en algún período de sensatez, pareció encarrilar su conducta y todos volvieron a estar en familia. Sólo el trabajo no pudo retener porque fueron muchos los días que faltaba, había habido peleas con los capataces y no quedó más expediente que el despido. Entonces se dedicó a la pesca. Y mientras los hermanos hablaron con los dueños de las grandes almacenes donde se surtían diariamente, que ante la indiferencia de bancos y otras entidades, por los créditos domésticos, oficiaba como financiera y le consiguieron algún dinero para que pudiera desenvolverse hasta tomar la nueva rutina de la pesca. A poco tuvieron que pagar entre todos las cuotas mensuales que Melchor nunca pagó. Las vencidas para que no les ejecutaran los documentos firmados y las siguientes, porque el hermano menor hizo caso omiso a los reclamos de sus hermanos.

El tiempo seguía transcurriendo hasta que en los períodos de licencia, Paco volvía a visitar a sus hermanos, sus padres y familiares, alternadamente,  en las localidades donde se habían aquerenciado.

Esta vez el saldo de las visitas, le depararía una sorpresa que le había preparado en nuevo destino de para vida.

SURCOS DE COSECHA

Nuevos vientos…

Paco era mi papá. Parecía – me parecía o era – un pequeño superhombre. Revestido de una piel especial que le cubría el alma. Después de cada trance que afrontaba salía fortalecido, como si su posición frente a la vida, poseyera el raro sortilegio de encapsular los tragos amargos y sobre ellos, o a pesar de ellos, erigir una actitud constructiva, positiva y superadora.

A las pérdidas sufridas sumaba voluntades nuevas, por eso, con sapiencia, sabía enfrentar de bolina el viento más violento. Tal, como toda persona buena, era algo, tal vez demasiado, crédulo; creía en la gente y ante la falta de reciprocidad, volvía a creer una y otra vez.

En sus continuos viajes a Buenos Aires, conoció a la que iba a ser nuestra madre y luego de pocos meses de relación, se casó con ella.

Todo pareció normalizarse y que de a poco iba logrando la meta buscada: volver a formar una familia.

Pero mi viejo tenía un pasado. Una historia anterior, donde había miembros de su familia a los que estaba ligado y obligado.

Melchor, su hermano menor, volvía cada tanto a su adicción alcohólica y por consiguiente a sus problemas económicos, a sus riñas de boliche que daban con su humanidad en un calabozo y el abandono, que con la discriminación y su hambruna se adueñaba de su grupo familiar.
Y entonces mi papá trataba de convencer a los otros hermanos con una frase que se transformó en muletilla “seccion-vino-vinos-500x291”. Y además de las gestiones a las autoridades policiales, otra vez cobijaron solidariamente  a esos sobrinos desamparados paternalmente.

Pero, no sólo era el hermano descarriado  Su hijastra se había casado con un cabo de la policía que trabajaba en una de las seccionales de los barrios de Bahía Blanca. Un muchacho educado,  proveniente de una buena familia, lo que se conocía como “un buen partido”. Había resultado un alivio para mi padre, cuando se formalizó ese casamiento, por que dejaba de ser su responsabilidad pasando a constituirse en  una  señora de su casa,  donde tendría asegurado una existencia aceptable.

En la conjunción adversativa de este párrafo da la sensación que las cosas no resultaron como se pensaban, y así fue.

Su hijastra llegaba de visita y las antenas de mi mamá se ponían en guardia. Es que la situación de nuestra familia no daba para “tirar manteca al techo”  y se llegaba al fin de cada mes, ajustándose – privándose de muchas cosas -, cuando se sumaban la libreta de la carnicería, la cuenta del lechero y las compras diarias fiadas en el almacén Y muchas veces había que “poner la cara” con algunos de ellos, para ir dejando algún saldo deudor que permitiera, poder saldar otras cuentas  que habían quedado atrasadas .

Estas irrupciones de los problemas del hermano menor de papá, y de su hijastra, impactaban no sólo en el balance económico de la casa sino en las relaciones entre mis padres. Mi madre decidió intervenir para intentar frenar el hacerse responsables de los desaguisados ajenos.

Las visitas de la hija tenían que ver con otra terrible desgracia que es la adicción al juego, en todas la manifestaciones imaginables a donde iban a parar los sueldos del joven policía, dejando a su hogar – igual que en caso de mi tío Melchor– impedido de obtener el sustento diario. Y en mi viejo siempre encontraban un paliativo al corte de los créditos y a la suspensión de libretas de fiado.

El último recurso pensado era que mi padre intercediera ante los dueños del almacén para que les financiera un adelanto de dinero, que les permitiera comer durante el mes. “Un crédito que vas a pagar vos”, no pudo contenerse mi mamá y que provocó una repuesta cortante de la muchacha: “No se aflija, señora, lo vamos a pagar”. Pero sólo fue una expresión de rebeldía y de impotencia. El préstamo se concretó, pero las amortizaciones mensuales tuvo que hacerlas mi viejo que era quien había firmado  como garantía.

Mi mamá

La familia de mis abuelos maternos se dedicaba a una pequeña explotación rural. Unas pocas hectáreas explotadas con siembras, algunas vacas y unas pocas ovejas, asegurando un ingreso en pesetas que, aunque no era muy importante, sostenía la atención familiar.

Profundamente católicos observaban a rajatabla las indicaciones que venían recibiendo de la iglesia, los curas y la religiosidad  ancestral que era columna vertebral en cada uno de los actos de cada miembro de la familia. Con el mismo principio, un tanto fundamentalista, prestaron mayor atención a los hijos varones, procurándoles formación y educación escolar en desmedro para las hijas mujeres que según esos conceptos heredados, estaban destinadas por Dios a crecer y multiplicar la especie humana y mientras tanto trabajando en las tareas del hogar y en este caso en algunas formas de trabajo en la explotación de sus parcelas, principalmente ordeñar, la siega y cosecha, el emparvado y otras labores afines, pero siempre con el propósito de formar amas de casa y destinadas a casarse y tener hijos. Entonces ni siquiera se les acercaba a una escuela “ a perder tiempo” ya que para su cometido  “no necesitaban saber leer y escribir”.

Mi mamá por ese motivo, apenas sabía firmar, pero con una intuición, digna de haberse cultivado con mayores conocimientos, manejaba la economía de la casa con toda soltura. Eso sí, sabía de memoria, toda la liturgia de la iglesia, los ritos, oraciones y secuencia de todos y cada uno de los sacramentos y los acontecimientos producidos por y en la religión católica.

Una de sus hermanas era monja y estaba ligada a una congregación con  por votos solemnes, y vivió por años en un monasterio, llevando  una vida retirada dedicada al trabajo y la oración. Sólo sabíamos de ella y su humilde existencia, de vez en cuando por sus cartas, identificables al llegar, porque se encargaba de dar vuelta los sobres de la correspondencia que le mandábamos y los reciclaba para enviarnos sus respuestas.

No puedo entender, pero tampoco puedo censurar tanta ignorancia civil y cuanta riqueza espiritual para estas almas que creían y confiaban en Dios sobre todas las cosas.

Como digo no tengo entidad para juzgar ciertos sacrificios y flagelaciones a las que se sometían estos súbditos de Dios llevados por sus principios religiosos, creencias y por ese motivo voy a contar un hecho sucedido en la propiedad de mis abuelos, sin tomar ningún tipo de posición favorable o no, ya que no tengo mi oportunidad de sentir así, creer así, confiar de esa manera y, por sobre todas esas falencias mías, ante el resultado de esos actos el consuelo simple de “Dios así lo quiso”.

incendio 1En una oportunidad, en uno de los cobertizos que servía de amparo a las vacas y donde se realizaba el ordeñado diario, por algún motivo extraño comenzó a arder el techo de paja,  que hacía de cubierta. Alguna de mis tías corrió hacia los depósitos para llenar un balde con agua para tratar de extinguir el fuego. El ramalazo del líquido, apenas atenuó una pequeña parte, que enseguida volvió a llamear. Repetido el procedimiento de otros baldes con agua con igual saldo negativo, aconsejada salir rápidamente a buscar ayuda, pero todos se arrodillaron a rezar para que Dios concediera la gracia de apagar el incendio. También colocaron una virgen cerca del lugar del incendio. El milagro no se produjo, el fuego arrasó con todo y en un cambio de viento envolvió la efigie de la virgen que a poco fue un puñado más de cenizas como el resto de los cobertizos. Por voluntad de Dios.

Cambiar de aire…

El tiempo todo lo fue arreglando las visitas de la hijastra de mi papá se fueron espaciando y durante mucho tiempo no supimos de ella. Alguien nos contó que se había separado del policía, porque llegó a ser insostenible la relación. Nunca pudimos saberlo a ciencia cierta.

Mientras las dificultades económicas nuestras  seguían siendo “tapando un agujero haciendo otro”, mis padres empezaron a estudiar, la forma de evitar el pago del alquiler de la casa que ocupaban y coincidentemente se produjo en un sector alejado, el anunció de un loteo de terrenos que se podían comprar y abonar en cuotas. Una manzana entre las calles
Cabral y Lautaro que tenía una cuarta parte de su superficie, propiedad de Ferrocarril del Sud y reservados para la edificación de la Escuela Nº 13, había sido subdividida y se ofrecerían en un remate los más de 30 lotes resultantes de incluir una calle pública, obteniendo dos sub-manzanas.

Mis padres compraron un terreno en el centro del pasaje y fueron pagando el programa de cuotas durante larguísimos meses. El hecho de estar pagando el terreno y el alquiler demoró el momento de levantar la vivienda en el lote comprado.

mi-barrioOtras siete familias ocuparon los lotes antes que la nuestra. Se plantaron según las posibilidades de cada uno, algunas casas de chapas y otras de material.

Los baldíos eran anegadizos y cualquier lluvia los convertía en lagunas, por lo que sus ocupantes gestionaron o compraron camiones de tierra para recuperar esos terrenos. Y también en algunos casos retiraron tierra de los lotes aun no ocupados por sus propietarios, entre ellos el nuestro.

Con dificultades un nuevo grupo de familias comenzaba, algo así como la campaña al desierto, ya que en el sector era todo campo ganado por abundante pasto sólo alterado por un montículo de tierra amesetado de treinta metros de diámetro, junto a lo que era un surgente de agua potasosa que identificaba un caño con una gruesa manguera y depósito de fibrocemento de dos metros de diámetro por algo así como tres metros de altura, que pronto pasó a ser una referencia más en el lugar. El agua, que corría sin cesar. se desplazaba por una zanja hacia el mar. Otra las pocas que había era una doble manzana alambrada en el triángulo que forman las actuales calles Brihuega, Dasso – que se denominaba la “Diagonal Jorge Moore o simplemente “La Diagonal” – y Tarija. Se decía que estaba destinado a una plaza que nunca se concretó.

Un 6 de enero en que los Reyes no llegaron…

Por fin estuvieron en condiciones, ajustando lo que pudieron, de intentar el sueño de la casa propia. Una casa mínima, pero nuestra. Mi papá recorrió  a personas que habían puesto en venta casas; las condiciones de acarreo con sus posibilidades económicas, hasta que encontró una construcción de chapa galvanizada por fuera, revestida en madera machihembrada por dentro; la integraba una pieza y una cocina.

Consultó las condiciones que, luego de algunas aclaraciones y regateos, fueron aceptadas por ambas partes. Para sellar definitivamente la compra hubo que consultar a quien podría acarrearla – o arrastrarla – hasta su destino y asegurar el menor deterioro posible en relación a la mayor o menor fortaleza constructiva que presentaba. Una vez que se aseguró este aspecto por parte del acarreador, mi papá, con esa hermosa letra que tenía, trasladó las condiciones establecidas al papel – un tipo semejante al que usaban los escribanos para su trabajo –  y se firmaron dos ejemplares con las mismas pautas contenidas. Se convenían – mi viejo escribió “se combinan”  – la división del costo total en determinado número de cuotas que se pagarían mensualmente en el ya nombrado almacén que oficiaba como oficina gestora, la Almacén Sucesión de Ángel Sclavi.

La casa se debía trasladar desde el otro lado de las vías, casi con el mismo sistema implementado en ese tipo de tareas, salvo que la tracción había reemplazado a los caballos percherones por un camión Studebaker. Como eran varias las personas necesarias para las distintas maniobras, mi papá y sus hermanos se ofrecieron a colaborar como una manera también de abaratar costos. Pero como todos eran obreros empleados y el traslado no se podía realizar en días hábiles se eligió un día feriado, para trasladar el inmueble, que ya dejaba de ser tal. Se fijó entonces la fecha del 6 de enero, la que en ese momento integraba el listado de feriados nacionales.

El traslado estaba previsto realizarlo en horas de la mañana, comenzando bien temprano para mitigar el calor intenso de ese período veraniego. Como ya había sucedido otras veces los desniveles de las calles fueron un obstáculo casi insalvable a la hora del arrastre de la vivienda, por lo que en salvaguarda de la estructura, hubo que realizar el acarreo a mínima marcha – también superar el Puente La Niña, ya que la estructura estaba emplazada en el Boulevard XX  – y con la utilización de barretas, tirantes adicionales y una serie de cuidados que prolongó la tarea hasta bien entrada la tarde. Por fin cuando se cumplió el recorrido, mediante un procedimiento previsto se montó sobre la base que se había levantado. En este caso no eran pilotes de  maderas, sino una estructura de ladrillos.

Para entonces, los vecinos que llevaban más tiempo en el barrio se acercaron solícitos a prestar su colaboración, no tan sólo en poner a disposición su físico sino también para tender un cable y así poder iluminar el lugar o poner a disposición la provisión de agua corriente, con lo concluían felizmente  esa tarde de mudanza de casas. ¿O no?

Cuando el viejo volvió a casa encontró caras largas, especialmente en los rostros de mi hermano y en el mío, ya que mi hermana de sólo dos años, no comprendía la angustia de nosotros, sus hermanos. Y mi papá tampoco entendía que pasaba, hasta que mi mamá, también con los ojos en lágrimas, y entrecortadamente le explicó” nos… olvidamos de… los Reyes…”

Muchas veces cuando se alcanzan las metas fijadas con mucho esfuerzo, el cuerpo nos devuelve un cansancio dulce de tarea cumplida. Ésa era la sensación en mi viejo en el camino hacia casa que se transformó al llegar  en un abatimiento general.

No se atrevió a mentirnos, ni a esbozar una disculpa. Nos abrazó fuertemente y en silencio. Años después me contaba que le pasó por la mente contarnos que el regalo era la casa nueva, la etapa nueva que comenzaríamos a vivir, hasta confesarno la leyenda de  los tres reyes y su reencarnación a través de los padres, lo que tempranamente quebraría, tal vez la más linda ilusión de los niños en su infancia. Fue una ráfaga que apartó rápidamente como el mechón de pelo que caía sobre su único ojo hábil. Luego de la cena, se sentó junto a nosotros y en silencio, comenzó con aquellos dibujos tanto nos gustaban y solía bosquejar en las últimas hojas de nuestros cuadernos.

También sacrificó algunas tapas de la publicación “La Novela Semanal” que era de papel apergaminado y con hábiles dobleces los transformó en pajaritas, barquitos o sapitos que no nos causaron curiosidad. Algo que no supimos que era nos impulsó a abrazarlo otra vez. Sólo el cansancio físico pudo ser doblegado por el sueño, ya que su mente insatisfecha luchaba por borrar esa tristeza de los ojos de sus hijos.

Cuando sonó el despertador ni mil brazos podrían levantarlo de la cama. Sin embargo se levantó y fue dejando en silencio un beso en la frente de cada uno de nosotros. Mi mamá que se había mantenido en silencio, le dejó una frase para ayudarlo a encontrar la calma, “ya se les pasará” junto con el beso de despedida que lo llevaba puntualmente  al “pito de las siete” en la jornada laboral de cada día.

Mi mamá se quedó sorbiendo  improductivamente la bombilla del mate que le había dejado mi papá, mientras regaba los canteros de las rosas y las margaritas recién plantadas. Cuando retiraba las flores marchitas caídas en los canteros y las hojas abatidas por el viento de los días anteriores, un pregón la sacó de sus cavilaciones. Era el cartero con una enorme caja. El servidor público, le explicó que había ido al domicilio anterior y le habían indicado el tema de la mudanza.  Firmó como pudo el recibo de entrega que le acercó el cartero y colocó la caja sobre la mesa de la cocina.

En la caja había una pelota de fútbol, de cuero, lustrosa  y con tiento; un tren a cuerda, con la locomotora y dos vagones y la más preciosa muñeca que podamos imaginar. Lo habían enviado mis tíos, por parte de mi mamá, desde Buenos Aires. Después supimos que lo mandaron con la seguridad que iba a llegar el día 6. El llamado de mi mamá nos despertó de una noche de pesadilla, para encontrar sobre la mesa de la cocina la más hermosa de las realidades.

Vecinos solidarios

Otro feriado o domingo para completar la mudanza y con ella las tareas a implementar en el entorno, detalles a adecuar en la vivienda, para hacerla cada vez más nuestra  y más funcional  pero principalmente encarar el relleno del amplio patio en prevención de su inundado en días de lluvia, Se solicitó  a la delegación municipal, si podía colaborar con alguna camionada de tierra, encontrando predisposición para ayudarnos y así tuvimos una buena parte del terreno cubierto..

Creció entre los vecinos un espíritu solidario que fue ayudarse unos a otros y, mientras algunos daban terminación a sus casas, con un lavadero o un dormitorio más, entre ellos mi viejo, otros necesitaban revoques o ajuste de puertas, tal vez un contrapiso o la colocación de mosaicos. A pocas cuadras del lugar en Plunkett y Lautaro, un tal Rodríguez, era el piletero y mosaiquero, que nos fió la compra de la pileta de lavar y algunos metros de baldosas. Se compraron ladrillos de demoliciones, se armaron ladrillones de cemento, con un molde que aportó uno de los vecinos.

La cocina de mi casa pasó a ser de material y piso embaldosado, con la madera del piso, mi papá hizo algunas puertas, las chapas y tirantería lateral sirvieron de techo al dormitorio agregado y se incorporó unlavadero galpón, donde el viejo pasaba el mayor tiempo posible, haciendo y reparando cosas, nuestras y ajenas.

Mi viejo siempre tuvo un pragmatismo de trabajo, que encontraba reparación para todos las roturas o inconvenientes que se producían en la casa.  Si se rompía un vidrio, ahí estaba mi papá, alguna vez con el corta vidrio, la masilla y las varillas para cubrir esa falta; unos zapatos que habían gastados su suela, ya estaba sentado martillo y clavos en mano y boca, para aplicar media suela, la tapita de un taco o un refuerzo metálico, para evitar el gastado desparejo. Se estropeaba un balde, que eran de chapa galvanizada, una olla de aluminio o esmaltada, el viejo en un trisle hallaba la solución. Y así arreglaba los muebles, fabricaba bisagras, reparaba cerraduras, restauraba revoques, etc.

Con su trabajo se logró la cámara de desengrasado del desagüe de la pileta de la cocina; con ladrillos construyó la pileta y la división interior con comunicación para que se desplazara el agua y se retuviera la grasa y su tapa de hormigón. La salida del agua hacia la quinta- a la que voy a referirme después – la hizo con una guía con base y costados de ladrillos de canto. En el hueco introdujo una mezcla enriquecida de cemento, arena y cal, con un revoque grueso y con una botella de aceite – Único o Cocinero ¿se acuerdan? – le fue dando forma redondeada a los cinco o seis metros del desagüe. Luego cerró por arriba el desagüe con ladrillos, pegados con la misma mezcla.

Al frente, la edificación estaba retirada unos diez o doce metros de la línea municipal, donde mi papá había instalado un parral, y su jardín muy particular. El alambrado del frente estaba revestido de tamariscos, prolijamente podados y sobre el peculiar portón se elevaba y le hacía corona. El portón con un cuadro de ángulos, divididos en cuatro partes iguales, uno recorriendo por la mitad a izquierda y derecha y el otro por la mitad, paralela al suelo, partiendo dos sectores arriba y abajo; luego con zunchos en forma de rombos sucesivos que partían desde el centro hacia las puntas, semejaban una tela de araña y precisamente en el centro, dos óvalos parecían el cuerpo de la araña. Sobre el portón unos arabescos metálicos, terminados en puntas, parecían completar la escena de un cuadro.

Había un camino enladrillado con un cordón de ladrillos de canto, que llegaba hasta el parral, dividiendo el sector en un cuadrado de más o menos siete por siete metros, entrando a la izquierda y un rectángulo de dos por siete metros a la derecha. El sector de la derecha, tenía un gran pino y una higuera, además de margaritas, crisantemos, rosas, claveles y caléndulas. Había, casi llegando a la parra una pileta a nivel del piso de metro de profundidad, treinta centímetros de ancho y setenta centímetros  de largo, donde se juntaba el agua para regar.

La parte de la izquierda, era un cuadro de aproximadamente cinco por cinco metros, con un cantero redondo en el medio y en la mitad de los canteros paralelos a la calle ingresaba un caminito, para facilitar el regado que bordeaba el cantero redondo del centro y se unía con el caminito de enfrente. Estos canteros estaban bordeados por una planta de color celeste grisáceo de aproximadamente quince centímetros de ancho y de alto, que mi viejo se encargada de recortar, para mantenerla coronando los canteros. Los alambrados laterales que comunicaban con los vecinos de ambos lados, se nutrían de la espesura del tamarisco y ligustros, también mantenido y recortado por mi padre. Siempre del lado izquierdo, había un brocal a un metro elevado del nivel del suelo, que protegía una perforación con agua, Por medio de un canasto de alambre que hizo mi padre y una soga, bajábamos un canasto con las botellas de vino, de agua, las botellas de pris o naranjín. Fue nuestro primer sistema para enfriar las bebidas.

Detrás de la edificación, el panorama cambiaba de verde, era su quinta, con cebollas, cebollines, tomates, morrones, zapallitos, apios, hinojos, zapallos, lechugas, acelga, etc. Hacia atrás, por los laterales y en el límite final del lote, continuaban los tamariscos prolijamente podados. Y como toda casa se remataba con una docena de gallinas y alguna vez también tuvimos patos. En un sector de descanso un tupido y viejo sauce llorón y un eucalipto que daban sombra no sólo a este pedazo de descanso y de patio, sino también al galpón, refugio de mi viejo. Refugio donde su destreza había acopiado, serruchos, garlopas, escofinas, soldadores, martillos, llaves y todo lo necesario para sus artesanías.  También un banco de trabajo, donde había recuperado una morsa para su trabajo y una cocina económica, que alimentaba constantemente con los tronquitos de piquillín o las maderas excedentes de sus trabajos.

En un rincón del banco de carpintero, una botella de vino, un vaso y envuelto en papel de estraza entre la ceniza, alguna longaniza o un trozo de panceta.

A veces me invitaba a acompañarlo, ante mi negativa (mi estómago no hubiera soportado tal bocado), me decía que no entendía, como podía ser tan delicado. Nunca tuvo problemas digestivos, el repetir de las comidas para él era volver a comer.

El pequeño barrio era como ya lo expresé una cooperativa donde cada quien hacía para sí y para los demás lo que podía o lo que sabía y así se fueron completando las casas con una pieza más, una cocina más amplia, un galpón de trabajo y guarda de elementos.

Tenía sus voces, aquí había cantores y de los buenos y para todos los gustos.

Doña Rossetta, mientras lavaba la ropa o la tendía, regando los tomates en su quintita, o hilando con el “fuso” la lana para algún abrigo, llenaba su amplio tórax del aire puro que venía del mar y su rostro rubicundo, era campana de resonancia de la última canción de moda, de aquella canzonetta que la transportaba a su Italia o tal vez un tema religioso. Su voz profunda y natural llenaba el barrio, plena de matices, acariciaba los oídos de los vecinos. Un tío nuestro, Juan, que solía llegar en un buque petrolero el “San Matías”, la llamaba “la cantora”.

Me refiero ahora a Gino. Seguramente habrá cantado, de pesca en el mar hasta que lo hacían callar, por que ahuyentaba a los peces, cuando salía con los suyos a pescar. No había temas difíciles para él. Se les animaba y por cierto que cantaba muy bien aquellos temas que inmortalizó Enrico Caruso, el repertorio de Tito Schipa, los mejores tangos de Alberto Podestá y hasta los festivos temas de Nicola Paone. Un verdadero tenor recorriendo todos los puertos del mundo con sus canciones.

Físicamente era parecido a Popeye, con su tez rojiza y su barba entrecana. Sus hermanos Francesco y Chuenga, quisieron seguir el rumbo musical de Gino, pero aunque el primero tuvo más constancia con el acordeón a piano, no avanzó demasiado en calidad y el bandoneonista que quiso ser Chuenga, tuvo un final cercano.

Pero estaba la familia Santori, el jefe, tocando la guitarra y acompañándose con un tarareo “luailalala lalala lalauila” con que acompañaba el rasgueo de su viola. Claro que siempre estaba su hija la Tati para poner su privilegiada voz a algún valsecito, una canción o un bolero.

Alguna vez me prendí con algún tema de Ignacio Corsini, que a Cármine le gustaba mucho.
Muchas cálidas noches, en las veredas terrosas, se estiraban las horas  antes del sueño, con la guitarra de Cármine y las voces del barrio, recorriendo  todo el repertorio popular.

En aquella época solamente se podían escuchar  los grandes intérpretes de esa época a través de la radio. Don Pipo Silva en  su casa tenía un aparato milagroso: una vitrola. Que no era un adorno sino que el bueno de don Pipo nos la prestaba así como sus discos de música italiana. Le dábamos cuerda, colocábamos el disco, con cuidado cambiábamos la púa por una nueva y la apoyábamos suavemente sobre el disco y de su bocina salían las voces definitivas de Caruso, Schipa y otros grandes cantantes.

Repartidores y más allá, la inundación

Merced a las posibilidades de trabajo, la pequeña localidad se vivía un relativo bienestar. Es que hasta se podía elegir donde trabajar, ya que el abanico de empresas que formaban el ferrocarril, la empresa petrolera, las obras públicas que se ejecutaban en el puerto, la pesca, el trabajo especifico del lugar como lo era el embarque de cereales y los muchos negocios establecidos permitía que el desenvolvimiento de las compras hogareñas no necesitaran trasladarse a Bahía Blanca. White todo lo tenía  también para la expansión, dos salones de bailes y jardín recreo para el mismo fin, cines, zapaterías, ferreterías y verdaderos supermercados, aunque aun no se llamaban así, donde se podía comprar todo lo necesario para el hogar. El pomposamente  nominado “centro” eran tres calles  plagadas de negocios, y la circulación gente en las tardes era de un fenómeno que animaba la vida de los comercios y de la gente misma.

Era la época de los repartidores a domicilio, no por pedido, sino sistemáticamente, que se iniciaba bien temprano con el lechero. Ya no circulaban con las vacas ordeñando puerta por puerta. A las seis de la mañana los recipientes conteniendo leche, en el tren local, que habían sido transbordado en Bahía Blanca y desde la misma estación a veces, comenzaban a hacer el reparto lácteo. Era seguido por el repartidor de pan y más tarde el del almacén con el pedido, el carnicero en bicicleta y algún cobrador de luz también a domicilio, la cuota del club o ese personaje con la tienda ambulante que era el mercero. En verano el hielero y todo el año los repartidores de gaseosas, cerveza y bebidas espirituosas.

Casi todos los repartidores diarios hacían su trabajo en carros. El del lechero con capacidad para alrededor de cinco a diez recipientes y tapados con arpillera húmeda, como única forma de enfriamiento, y con un acceso con un estribo en la parte central de atrás. Los panaderos por parte llevaban el sustento diario, en un carro cubierto por lonas y el pan contenido en grandes canastos. En este caso se subía de la manera tradicional, por los laterales, lo mismo que el hielero. Detrás de los empleados se apilaban las barras de hielo, que eran fragmentadas de acuerdo al pedido del vecino.  El mercero, a quién denominábamos “El Turco”, pero que seguramente era árabe, ya era una clásica berlinga o charret, donde en bolsas, valijas y también colgadas en perchas, traía la mercadería encargada y la que ofrecía.

Todo seguía su curso cuando el tiempo era bueno, pero cuando llovía y los baldíos -por donde estaban las huellas de circulación, en ausencia de calles marcadas o determinadas- se llenaban de agua y barro, los repartidores corrían un gran riesgo, ya que si no preguntaban, por desconocimiento del lugar, quedaban atrapados en algún desnivel del terreno y si nos preguntaban, la indicación inconsciente y maliciosa para que se “encajara” directamente en la trampa limosa. Éramos pequeños demonios que nos solazábamos con el infortunio ajeno y a veces varios de esos amables repartidores tuvieron que pedir palas remangándose los pantalones para liberar el carro y continuar el trabajo, luego de ir a su casa a cambiarse de ropa.

La vida social

El pueblo tenía una vida social muy activa, cierto estableciendo niveles económicos que obligaban unión de pares, principalmente por comunidades inmigrantes y así existía “El Centro Español”, donde mi viejo ocupó la secretaría durante muchos años. Los nativos de la península ibérica en ese centro se reunían con sus paisanos, para festejan fechas hispánicas o las celebraciones de ésta, su nueva tierra. Eran conocidas y populares las “Romerías Españolas, donde participaba además el cónsul de España en Bahía Blanca, junto a otras autoridades locales. Esa música, a través de mi papá, nos llegó siempre, porque estaba continuamente en su boca, el canto o el tarareo de jotas y muñeiras, prendiendo en sus hijos y nietos.

Fuegos primaverales

Me contaba mi viejo que había dos instituciones que realizaban reuniones sociales, las desarrollaban alquilando las instalaciones del cine Aída o ocupando el salón de la Sociedad La Siempre Verde y más tarde el de la Sociedad Italiana. Y además estaba el cine Jockey Club, donde solían actuar las grandes figuras que llegaban a Bahía Blanca. Todo dependía que  la relación del costo de su contratación y la capacidad del local no llevara el valor de la entrada a niveles inaccesibles.  Esa fue la realidad que impidió a Gardel, y a otros artistas, cantar profesionalmente en White.

Mi papá lo vio cantara Gardel , seguramente en el Palacio del Cine, pero no quedó impresionado por el Zorzal y más bien la decepción es el término que más se adapta a las sensaciones que le produjo. Aparentemente en esa oportunidad Gardel no llegó en la plenitud de sus atributos vocales y muchas veces me repetía mi viejo: “Era para escucharlo y no mirarlo, cantaba con ´cara de recibir la hostia´”.

Y solía relatarme sobre hechos sucedidos en esos encuentros sociales, que trataré de recordar, como por ejemplo, el que se había preparado una monumental fiesta de primavera, en el cine Aída, por el Club Puerto Comercial. Ornamentado como nunca, con guirnaldas multicolores, que en su tendido iban desde el centro del salón y hacia los laterales en el paraíso, sobre los arabescos del escenarios y la cuarta proyección hacia la prolongación de la pared de ingreso, componían junto a la monumental araña central desde donde partían semejando una enorme flor de pétalos policromos.

La noche espectacular, la concurrencia total, elegante, los vestidos rivalizaban en creatividad, con largas faldas de organza, peinados elaborados, en las niñas, rigurosa brillantina en los caballeros. Los zapatos charolados reflejaban las estrellitas de los zapatitos de strass, taquitos elevados y todo el glamour imaginable. En el parquet quedaban trazados los giros que proponía el vals Boston, en este caso por la orquesta característica.

Era el momento que debía quedar reflejado no sólo en la crónica del periódico local, sino para la posteridad como testimonio de la época. El cronista gráfico, subió de dos en dos los escalones de acceso al paraíso  montando la cámara sobre el trípode. Eran los tiempos del magnesio, cuando se debía colocar una determinada cantidad del ígneo metal sobre un dispositivo a cuerda que al ser accionado provocaba una chispa y el encendido, para proporcionar la luminosidad necesaria que impresionaría la placa fotográfica dentro de la cámara. Su uso, necesariamente insoslayable en las reuniones, había provocado no pocos accidentes con quemaduras en las manos a los fotógrafos.

El cronista gráfico trató de colocar el disparador lejos de  las guirnaldas, y comenzó a llamar la atención a los bailarines para que se mostraran en ese trascendental momento. La cantidad de rostros reconocibles era proporcional a la calificación de la foto. Más el “aquí estoy yo” del lector era un reaseguro para que las imágenes obtuvieran  mayor cantidad de pedidos.

Cuando creyó que era el momento oportuno el chasirete  accionó el disparador para producir el fogonazo y la foto. Pero algo más. Tomaron fuego las guirnaldas y el reguero de llamas comenzó a encender a las vecinas y al instante todo parecía indetenible…

Estupor, miedo, gritos, corridas… Todos se amontonaron para salir al exterior. Llantos histéricos, empujones y apretujones…

Sin embargo algunos mantuvieron  la serenidad, ubicaron una escalera, para cortar el avance el fuego mientras los demás fueron ahogando, con cortinados, las guirnaldas ardiendo que iban cayendo.

Todo no pasó de un susto, pero… el clima se había quebrado para siempre por esos fuegos primaverales.

Los fantasmas del Jockey  (Club)

Joan Manuel Serrat, describió como nadie que los recuerdos  son gratos y fantasmagóricos, cuando la nostalgia aflora y se reviven momentos del pasado que, por lo amable, nos dejaron huellas inolvidables de nuestra niñez y nuestra juventud. Esos fantasmas que habitaron tantas horas de impaciencia, ansiedad y, porque no, miedo; siguen presentes en los abandonados salones que fueron cines, el lugar de la primera cita, la primera caricia y también el primer beso.

Mi papá nos recordaba con una sonrisa, que una noche llegó un mago inglés de fama internacional que se hacía llamar Fu Man Chú. El espectáculo que presentaba era sorprendente. Con un grupo de personas, exhibía un trabajo de sombras chinescas insuperable por la belleza, la calidad de la música y la profesionalidad de toda la compañía.

Junto a ese alucinante juego de luces y sombras, agregó también una especie de mercado de pruebas mágicas, donde el público, mediante el concurso de varias personas, elegía de un listado, las pruebas que les parecía interesantes y presentadas a la platea, se iban desarrollando  mediante la respuesta de la gente con sus aplausos.

Nos decía mi viejo, que todo había sido formidable y como fin de fiesta, agradeciendo la concurrencia, su colaboración y los aplausos, el artista manifestó su deseo de presentar una nueva prueba por su equipo: la “Danza de los fantasmas”.  El Mago dijo entonces que, para que pudiera ser posible, le pedía otra vez colaboración a público ya que el número, para su efectiva realización requería, total silencio y absoluta oscuridad. Pidió apagar las luces, incluso la del hall de entrada que filtraba resplandores por la puerta de acceso. También recomendó no prender fósforos ni linternas. La sala a obscuras denunciaba a algún remiso no había apagado el cigarrillo.

Luego de varios intentos, se logró la oscuridad total y música de suspenso, estridente, lúgubre, funeraria e hitchcockiana, fue motivando a la concurrencia para la “Danza de los fantasmas”. En el lejano cielorraso del cine comenzó un baile tenebroso de vaporosas sábanas con tenues resplandores al compás de la música. Decía mi papá que a varios tauras se les congeló la guapeza y todos sintieron un frío que los recorría y paralizaba.

Algunos gritos contenidos, por un locutor que con voz cavernosa de circunstancia, pedía: “Silencio, por favor”.

Pero hubo alguien que no pudo contener su miedo y esa alucinación  de  lo extrasensorial tan presente, tan cerca, tan angustiante provocó que no aguantara más…

Fue el operador del cine que, sin poder soportar más el ataque de pánico que  lo asaltaba, con un violento ademán cerró la palanca de la electricidad y encendió todas las luces de la sala. Y el misterio dejó de ser tal.

Los ayudantes de Fu Man Chú provistos de largos palos, en cuyo extremo llevaban  trozos de género blanco que movían haciéndolos flamear como banderas, semejando a ánimas danzantes que producían en la gente esa opresión de intenso temor.

Hoy entre las ruinas abandonadas de lo que fue nuestro Cine Jockey Club, fantasmas más tangibles ocupan los rincones olvidados de tanta gloria pasada.  Son los fantasmas del Jockey que,  como dice el cantautor catalán, no descansan en paz…

Según nos relataba mi papá el pueblo vivía con lo elemental, pero contaba con centros culturales, biblioteca, dos compañías de teatro amateur, pero teatro al fin que inducía a la gente a concurrir, masivamente, cuando se presentaba un grupo profesional, fuera de Bahía Blanca o como secuela de los radioteatros que e daban por las radios bahienses de lunes a viernes; la rivalidad de dos equipos de fútbol que, a nivel local, llenaban las gradas de las dos canchas, a ambos lados de las vías ferroviarias y pequeños clubes barriales diseminados en todos los sectores del pueblo, Canchas de bochas y cada tanto un gran baldío  – ¿te acordás de la canchita de Achinelly o la de Marina? – donde nacían los cracks del fútbol, como el Pibe de Oro, Ernesto Lazzatti o quien a pesar de su calidad, pero con su bohemia, Melón Troncoso, habiendo actuado en fútbol grande no quedó en la memoria colectiva de la afición.

Y nos recordaba que a pesar de todo ello, siempre había y hay quien no se conformaba con el vuelo de perdiz en el ambiente local y a fuerza de laburo y dedicación ponía el sello whitense en cualquier lugar en que se daba la ocasión. Así tuvimos y tenemos representantes en todas las disciplinas profesionales de todo tipo que ocupan sitios relevantes a lo largo del país y fuera de sus fronteras también.

La ballena…

También usaba la ironía para contarnos, hechos como el que sigue, que nos aseguraba había ocurrido en nuestro pueblo.

Con esa sensación de frustración, luego de una discreta mañana de pesca, una ristra de pejerreyes al hombro, mordiendo el toscano y arrastrando el cansancio de la jornada, principalmente por lo improductiva, el tano repetía su muletilla “En este pueblo no pasa nada”. Y mientras escupía parte del tabaco que su boca, se le ocurrió inventar algo para que pasara. Cuando entraba en la oficina de la cooperativa que los nucleaba estaba decidido: “Voy a decir que en el puerto apareció una ballena”. Pocos minutos después estaba comunicando la nueva a los empleados que lo atendieron. En su próxima parada el Bar La Colorada, para el moscato reglamentario, como sin querer, al salir, volvió a repetir su historia.

Camino a su casa, un tanto alejada del “centro”, comentó con dos personas más la visita del cetáceo a nuestro puerto. Cerca de su casa, cuando un vecino, visiblemente entusiasmado, y con el paso apurado, a modo de saludo le decía :”Pascua, apareció una ballena en el muelle”, como sacando las palabras de su propia boca.

Se detuvo quitándose la gorra, mientras sus dedos recorrían el desordenado cabello. Tiró el resto del toscano y corriendo llegó a su casa, para dejar los pejerreyes, mientras  murmuraba “Ma, no sará vero?”. Y hay quien dice que volvió hacia el puerto, por las dudas, no fuera cosa que una vez que pasa algo en White se lo perdiera.

No todo el año era carnaval…

Unas festividades que no se dejaban pasar eran las del carnaval. Los corsos y las comparsas competían en la creatividad de cada barrio y de cada vecino. Claro había limitaciones. Las del buen gusto y el respeto y las que se imponían porque sí. Entre éstas últimas, un grupo integrante de los coros de una de las entidades más pujantes en lo cultural – que podría ser “la Siempre Verde” – con un gran trabajo de los adolescentes había armado una carroza musical, pletórica de flores y complementada por bellas obras corales que entonaban sus integrantes, fue rápidamente excluida de los corsos por el pecado de configurar una máquina de ferrocarril y haber disgustado por ello a Míster Coleman, el capo máximo del Ferrocarril del Sud y, ante su queja, los organizadores, servil e inexplicablemente, suspendieron su actuación.

Me recordaba también mi papá de otras comparsas que tuvieron que ser retiradas también por, supuestamente, ofender a las buenas costumbres de la localidad. Un personaje que servía y tomaba cerveza en una bacinilla, adminículo tan necesario en esos tiempos de letrinas al fondo de los patios y la temeridad de llegar hasta ese habitáculo, en la oscuridad de la noche, entre las inclemencias de los rigurosísimos inviernos portuarios. El cuadro causaba hilaridad y algún rechazo cuando este joven llevaba a su boca la espuma de la cerveza que había vertido en el recipiente. De una noche a la otra cambiaba y amenazaba con derramar el contenido, sobre la gente, que se abría espantada se abría en abanico. Sólo que esta vez contenía pequeños trozos de papel que volvía causar hilaridad entre los presentes. Pero no hubo una tercera noche, por los organizadores de los corsos, se lo prohibieron.

Dos amigos, en otra oportunidad, idearon un extraño dúo donde el primero, con un atuendo blanco de carnicero, incluido el birrete también blanco, llevaba alrededor de su cuello una ristra de chorizos. Su compañero, casi desconectado varios metros más atrás con un guardapolvo gris de ferretero, cargaba sobre los hombros tres palas, muy deterioradas y llenas de óxido.

Y en determinado momento, el que se hallaba disfrazado de carnicero, comenzaba a ofrecer su mercadería, voceando: “¡¡¡¡Chorizos fresscos…!!! E inmediatamente, con si fuera una segunda voz enronquecida o un eco, el ferretero, casi descolgado y como sin ganas, se sumaba a la tanda: ”¡¡¡…Palas viejas…!

Fue otros de los números prohibidos, en los carnavales whitenses.

Lector impenitente

Mi papá nunca dejó de leer. Devoraba las revistas y las colecciones que compraba de la “Novela Semanal” Había en casa unos quince libracos de enormes dimensiones que surgieron de esa publicación y que se encargó de encuadernar.

Esos enormes libros, que contenían cerca de mil quinientas hojas, habían transferido a mi padre conocimientos de regiones lejanas, de hechos históricos controvertidos, de grandes producciones de los autores más trascendentes. No leía en vano. Cada palabra, cada frase, cada detalle de lugares, operaciones bélicas o tramas policiales quedaban en su memoria y no perdía oportunidad de reflotarlas en una conversación.

Como era muy imaginativo, en una lo puse a prueba y le pregunté de donde había sacado esos datos. Recordaba que cuando niños tenía una cantidad de cuentos inagotables para cerrar la sobremesa y después señalarnos el camino hacia el descanso. Ante nuestra avidez de aventuras, su voz nos iba relatando las andanzas de Pulgarcito, el zapato de Cenicienta o el sueño felizmente interrumpido de Blancanieves. También agregaba inflexiones de su voz, aflautándola, cantando o en el grito conminatorio “¡Alto quién vive!”. Cuando pude recorrer los cuentos descubrí que buena parte de sus relatos eran de su cosecha. Por eso ahora imaginaba que estaba sucediendo lo mismo. Fingió enojarse y murmuró. “Así que el Señor quiere saber si es cierto o si lo invento….Te va a resultar trabajoso porque “Los Mártires Españoles” son tres tomos de mil páginas cada uno, pero andá, buscalo. Así sabrás si miento o digo la verdad”. Durante días estuve leyendo esos tomos, claro que como estaban redactados en orden cronológico, había pensado me resultaría más fácil hallar el tema. El orden de fechas, si bien se mantenía como eje conductor de la narración, a menudo incorporaba raccontos que me desaminaban un poco. Finalmente, cuando promediaba el segundo tomo, encontré el relato que nos había hecho mi papá, con ligeras variaciones que no lo desautorizaban. Como consecuencia de esta prueba, que al fin de cuentas me parece que la hice conmigo mismo, estando a mitad de la obra no pude menos que no sólo terminar de leerla sino al tiempo hice una segunda lectura, para refrescar situaciones, principalmente en la primera parte que en mi afán investigativo, no habían quedado claras para mí. Lo mismo pasó con dos grandes tomos de “La Tosca” y otros títulos que la nebulosa marcha del tiempo se llevó. Y continuaba leyendo siempre. Eran frecuentes mis viajes, a la capital, a Rosario o hacia el sur y generalmente compraba libros, novelas, historias, de política, gremiales y sociales, entre otros…

Muchas veces las esperas en las terminales de ómnibus o de aviones eran muy prolongadas y qué mejor que un libro para llenar ese tiempo; a veces se terminaba el viaje y la lectura del libro no. Otras veces, la lectura se prolongada en el viaje o en el vuelo. Cuando llegaba casa, le pasaba a mi padre el libro y días más tarde, disentíamos o coincidíamos en la impresión que el libro nos había dejado.

Muchas veces sólo alcanzaba a leer unas pocas páginas y abandonaba la lectura, por alguna circunstancia relacionada con el viaje. Esperaba, entonces llegar para ver que le parecía a mi viejo. Entonces seguramente me decía: “Llévatelo, no vale nada…”ó “es bueno …pero…”
Mi viejo, en los cuarenta, se volcó decididamente al movimiento peronista – afirmaba “cuando ibas a pedir algo, Perón ya te lo estaba otorgando con antelación” – y así fue testigo de la instauración del aguinaldo, la extensión de las obras sociales a mayores sectores principalmente obreros, las licencias para el trabajador y finalmente junto a todas esas mejoras, las jubilaciones – para asegurar la subsistencia, cuando el cuerpo nos dice que no puede más – que alcanzaron a un mayor número de trabajadores, algo así como cinco veces más.

Volviendo al jardín, todas las plantas, todas las flores, todo el colorido y el verde lo conservaba mi padre. Aun hasta muchos años después cuando sus piernas no lo sostenían tanto, se sentaba en una silla, zapita y rastrillo en mano, se encargaba de desmalezar su jardín.

Y se atrevía a todo. Como cuando un día de lluvia notó que el galpón tenía goteras y, sin dudar, con 85 años, subió al techo con la barreta el martillo y el tacho de alquitrán. Quiso acomodar una chapa, sin notar que la había desclavado en la otra punta y al quedar sin sustento la chapa donde él pisaba se vino abajo con mi padre encima. Salvo unos pequeños moretones, no se hizo nada serio y quedó en el suelo parado sobre la chapa.

Después los años quisieron aquietarlo, en realidad frenaron sus ímpetus, pero no dejó de comer, tomar y dormir como siempre.  Y con el correr de los años cuando, cuando su desplazamiento le causaba algún dolor, en sus músculos de nueve décadas, su genio podía más y era común verlo con una silla en los senderos del jardín o de la quinta, carpiendo con una zapita, levantando hojas secas o colocando tutores en los rosales.

A veces viajando en colectivos, asistiendo a alguna reunión de trabajo, me encontraba con personas de la misma edad que mi viejo. Y me causaba una enorme sensación de bronca. Veía manos envejecidas pero tersas, uñas impecables, ancianos venerables, enteros físicamente. Y en cambio mi viejo tenía las manos surcadas por cicatrices, falanges reconstituidas y torcidas y otros recuerdos de los numerosos accidentes que sufrió en su existencia.

Pero ahí estaba, arrastrando las heridas producidas por la guerra de la vida cotidiana, pero lo tenía para compartir un mate, una charla, un momento más.  Y esperaba con entusiasmo el centenario del pueblo, que estaba preparando una gran fiesta por el acontecimiento. Y recordaba que esta localidad era llamada por el aborígen “Huecuvú Mapú” (tierra del diablo) y que verdaderamente era dominio de Satanás, desde el embate del mar que lo inundaba todo, en danza con el viento que azotaba y con la miseria rondando, entre el desamparo y la explotación del trabajador, en el perverso trueque de lonjas de su humanidad por un escaso e insuficiente mendrugo de pan.

Pero, el destino trazado vino a cobrarse el fracaso de su intento de principio de siglo y dos meses antes de cumplirse el centenario de nuestro pueblo y a dos pares de años de cumplir sus cien años, la luz de un atardecer de invierno que languidecía se fue con él.

Pocos días antes de su fallecimiento,  conversaba con un primo nuestro que sentía, a la par de mucho cariño por mi papá, una inocultable admiración, por sus recuerdos, por su frontalidad y hasta por su caligrafía, le halagaba el oído, diciendo que era un testigo privilegiado de la historia de los últimos cien años.

Mi viejo no se si se la creía, pero sonriendo, se tapaba su ojo inválido y replicaba, sin perder la sonrisa:

–   Medio testigo ….¡Por culpa del Quijote…!

Los acontecimientos y personas de esta publicación, tienen intencionada y estricta relación con la realidad de  los hechos que se relatan y aunque los nombres propios han sido modificados, se pueden inferir a quienes corresponden.

Mi agradecimiento a:

a mi viejo
a mi nieto Hernán Vecchietti
a mi sobrina profesora Romina Fanessi
a mi amigo profesor Conrado De Lucía
a mi amigo Norberto “Bocha” Morresi

Aclaración:

Las ilustraciones precedentes, no son originales sino que tratan de mejorar al relato.