Patio de los bidones

JARDIN DE JARDINES

JARDIN DE JARDINES

SETENTA PATIOS, UN PATIO…
Al patio lo forman setenta jardines
son setenta patios llenos de color

llantas, cacerolas, una pava, un cisne;
setenta jardines hechos con amor

Y los eucaliptos que fueron confines
del viento, el ocaso teñido en rubor,
con los tamariscos, como los rondines
de volubles dunas del alrededor.

Setenta latidos que fueron macetas,
históricos tiestos de los corazones;
son modestas plantas sin regios blasones.

Conservan latentes vivencias secretas,
que se reproducen dentro de bidones
con palpitaciones que canta el poeta.

Tino Diez (*)

“Los jardines se improvisaron con la mayor facilidad: con unos pedazos de tabla aomcodados sobre pequeños pilares de ladrillo o sobre pies de madera, formaban lo que se llamaban bancos y en hilera se colocadban en ellos, y con la simetría posible, las vasijas con plantas (…) en las casas era todo una miscelánea, allí todo se aprovechaba, desde la caceloraagujereada o el balde lata viejo, hasta la…en fin todo se utilizaba y cuando un tiesto viejo ya no servía para su primitivo destino decían:´para poner una planta está bueno´. El balde lata abollado a fuerza de servir formaba al lado de un tarro viejo o una palangana rajada” (del libro “Buenos Aires, desde 70 años atrás” de José Antonio Wilde – Año 1880)

Unos días atrás Milagros juntamente con Luciano nos habían traído la invitación para la inauguración del Paseo de los Bidones en el Museo del Puerto. Mi casa era un desastre en ese momento. Mi nieto mayor con un amigo se habían empeñado en pintar su frente y de la computadora conectada a los equipos de audio de las guitarras, reproducían con toda su intensidad, un concierto rockero.
Se escucha desde la esquina – casi fue el saludo de Milagros – te traemos la invitación para el sábado, pero tenés que pasar a buscar a María (Buono de) Lupo, que no tiene con quien ir.
El sábado 15 fue el día elegido. Un día cálido de diciembre, sin demasiada temperatura que semejaba una jornada otoñal y no el tiempo que determinaba el almanaque.
El sol sabatino era intenso, pero cuando atravesábamos zonas de sombra el aire ponía cierta sensación de fresco, casi frío.
Cuando salimos de casa con mi señora Ángela, a esos de las seis de la tarde ya María nos esperaba, así que fuimos caminando y charlando de nuestras cosas para llegar al Museo del Puerto unos veinte minutos después.
El ingreso se había modificado y se accedía a través de unos pocos escalones, paralelos al corredor y de ahí el ingreso directo al patio del Museo.
En la pastilla en forma de media circunferencia, ornada en rededor con unas estatuas jardineras, se había completado el arco, como un anticipo del Patio de los Bidones, con infinidad de margaritas blancas. Ya estaban los equipos de audio y el acordeón de Chiche Ursino. Hacia atrás y en el sector recuperado a la derecha el laberíntico Patio.
Un jardín de jardines que el Catálogo describe: “Un patio armado a partir de más de sesenta patios de Ingeniero White, del Boulevard Juan B. Justo y del Saladero. Armado
con bidones, cubiertas, lavarropas, cajones de pescado…

El Museo en jornadas como la de este sábado, era distinto…

Prosigue la publicación: “Los patios son escenarios de un repertorio inmenso de saberes que están fuera de los catálogos conocidos: saber hacer una maceta, saber hablarle a una planta, saber cuidarla de la helada, saber inventarle un nombre, saber airear la tierra, saber considerar los diferentes conos de sombra que proyecta aquel eucalipto, saber distinguir en la tarde la proximidad de una tormenta, etc.Caminar entre los canteros es advertir que para muchos vecinos saber es igual a hacer. En los patios fuera del saber práctico no hay saber. (…) ¿No es cualquier planta de cualquier patio de Ing. White un objeto histórico más, a partir del cual se puede indagar la vida personal, las relaciones barriales, inclusive, la macroeconomía?”

¿Qué había de peculiar en esa tarde…?

El Paseo de los Bidones se fue armando con:
La carcaza de un lavarropas Koh-i-norr (´nuevo diseño mayor capacidad´), cinco llantas, partes de ventiladores, un cisne con el cuello retorcido, varias caceloras (roja, blanca con flores, etc.), bidones de agua, un calefón, cajones de soda, la tapa de un rulemán SKF de una locomotora Balbi, cajas de masitas, seis cubrellantas Peugeot pintados artísticamente por Dante Belén, una pava roja con flores amarillas, varios potes de helado, macetas plásticas, portamacetas aéreos, latas de duraznos, envases de lavandina y detergente, uno de limpiador aromatizante ´Poett´ fragancia primavera, varios macetones de cemento construidos a molde por Egisto Bernardini en los ´30 y por Iván Milín en los ´40, la sopera de una vecina de Silvia Romero, botellas plásticas de agua, cajones de pescado, latas de pintura, un medio mundo,
tachos de basura, baldes, cabezas de muñecas, un enano, cubiertas de automóviles, de camiones y de tractor, lavarropas, envases de Actimel, sifones cortados…

¿Sería el influjo de las plantas y macetas, que flotaba en el aire…?

“Porque sería necio no distinguir al mismo tiempo que no hay continuidad exacta entre un espacio de trabajo y otro (…) cuando ese saber se aplica en los patios, se transforma.(…) el trabajo muta de objetivo. Cuando se produce en un patio se produce la historia de cada uno en un sentido más pleno.
Están las viejas y tradicionales y algunas nuevas macetas, con nombre de especies y nombres de las casas de donde provinieron. Los perfumes se mezclan en un bouquet que parece desafiar las emanaciones tóxicas de las empresas. .
Son más de setenta patios que forman la conjura de la belleza, de la salud, del trabajo, del cariño, de la vocación…

Y nos dimos cuenta que al recordar al gran ausente en el Patio de los Bidones, cuando Sergio Raimondi, al hacer la presentación del patio, de su proyecto, prospección, relevamiento y realización, hablando de la recuperación de elementos, transformándolos para continuar prestando utilidad, supimos que pasada en la tarde, ya sin sol.
Y fue Sergio, quien habló de su presencia, por su empuje, por sus pragmáticos conocimientos de las cosas.
“Durante varias décadas Atilio Miglianelli anduvo en bicicleta por la costa de la ría. Él vio el avance minucioso e impetuoso de las empresas sobre el espacio en el que configuró su vida. Nunca entendió por qué los habitantes de este lugar no tenían ningún tipo de decisión sobre las modificaciones constantes a las que el pueblo era sometido. En realidad entendía, pero no le gustaba lo que entendía. En nuestro patio, sin nombre, sin placa, va a estar Atilio. Algunos verán un malvón; otros, en el mismo malvón, una advertencia de la necesidad de su conciencia, de su fuerza, de su voluntad.

Muchos son los que trabajaron en el trazado, en la pintura, en las donaciones, en fin en cada una de las tareas y cometidos que hicieron que un patio trasero, casi abandonado, se llenara de colorido y de vivencias de más de setenta casas.
Enumerar los nombre de cada uno de ellos supone correr el riesgo de enojosas omisiones y además ya están figurando en el catálogo del Paseo. Son hombres y mujeres comunes, vecinos de nuestra casa y del Museo del Puerto. Son reparticiones y funcionarios que no dudaron en aportar lo que estuviera a su alcance, para solucionar un problema o completar un trabajo en ciernes.

El Paseo de los Bidones, espera aportes de nuevas historias en forma de plantas, en el soporte más inverosímil. Espera que en los fines de semana sus efluvios perfumados se enreden en las notas del acordeón de Chiche Ursino, mientras parejas de bailarines, gastan sus calzados en la rugosa pista de baile.
Detrás de una columna, en el rincón de arriba, una barba blanca, seguirá soñando con la recuperación de la libertad de otrora.
Tal vez como Tarzán, acaso como Popeye, seguirá luchando como el Gran Almirante, el mar que redescubrió después de 500 años, el mismo que lo extasiaba de niño, y lo acompañó desde entonces, copiando del sol el dorado de su piel…

(*) Cualquier parecido al poema de Baldomero Fernández Moreno “Sesenta balcones y ninguna flor”, no es casualidad.

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