Enrique Acevedo

En mis tiempos de ferroviario, conocí muchos dirigentes gremiales que hicieron de su cargo un honor y siempre estuvieron en pie de lucha para atender los reclamos de los afiliados a la Unión Ferroviaria. Hubo, lamentablemente, otros que usaron la representación otorgada por los obreros, para sus fines personales o políticos. Sin embargo prefiero recordar entre los primeros a un verdadero maestro, Enrique Acevedo.
Siempre tenía la palabra justa, el asesoramiento adecuado, el razonamiento reflexivo pero firme. En momentos en que Acevedo era el presidente de la filial Ingeniero White, yo integraba la denominada “comisión de reclamos” de los apuntadores de la playa de Ingeniero White. El trabajo cuando el tiempo era benigno, se podía efectuar con facilidad y sin peligro de exponer la salud, pero cuando hacía mucho frío, o peor, llovía, era un sacrificio supremo ya que la empresa no estaba dispuesta a proveernos de los elementos de protección indispensables.
Iniciamos las tramitaciones para lograr que se cambiara esa negativa, pero la respuesta fue, igualmente, otra vez un no.
Las reuniones de apuntadores, resolvieron hacer un paro y se lo trasladaron a Acevedo, para que lo avalara. Éste, rápidamente, hizo suyo el reclamo.Citó a una nueva asamblea a los apuntadores y solicitó que se pospusiera la medida de fuerza, hasta tanto el Ferrocarril, pudiera tratar su pedido personal. Se accedió a su pedido y cuando nos retirábamos, los integrantes de la “comisión de reclamos”, nos retuvo y nos propuso, en el ínterin, que circularizáramos a todas las playas donde hubiera apuntadores con las mismas carencias de protección, el propósito de nuestra inquietud.
Comenzamos a redactar la comunicación y una vez redondeada la información, tipeamos el stencil y nos pusimos a destinar una nota para cada lugar del ferrocarril, donde apuntadores o personal de playa, carecieran de botas de goma, capa de lluvia y otros elementos de protección.
Es de hacer notar que otros trabajadores de playa como señaleros, cambistas, capataces cambistas e inspectores así como los revisadores de vehículos tenían provista la protección que nosotros solicitábamos. Es decir que “además de no ser atendidos, éramos discriminados en el mismo ámbito de trabajo”, como expresábamos en una parte de la nota a otros lugares del ferrocarril y a la superioridad, por parte de Acevedo.
La empresa, insistió en su posición, y se resolvió, comunicándose a todas las partes interesadas que, cuando la playa estuviera húmeda por rocío o por lluvia o cuando nos afectara las inclemencias del invierno próximo, no saldríamos a tomar trenes. En la nota invitábamos a los otros afectados, a imitar nuestra posición de reclamo. Muy pocos nos siguieron. Cuando se dio el caso, venían empleados de jerarquía, a tomar trenes, creyendo poder introducir una cuña en la unanimidad de la medida de fuerza.
Acevedo nos había recomendado no entrar en conflicto con los reemplazantes e incluso que dentro de la oficina colaboráramos con ellos para que el trabajo saliera. Así lo hicimos y la medida llegó a durar casi un mes y medio, cuando el frío y la temporada de lluvias arreció y la concurrencia de los jefes debió reiterarse día a día y turno a turno.
Finalmente, Acevedo nos comunicó que se accedía a lo pedido, por lo que dimos un plazo de 30 días y levantamos los trabajos a reglamento. Cuando el plazo estaba por expirar, nos comunicaron que en pocos días más se cumpliría con la entrega y solicitaban presentarse en la estación de Ingeniero White, a efectos de entregar las medidas y talles de cada uno.
Así se logró que apuntadores y controladores del Ferrocarril General Roca, tuvieran no solo los elementos solicitados sino otros como insumos para el trabajo, como bolígrafos, carbónicos, etc.

Enrique Acevedo, era un adolescente y vivía en la Capital Federal. Tenía un repentismo e inteligencia admirables por lo que cuando no había terminado la escuela primaria, fue invitado por el dueño de un aserradero para que trabajara con ellos, en tareas elementales de oficina, como confección de remitos, tramitaciones en bancos y dependencias oficiales y otros trabajos por el estilo.
El aserradero ocupaba un galpón que había sido construido hacia el principio de silgo Dicho lugar ubicado en los terrenos adyacentes a los del ferrocarril contaba con un amplio galpón y muelles para carga y descarga, lo que lo hacia ideal para dicho emprendimiento.
Las instalaciones mecánicas estaban compuestas por varias sierras sin fin de distintos tamaños según su uso, había grandes tronzadoras usadas para los rollizos y otras menores para el corte de tablas y cuatro sierras circulares que hacían el resto del trabajo necesario, listonera, despunte, etc.
Todas estas máquinas eran movidas por un sistema de poleas y correas ubicadas en fosas con tomas de fuerza para cada máquina, y todo el sistema se ponía en movimiento con un gran motor eléctrico alimentado por energía trifásica. Trabajaban en el aserradero alrededor de cien personas, entre los que laboraban mujeres, encargadas de atar los paquetes de machimbre o madera para pisos, para enviarse al depósito correspondiente, para su venta o en su caso para tratar de mejorar sus terminaciones y obtener un mayor valor agregado al producto.
Cuando el trabajo se incrementaba, se tomaban supernumerarios, que trabajaban por horas o por días. Otro trabajo adicional era el retiro de aserrín o virutas generados en los trabajos, que efectuaba generalmente el personal de menor jerarquía como una labor extra, fuera de los horarios fijados para ganarse un mango más. Esos excedentes, eran juntados y quemados en el patio de la maderera.
Todavía no había agremiación, por lo que los sueldos se pactaban entre obreros y empresarios. En este caso la relación entre ambos era buena, pero no tanto así las remuneraciones que se pagaban. La familia propietaria, aducía que ellos estaban trabajando al límite, por eso los dos hermanos, estaban todos los días al pie de la tarea, no exhibían lujos, no tenían vacaciones, etc. y resultaban tan convincentes que los obreros en su mayoría aceptaban las explicaciones.
Enrique en una de sus tareas encomendadas, fue de visita a otro aserradero, portando una carta de su patrón en la que solicitaban la cooperación ante la posibilidad de realizar un contrato importante, en breve y que no podrían afrontar en soledad. E invitaban al destinatario de la nota a una reunión, para concertar los términos de la asociación.
El muchacho mientras esperaba la nota de respuesta, pidió permiso para recorrer las instalaciones de la maderera. Extrovertido y curioso, conversó con todos los empleados con los que se cruzó en el recorrido y se interesó por el trabajo que realizaban, los horarios que cumplían y los sueldos que les pagaban.
Días después estaba sirviendo café en la reunión concertada, de la que no perdió detalle.
Recordó igualmente haber visto títulos de propiedad de por lo menos cuatro automóviles importados – aún no se fabricaban en el país – de algunas quintas y residencias en Mar del Plata y otros centros de turismo del país y del Uruguay. Todas a nombre de los patrones.
El lunes muy temprano, se reunió con el representante de los obreros y le informó todo lo que sabía, dejando al descubierto “las lágrimas de cocodrillo” de los patrones cuando le pedían mejoras. Y no solo eso, se enteraron que habían quien cobrando más trabajaban menos horas – los obreros del otro aserradero -y otras reivindicaciones que ellos habían solicitado.
Como resultado de ello, el aserradero, había declarado la huelga con la que lógicamente, obtuvieron mejoras en su remuneración y en sus condiciones de trabajo.
Hubo una tentativa de “raje” para Enrique, pero los compañeros que vieron su fidelidad con ellos, se opusieron a que fuera echado. Claro que las relaciones, con los patrones, que eran continuas y diarias, se hicieron insostenibles y renunció.
Fue si primer éxito como gremialista de cuna.
Acevedo estuvo unos pocos años al frente de la seccional Ingeniero White, de la Unión Ferroviaria, y luego fue elegido para la Comisión Directiva en la Capital Federal. A partir de ese momento, tuvimos por fin alguien que escuchara nuestros reclamos, que recibiera nuestras notas, que se ocupara de la resolución de los problemas presentados o la de resolver una internación o cualquier tipo de inconveniente que pusieran a su consideración.
Pero llegó la Revolución Libertadora y con ella la depresión indiscriminada, se intervinieron todos los sindicatos o casi todos y Enrique Acevedo, por el hecho de ser comunista, fue a parar preso -¿por qué? – al Penal de Magdalena.
El maltrato en ese penal le causó muchos inconvenientes en su salud.
En 1959, desde la oficina de Apuntadores de Ingeniero White, le hicimos llegar entre otras cosas, un pergamino que dibujó José M. Yañez, con un acróstico de mi autoría y la firma de todos los controladores. Es el que ilustra esta nota. Está fechado el 1-7-59 y dice asi:

A ltruísta y generoso pagas culpas ficticias
C ruel es el despotismo que te castiga así
E n cárceles oscuras pagas vil injusticia
V ejándose al hidalgo que se reencarna en ti.
E nhiesta tu figura que ya la hora propicia
D e una aurora radiante ha de llegar allí
O yendo al fin las voces que claman por justicia.

“Al compañero Enrique Acevedo, como testimonio de recuerdo y gratitud, decican los Apuntadores de Playa Ing. White”.

Años más tarde en los años setenta, ya ciego, no dejaba de asistir a las asambleas y reuniones que realizaba el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, tanto aquí en Bahía Blanca, como en Buenos Aires.
Después que falleció, trabajando en la Caja de Crédito Bahiense, frente al Correo local en la calle Moreno, llegó un muchachito que muy amablemente me preguntó:
-“¿Vos sos Tino Diez” – algo familiar brillaba en sus mirada.
-“Si. ¿Te conozco? –
repregunté – ¿Quién sos?”.
-“Soy Ernesto el hijo Enrique Acevedo
”.- me contestó.
Durante los años que prosiguió mi trabajo en el banco, siempre trabajamos en armonía, siempre resolvimos los conflictos, con una charla sustantiva.
Hoy es funcionario del Banco Credicoop.

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