“Discurso e conversacione”

Quienes lo conocieron dicen que se llamaba Mauricio Nardi. También dicen que era búlgaro, pero hay disidencias. Tenía cierto acento itálico ¿O sería yugoslavo?
En un pueblo tan cosmopolita como White – solo igualado o superado por La Boca – pudo ser “hasta argentino”.
Se lo conocía como “Discursos y Conversaciones” o mejor dicho “Discurso e Conversacione”, por que el habla popular se adapta a la imitación de quien es destinatario del recuerdo.DISCURSO E
Y bien, don Mauricio solía instalarse en la esquina de Guillermo Torres y Elsegood y con público o solito, improvisaba sus discursos a veces incoherentes y otras con argumentos sólidos y contundentes. Lo que ocurría era que hablaba tanto que cuando decía alguna verdad ya se había quedado sin gente.
Muchas veces agradecía a los capataces del puerto que le habían dado unas changas que le permitían seguir discurseando. Otras hablaba de la guerra y de la política que, ya, era tema de profundas y desalentadores manifestaciones.
Para dar una idea de lo que abarcaba en sus peroratas, hasta algunos que lo apodaban Yrigoyen.
Estaba enamorado Mauricio. Su amor tenía nombre de emperatriz, de reina, de santa, de mártir, hasta de impostora. Su gran amor llevaba el principesco nombre de Catalina. A ella le dedicaba todas las cuitas, sus poemas de florida literatura y escasa originalidad.
Era su novia y le prometía amor y fidelidad pata toda la vida.
Pero Catalina nunca se enteró.

Era insólito “Discurso”. Cuando no hablaba de Catalina destinaba sus argumentos a ciertos políticos nacionales o extranjeros de notoriedad. Y si bien resultaba a veces reiterativo y monotemático, entre sus incoherencias solía demostrar que estaba al tanto de la actualidad y sorprendía con alguna expresión que, compartida o no, demostraba que tenía noción de lo que hablaba.
Una tardecita, en plena guerra mundial, Mauricio andaba eufórico por las calles no habituales ya que siempre estaba en la esquina de Ruiz, frente al [Cine] Jockey Club.
Aquella tarde, en el bar Unión, dos cuadras hacia el puerto, abrió la puerta de la esquina y dirigiéndose al dueño le gritó: “Alemán de mierda, ¡te declaro la guerra por mar y por tierra!” ¡Y se fue lo más orondo…!

(del libro “Historietas Whitenses” de Ampelio Liberali)

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