Tino

Carlos Casellas, integrante de la Academia del Lunfardo, destacado poeta y conferencista, pero por sobre todas las cosas amigo, ha tenido la deferencia de dedicarme este soneto que uno de los galardones más preciados para mí.

Muchas gracias, Carlos!!

 

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¿Puedo pedirte un consejo?

Bajo el afán de mis recuerdos, he encontrado mi refugio
Una abuela que brilla, tras los males del mundo
Sabías que tanto te quiero, que me dejaste sin saber
Como se olvida primero, el amor de una hermosa mujer.

Quisiera pedirte un consejo ¿Cómo te hago volver?
Como me dueles si quiera, si no puedo volverte a ver
Quisiera tenerte conmigo, posar mis manos sobre pies
Rogarte que me des un beso y me digas que si otra vez

Eres mi abuela de ensueño, la tierna mujer que me vio nacer
El hada madrina de mis juegos eternos
Aquella que no se imponía ante mis momentos de testarudez
Me siento tan sola y vacía, como un alma que no sabe perder

Eres parte de mí, abuela mía, si pudiera dejar tu ausencia de dolor
Hoy me prometo tratar de recordar, momentos como si fuera ayer
Aislar el dolor de mi alma y dedicar tus palabras otra vez
Que no pierda la calma mi niña, que disfrute lo que tengo que ver
Que si un día curioso me pierdo
Que disfrute el camino sin retroceder.

Gracias Ro Lattanzi

Un jubilado no confía

un jubilado no confía en el despertador
se acuesta, gime huesos y padece quimeras

me digo
mañana, qué palabra remota

y sin embargo hoy la radio habla de mí
son voces y argucias embustes y dobleces
pero habla de mí

alcanzo a escucharla entrepenas
y me digo
todo lo que tengo es lo que fui

míralo a él
cree que duermo
y vacila en el marco de la puerta
dudando de mis ojos cerrados
(me conoce por las bufonadas de tantos ayeres)

pero este padre suyo ahora es otro
no aquel
no yo
hoy soy apenas lo que fui

por su apuro joven
posterga para mañana y se marcha
acaso piensa que al amanecer
todo estará en el mismo sitio

mi cama, mis vestigios y el cuadro de Comercial campeón

no lo culpo
nunca le hablé de mañana
mi palabra pretérita
ni de cuánto supe usarla
hasta que se la birlaron

jamás cedería si tuviera mañanas
en un puño

pero solo y rendido
boca arriba
presiento el reflejo amarillo aceitoso en la frente
por el manto de luz que se apaga
lánguido como la supervivencia

día o noche da lo mismo
mis vacíos no

esos no dan lo mismo

son últimas vueltas
en un cuadrante negro
plagado de olvidos que se eternizan

como este olor acre de dormitorio
tan parecido al de mis abuelos
aroma a flores de cardo
crepusculares ellas, atardecido yo

semejante plenitud efímera del sepia
desplomando
abandonos como cualquier otoño

cuando te jubilás te morís
decía el Flaco, te morís
y se murió
y ahora pasa su silueta fantasmal
opacando la voz de esa radio
que insiste en hablarme de mañana

qué me importa.

Jorge Lozano Ángel

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El asado

Es domingo. Te bate el reglamento:
Tener bien engrasada la parrilla,
convocar con un morfi a la cuadrilla 
y retirar del carnisa el manyamiento.

Zochoris de rigor, tiras, achuras
y por si acaso la barra está con hambre
mandá a las brasas un cacho de matambre,
bancándola aunque venga mishiadura.

Lucí tu grosa busarda en musculosa,
piantá de esgunfiantes la parrilla,
acopiá el chimichurri, las morcillas
y un pañuelo anudado cubriendo la piojosa.

Manijeá lo aprendido de pendejo:
Las brasitas al rojo; minga de humo,
defender tu terreno a lo Perfumo
y mandar al joraca los consejos.

Tendrás a mano un novi bien peleón,
zochoris en agua, sal gruesa pá la nerca,
apuntarás banderón: ¡Junen que merca!,
y a los chabones poneles un sifón.

De prima un choripán punteás a cuenta,
dopo mandá chinchulines bien crocantes,
achuras, pa’saciar tanto atorrante,
chairando commeilfaut la ferramenta.

Las tiras ya embragaste en el enyante;
se contarán chistes fules, remanyados,
y vos, de castrucho bien sarpado,
rematarás con un postre vigilante.

Entre eructos atorrás a pata ancha
cuando el güiscardo da finish al manduque,
pues la barra por fin se toma el buque
rumbeando, pipones, pa’la cancha.

José María Otero

Las manos del rompehuelgas

(Hacer click para escuchar la versión de este poema de Miguel Otero Silva)

Manos torpes y manchadas
las manos del rompehuelgas
manos que cuando trabajan
traicionan, manos arteras,
cuyo sudor no enaltece
sino que ultrajan lo que crean.
Son las manos mas infames
las manos del rompehuelgas.
Ni las del enterrador
sucias de muerte y tierra
porque el mismo enterrador
tiene las manos honestas,
no hay otras manos más viles
como las del rompehuelgas.

Ni las manos del verdugo
oscuras de sangre ajena
ni las manos que en las carceles
manchan negras cadenas.
No hay manos que agravien tanto
como las del rompehuelgas.


Manos que cuando se alquilan,
alquilan su honor con ellas
podrido fango en las uñas
y sangre verde en las venas,
surcadas de maldiciones
las manos del rompehuelgas.

Oí decir a un anciano,
obrero de voz abuela,
mientras mostraba las manos
arrugadas de faenas,
Prefiero las manos mancas
que manos de un rompehuelgas.

El poema es del escritor venezolano Miguel Otero Silva y pertenece a su libro Agua y Cauce, poemas revolucionarios, de 1937 erróneamente se atribuyó al chileno Pablo Neruda.

Muchas gracias, Nestor “Cacho” Alende.

 

 

Códigos de barrio

15541501_1904912333071712_6013096375536408813_n“La vida entonces nos brindaba refugio,
el seguro lugar donde encontrarnos…
Era esa villa un techo y un abrigo,
era el seguro pan y era la leche
y aquella sensación de estar a salvo
que ya nunca sentí cuando anochece.

¡Qué sé yo qué perfumes
se animan a quedarse todavía
después de tantos vientos!
¡Qué sé yo qué humareda
de San Pablo y San Pedro!

Calles de tierra y potreros pelados
donde darle motivo al deber inconcluso
y ese sol de diciembre
que igual nos acomete
vacilando en la hilera de eucaliptus.

15577936_1904913429738269_3913326393031880513_oTorcazas frágiles, indecisas de alas
rindiendo Tema Uno
del techo de la escuela a la palmera.
¡Ah! el almidón crujiente y la blancura
del guardapolvo humilde,
remendado
en la prolija cicatriz de la rodada.

Y esos ojos nuestros,
dibujando carátulas eternas
en la virgen memoria apenas convocada.

La villa daba entonces
un seguro lugar donde encontrarnos…
15577960_1904912596405019_4685441827435069931_oPatio con gallinas
cercos de gladiolos, bordes con malvones
y ese parral dejando los resquicios
para no ocultarnos el cielo del ensueño.
Alto, bien alto, arriba,
donde supimos asomar nuestras miradas
para ver la función en continuado
de un tiempo de fraternas emociones.

Postal chillona de colores nuestra villa,
simple como cuento
de la bici cachuza con el freno cortado
al moretón sublime y azulado,
15591137_1904912766405002_8741413780809668401_ocausa y efecto.
Huellas de vida y de niñez al mango
mientras el club, parlante abajo aún esparce
al varón Julio Sosa en ese tango.

Un techo y un abrigo,
como la sensación de estar a salvo,
aunque aullara el Zapalero sin remedio
un terraplén más cerca que el salitre,
cada noche, si acaso el tibio nido de la almohada,
diera cobijo al sabañón doliente
en un postrer ahínco de la madrugada.

15440419_1904913643071581_6048677785749949472_oPrimeros sueños
con pelota de trapo dominada
o más..¡dormida!
en el empeine maltratado de la zapatilla.
Si no fue gol…¡por poco!
A medias…
como su armazón de calcetín y nylon.

Nos dio un largo recreo nuestra villa
donde la calle fuera un aula sin pupitres,
para copiarnos la costumbre desmañada
del primer cigarrillo

o el bautismo de sexo imaginado.

Sí. La vida entonces nos brindaba un refugio,
el seguro lugar donde encontrarnos…
Era esa villa un techo y un abrigo,
era el seguro pan y era la leche
y aquella sensación de estar a salvo
que ya nunca sentí cuando anochece.”
JORGE ANGEL

Suburbios

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Un suburbio de calles aventuradas y de ocasos visibles
con aire de casas viejas y oscuros pasillos
portones de durmientes y alambre ferroviario
zanjas con aguas quietas y largas
con tujurios grises y deprimentes bajo el puente
entre vasos de alcohol y humo amargo.
Las vías de hierro desgarraban al pueblo en suburbios
descargando esa peculiar tristeza de las cosas esclavizadas.
Una frontera de humo y ruido trabajador,
una frontera de máquinas y vagones brutos en movimiento.-

Dante Sgalla Panzeri (autor del excelente poema y la inmejorable fotografía)