Cautivo de enero a enero

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Caerán las hojas fugitivas,
alfombrando el amarillo suelo,
las nubes opacaran el cielo;
su canto no callarán aves cautivas.

La lluvia descarga llorosa cortina,
el alfiler del frío, la piel aguijonea,
un mendigo aterido, los charcos gambetea;
el canario en su jaula su desconsuelo trina.

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Volverá la esperanza, florida primavera,
que entibiará las almas con sus días soleados,
mientras tanto entre gorjeos y enrejados,
cantará el ruiseñor, siempre en espera.

Otra vez el verano su estaño azul derrama
ya los frutos granando, madurando las mieses
y las aves cautivas por siempre se entristecen,
ya nunca más su canto volverá rama en rama

Tino Diez

Lágrimas…

En aquella estación perdida en la inmensidad de la pampa, única conexión con el resto del mundo, se sucedieron el pitar del guarda, el campanazo del jefe de la estación y el silbato de la locomotora que, envuelta en nubes de vapor, se ponía estruendosamente en movimiento.

En un vagón de segunda, María, casi una niña, apretaba contra sí, a una criatura enferma. El destino era el centro asistencial de la ciudad cabecera, donde podrían tratar las causas de su elevada fiebre.

claroDesde el andén, José volvía al sulky, con esa resignación que sus escasos veinte años, había dejado cicatrices de todo tipo en su alma y en su humanidad. Desde que sus padres lo abandonaron en el lejano campo, fue el “esclavo preferido” de sus patrones, para arrear el ganado desde muy niño, para desmalezar los potreros, acarrear agua, limpiar y llenar los tanques australianos, reparar el molino, cortar leña, conducir el sulky, y cuanto trabajo surgiera en la estancia.

María era una especie de sirvienta que atendía las dependencias de los patrones, una vida paralela con la de Juan, la limpieza, la comida, los mandados, todo lo concerniente al lavado, tanto de enseres como de la ropa y una especie de ayudante personal de la dueña y de sus hijas.
Entre las tareas de uno y otro, llegó un momento, alguien pensó por ellos, que podrían ser “tal para cual” y sin poder decidirlo, se encontraron formando una pareja y viviendo juntos.

Ninguno de los dos conocía siquiera una palabra amable, las órdenes siempre eran de tono imperativo y jamás supieron la existencia de ningún tipo de caricia. Tampoco ninguno de los dos recordaba haber llorado alguna vez. Era una pareja de forma que de pronto, recibió la llegada un hijo.
Nada cambió para ellos. Lo asimilaban a probabilidad de respirar y comer y a la cotidianidad de su contacto con los animales del establecimiento. Ellos mismos estaban convencidos de ser integrantes de las manadas de animales de la estancia. Conformes de la fatalidad previsible a cada vuelta de los días.

Por eso cuando el hijo de pocos meses, comenzó a tener fiebre, José le dijo a María que le colocará paños mojados, para tratar de atenuarla y se fue a realizar sus tareas diarias.
Fue una de las niñas hijas del patrón, más como reproche (el bebé era una especie de muñeco viviente para ella) la que se quejó, porque el nene lloraba y no podía jugar con él. La mamá de la niña entonces, se acercó al humilde cuarto de su empleada y, comprobando que la fiebre no cedía, a pesar de los trapos mojados, organizó que la viera un centro de salud, ubicado a tantísimas leguas hasta la estación y casi tres horas más de tren. Y le ordenó a José, dándole el dinero necesario, la orden de llevar a su esposa hasta la estación, sacar el boleto y a la mamá, le dejó una nota para los médicos del centro sanitario.

Pocos días después, mientras José estaba limpiando de pasto alrededor del casco de la estancia, llegó el ayudante del auxiliar, con un telegrama de María (seguramente redactado por alguien, ya que no sabía escribir), que a pedido de José, también analfabeto, se lo leyó:

“Por favor vení, el nene está en estado muy grave”.

José le agradeció y se dirigió mecánicamente a hablar con sus patrones para que le explicaran. A la primera que encontró fue a su patrona, quién enterada del contenido del telegrama, llamó a su esposo para que dispusiera que José se trasladara a encontrarse con su compañera y con su hijo.

El patrón, menos sensible que la mujer, casi a regañadientes accedió, pero le dijo, “Terminá el desmalezamiento y después tomate el sulky…”

Un momento después cuando iba a atar el caballo al sulky, hubo un escape de animales y José antes de recibir la orden montó su caballo y a campo traviesa, y luego de correr hacia todos los puntos cardinales logró encerrar nuevamente a los animales. Durante esa tarea, unos de los animales piso un cardo y una de sus espinas, fue a dar en el ojo de José.

Cuando llegó a su cuarto antes de salir, trató de iluminarse con un farol ante un viejo espejo, para ver que podía hacer con la espina en su ojo.

Luego de varios intentos frustrados, mojó un trapo y lo atravesó tapando el ojo lastimado.

Subió al sulky para volver a recorrer las larguísimas leguas hasta la estación, donde tomar el tren. Cuando llegó, habiendo comprado el boleto, le preguntó al ayudante si podía ayudarlo, para extraer la espina de su ojo. Fueron a pedirle a la señora del ayudante colaboración, pero a pesar de la buena luz y de la utilización de una pinza pequeña, no pudieron sacarle ese agujón que lo molestaba. La mujer le aconsejó: “si vas a ver a tu señora, decile a la gente del hospital que te atiendan”.

Volvió a cubrir el ojo y sentó en un banco de la plataforma, a esperar el tren tres horas más tarde.

Se quedó dormitando y fue despertado por el auxiliar, que agitando un telegrama en su mano le decía eufórico:

“José…. José… el pibe está fuera de peligro…el gurí zafó…”

Sintió una convulsión en todo el cuerpo… algo que lo sacudía… un nudo en el estómago y algo que nunca le había pasado, su ojo libre se llenó de lágrimas que empezaron a correr por sus mejillas. Y a cada erupción de emociones nunca sentidas, se sucedía ese llanto, que no podía detener, pero que tampoco quería que terminara.

El empleado ferroviario, lo palmeaba, compartiendo la buena noticia.

Un momento después, al quitarse la tela que cubría el ojo herido, vio sobre el trapo la espina liberada. Las lágrimas habían hecho el milagro.

NOTA: Este relato está basado en el cuento de Benito Linch, “La espina del junco” contenido en su libro “De los campos porteños”, que hace muchos años leí. Cuando lo recordé para publicarlo no pude hallar el original. Me hubiera gustado copiarlo textualmente, pero no pude encontrarlo en su momento, y armé un relato con su línea estructural que no cambió, en parte, la dimensión espacial y social que desarrolló su autor.   

“Arreglé con mi socio…”

Pasó en el tiempo de las máquinas de maniobras vaporeras.

La playa de Ingeniero White, entraba en un declive luego de haber ingresado a Muelle Bahía Blanca una de las cosechas de mayor volumen de cereal.

No obstante, el trabajo era intenso y las pilotas del sector elevadores y recepción, realizaban su acostumbrada tarea de colocación de los vagones en el área de la Junta Nacional de Granos, por un lado, la clasificación de otros vagones en la playa clasificación – entre entradores y la superintendencia de Tracción y la formación de trenes, frbna_fo005613_25_01ente a la estación, o en otras vías destinadas al efecto.

De buena fuente me contaron esta anécdota, afirmándome que es real:

Creo que ese fin de semana, se jugaba el superclásico entre Boca y River y el foguista, al que llamaremos Marcos, de una de las pilotas, se decidió ir a verlo. Es decir que el sábado y el domingo, el maquinista trabajaría sólo. El lunes tenían franco diagramado.
En su viaje hacia Buenos Aires, Marcos sacó un boleto con rebaja, creo recordar que los empleados sólo pagábamos un 25 %.

Todo transcurrió sin problemas, tanto en las operaciones de la playa con la pilota, como en el periplo de Marcos en la Capital y durante su estadía entre los porteños.

Bueno, todo no…

Pasó que Marcos se excedió en los gastos y cuando debió sacar el boleto para volver, se cercioró que su billetera no alcanzaba a reunir el exiguo monto que le otorgaba su condición de empleado ferroviario.

Entonces el lunes se presentó en la jefatura de los ferrocarriles, a solicitar que le otorgaran un pase libre. Y cuando le preguntaron si estaba con licencia o parte enfermó, inconcientemente dijo:

“No, arreglé con mi socio”.

Muy pocas horas después tenía en sus manos una notificación de cesantía.

El maquinista, luego de “expliques” intercambiados con la empresa, sufrió una suspensión, que pareció exagerada en ese momento, y un grave antecedente en su foja de servicios.

“Fifí”

caniche_pose-300x235En el Museo del Puerto hay un testimonio vivo del esplendor del ferrocarril y del potencial comercial de Ingeniero White. Una simple caja de té. Aunque no me gusta expresarme en idiomas y nomenclaturas “gringas” le cuento que la cajita de fondo amarillo tiene de dimensiones 4 x 2 x 2 pulgadas. La marca del té es “Ceilán” elaborado en la isla del mismo nombre (actual Sri Lanka) y consta que, estuvo elaborado y envasado especialmente para Dino Torres F.C.S. Ingeniero White. No habia intervención de mayoristas ni comisionistas y los comercios whitenses (Sclavi, Margoni, Malisia, Moralejo, Dignani, etc) se entendían con las fábricas en cualquier parte del mundo, para beneficio propio y de las familias de White. El tren era insustituible, también para el transporte de mercadería desde los centros de producción desde cualquier lugar del país.

Lo mismo pasaba con el transporte de pasajeros. Se viajaba, claro que en ámbitos distintos, según las clases sociales. Y esos viajes era acompañados por bicicletas, mascotas y otros elementos, como por ejemplo, sombrillas para la playa y otros.

Sinvergüenzas hubo siempre en este mundo y en el ferrocarril también había pícaros, rateros y gente de esa calaña.

Llegó a Ingeniero White, una señora de ampulosos modos aristocráticos, pieles de abrigo y joyas ostentosas en sus manos y humanidad.

Parientes en White la esperaban y la recibieron con los consecuentes abrazos y muestras de cariño.

Horas más tarde volvió a la estación para retirar desde el sector “Encomiendas” a su mascota, un perrito caniche de pedigrí. Cuando se lo entregaron, la señora casi se desmaya, mientras gritaba: “Éste no es mi Fifí…! ¡No es mi Fifí…!”, “no es el que despache en Constitución…”

Y el dependiente de encomiendas, trataba de explicar que él no tenía modo de comprobar si el canino que le entregaba era o no el que ella había despachado, pero estaba seguro que ese perro era el que había llegado en el tren.

La historia no dice que desenlace tuvo esta circunstancia y envuelto en la nebulosa de las repeticiones se dice que el pobre dependiente, no logró soportar el histerismo de la pobre señora y cortó el tema (por lo menos, por ese momento) diciendo: “Señora, en este papel dice “un perro” y ahí tiene: “¡Un perro…!”

Se e vero e ven trovato

Un duende de barba blanca

En tu cuna, en el convento,
ya te arrulló la marea
12191474_180793018926844_1619920909827835759_nmientras se colaba el viento
por hendijas de madera.

Desde entonces fue tu amigo
el mar, que en su jubileo
y en la arena, fue testigo
de tus secretos deseos:

tu horizonte de aventuras,
de conocer otros puertos,
de grandezas y locuras
que ibas soñando despierto

11218810_135466256792854_360437746334192662_nen fantásticas quimeras
de horizontes deslumbrantes,
o en las míticas sirenas
subyugando navegantes.

Sol y mar, bronce pintaron
en tu cuerpo tarzanesco,
y en tus ojos se anidaron
los pájaros de tus sueños.

Mientras, buzo, en el Castillo
tu sueño se hizo reflejo
de los submarinos brillos
de tan cerca, de tan lejos.

El mar estuvo a tu lado
como bañista o bañero,
y, ya de blanco barbado,
luchaste sueños primeros

atilio-rumbo-a-la-usinade liberarlo: está preso
el mar, y contaminado,
por efluentes desechos
de foráneos enquistados.

Tus viejos sueños de ayer
que impulsaste día a día,
logrando el Museo Taller

y la Casa del Espía.

Cúspide herida, muralla
con San Jorge en las alturas,
la torre como atalaya,
y el túnel de la aventura,

no los viste concretados;
descargafueron vanos tus intentos,
y el mar hoy sigue encerrado
tras su muro berlinesco.

Tuviste en tus ojos zarcos
el mar, el cielo y la gloria,
asumiendo el desembarco
de la historia sin memoria.

Y fue más que una postura,
mucho más que evocación:
fuiste y sos genio y figura
del gran Cristóbal Colón.

Y digo “sos” porque vaga
tu duende de blanca barba
en las ruinas de una draga
o por los muelles de carga;

con nostalgia, vigilando
que no muera la esperanza…
El mar siempre está esperando
su duende de barba blanca.

Tino Diez

El desembarco de Colón en 1992:

http://www.facebook.com/video/video.php?v=1345021307946&oid=328883787317

Y el dolor de ya no ser…

15540849_1503960679629029_1650219275669585296_oLa penumbra parpadeante del bereca
pintaba tu bacará con las burbujas,
mientras dilapidabas sin agujas
tu destino, jugado a cara o ceca.

La suerte puso tu mundo de zabeca,
se acabaron las noches de garufa;
te sacudió el espiante de la bruja
y diste con las narices en la yeca.

Tu presente es un sucio conventillo,
tu lujo, recostado en la ventana,
mordisquear el mendrugo de algún pan.

sin esplendor, sin guita ni yuguiyos,
añorás, con el sol, cada mañana,
que fuiste, alguna vez, un gran bacán.

Tino Diez                                Thibón de Libian, Valentín (1889 – 1931)
“Cabaret” (Museo Benito Quinquela Martín)