El Ñato Desiderio

¡Lindo principio de anio! por Manuel A. Meaños-

Aquel primero de enero habían sido invitados el Ñato y su anciana madre al clásico almuerzo de comienzo de año, encasa de Leopoldo. A regañadientes había aceptado el Ñato, pero con la condición expresa que, finalizado el almuerzo, él quedaba libre. No podía faltar, en esa fecha, a la casa de Clotilde, pues significaba un acto de descortesía no presentar sus saludos a la distinguida joven.
Por la mañana encaminó sus pasos hacia el cafecito del Gordo. A mitad de cuadra se encontró con Leopolda
-¡Ola, Ñato!…¡Qué risa! ¡Te encontré y todo!…
¡Que dicí!…¿Qué llevás ahí?desiderio
-Una asadera, Es un lechón que llevo al horno de la panadería.
-¿A cuála panadería la llevá? ¿A la del Zurdo o a la Binito?
-A la del Zurdo
Hacé bien. Porque en la Binito siempre te afanan alguna papa.
-Ñato – dijo ella, melosa – Me encontraste no me deseaste felicidades.
-Tengo miedo. A lo mejor acierto.
-Ñato, no seas malo. Delante de mí ¿qué pensamiento se te ocurre?
-¡Uy, Dio!… Se le fue la mano en el adobo a tu vieja. ¡ Qué spuzza fuerte que echa el lechón!
-Ñato, ¿me querés?
-Cuidado que estás desparramando er juguito.
-Decime una palabra de amor.
No incliné la asadera que se te cae la sarsita.
Y así, con evasivas, eludió el ataque de ella. No debía comenzar el año con una mentira, fingiéndole un cariño que no sentía, que no podía sentir porque Clotilde acaparaba todos sus caros anhelos.
A las doce del día hicieron su entrada en la casa de Leopoldo, el Ñato y su madre. Leopoldo los recibió. Allí estaba el resto de la familia.
Dos palmadas del dueño de casa, atrajeron la atención, a la vez que invitaba a la mesa:
-Bueno. Andiamo a mangiare. Los que quieran se pueden sacar el saco y la camisa. Póngansén cómodo, así como yo en camiseta.
Primero brindaron. A poco apareció una fuente con fainá, fugazza y pizza, con fiambre. Las manos empuñaron los pedazos, con avidez, dejando a los cubiertos postergados para los demás platos. El Ñato, en un alarde de superioridad en cuanto a buenas costumbres, cortó la fainá con el cuchillo y llevóse el trozo a la boca, pinchando con el tenedor. Una y otra vez se advirtió en el padre de Leopoldo un gesto de desagrado, hasta que comentó, con fastidio:
-Ma mire un pó el pituco. Agarre con la mano, porco de un cane. ¿Qué quiere? Que le echen un desinfectante a la fainá, porque no se le enferme la mano ¡Vatene vía…¡Bagulún!
El Ñato esbozó una sonrisa irónica y con un gesto de suficiencia respondió:
-Primítame que le diga lo que son las buenas costumbres, que usté parece que inora. En la arta sociedá, cuando er que come no se ha lavado las manos, en jamás chapa la comida sino é con el tenedó.
¡Bah, bah!…Chancho limpio nunca engorda
-Ya veo – replicó el Ñato – que usté cada vé aumenta de pesos, ¿eh?
El Ñato apenas probaba bocado. Veía a aquella engullir y engullir en aquella comida pantagruélica, alardes de arte culinario de la dueña de casa. No se comía. Se tragaba. Se rumiaba. Había instantes que las bocas ocupadas en comer silenciabas palabras, aunque dejaban escapar ruidos de masticación. Y así pasó al estofado, al que el dueño de casa diera con “una pasada a fondo” de pan, sobre el plato.
-Atenti – murmuró el Ñato a Leopoldo – Frenalo a tu viejo que se va a borrar las flores del plato.
Y siguieron los ravioles, hechos con maestría por la dueña de casa. Uno, dos, tres platos ingirió el padre de Leopoldo. Y a los ravioles siguió el pollo a la cacerola.
Y era un concurso de manos untosas sujetando huesos contra la boca, en fingido concierto de armónicas.
Eran las cuatro, cuando el Ñato, sigilosamente, se marchó. Volvería a la hora de la cena. No podía negarse por pedido de su madre. Ya llegaba junto a la puerta de calle cuando le vió Leopoldo y corrió a detenerle:
-¿Dónde vas, Ñato?…¿No te quedás?…Ahora va a venir mi tío Peloso con un amigo. Es acordeón y guitarra. Vamos a bailar y todo.
Discurpame, pero tengo que hacer. Vos sos una mujé vurgá, de barrio y naturá. No tené compromiso sociale. Yo, sí.
-Comprendo – replicó ella sombríamente – Tenés que allá. Junto a ésa.
¡Ésa tiene nombre!
-Ésa es una engrupida, que te tiene para pasar el rato.¡Sí!… Te tiene de payaso, para que la diviertas.
¿Payaso yo?… Tu lengua ten…¿Payaso de qué? ¿De qué de qué? E la envidia ponzoniosa que te hace largá ese veleno de ritil. Si vo supieras lo que yo he soniado.
Aquí está la inorantez, la burrada, la ordinariez, con tu viejo que entra a comer y parece que están cargando un buque para Uropa. ¡Por favó!… Gracias que a la noche vuervo.¡Pero pobre di vo, Leoporda!
Ella entróse llorando y él tomó el ómnibus, que alrededor de las cinco y media lo dejó en la esquina del palacete de Belgrano.
Desde allí, y en tanto encaminaba sus pasos hacia la casa, observó en la calle la presencia de un lujoso coche y, a su lado, en la vereda, un chofer uniformado.
Probablemente habría visitas. Pero esto no lo cohibió. Se acercó. Le faltarían apenas unos cinco metros cuando la puerta de calle se abrió y apareció la esbelta figura de Clotilde, con elegante traje de calle.Al verla el corazón del Ñato dio un vuelco y rápidamente pensó:
¡Dio mío!… ¡Pensá que mesejante mujé tá mitida conmigo!…¡Pero está un kilo, está! La sorpresa que le va a dá ar verme.
Y se acercó. En el instante preciso que un joven, distinguido por sus modales y su aspecto, salió tras ella y ambos se encaminaron hacia el auto, en tanto el chofer, gorra en mano, abría la puerta, en cumplida reverencia.
-¡Po favó! – gritó el Ñato abalanzándose hacia la pareja, con la mano extendida y sonriendo cordial – No se me vaya. Vinía pa darle felicidades del Año Nuevo.
El joven acompañante no pudo ocultar su extrañeza y su vista fue desde el Ñato hacia Clotilde. Ésta supo dominarse y midiendo a Desiderio con la mirada comentóa su compañero:
-A estos pobres diablos no se les puede dar confianza. Es un pobre muchacho al que ayudo siempre. No tiene importancia. Vamos.
Y ambos entraron en el auto, que a poco desaparecía en plena marcha. El Ñato se quedó allí, como clavado en el suelo, con una expresión casi estúpida en el rostro. Tanta era su sorpresa. No dijo nada. Bajó la cabeza y, lentamente, volvió sobre sus pasos hacia la esquina, dispuesto a tomar el ómnibus que le llevaría al barrio.
-No, Ñato – protestaba Leopolda – ¿Más vino?…
-¿Y que hay? ¡Más vino! Serví te digo.
Y su mirada vidriosa de ebrio se clavaba en la copa.
Allí estaba, con la misma familia del mediodía. Pero esta vez había reído y cantado, gracias al alcohol. Leopoldo no podía explicarse el cambio, más aún cuando en un aparte le dijera:
-Vos, Leoporda…, sos una piba macanuda…Nunca tengá palacete… ni fortuna… Eso cambiá a la gente, ¿sabé?…Esa gente tiene payasos. Pero un día er payaso se cansa, se pone un traje como todos, se pianta la pintura de la cara y…entonce…es un hombre…como yo, ¿sabés?
Y de súbito le preguntó:
-¿Te queré casar conmigo, piba?
Al escuchar tamaña pregunta, dio un grito y cayó desmayada. Nunca hubiera esperado… lo que tan ansiosamente esperaba siempre.
-¿Pero qué pasó?…¿Qué tiene? – preguntó la madre de Leopolda al Ñato.
No es nada – respondió éste, con su voz ronca de borracho y tartamudeante – Pasa que se tomó en serio, lo únicamente puedo decirle estando borracho ¡Pobre di ella!

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