“El Zoppo”

“¡Cuadro… Zoppo…Satanás…!

Cuando se cortaba la película, la sala era una sola voz, un coro afiatado de esas palabras que sólo nos atrevíamos a pronunciar en la oscuridad. No existía la televisión, que ahora las puso en boca de los más chiquititos…

Fue operador del Cine Aída y del Jockey Clcineub. El sobrenombre se debía a una prótesis en una pierna, que le dificultaba caminar. Vivía en la calle Lautaro cerca de Sgalla, Natali, Sucic. Se cuenta que su madre curaba el empacho y que algunos médicos la recomendaban a madres asustadas.

Cuando Fu Man Chú, el mago más famoso del mundo se presentó en White, pasó el papelón más grande de su vida. Al finalizar su actuación fue ovacionado y en reconocimiento a los aplausos prometió un número extra: “La danza de los fantasmas”.

Pero para que la acción tuviera realismo era preciso, imperioso, que la sala permaneciera en total oscuridad. Debían apagarse las luces y nadie debería encender un fósforo, ni una linterna, si la hubiera. Después de varios intentos – siempre quedaba alguna fumata rezagada ya que se fumaba en la sala – se logró la más absoluta oscuridad. Y comenzó la “danza de los fantasmas”.

Una música triste, funeraria, lúgubre, macabra, preparó el clima. Y cuando los ojos se habían acostumbrado a la sombra total, comenzaron a percibirse, sobre las cabezas de los cine 1espectadores, esos fantasmas que no existen pero que lo hay, y más de un valiente se pegó su formidable jabón…

El primero que sintió el impacto angustiante del miedo fue el Zoppo, que de un nervioso palancazo encendió todas las luces de la sala.

Se acabó el misterio. Desde el escenario y la mitad del salón los ayudantes del mago, provistos de largas cañas con trozos de sábanas en los extremos, agitaban a sus “fantasmas” al ritmo espeluznante de la música…

Cuenta Atilio Rodríguez Fontán que cuando Fu Man Chú ofrecía en otras ciudades su “danza de los fantasmas”, se aseguraba de que en la cabina no estuviera, el Zoppo…!

Su nombre era Ismael López. Y era pintor de cuadros, de buenos cuadros. Tal vez por falta de actividad continuada, de estímulo, de posibilidades, nunca pudo hacer valorar su vocación. De haber tenido ocasión de pintar con regularidad, de White pudo haber surgido un rival de Toulouse Lautrec.

(del libro “Historietas Whitenses” de Ampelio Liberali)

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