San Silverio “Patrono de los Pescadores”

La abuelita, cargada en años y sueños lejanos, contempla el mapa que ponemos a su disposición y con lógica nostalgia, responde con un simple “ e cui”. El índice se apoya en el lugar exacto. El archipiélago Pontini, en su Italia natal. Y rápidamente inicia una historia precisa y con ribetes de escondido dolor. Es que su dedo se detuvo en la isla de Ponza. Allí donde naciera hace años. Muchos años. Lugar al que no volvió físicamente jamás…
Entonces extrayendo con sensatez, imágenes del pasado que asocia a su presente, la razón por la que Ingeniero White, rinde anualmente tributo a San Silverio. Hay motivo para ello. Ponza tiene una estructura montañosa que contrasta en todo con el puerto whitense.
Luego, los años de guerra, obligaron a los hombres – mayores y jóvenes – a sumarse a los procesos pertinentes. La pobreza generó situaciones insoportables.
Fue entonces, cuando en las esperadas horas nocturnas, los que quedaban,planificaban su “raudas partidas” en pos de nuevos horizontes. Se hablaba mucho de América.
Pero, hubo quienes se lanzaron a sectores más lejanos. Habían oído hablar de la Argentina. Un país nuevo. Con grandes posibilidades. Desde la lejana isla de Ponza un elevado puñado de peninsulares se radicó en ese “fango” que parecía ser Ingeniero White de un tiempo ya muy distante.
Habían descubierto que su “sacrificio” era compensado con la justa paga diaria que les posibilitaba contar con su casa, humilde pero cómoda.
Comida no faltaba en una variación que en su Ponza natal diferenciaba totalmente.
Hay hechos precisos. Después de la primera guerra mundial fueron muchos los que fijaron su nuevo solar en el área whitense, pero, la documentación lo valora, tras la segunda contienda arribaron familias enteras para no doblegarse jamás.
Muchos ya no quisieron volver. Y no volvieron.
Y se barajan nombres de los que fortalecieron a ese progresista Ingeniero White, con su empeño, con su trabajo, con amor- Entre tantos, desgranemos: Aversano, Coppa, Di Lorenzo, Scotti, Conte, Santamaría, Califano, Nucci, Mazzella, Spósito y … cuántos…¡cuántos…!

¿Por qué San Silverio?
Había sido Papa. Tuvo una labor estable y brillante hasta que la Emperatriz Teodora luchó para destituirlo del cargo. Silverio se negó a abandonar funciones. Fue desterrado. Para su proceso lo desembarcaron en la isla de Palmarola (una de las islas del Archipiélago Pontino). Allí murió golpeado por mil sufrimientos, en especial el hambre. La historia lo ubica en el sitial de mártir. Sufrió el exilio por defender la fe. Los habitantes del archipiélago lo designaron, entonces, como Protector de los Pescadores. El 20 de junio – día que asumió como Papa – en Ponza la celebración alcanza densa proyección espiritual. La fiesta es un canto de amor y de entrega de fe. Recordemos que su muerte se produjo el 21 de noviembre.

Fue un claro signo de gratitud. Ni un solo inmigrante de Ponza desconoce la razón que le recuerda a San Silverio como un símbolo inequívoco y ejemplar, de un ser humano de profunda fe.
Quienes conocen su historia en profundidad saben de su espíritu de sacrificio. Lo que sufrió y padeció en injusto exilio. Su amor y su entrega por sus semejantes.
Los años fueron generando mayores comentarios. San Silverio fue leyenda. Alguien, entendió que allí estaba el cabal ejemplo. Se lo designo como el Santo de los Pescadores, en esa solitaria isla donde el mar, daba recursos para la subsistencia de la población.
A San Silverio se le pide salud, trabajo y fundamentalmente que el mar no signifique peligro para quienes como trabajadores se internan en él.

Lugo de numerosas reuniones, alguien asumió la responsabilidad. Enviar una carta al sacerdote de Ponza, pidiéndole una estatua del Santo. Se supone que ese trámite lo cumplió Alessio Califano. El 11 de noviembre de 1926, arribó una pequeña imagen de San Silverio. Pero, no conformó a muchos. Tan es así que un grupo de damas se empecinó en reunir fondos. Lograda una importante suma, por intermedio
del Cónsul solicitaron a Milán una adecuada estatua.

En 1927 llegó la imagen que es la que hoy se encuentra en la Parroquia Exaltación de la Santa Cruz.

A partir de ese momento se dio forma a la Sociedad San Silverio.

Aún hoy sigue actuando con desvelo, proyectando el recuerdo de aquellos pioneros de lejanos tiempos.(1)

Dice, el Licenciado Conrado De Lucía:
“Cada veinte de junio, la colectividad pescadora de Ingeniero White, compuesta en su mayoría por inmigrantes napolitanos, de Ischia y de Ponza, celebraba la fiesta de su santo protector, con una fiesta que se iniciaba antes del amanecer, y duraba todo el día.
Al comenzar a aclarar, poco después de las siete de la mañana, los sones de una alegre banda nos despertaban a los vecinos de la calle Cárrega, corazón del barrio de los pescadores. Desde la ventana, los pibes soñolientos y tiritando en ropa de dormir, contemplábamos a los heroicos músicos del Colegio La Piedad, de los padres salesianos, que parados en la esquina alcanzaban a mover sus dedos ateridos sobre las llaves de los instrumentos de bronce, soplando con todas sus ganas. Luego de dos o tres canciones, se iban caminando hasta la esquina siguiente, donde volvían a tocar. Algunos vecinos salían a ofrecerles bebidas calientes para aliviar los efectos del frío cortante, entre ellos Cumpà Luiggi (´Compadre Luis´, el apelativo que le dirigían sus paisanos, a la usanza napolitana), ya vestido para la misa de la hora siguiente con su traje azul marino de casamiento.
Al acercarse el momento de la Elevación, en la misa de las nueve, abandonábamos la celebración de la misa con infantil irreverencia, para salir a la helada mañana del 20 de junio y poder presenciar el estallido de la primera batería del día, apoyada contra la pared lateral de chapas del templo. Decenas de petardos de diez centímetros de largo, colgados de una cuerda de varios metros, estallaban uno tras otro. Cada veintena de explosiones menores, el fuego que avanzaba lentamente por la mecha encendía una bomba, y seguía el crepitar de los petardos, y otra bomba, y más petardos, hasta que se llegaba a la seguidilla final de una docena de bombas que estallaban una tras otra, en medio de una gran humareda celeste y un delicioso olor a papeles quemados, hasta que, luego de una pausa de efecto, estallaba la gran bomba final, que no colgaba como las otras sino que estaba depositada en el suelo, del tamaño de un paquete de yerba de un kilo, y con su estruendo, cuyo eco resonaba a lo lejos en los elevadores de granos del puerto, concluía el ruido de i botti, que según la tradición sirven para ahuyentar al demonio, pero que hacían correr desesperados a los perros de todo el pueblo. Adentro del templo, sacudido por las explosiones, un polvillo acumulado entre las rendijas de la pinotea desde el año anterior, caía lentamente sobre los fieles que colmaban el templo, como materializada bendición del santo Silverio, que fue Papa milagroso y que padeció prisión en la isla de Ponza.
Por la tarde Cumpà Luiggi, como principal integrante de la comisión de festejos, era el encargado de encabezar la procesión llevando un gran estandarte rojo, junto al cura vestido de gala y los vecinos principales, precediendo al cortejo que transportaba en andas la efigie del santo, y a la muchedumbre de dos cuadras de largo que avanzaba lentamente hacia el muelle, rezando oraciones y cantando el Himno a San Silverio, de hermosa melodía, irradiado por el amplificador instalado en el techo del taxi de Salotti, que difundía las voces de Julia Ursino, ´Pori´ Echevest y otras señoritas de la parroquia.
La procesión avanzaba desde el templo de la avenida Santiago Dasso -nombre innecesariamente cambiado por el de avenida San Martín- , por Avenente hasta Cárrega. Varios metros por delante de la procesión iba don Francisco Stira, que vivía como cuidador en la sede de la Sociedad “La Siempre Verde” -hoy salón de la Agrupación Scout ´Don Ernesto Pilling´-. Con su mortero al hombro, acompañado por un ayudante que llevaba un racimo de bombas, se detenía cada veinte o treinta metros, colocaba el mortero en el suelo, le introducía una bomba y la encendía con su toscano Avanti, quedándose bien cerca para que el disparo de la carga de proyección, que la arrojaba a decenas de metros de altura, lo envolviera con su fuerte soplido y demostrara su intrepidez.
Al llegar a Cárrega la procesión doblaba hacia el Puente La Niña, donde se detenía antes de doblar nuevamente por Guillermo Torres hacia el puerto, para que el santo, desde su parihuela, asistiera al encendido de una nueva batería de bombas, esta vez sujeta al alambrado que servía de baranda al tramo ascendente del puente.
Cuando la procesión llegaba al borde del muelle, la muchedumbre se congregaba en torno a la efigie del santo, cuya plataforma era suspendida con sogas a una de las grúas, para depositarla en la lancha pescadora que aguardaba junto al muelle.
Al elevarse la efigie a una decena de metros de alto, la banda de La Piedad atacaba el himno: ´Al santo protettore, Silverio venerato...´, estallaba una nueva batería, se oían fervorosos vivas y aplausos, los barcos anclados junto a los muelles hacían sonar sus sirenas y la pluma del enorme guinche giraba hacia el mar, para hacer descender al santo sobre la cubierta de la lancha pesquera, engalanada con guirnaldas de flores, que ese año tenía el honor de recibir al santo.
Después zarpaba la lancha, seguida de las demás embarcaciones de casco de color amarillo con su castillo en amarillo y rojo. Se alejaban algunos centenares de metros hasta el centro del canal, y allí se arrojaba al mar una corona de flores en recuerdo de los ahogados y desaparecidos en el duro oficio de los pescadores. Otros ramos de flores eran arrojados por los familiares de los fallecidos. El santo, por su parte, bendecía con su presencia a sus devotos, a sus naves y a las aguas de la bahía.
Después, al retornar el periplo, el santo era nuevamente izado, entre vivas y aplausos, y la procesión emprendía el regreso hacia el templo, esta vez por Guillermo Torres hasta la avenida Dasso.
Y al llegar frente a la iglesia, un hermoso rasgo de la cultura popular: desde un palco embanderado, el cura párroco nos dirigía una alocución ¡sobre Belgrano y el Día de la Bandera! En el corazón de todos los presentes se unían la devoción religiosa y la veneración por el Santo Silverio, con la unción patriótica y el homenaje a ese otro santo laico que fue Manuel Belgrano.
Finalmente la efigie del santo ingresaba al templo, volvía a ocupar su lugar al costado izquierdo del altar hasta el año siguiente, y se oficiaba, ya poniéndose el sol del último día del otoño, la misa con la que concluía la celebración”.

(1) de publicación “El Whitense”.

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