Un 6 de enero en que los Reyes Magos no llegaron…

Por fin estuvieron en condiciones, ajustando lo que pudieron de intentar el sueño de la casa propia. Una casa mínima, pero nuestra. Mi papá estuvo visitando a personas que habían puesto en venta casas, las condiciones de acarreo con sus posibilidades económicas, hasta que encontró una construcción de chapa galvanizada por fuera, revestida en madera machihembrada por dentro, la integraba una pieza y una cocina.

Consultó las condiciones que, luego de algunas aclaraciones y regateos, fueron aceptadas por ambas partes. Pero para sellar definitivamente la compra hubo que consultar a quien debía acarrearla – o arrastrarla – hasta su destino y las posibilidades de deterioro que se podrían presentar en relación a la mejor o menor fortaleza constructiva que presentaban. Una vez que se aseguró este aspecto por parte del acarreador, mi papá con esa hermosa letra que tenía, trasladó las condiciones establecidas al papel – un tipo de papel semejante al que usaban los escribanos para su trabajo –  y se firmaron dos ejemplares con las mismas pautas contenidas. Se convenía – mi viejo escribió “se combinan”  – la división del costo total en determinado número de cuotas que se pagarían mensualmente en el ya nombrado almacén que oficiaba como oficina gestora, la Almacén de Sclavi.

La casa se debía trasladar desde el otro lado de las vías, casi con el mismo sistema indicado anteriormente, salvo que la tracción era realizada por un camión Studebaker. Como eran varias las personas necesarias para las distintas maniobras, mi papá y sus hermanos se ofrecieron a colaborar como una manera también de abaratar costos. Pero como todos eran obreros empleados, el traslado no se podía realizar en días hábiles se eligió un día feriado, para trasladar el inmueble, que ya dejaba de ser tal. Se fijó entonces la fecha del 6 de enero, la que en ese momento integraba el listado de feriados nacionales.

El traslado estaba previsto realizarlo en horas de la mañana, comenzando bien temprano para mitigar el calor intenso de ese período veraniego. Como ya había sucedido otras veces los desniveles de las calles fueron un obstáculo casi insalvable a la hora del arrastre de la vivienda, por lo que en salvaguarda de la estructura, hubo que realizar el acarreo a mínima marcha y con la utilización de barretas, tirantes adicionales y una serie de cuidados que prolongó la tarea hasta bien entrada la tarde. Por fin cuando se cumplió el recorrido, mediante un procedimiento previsto se montó sobre la base que se había levantado. En este caso no eran pilotes de  maderas, sino una estructura de ladrillos.

Para entonces, los vecinos que llevaban más tiempo en el barrio se acercaron solícitos a prestar su colaboración, no tan sólo en poner a disposición su físico sino también para tender un cable y así poder iluminar el lugar después que se fueron las luces de esa tarde de mudanza de casas.

Cuando el viejo llegó a casa encontró caras largas, especialmente en los rostros de mi hermano y en el mío, ya que mi hermana de sólo dos años, no comprendía la angustia de nosotros, sus hermanos. Y mi papá tampoco entendía que pasaba, hasta que mi mamá, también con los ojos en lágrimas, y entrecortadamente le explicó: ” nos… olvidamos de… los Reyes…”

Muchas veces cuando se alcanzan las metas fijadas con mucho esfuerzo, el cuerpo nos devuelve un cansancio dulce de tarea cumplida. Ésa era la sensación en mi viejo en el camino hacia casa que se transformó al llegar  en un abatimiento general.

No se atrevió a mentirnos, ni a esbozar una disculpa. Nos abrazó fuertemente y en silencio. Años después me contaba que le pasó por la mente contarles que el regalo era la casa nueva, la vida nueva que comenzarían a vivir, hasta confesarles la leyenda de  los tres reyes y su encarnación a través de los padres, lo que tempranamente quebraría, tal vez la más linda ilusión de los niños en su infancia. Fue una ráfaga que apartó rápidamente como el mechón de pelo que caía sobre su único ojo hábil. Luego de la cena, se sentó junto a nosotros y en silencio, comenzó con aquellos dibujos tanto nos gustaban y solía bosquejar en las últimas hojas de nuestros cuadernos.

También sacrificó algunas tapas de la publicación “La Novela Semanal” que era de papel apergaminado y con hábiles dobleces los transformó en pajaritas, barquitos o sapitos que no nos causaron curiosidad. Algo que no supimos que era nos impulsó a abrazarlo otra vez. Sólo el cansancio físico pudo ser doblegado por el sueño, ya que su mente insatisfecha luchaba por borrar esa tristeza de los ojos de sus hijos.

Cuando sonó el despertador ni mil brazos podrían levantarlo de la cama. Sin embargo se levantó y fue dejando en silencio un beso en la frente de cada uno de nosotros. Mi mamá que se había mantenido en silencio, le dejó una frase para ayudarlo a encontrar la calma, “ya se les pasará” junto con el beso de despedida que lo llevaba puntualmente  al “pito de las siete” en la jornada laboral de cada día.

Mi mamá se quedó sorbiendo  improductivamente la bombilla del mate que le había dejado mi papá, mientras regaba los canteros de las rosas y las margaritas recién plantadas. Cuando retiraba las flores marchitas caídas en los canteros y las hojas abatidas por el viento de los días anteriores, un pregón la sacó de sus cavilaciones. Era el cartero con una enorme caja. El servidor público, le explicó que había ido al domicilio anterior y le habían indicado el tema de la mudanza.  Firmó como pudo el recibo de entrega que le acercó el cartero y colocó la caja sobre la mesa de la cocina.

En la caja había una pelota de fútbol, de cuero, lustrosa  y con tiento; un tren a cuerda, con la locomotora y dos vagones y la más preciosa muñeca que podamos imaginar. Lo habían enviado mis tíos, por parte de mi mamá, desde Buenos Aires. Después supimos que lo mandaron con la seguridad que iba a llegar el día 6. El llamado de mi mamá nos despertó de una noche de pesadilla, para encontrar sobre la mesa de la cocina la más hermosa de las realidades.

 

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