Mi viejo

Mi viejo era un lector obstinado. Tal vez producto de la larga convalecencia, que en su infancia, lo obligó a permanecer guardando reposo, luego de haber estado al borde la muerte. La difteria, en ese tiempo, era una certidumbre de desenlaces fatales, que muchos años más tarde neutralizó el hallazgo de los antibióticos y entre ellos la penicilina
Mis abuelos estaban desolados, ya que el médico de familia solamente les dijo que había que esperar. Y sabían que les esperaba al fin de esa espera. Por eso, mientras las fuerzas mermaban mientras la incontrolable fiebre, el rechazo a los alimentos y el deterioro de su físico iba en aumento, llamaron al cura para darle la extremaunción. Mi viejo recuerda los llantos y los rezos que lo rodearon durante su desarrollo.
A la mañana siguiente, despertó, la fiebre había desaparecido y la hambruna lo obligó a pedir que le prepararan algo de comer. Se había salvado ¿Fue un milagro?.TIOS MARIA Y CASIMIRO. MAMA Y PAPA
Terminada la escuela primera, colaboraba en la herrería de mi abuelo, realizando algunas tareas de control de material y registro de trabajos, sus cobranzas y los pagos a proveedores.
El trabajo de ofrecía espacios como para proseguir incursionando en las aventuras y desventuras de don Quijote de la Mancha y su peculiar escudero Sancho Panza.
En un alto de la lectura, fuera por cansancio visual o por algún requerimiento de su padre, mi viejo se había acercado a la fragua, donde luego de alcanzar la temperatura adecuada, un cortafierro descabezaba remaches de una rueda.
Una de esas cabezas de remaches impactó en la cara de mi padre y como consecuencia de las heridas, perdió la visión en uno de sus ojos.
Siempre culpaba al Quijote, como responsable de haberse quedado tuerto..
Mi abuelo, como buen herrero, era enorme físicamente enorme, holgadamente superaba el metro ochenta de altura, pero lo que más impresionaba en él eran sus enormes manos.
Además de su trabajo de herrero, y como era costumbre hacia 1900, oficiaba también como el “sacamuelas” del pueblo. Cuentan que cuando por alguna razón, la extracción no era pagada por el dolorido paciente y tenía la desgracia de tener que acudir otra vez a los oficios del “bueno” de Don Silverio, tal el nombre de mi abuelo, éste, sin bajarse de la mula que lo transportaba le pedía que abriera la boca y prendiéndose del molar afectado, con la pinza que siempre portaba, taloneaba al animal, llevando en vilo al infortunado doliente, mientras le decía con saña:“¿¿Me vas a pagar la muela que me debes??
Alrededor de 1910, en tiempo de la “mili”, o sea el servicio militar, los jóvenes eran reclutados para nutrir a las fuerzas españolas que combatían contra los moros, en Marruecos. Mi abuelo no estaba de acuerdo, con que sus hijos fueran a la guerra que, según el punto de vista general, iban derecho a morir, ya que el armamento de los moros, era tan notablemente superior que se decía tan era la desventaja militar que los españoles tenían orden no disparar y en consecuencia servían de blanco fácil a los disparos enemigos.
Todos los mozos eran citados a control médico de aptitud. Dicho control era lo más parecido a una tragicomedia; saludables jóvenes de familias adineradas, eran declarados no aptos, gracias a la presencia de apreciable sumas de pesetas.
Por supuesto, que en teoría, existían parámetros de contextura física, que eran manejados en forma discrecional por el control militar.
Algunos de mis tíos ya habían sido declarados aptos y tenían fecha de incorporación diez o doce meses después, a pesar de no encuadrarse en las condiciones físicas establecidas.
Mi abuelo estaba furioso. Al presentarse mi padre y a pesar de su disminuida visión, le dieron fecha incorporación, Don Silverio vociferó: “mientras yo pueda, ningún hijo mío morirá por el Rey!
Comenzó a recorrer dependencias, presionando funcionarios y haciendo uso de cuanto recurso tuvo a mano, envió hacia la Argentina a todos los hijos varones, apelando inclusive a cambiarle la identidad, mediante papeles fraguados. Mi padre fue uno de los que viajó con identidad cambiada, lo que dio lugar a anécdotas risueñas, ya que en el barco que los trajo nunca acudía cuando lo nombraban y varios se asombraban porque llamándose Luis, respondía al nombre Paco.
La crónica oficial dice sobre ese momento de la situación de España con Marruecos:
En el Barranco del Lobo
¡Ni una década sin conflicto! En 1909, tras una serie de pequeños incidentes, un destacamento de Ceuta salió al campo y destruyó la casa del Moro Valiente a cañonazos. Poco después, una partida de gente armada atacó a los obreros españoles que construían el ferrocarril: estalló la guerra. Una contienda que, aparte de su tremendo coste humano y material, tuvo profundas repercusiones en la Península. El 9 de julio se puso en campaña el Ejército español, requiriéndose refuerzos de inmediato, por lo que se llamó a los reservistas. Para impedir su salida del puerto de Barcelona se convocó la huelga general y la ciudad vivió una semana de graves incidentes que han pasado a la historia como La Semana Trágica, la cual se saldó con 78 muertos, un millar de heridos y 112 edificios destruidos. En El Rif se libraron combates durísimos, siendo particularmente sangrientos los del Barranco del Lobo, recordados por la ya olvidada copla -«En El Barranco del Lobo / hay una fuente que mana, / sangre de los españoles…»- y la toma del Gurugú, el macizo montañoso que domina Melilla.
Se dijo que Alfonso XIII envió al general Silvestre un telegrama cuando llegó a España la noticia de su avance hasta Annual, en el corazón del Rif, que amenazaba Alhucemas, el feudo de los Beni Urriagel: «¡Olé la gente con cojones!». Parece que esa nota nunca existió, que sólo fue una calumnia promovida contra el talante intervencionista de Alfonso XIII. De cualquier forma, no deja de ser una manera de mostrar cómo se contemplaban entonces los sucesos de Marruecos.
En el postrer reparto colonial, España se había puesto a la cola y, tras porfiar, logró el protectorado de Marruecos, una franja costera compuesta por El Rif y La Yebala, tierra poblada por gentes indómitas que odiaban esa presencia y se resistían a la penetración colonialista. En los años 20 trataban de vencer esta resistencia los comandantes militares de Ceuta y Melilla, Dámaso Berenguer y Manuel Fernández Silvestre. Aquel, con muchas fuerzas y cautelas, iba acorralando a El Raisuni; éste, con pocas fuerzas y tanta decisión como imprudencia, trataba de romper la oposición de los Beni-Urriagel, encabezados por Abd el-Krim. Por todo, El Rif tenía desperdigadas guarniciones aisladas, la mayoría difíciles de abastecer.

Varios meses después toda la familia, se volvió a reunir en Bahía Blanca.El trabajo lo reunió. Formaron una cuadrilla para levantar las cosechas, Recorrían los campos de la zona con las trilladoras, durmiendo donde los encontrara la noche, para cosechar el grano que se embolsaba y estibaba en pilas de bolsas en espera de su carga en camiones o en especiales de cereal, que hacía correr el Ferrocarril del Sud hacia el puerto de Bahía Blanca.
Alguna vez llegaban al casco de alguna estancia y podían comer o descansar un poco mejor, aunque no demasiado.
En una ocasión un patrón celoso de las convicciones religiosas, los obligó a rezar y agradecer el alimento a ingerir. Y como lo convenido entre sí, había sido disimular esta imposición, el grupo, a regañadientes, accedió – o simuló acceder – a lo pedido por el patrón.
Sin embargo los ánimos se caldearon, porque les sirvieron una sopa grasosa y unos huesos que se decía puchero, unas manzanas y … agua.
El colmo; cuando la mayoría del grupo, se aprestaba a ganar la calurosa noche armando un pitillo de tabaco negro, volvió el dueño de la estancia, para cerrar el rito y les recitó
-Hemos comido y hemos bebido Gracias a Dios!!
Uno de mis tíos, no se pudo aguantar. El acendrado socialista que habitaba en él, en pleno rostro, le replicó con toda la voz de bronca que pudo juntar:
– ¡Ni hemos comido, ni hemos bebido. Y me c… en Dios ¡!
No hace falta aclarar que ni esperaron a que el patrón les indicara la salida por el portón.

Mi viejo se jubiló en 1948. Yo tenía trece años y terminaba la escuela primaria. Comencé a viajar, principalmente en tren, pero también en colectivo para intentar el secundario en la Escuela Industrial de Bahía Blanca. En ese entonces estaba detrás de la Bodega Arizu, en Chiclana 946, donde en viejas edificaciones se ubicaban las aulas y en no menos viejos galpones los talleres. Había un gran espacio donde se ubicaban acogedores árboles cuando el calor se hacía sentir u una pileta de natación, siempre vacía que hacía de lugar especial para recibir el sol de la mañana en la temporada invernal. Entre los talleres y las aulas, en una especie de isla estaban los baños, que eran para varones porque aún no concurrían niñas a esos establecimientos, la sala de prácticas de Comunicaciones y un aula, a utilizar cuando no había disponibilidad de otras.Por lo mismo la atención en cuanto a limpieza y calefacción, no era la adecuada, principalmente ésta última. La llamábamos “Siberia” y generalmente tenía clase de música con el inolvidable profesor Alberto Savioli, quien hacíamos enojar aporrando el piano y con esa voz tan importante y estentórea, cuando llegaba, nos vociferaba: ¡¡¡BESTIAS!!!TIO CASIMIRO-MAMA-RULO-PAPA Y TIA MARIA
Había otra edificación en el medio donde se ubicaban más aulas. Eran inmensas y frías.
A un costado en forma paralela a la medianera con Arizu desde los talleres hasta el portón por la calle lateral, San Luis, había un veredón a un metro de altura, que casi alcanzaba los ochenta metros de largo. Como cerca de los talleres había un avión piper, subido a esa vereda, a alguien se le ocurrió afirmar que era una pista de aterrizaje y despegue de ese avioncito. Hasta donde pude averiguar, el avión estaba para estudio de los alumnos avanzados de mecánica.
Pasé tres años en ese establecimiento hasta desertar.
Pero en los viajes observaba a la gente y sobre todo a la gente mayor. Y me daba mucha bronca ver a esa gente, seguramente trabajadores bancarios o de las tiendas comerciales, cuyas manos apergaminadas, lucían bellas e intactas, recordando las de mi viejo que, por los trabajos que había efectuado, en las cosechas, con la estiba y en el ferrocarril, sus manos había recogido recuerdos en forma de cicatrices, dedos torcidos y otros maceramientos que habían soportado y me preguntaba”¿pobre viejo, por qué?”
Mi viejo siempre tuvo un pragmatismo de trabajo, que encontraba paliativos para todos los males físicos que se producían en la casa y que prolongaba con indicaciones y con su tarea personal a resolver.
Si se rompía un vidrio, ahí estaba mi papá, alguna vez con el corta vidrio, la masilla y las varillas para cubrir esa falta; unos zapatos que habían gastados su suela, ya estaba sentado martillo y clavos en mano y boca, para aplicar media suela, la tapita de un taco o un refuerzo metálico, para evitar el gastado desparejo. Se estropeaba un balde, que eran de chapa galvanizadas, una olla de aluminio o esmaltada, el viejo en un tris le hallaba la solución. Y así arreglaba los muebles, fabricaba bisagras, reparaba cerraduras, restauraba revoques, etc.
De su trabajo se logró la cámara de desgrasado del desagüe de la pileta de la cocina; con ladrillos construyó la pileta y la división interior con comunicación para que se desplazara el agua y se retuviera la grasa y su tapa de hormigón. La salida del agua hacia la quinta- a la que voy a referirme después – la hizo con una zanja con base de ladrillos y costados de ladrillos de canto. En el hueco introdujo una mezcla enriquecida de cemento, arena y cal, con un revoque grueso y con una botella de aceite, ¿se acuerdan?, le fue dando forma abovedada a los cinco o seis metros del desagüe. Luego cerró por arriba el desagüe con ladrillos, pegados con mezcla.
Me voy a ocupar ahora de otros aspectos de nuestra modesta casa, que salieron de las ideas y las manos de mi viejo.
Mi viejo que había comprado una casa en el boulevard, y que, mediante un procedimiento muy en auge, allá por el año 40, fue arrastrada hasta el lugar que ocupaba por la familia Borelli. Eran pieza y cocina. De a poco y entre todos los vecinos fueron ayudándose uno a otros y mientras algunos daban terminación a sus casas, con un lavadero o un dormitorio más, entre ellos mi viejo, otros necesitaban revoques o ajuste de puertas, tal vez un contrapiso o la colocación de mosaicos. A pocas cuadras del lugar en Plunkett y Lautaro, un tal Rodríguez, era el piletero y mosaiquero. Se compraron ladrillos de demoliciones, se armaron ladrillones de cemento, con un molde que aportó uno de los vecinos.
En el caso de mi casa la cocina pasó a ser de material y piso de mosaico, con la madera del piso, mi papá hizo algunas puertas, las chapas y tiranterías laterales sirvieron de techo al dormitorio incorporado y se incorporó un lavadero galpón, donde el viejo pasaba el mayor tiempo posible, haciendo y reparando cosas, nuestras y ajenas.

Al frente la edificación estaba retirada unos diez o doce metros, donde había instalado un parral, y su jardín muy particular.
El alambrado del frente estaba revestido de tamariscos, prolijamente podados y sobre el peculiar portón se elevaba y le hacía corona. El portón con un cuadro de ángulos, divididos en cuatro partes iguales, uno recorriendo por la mitad a izquierda y derecha y el otro por la mitad, paralela al suelo, partiendo dos sectores arriba y abajo; luego con sunchos en forma de rombos sucesivos que partían desde el centro hacia las puntas, semejaban una tela de araña y precisamente en el centro, dos óvalos parecían el cuerpo de la araña. Sobre el portón unos arabescos de sunchos, terminados en puntas, parecían completar la escena de un cuadro.
Había un camino de ladrillos con un cordón de ladrillos de canto, que llevaban hasta el parral, dividiendo el sector en un cuadrado de más o menos siete por siete metros, entrando a la izquierda y un rectángulo de dos por siete metros a la derecha. El sector de la derecha, tenía un gran pino y una higuera, además de margaritas, crisantemos, rosas, claveles y caléndulas. Había, casi llegando a la parra una pileta metro de profundidad, treinta centímetros de ancho y setenta centímetros de largo, donde se juntaba el agua para regar.
La parte de la izquierda, era un cuadro de aproximadamente cinco por cinco metros, con un cantero redondo en el medio y en la mitad de los canteros paralelos a la calle ingresaba un caminito, para facilitar el regado que bordeaba el cantero redondo del centro y se unía con el caminito de enfrente.Esatos canteros estaban bordeados por una plata de color celeste grisáceo de aproximadamente quince centímetros de ancho y de alto, que mi viejo se encargada de recortar, para mantenerlo parejo.
Los alambrados laterales que comunicaban con los vecinos de ambos lados, se nutrían de la espesura del tamarisco, también mantenido y recortado por mi padre. Siempre del lado izquierdo, había un brocal a un metro elevado del nivel del suelo, que protegía una perforación con agua, Por medio de un canasto de alambre que hizo mi padre y una soga, bajábamos las botellas de vino, de agua, las botellas de Pris o naranjín. Fue nuestro primer refrigerador.
Mi viejo además leía todo lo que pasaba por sus manos. Hubo momentos en que yo compraba libros, novelas, historias, de política, gremiales y sociales entre otros. Eran frecuentes mis viajes, a la capital, a Rosario o hacia el sur. Muchas veces las esperas en la terminales de ómnibus y de aviones era muy prolongadas y qué mejor que un libro para llenar ese tiempo; a veces el libro se terminaba el viaje no se había iniciado aun. Otras veces, la lectura se prolongada en el viaje o en el vuelo.
Cuando llegaba casa, le pasaba a mi padre el libro y días más tarde, discutíamos o coincidíamos en la impresión que el libro nos había dejado. Muchas veces logré sólo leer unas pocas páginas y lo dejé de lado. Esperaba llegar para ver que le parecía a mi viejo. Entonces seguramente me decía: “Llévatelo, no vale nada…”
Mi fue modificando a lo largo de su vida ferroviaria, su espíritu combativo de socialista a anarquista, en los cuarenta se volcó decididamente al movimiento peronista y con la vuelta de la democracia era un profundo admirador a “galleguito” Alfonsín, como él lo llamaba.
Volviendo al jardín, todas las plantas, todas las flores, todo el colorido y el verde lo conservaba mi padre. Aun hasta muchos años después cuando sus piernas no lo sostenían tanto, se sentaba en una silla, y zapita y rastrillo en mano se encargaba de desmalezar su jardín.
Detrás de la edificación, el panorama cambiaba de verde, era su quinta, con cebollas, cebollines, tomates, morrones, zapallitos, apios, hinojos, zapallos, lechugas, acelga, etc.
Hacia atrás, por los laterales y en el límite de atrás continuaban los tamariscos prolijados por mi viejo. Y como toda casa se remataba con unas decenas de gallinas, que alguna vez también tuvieron patos.
En un sector de descanso un tupido y viejo sauce llorón y un eucalipto que daban sombra no solo a este pedazo de descanso y de patio, sino también al galpón, refugio de mi viejo.
Refugio donde su destreza había acopiado, serruchos, garlopas, escofinas, soldadores, martillos, llaves y todo lo necesario para sus artesanías. También un banco de trabajo, donde había recuperado una morsa para su trabajo y una cocina económica, que alimentaba constantemente con los tronquitos de piquillín o las maderas excedentes de sus trabajos.
En un rincón del banco de carpintero, una botella de vino y un vaso y envuelto en papel de estraza entre la ceniza, alguna longaniza o un trozo de panceta.
A veces me invitaba a acompañarlo, ante mi negativa (mi estómago no hubiera soportado tal bocado), me decía que no entendía, como podía ser.
Nunca tuvo problemas digestivos, el repetir de las comidas para él era volver a comer.
Y se atrevía a todo. Como cuando notó que un día de lluvia el galpón tenía goteras y sin dudar, con 85 años se subió al techo con la barreta el martillo y la pintura de alquitrán
Quiso acomodar una chapa, sin notar que la había desclavado en la otra punta y al quedar sin sustento la chapa donde él pisaba se vino con mi padre arriba. Salvo unos pequeños golpes, no se hizo nada, quedó en el suelo parado sobre la chapa.
A partir de entonces hubo que controlarlo para que no intentara quijotadas como aquélla.
Después los años quisieron aquietarlos, en realidad frenaron sus ímpetus, pero no dejó de comer, tomar y dormir como siempre.
Solo los días que debían cobrar la jubilación, esperaba, impaciente, a uno de los nietos que lo acompañarían al banco. Los bancos abrían a las diez y mi padre se levantaba antes de las ocho.
Nunca quiso dejar de ir personalmente a cobrar su jubilación, hasta que falleció pocos meses antes de cumplir 97 años…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s