Eran juegos en otro país

Con este título se desarrolla una nota que firma Ricardo Horvath, en el libro “Café Bar Billares”, que recorre los juegos de la infancia que ya no son y que, a manera de copete se inicia con el poema de Carlos de la Púa “Barrio Once”:

JUEGOS DE OTRA INFANCIA

JUEGOS DE OTRA INFANCIA

Yo soy aquél que al rango no erraba culadera
que hizo formidables proezas de billarda,
rompedor de faroles con mi vieja gomera,
tuve dos enemigos: los botones  y el guarda.

Y los bolsillos de bochones y miga,
llené toda la calle de repes y de chante.
¡Mi bolita lechera!…¿Dónde andarás amiga?
¡Y aquella mil colores, cachusa y atorrante!

Se fueron con el viejo pepino corralero,
el terror de los trompos, mi troyero baqueano
Partía las cascarrias con su púa de acero
y a las chicas del barrio les zumbaba en la mano.

Se fueron con los cinco carozos de damasco
de mi ainenti querido…¡Payanita primera!
Si te habremos jugado con el grone y el vasco
Y con Casimba, el hijo de la bicicletera.

Los juegos de la infancia lejana. ¡Qué tema!, Tantos baldíos que se tradujeron en picados cuadra contra cuadra.La del barrio Gardel, el cuadrazo de la canchita Achinelly, Marina, otro gran equipo del baby fútbol, nuestro equipo La Patria, de por aquí, donde el pueblo se caía en un pastizal extenso que nos alejaba mucho más de la gran ciudad, Bahía Blanca.
Esos baldíos calcinados de sol y rugosos de salitre, cruel enemigo de rodillas y codos, pantorrillas con hematomas o como consecuencia de esas lesiones algún entrevero pugilístico, con una nariz sangrante o un ojo amoratado.
La pelota era un recuerdo de algunas medias que se habían quedado sin par, que rellenas de trapos y papel procuraba ser lo más redonda y manejable posible. ¿Los arcos? Eran dos piedras, tal vez dos tachitos de “arverjas”, cuando no directamente dos carteras de la escuela con sus guardapolvos arriba, hechos un bollo.
La duración, se convenía “el que llega a diez, gana, y la revancha a cinco”, se proponía. Pero cuando se manifestaba el tumulto por una patada que dolía, trompadas que amagan y pegaban, dos bandos no a separar si no a alentar a uno o a al otro, el picado quedaba inconcluso y terminada la escaramuza, nos guardábamos del sol, a la sombra de algún tamarisco para toser el primer cigarrillo, mientras se hacía el inventario de lesiones: la “chocolata” nasal por algún codazo o una piña y las rodillas y codos renovando eternamente las cascaritas del partido anterior con alguna nueva lesión sangrante. Y palpitando el sermón de la vuelta a casa, por el desorden de la ropa, quizá algún bolsillo descosido o los zapatos que, habiendo salido temprano impecables, tenían cubierto el brillo de la lustrada con el barro del baldío.

Pero veamos que nos cuenta Ricardo Horvath :
“¡Figurita Cola!” se acuerda del grito de guerra, de ese desafío a los otros pibes del barrio? Y también “¡Bolita, cola!”. Era la fórmula para iniciar una partida, ya fuera de figuritas (en sus variantes “punto y revoleada”, “espejito” o “tapadita”) o a las bolitas (igualmente disímiles estructuras lúdicas) Esto ocurría entre los varones, porque en otro sector de la vereda las niñas cantaban aquello de ”La farolera tropezó/ en la calle se calló/ al pasar por un cuartel/ se enamoró de un coronel…” tema impensable hoy día.
Juegos de otros tiempos que la vida moderna ha hecho perder vigencia, que llaman a la nostalgia: ¿Se acuerda de la Gallina ciega, del Martín Pescador, me dejará pasar, el Gran Bonete (ése al cual se le perdió un pajarito), el Mantantirutirulá? Estaban además el rango y mida, la rayuela, la payana, el yo-yo, el trompo y el balero reflotado en un momento por la tevé y sistemáticamente jugado por personas de la tercera edad. Nostalgias de otro tiempo que no fue necesariamente mejor, fue distinto, que es otra cosa…

Discurre luego, el autor, en las rondas, con Don Juan de las Casas Blancas, cuantos panes hay en el horno? y las consecuentes prendas para los aciertos, pero también para los yerros. Para detallar a continuación:

En los grandes patios de antaño, cubiertos con la sombra de parrales o higueras, las niñas jugaban a las muñecas, a la cunita de oro, a ¿Abuelita qué horas son? , a las esquinitas; mientras los varones ejercían su mayor independencia correteando tras una pelota en la calle. Los ya mayorcitos incursionaban en los primeros intentos sentimentales con el justificativo de jugar “al papá y a la mamá” y avanzando aún más en el erotismo con la “visita al médico” Inocencias superadas por los gestos obscenos (…) en la televisión de hoy.
En las tardes de verano era dable escuchar gritos de protesta cuando se jugaba a la mancha o las escondidas. Entretenimientos que se han ido perdiendo lentamente en el tiempo en la medida que la ciudad crecía hacia arriba y los techos se poblaban de antenas de televisión. Hoy la computadora juega partidos de fútbol cuyos protagonistas no son los propios chicos sino muñequitos torpes y el walkman ensordece mentes desde la más tierna infancia.

Horvath se pregunta si alguien jugará al ta-te-ti o al barco hundido, para indagar puntualmente:
“¿Alguien se atrevería a empujar un aro y manejarlo con un alambre a la carrera?” o a cantar aquello de “se me ha perdido una niña/ cataplín, cataplín, cataplero…” y completa con el “aserrín, aserrán, los maderos de San Juan…” Para concluir:
Se han ido para siempre como las fogatas de San Pedro y San Pablo que requerían por lo menos una semana de labor para conseguir leña y armar el muñeco que habría de quemarse.
¿Alguna vez volverá la billarda; juego simple y barato resuelto con una palo de escoba vieja? ¿Algún chico tendrá en sus bolsillos la tan preciadabolita lechera  o alguna cachusas por acción del tiempo o del impiadoso bochón de acero?

Enumera las bolitas, el trompo y el balero que casi sin solución no se recuerdan.
Y puntualiza: Juegos como la gata parida, que los muchachotes practicaban  para revalidar su fortaleza y que consistía en estrecharse unos a los otros para hacer saltar de la fila o rueda a algunos de ellos, o el hoyo-pelota y tantos otros producto de la imaginación popular, de la creación infantil, de la adaptación de otros juegos.
Según los sociólogos – esos traductores al difícil de las cosas fáciles y sencillas de la vida –  el juego no es exclusividad de la infancia y mucho menos supone una soledad sin compromiso
Si se coincide en reconocer que la mayoría de los juegos infantiles provienen de tiempos remotos, y que con ligeras variantes esos pasatiempos han ido trasladándose de generación en generación, es dable suponer que la aptitud lúdica permanece en el inconciente colectivo y como el folklore renace constantemente. Por eso, si se observa  con detenimiento se verá, en determinada época del año al borde de las rutas  de acceso a la ciudad de Buenos Aires, a numerosos vendedores de barriletes y a muchos padres intentando enseñarles a sus hijos a remontarlos.
Retornen o no los viejos juegos modernizados, la nostalgia, inherente también al ser humano, seguramente regresará siempre al evocarse tiempos en que los barriletes se construían amorosamente con cañas encontradas en algún baldío, con papel de seda y engrudo hecho con harina y agua…
Hoy la tecnología moderna se burlaría de quien intentara reeditar esas viejas aventuras, aunque el barrilete, que nos llegó hace siglos de Oriente, siga teniendo fieles adeptos entre los niños de todo el mundo.

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