El mate nuestro de cada día

MATE

MATE

Como cada mañana, estaba llenando la pava de agua, para el mate desayunador. Cuantos años que esa pava me acompañaba todos los días en la mateada. Algunos decenios habían pasado desde que la compramos, su mango de madera astillado, y las magulladuras en su enlosado, por los golpes, esos lunares negros, sobre un verde muy devaluado por restos quemados junto a los remaches y el pico y la periclita trasplantada vaya a saber de que viejo armario estaban dando indicios claros de su antigüedad.

MATEADA

MATEADA

Pero al momento de entregar el agua para el mate, a la temperatura conveniente, un peculiar zumbido daba el alerta y nunca se pasaba. Y un segundo recurso, cuando al levantar la tapa, el vapor comenzaba a manifestarse, era el segundo aviso para empezar a matear.
Por eso mis mates comenzaron a hacerse famosos y en cada reunión, era cebador obligado, claro que con aceptación posterior, sólo se manifestaba, cuando la mateada era en mi casa. La pava era fundamental.


El mate es la infusión fundamental para nuestro los pueblos de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, sur de Brasil, Chile, y en menor medida en el resto de América del Sur, pero que se ingiere en lugares lejanos e ignotos del planeta.

Nuestros hermanos uruguayos parecen estar al tope en cuanto a la tradición del mate, y es casi un distintivo oriental la presencia de un termo, casi eternamente bajo el brazo. Cuenta el escritor Daniel Vidart que estando exiliado en Bogotá. Colombia, fue a visitar a un compatriota y los familiares le anticiparon que hacen unos días estaba raro. En el fondo de su casa y sentado a la sombra de un frondoso árbol, lo encontró con la cara desencajada y los ojos llorosos. Pensando en alguna desgracia familiar, atino a preguntar: “¿Malas noticias?”  Y con un hilo de voz, asintiendo con la cabeza, exclamó: “¡Ayer se me  terminó la yerba y no hay a mano quien me alcance una triste cebadura!”

La yerba mate paso todas las instancias y calificaciones. Desde un origen divino hasta su destino medicinal, como estimulante, purgante, alucinógena, abortiva y vomitiva.

Su uso como infusión o con las alternativas curativas indicadas, se dice eran conocidas antes de la llegada del conquistador, desde la tierra mejicana hasta los confines del mundo en Tierra del Fuego.

La leyenda de la yerba mate no es única y se registran varias que dan cuenta de su aparición. En la provincia de Corrientes, en el nacimiento del arroyo Yatay, dado que escaseaba la caza, las tribus decidieron emigrar a otra región más beneficiosa. Pero un anciano de la tribu, cargado de años y de achaques, impedido de acompañar al resto de la tribu, se quedó, acompañado de su hija menor, Yarí.

El anciano tuvo una aparición o sueño y al volver en sí encontró al lado de su camastro un bolso con semillas y pequeñas ramas de yerba mate. Recordó las instrucciones del chamán, sembró las semillas y preparó la yerba, luego de picarla y verterle agua caliente, que comenzó a beber regularmente desde ese día. Al poco tiempo había recuperado sus fuerzas y con su hija siguieron el rumbo de la tribu, llevando a cuestas un atado de yerba y de semillas, que llegaron al lugar de la tribu en un momento que una rara enfermedad está diezmando a sus integrantes. Cuando el anciano le hizo ingerir la infusión, de a poco, el mal fue cediendo y el grupo tribal recuperó toda la fortaleza perdida.

Los conquistadores se aficionaron de tal manera con el mate, que los superiores, escribieron a España, para tratar de impedir el consumo de yerba mate, que estaba contaminando a los mismos colonizadores y que se “había constatado” causaban todo tipo de males al organismo por su espíritu satánico. Los jesuitas de acuerdo con la carga diabólica de la yerba mate, trataron de prohibirla. Pero se dieron cuenta que era un importante negocio la comercialización de esa yerba y entonces tomaron a su cargo la administración de su sembrado, cosechado y venta posterior. Es decir que de anatemizada y diabólica, llegó a tener la bendición de los monjes jesuitas.

Claro llegó el momento, que la renovación se hizo impostergable. Una nueva pava de acero inoxidable, con herrajes de bronce, la manija y la perilla de la tapa de madera laqueada y un detalle sobre la tapa en una especie de lente una pequeña perforación, que supusimos era para avisar cuando la temperatura del agua era la adecuada. Y de paso complementar la compra con un mate metálico de paredes dobles y la bombilla intapable y de fácil higiene luego de cada cebadura.

Todo dispuesto para la gran cebada de mate. Incluso a última hora apareció una especie de cuchara dosificadora que permitía con cinco cucharadas colmadas introducir en el mate, la cantidad exacta de yerba necesaria. Pero…

Cuando el orificio silbó, supuestamente advirtiendo la correcta temperatura del agua, cuando observando en la tapa de la pava invertida, el vapor se desprendía en la cantidad acostumbrada al verter el agua surgió de la yerba una espuma característica del excesivo calor. Y entonces hubo que agregar agua fría en cantidad a ojo para intentar recuperar la graduación de calor para una buena cebadura, que no se dio y a poco hubo que reemplazar toda el agua de la pava y vigilar continuamente hasta que no el sonido sino el vapor impregnara levemente la parte de adentro de la tapa. Finalmente hubo que tomar,  termómetro mediante, la temperatura para tratar de encontrar, de acuerdo al nivel del agua en la pava, la cantidad de minutos, que había que conciliar con la apertura de la hornalla y finalmente luego de varios intentos fallidos, casi una semana después pude encontrar la relación nivel del agua, apertura de hornalla y tiempo de exposición al fuego. No obstante agregué un elemento más al equipo de mate: un vaso de agua fría que en mayor o menor medida siempre debo utilizar. Después de tanto tiempo supe que la física no es una ciencia exacta (Por lo menos para preparar mate).

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