Mi querido profesor

El secundario lo hice en la Escuela Industrial de Bahía Blanca, que en ese entonces ocupaba la esquina de Chiclana y San Luis. En realidad el ingreso se hacía por Chiclana 946. Las dependencias que integraban la escuela, incluían además de las aulas, una cancha de básquet, pileta de natación, que siempre vacía, la usábamos de solario, amplios galpones donde se impartían las técnicas de talle de cada especialidad y enormes patios.
Algunas de las salas de clase, se calefaccionaban con estufas móviles a kerosene, ya que las chimeneas previstas, habían agotado su vida útil y era imposible tratar de acondicionarlas.
Como islas, completaban la edificación algunas aulas y talleres separados del casco primitivo. Estas salas se utilizaban especialmente para música y clase de taller. Precisamente, la que se utilizaba para música, aislada, casi abandonada, era llamada por nosotros, Siberia, para patentizar las mañanas invernales bajo cero.
Todos los alumnos eran varones, todavía no se había dado la apertura a las chicas para seguir carreras técnicas.
El plantel de profesores era de un nivel superlativo, con respecto a otras escuelas secundarias. Los había próximos a jubilarse y recién recibidos, incluso un sacerdote italiano, que nos daba la materia Religión, que había sido aviador en la segunda guerra mundial, combatiendo para italiana, que muchas veces desviaba su clase religiosa para relatarnos hechos de esa contienda, que nos tenía atrapados clase a clase, y que de vez en cuando, nos amenazaba, con castigos disciplinarios, que fingíamos no entender, ya que cuando se enojaba, champurreaba un castellano poco audible.
El grupo de mi curso se formaba con las carreras construcciones, electricidad, y comunicaciones, se conocía con las siglas COECOM, y era el más heterogéneo, inmanejable y revoltoso de la escuela que hizo renunciar a más de un incipiente profesor.
Y entre tantos docentes, nos daba clases de historia, un profesor de Ingeniero White, abogado, hincha de Comercial, que después fuera intendente interino y dirigente del Club Puerto Comercial.
Ese profesor era lo impredecible. Pasaba de la generosidad en las calificaciones a la exigencia total en cuanto a lecciones o pruebas. También como en caso del sacerdote, nos deleitaba con charlas políticas y el análisis de los hechos que habían ocurrido recientemente. Muy simpático, campechano, amplio de miradas, la palabra engolada en su boca sonriente, siempre.
Nunca se sabía con que se llegaría a clase, seleccionaba a los alumnos, al azar, alguna vez; alfabéticamente, otras; por grupos (hoy, los de Guaite, decía). Pero tampoco allí se terminaba la lotería.
Cuando el elegido, quería comenzar a dar la lección, surgía cualquier pregunta, “¿De que club sos hincha?” , “¿Dónde vivís?” o “¿Qué comiste anoche?” Y cuando el alumno se embalaba para contestar, en determinado momento, lo interrumpía con un, “¿Y de la lección, qué?”. Terminaba la anécdota y se iniciaba la lección.
Sabíamos que el lunes nos tocaba a nosotros. Y el whitense, que le tocaba en suerte pasar, alguna vez expresaba lo que había estudiado y de pronto el profesor lo hacía callar y convocaba al que en el fondo del salón, lucía distraído. Pero lo más probable es que la pregunta fuera: “¿Fuiste a la cancha, ayer?, contá que pasó!” Y cuando lo más sustancioso del partido había pasado, le pedía dos palabras de la lección o lo hacía sentar directamente. Nunca el mismo procedimiento.
Alguna vez, llegaba con rostro de estatua y parecía un profesor convencional. Entonces exigía el orden y el comportamiento que ignoraba en otros momentos.
Un párrafo aparte, le voy a dedicar en cuanto a las pruebas escritas. Anunciaba: “¡El miércoles, prueba escrita, tema Tal!”
Llegado el día, luego de saludar, con el mismo ademán de un indigente pidiendo limosna, con su sombrero en la mano, banco por banco y alumno por alumno, iba solicitando: “¡Dejen los machetes acá!” Insistía en aquellos que se mostraban remisos, con un “¡¡¡Vamos…!!!” Y con los machetes en el sombrero, se sentaba en el escritorio, donde apoyaba su sombrero, con la cosecha dentro, y ¡NO TOMABA PRUEBA!
Transcurrida una semana repetía el anuncio de la próxima prueba y con ligeras variantes, recogía de todos los alumnos los machetes preparados. Tampoco llevaba a cabo la evaluación escrita.
Y hasta había una tercera vez, siempre con el mismo resultado.
De pronto, en una clase cualquiera, llegaba y su amplia boca, ordenaba: Saquen una hoja. Prueba escrita, tema TAL”
Y si alguno amagaba un reparo, mientras limpiaba sus lentes, lo paraba. “¿Si hiciste tres veces el machete con esta lección, tenés que saberla de memoria” Y prueba en marcha.
A decir verdad, personalmente, no me gustaba demasiado el procedimiento, pero no tenía más remedio que aceptarla.
Transcurrieron algunos años donde no tuve noticias de este particular profesor. Hasta que me invitaron a ingresar a la Comisión Directiva del Club Puerto Comercial que él ya integraba. Unos pocos años de contacto personal, bastaron para reconocer en este profesor whitense, a un amigo de verdad.
Pasado el ciclo en el club, durante años coincidimos diariamente, en los colectivos de La Unión, cada uno a su respectivo trabajo, donde rivalizábamos en cada viaje, en aportarnos mutuamente de los mejores cuentos de todo tipo. Tenía predilección por aquellos cuentos inteligentes, con retruécanos, con finales insospechados.
Llegamos a ser grandes amigos. Tuve en él siempre el consejo justo, la palabra de aliento o la indicación de las cosas que más convenían, que generalmente no eran dictadas por nuestras conciencias.
A pesar de la amistad, de los viajes compartidos el ómnibus, no pude convencerlo nunca que cuando hacía la cosecha de machetes, no se llevó ninguno mío, porque siempre me dediqué a estudiar.

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