Civilización o barbarie

(Crueldad civilizadora e insensibilidad [y prepotencia] civilizada)

Tal vez fuera un desprendimiento de los indios aimará. Muy cerca del Pacífico formaron una comunidad indígena y que tenía como base de su funcionamiento la agricultora, la caza y la pesca. El clima ecuatorial ayudaba a aliviar las necesidades, en este caso, eran casi inusuales las prendas de abrigo. Como el sitio les proporcionaba todo lo imprescindible para vivir, por naturaleza, eran pacíficos y ni consideraban la posibilidad de ser invadidos, por otras tribus y mucho menos la de ocupar otros espacios.

Pero el conquistador llegó y en su mente y en sus planes no tenía ni otra meta ni otro cometido que arramblar tesoros valiosos para la corona y para asegurarse un porvenir venturoso. Y las noticias, con su morosidad, relataban éstas intenciones y los procedimientos de exacción de todos los objetos de valor, apelando a cualquier medio desde el exterminio de tribus completas, la destrucción de sus íconos religiosos, fabricados con metales preciosos; el reclutamiento de aborígenes para la extracción del metal en sus depósitos naturales de las montañas y el transporte del mismo para ser embarcado hacia España.

Los núcleos comunitarios, intentaron proteger sus pequeños o grandes tesoros, escondiéndolos, mientras las embajadas “evangelizadoras” iban rastreando desde México, la ruta de los tesoros, con la mayor crueldad y minuciosidad hacia el sur una vez agotados y arrebatados, a los pueblos originarios del norte inmediato. El lacerante plan puesto en práctica era formar cuadrillas de indígenas que realizarán la producción de más oro para la Corona, mientras se iban repitiendo las mismas acciones depredadoras Pacífico abajo.

Los resultados frustrantes, por decisiones preventivas de las poblaciones invadidas o directamente por carecer de metales preciosos, exacerbaron la ira del conquistador, que eliminaba lo no valioso que se cruzaba a su paso, destruyéndolo todo y capturando o colgando a los pobladores, según su criterio de aprovechamiento como mano de obra futura o que resultara una carga para sus propósitos inmediatos.

La pacifica comunidad, se reunió para evaluar las acciones que pudieran adoptar, para afrontar lo que inevitablemente iba a llegar. La disyuntiva, era someterse al conquistador, para esclavizarse eternamente y seguramente morir en sus manos o intentar una vía de escape, que fue en primer momento la ruta hacia el sur, un intento que sólo lograría postergar el mal momento. La otra alternativa, casi suicida, pero definitiva, era incursionar en el océano, ya que algunos pobladores conocían que, a algunos cientos de kilómetros, existía un grupo de islas, algunas desconocidas, donde tendrían la posibilidad de encontrar la paz, que su existencia requería.

Claro que la aventura era muy peligrosa y los resultados impredecibles. Miedos, titubeos por la llegada de los invasores y misterio y temor ante los peligros del mar. Era un pueblo pacífico, pero no cobarde y decidió enfrentar al gran mar que Fernando de Magallanes bautizara como Pacífico, pero que los aborígenes sabían que no lo era.

Se acondicionaron de la mejor manera que se pudo, los soportes de navegación, el acopio agua y alimentos y con sus débiles embarcaciones costeras, toda la comunidad emprendió la gran aventura de la libertad hacia la nada.

Mientras la conquista española avanzada y era imitada, rivalizada y enfrentada con todos los elementos a su alcance, por otros reinos como el portugués. Se enarbolaba extender el cristianismo y cambiar, civilizándolo, al habitante originario a quien tildaban de cuasi animal y carencias mentales, prácticas inmorales y antropofagia humana. Pero como dejó escrito Lope de Vega: “So color de religión / van a buscar plata y oro / del encubierto tesoro’.

Cuando la rebatiña invasora, luego de ser burlada por pueblos geográficamente de más al norte – que enterraron o escondieron sus tesoros – el genocidio tomó su más dramática forma de exterminio, como lo fue el rapto del Inca Atahualpa y otros atropellos que, llegados a conocimiento del reino de España, obligó a morigerar la relación con el habitante originario, más por el temor de quedarse sin “mano de obra” que por razones de cristiana humanidad. Es que luego de “civilizar” al infiel, la población indígena había quedado reducida, desde el Caribe a Chile, sólo a un veinte por ciento de los habitantes dueños de estas tierras, diez años después.

Habían pasado muchos días. El horizonte siempre igual, infinitamente redondo. La mirada, las ansias, la esperanza, dirigida hacia aquel lugar, donde se ponía el sol. El mar había serenado sus furias y parecía darles una nueva oportunidad. Muchas peripecias, la fuerza del mar implacable sobre aquellos cuadros de troncos, apenas impulsado por una deshilachada vela cuadrada. La permanente acechanza de infinidad de tiburones, que se sumaba, para embestirlos y devorar a quienes caían al Pacífico, eligiendo su presa y acaso sabiendo que aquellos que desechaban, quedaban luego a su merced, abatidos por el frío de las aguas, por su debilidad, después de tanta escasez de agua y alimentos. Y al acecho de las enfermedades emergentes de tantas acechanzas a la salud, como agravamiento de problemas pulmonares e intestinales, heridas o consecuencias físicas, debido a accidentes, por elementos naturales, la falta de higiene y la fauna siempre amenazante.

Muy pocos días duraron las provisiones, de alimentos y agua. Y mucho más que los calculados inicialmente estaba durando esa huída hacia el abismo líquido. Habían aprovechado por regímenes de lluvias, tratando de juntar lo máximo posible y dosificando la ingesta a lo imperiosamente necesario. Habían improvisado rudimentarias trampas, para cazar albatros y gaviotas y pescadores artesanales de oficio lograban la pesca que paliara la falta de otros alimentos. Pero las fuerzas iban mermando en relación inversa al aumento de dificultades de todo tipo que afrontaban. Que había reducido la elemental flota a poco más de la mitad a los integrantes de la comunidad que había partido desde las costas cercanas al ecuador. Doloroso costo habían pagado por sus ansias de libertad.

De pronto, un atardecer, las gaviotas, patos y albatros que habían desaparecido de la bóveda celeste, comenzaron a bajar el pesimismo de los fugitivos. También, observaron, en el agua, hojas y troncos de una no muy lejana tierra que parecía darles la bienvenida. Casi nadie durmió esa noche y trataron de mantener los más cerca posible las balsas y pequeños bajeles sobrevivientes de los terribles días de navegación.

Por la mañana, se mantenían las señales de tierra cercana, con el vuelo de las aves y vestigios de vegetación, pero el horizonte caprichosamente seguía regularmente su designio secular de perfecto arco, que separaba un cielo profundamente azul; el desaliento volvía a acentuarse…

Por fin en la tarde juntamente con el sol, que encendía una arena profundamente dorada, la deplorable comitiva hizo pie en la tierra de una isla. Luego de los momentos de emoción y tristeza por los hermanos caídos en la travesía marítima, buscaron ya hallaron cursos de agua y frutos silvestres que encontraron abundantemente. Se encendieron fuegos para alejar a posibles animales salvajes que pudieran intentar atacarlos Los lideres dieron indicaciones de juntar las embarcaciones, de amarrarlas, para evitar que la pleamar con sus impulso, las dispersara.

Los más ancianos se reunieron para organizar la elección más adecuada y segura para la nueva comunidad, su trasplante y la normalización de las actividades cotidianas. Se resolvió recorrer hacia distintos rumbos la isla para resolver en consecuencia. Esta tarea llevó más del tiempo, ya que la superficie a recorrer era un superior a lo mensurado y contaba con particularidades topográficas, que exigía también medidas especiales para toda la comunidad sobreviviente.

Lo que aparentemente parecía un emergente y sólo bloque montañoso, era en realidad una suerte de pequeña cordillera en forma de corona o anillo que bordeaba de alguna manera todo el territorio, conformando esa rara estructura y forma ovalada ribeteada con una playa de mayor amplitud al sur y septentrionalmente, acompañando la parte más extensa de sus arcos y de menor longitud hacia el oriente y la puesta de sol; que había sido relevada por los nuevos habitantes, en la búsqueda del lugar para establecerse. Algunos de los viejos recordaban haber recorrido esas aguas sin advertir las formaciones peculiares que tenían y que venían a completar en un ámbito muy favorable para volver a empezar o continuar su reciente forma de vida autónoma y autosuficiente.

Una vez elegido el asentamiento, trataron de adaptar las formas de relación social, que era conducida por elegidos y los de más edad. Adoraban a las manifestaciones de la naturaleza e interpretaban como mensajes divinos las tormentas, sus descargas eléctricas. En ese sentido creían que el sol era el Dios Supremo y que a través de él, los mayores y notables, recibían las indicaciones que esas fuerzas superiores, para gobernar con justicia.

Para la atención de la salud de la comunidad, habían organizado, casi sistemáticamente, la capacitación de curanderos que recibían sus conocimientos en los equinoccios de junio y de diciembre, transmitido, especialmente, de padres a hijos, por intersección del sol de los mayores a los más jóvenes. Para ello habían confeccionado una suerte de calendario con la colocación estratégica de ramas clavadas en el suelo, que les proporcionaba, con la longitud de la sombra que proyectaba el sol, los elementos necesario para ubicar aquellas fechas de transmisión de poderes y conocimientos, en las noches que se conocen como la de San Juan y la Noche de Navidad.

Habían encontrado suficientes corrientes de agua, incluso en depósitos endicados en piletones naturales de las montañas. Pescaban y cazaban, a la vez que criaban cabras y chanchos salvajes. También fueron encontrando y cultivando cereales muy similares a los que cultivaban en las costas de América que, en pocos años abastecía con suficiencia la base de la alimentación de la comunidad. Un problema que habían encontrado al llegar era el ataque de perros, lobos y otros animales que se atrevían a llegar al mismo asentamiento de la población. Con el mantenimiento de hogueras y vigilancia permanente que repelía el ataque de estos animales, lograron que se desplazaran hacia otros lugares de la isla, donde no encontraban otra resistencia que la de la misma víctima. No obstante, la población seguía teniendo custodia permanente ya que algún lobo, a veces, insistía en atacar las especies domesticadas.

Las rutas marinas, que surcaban el Océano Pacífico, jamás advirtieron la existencia de población en esta isla, por lo que la misma vivía en la paz de la convivencia que había logrado.

Oficialmente pasó a ser de dominio ecuatoriano al firmarse los tratados de demarcación de mares de las islas Galápagos y recién cuando los satélites que orbitan la tierra, fueron enviando sus fotos de la corteza terrestre se supo de su forma hueca interior.

Precisamente desde la sede de experimentación de nuevas armas de exterminio masivo, se solicitaba autorización y espacios, para detonar la última creación de destrucción masiva. La dependencia señaló como punto estratégico, esa extraña isla del Pacífico. Cuando se puntualizó que eran aguas territoriales ecuatorianas, un oficial cargado de medallas en su pecho, tronó: “Cumpla la orden! Esa isla la encontramos nosotros y es nuestra…!”

Nota: Los hechos relatados en la presente nota se asientan en investigaciones geográficas, históricas y políticas y pudieron haber sucedido y también se pueden materializar en cualquier momento.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s