La lección del cigarrillo

(Los hechos de esta nota son reales, aunque no su desarrollo que esta hilvanado a efectos de darle continuidad. No se citan los nombres, por no conocerlos ya que sus protagonistas son respetables abuelos. Si alguien se siente identificado y quiere hacerlo saber, está en su derecho).

Las actitudes personales de los alumnos, eran – y son – tan importantes como la formación escolar. El Maestro Gejo procuraba que sus alumnos, los que concurrían a la Escuela Presidente Sarmiento, fueran personas correctas además de instruidas, es decir buenos ciudadanos, para basar en ellos el crecimiento firme de una sociedad mejor.

Como expresábamos en otra nota, concurría, en la medida que su tareas docentes se lo permitía a aquellos lugares donde sabía, encontraría alumnos de su escuela. Habría otras, pero se lo veía seguido en la vieja tribuna de chapa de la cancha o recorriendo el perímetro externo del campo de juego.

En su recorrida advirtió que dos alumnos de los últimos grados de su escuela, estaban fumando. Los chicos escondieron rápidamente el cigarrillo, pero no pudieron impedir que el maestro los viera. Trataron de pasar inadvertidos y pronto desaparecieron de las instalaciones del club.

En la primera clase siguiente, con toda normalidad ingresó al aula y comenzó a desarrollar las actividades previstas. A poco, llamó a uno de los chicos que había sorprendido jugando y le pidió que pasara al frente. El chico, en espera de la reprimenda, tembloroso, hizo un esfuerzo por tener compostura y se paró frente al escritorio del maestro. Luego de unos instantes, en los que continuó la clase, se dirigió al otro infractor, indicándole que pasara también pasara al frente y los ubicó juntos a un costado de su mesa.

Continuó la explicación, que había interrumpido, dando unos pasos en dirección opuestas a la ubicación de los chicos. De pronto, alzando la voz, con el dedo índice, admonitorio, en su mano derecha, le espetó: “USTEDES DOS….”

Vieron que se veía la noche, pero no. Continuando su didáctico tono habitual, continuó: “borren el pizarrón…”

Y mientras el pizarrón era borrado nerviosamente, el maestro hizo un llamado a un tercer alumno. Una aureola nerviosa parecía sobrevolar esa aula de chapa y madera.

Subrayó con un “Buen trabajo”, la tarea de los chicos con el pizarrón y dirigiéndose al tercer chico, le preguntó si sabía dónde estaba la percha donde el maestro había colgado su saco. Ante el asentimiento del chico, le dijo: “Vaya y en el bolsillo de adentro hay una cigarrera, tráigamela…“

El curso se sorprendió. Jamás habían visto fumando al maestro y no comprendían que tuviera cigarrillos.

Cuando la cigarrera estuvo en sus manos, con delicadeza, la abrió y dirigiéndose a uno de los chicos que había sorprendido, le ofreció: “¡Sírvanse!”, “No, señor, gracias.” fue la titubeante respuesta, casi a coro.

El maestro entonces fue más imperativo: “¡¡¡Sírvanse!!!” La asustada contestación fue apenas un murmullo, casi un ruego: “No… señor….no…”

La tercera vez fue casi un grito “¡¡¡¡SÍRVANSE…!!!”

El maestro cerró la cigarrera y los chicos suspiraron, creyendo que había pasado el mal rato. El hombre dejó los cigarrillos sobre el escritorio, se sentó con calma.

De pronto se levantó abrió otra vez la petaca y le puso un cigarrillo en la boca a cada uno, mientras los ellos trataban de impedirlo, tímidamente, con un “No, señor… “que repitieron cuando el maestro les ofrecía fósforos, con un imperativo “¡Préndanlos…!”.

Cuando el “No, señor…” se confundía con algunas lágrimas, mezcla de un poco de temor y mucho de vergüenza, el maestro Gejo, tomó cada cigarrillo, con un pulgar a izquierda y derecha e hizo que se introdujeran en la boca de los infractores. La nueva orden de “no escupirlo…” convirtió la respiración agitada en toz y las lágrimas en llanto incontrolable.

Luego de un rato interminable, les permitió que fueran a enjuagar la boca a la canilla del patio y de vuelta le indicó, con calma, que volvieran a sus asientos.

La lección de ese día había sido aprendida.

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