Marcelo Beato…

...en la güeya de Florencio Molina Campos

Marcelo Beato, nació en Ingeniero White, en la calle Plunkett casi esquina San Martín, donde se encuentra actualmente el Centro de Jubilados y Pensionados de esta localidad y es hijo de Antonio Beato, más conocido por “Zapeta” Según Ampelio Liberali en sus “Historietas comercialinas” “Zapeta” Beato jugaba al fútbol, en alpargatas. (Ambos son en, en el recuerdo los protagonistas de la poesía “Dos pibes”.) Marcelo, que fue criado en el campo, siempre sintió una predilección especial para lo rural, la gente paisana y la cultura de la tierra.
Tuvo contacto desde pequeño con los amaneceres a mate amargo y galleta, la ansiedad en la espera de la bendición en forma de lluvia, a una vida sana y curtida. En definitiva conoce de modo propio, cada una de las tareas del campo, las reacciones ante circunstancias previstas e imprevistas y los anocheceres templados con rasguidos de guitarras.No es extraño que lo atrajera la producción de láminas con escenas del campo, por parte de Florencio Molina Campos. Todo comenzó con los almanaques de Alpargatas, que fue consiguiendo paulatinamente, para después interesarse primero con toda la obra de este destacado dibujante y pintor, en una búsqueda permanente que realizó con afán y que nunca abandonó en procura de datos y más obras. Primero las enmarcó y engalanó con ellas su pequeño taller de marcos y cuadros. Su tío Alfredo Pérez, era integrante del Consejo de Administración de la Cooperativa Obrera Limitada y lo animó a ofrecer la realización de muestras en los programas culturales de esta entidad. Y así comenzaron las muestras. Posee una colección de 785 “obras” conformada por páginas de revistas, almanaques, fotocopias, recortes de diarios, etc. Con esta colección ha recorrido en forma gratuita escuelas y colegios tanto de la provincia como del país, llevando a recónditas zonas esa cantidad de “obras” que le sirven al público para acercarse a la pintura de Molina Campos. Presenta sus “obras” enmarcadas por él, con marcos hechos de corteza o reciclando viejos marcos.
Destaca que Florencio Molina Campos, fue aparte de la pintura, un defensor de las tareas campestres. La mayoría de los artistas plásticos tenía su mirada, siguiendo los lineamientos de las escuelas de las grandes ciudades europeas. Molina Campos tenía una profunda esencia argentina en su conocimiento y su arte, poniendo el énfasis en nuestras costumbres, para arraigarlas más. Su pensamiento y consejo a los jóvenes artistas era que pusieran la “pata en su tierra”, como dice don Ata, que se empaparan con la cultura del gaucho, les pedía que recorrieran las pampas, el monte, el norte y el sur y crearan con ese conocimiento sus poemas, sus canciones, su tallas y sus pinturas.
Promediando la década del treinta, cuando estaban en plena vigencia, año a año, sus calendarios auspiciados por “Alpargatas”, insistía en que había que llevar nuestro arte, en todas sus manifestaciones, a las escuelas y encauzar las grandes epopeyas históricas por medio de las disciplinas artísticas, la pintura, el dibujo, los tallados y las canciones. Decía algo así como “que la enseñanza es el instrumento educativo por excelencia”.
Pero no era chauvinismo, solo trataba de frenar la irrupción de una sociedad vacía de contenido nacional y aceptaba de buen grado las enseñanzas de los avances tecnológicos desarrollados, en los países industrializados, para ennoblecer y tecnificar las pesadas faenas agrícolas y ganadera, como el reemplazo de los nobles caballos por los poderosos que comenzaban a producirse.
Marcelo Beato, por su parte nos expresa que “si bien los artistas presentan sus creaciones en los principales festivales y teatros del país, sin lugar a ninguna duda, el mejor escenario que tiene un artista, por la recepción es el aula de una escuela. Lo curioso, lo particular es que a cada dibujo, le ha colocado un cartelito, manuscrito, en el que explica el porqué del título del cuadro, o para qué se utilizaba tal o cual herramienta, o cómo esta construido un lazo; en fin, en un lenguaje cotidiano le cuenta a la gente qué tiene cada dibujo. Además se ocupa especial y pacientemente de encontrar elementos usados en la tarea rural, como frenos, mates, lazos, etc. También hurgando las discotecas de los amigos, para encontrar determinada poesía o tema musical, relacionado con alguna de las reproducciones, exhibiendo su letra o haciéndola escuchar en un casete o compacto. Organiza luego de cada presentación en las escuelas, un concurso entre los alumnos, en el que los chicos realizan sus propios dibujos inspirándose en los cuadros de Molina Campos. Una mirada a estos dibujos, que Beato guarda con celo, permitirá a quien admire el arte, vislumbrar las promesas artísticas que hay en nuestro suelo, y que quizá por falta de incentivo o de oportunidades no llegan a trascender. Por último, fue visitado y reconocido por los descendientes de Molina Campos, quienes le profesan un agradecimiento muy peculiar y lo que es más importante, su afecto. Cada muestra que se efectúa, Marcelo recibe de la familia de Molina Campos, la respectiva invitación a presenciarla. Le entregaron especialmente un ejemplar del “Fausto”, que fue ilustrado por Molina Campos. Y en el año 2005, la nieta de Florencio Molina Campos le entregó una medalla y diploma, por la labor de difusión, que realiza Marcelo, en las escuelas. Solo habían recibido ese homenaje el locutor y animador Antonio Carrizo, la folclorista Suma Paz y el desaparecido doctor René Favaloro.
FLORENCIO MOLINA CAMPOS

Florencio de los Ángeles Molina Campos nació en Buenos Aires el 21 de agosto de 1891. Hijo de don Florencio Molina Salas y de doña Josefina del Corazón de Jesús Campos y Campos, miembros de una familia tradicional cuyos orígenes se remontan en el país a la época de la Colonia. Entre sus ilustres y heroicos antecesores se cuentan los generales Luis María, Gaspar y Manuel Campos, entre otros.
Florencio Molina Campos, muy distante del ámbito castrense, pasó su vida alternando entre la Ciudad de Buenos Aires y los campos de sus padres en los pagos del Tuyu y General Madariaga, en provincia de Buenos Aires, y Chajarí, provincia de Entre Ríos, en la estancia “La Matilde”
El 31 de julio de 1920 contrajo matrimonio en la Iglesia del Salvador con María Hortensia Palacios Avellaneda, hija de don Rodolfo Palacios y de doña María Avellaneda -integrantes de encumbradas familias tradicionales de nuestro país-, con la que inició su vida matrimonial en un departamento ubicado en la Calle Paraguay 339 y se dedica a la venta de hacienda. El 11 de junio de 1921 nació la que sería su única hija, Hortensia, a la que llaman “Pelusa”. Tiempo después el matrimonio se separó de hecho, quedando la tenencia de Pelusa a cargo de su madre María Hortensia. Pelusa, luego de un largo noviazgo, contrajo enlace con don Antonio “Buby” Giménez, hijo único de una familia castrense tradicional de gloriosos expedicionarios al Desierto. Transcurridos 11 años de matrimonio, nació el que sería también su único hijo, Gonzalo Gimenez Molina. En 1926, Florencio Molina Campos -a instancias de sus amigos y aprovechando que sus antepasados eran socios fundadores y él había sido empleado y en ese entonces ya era socio- presentó su primera exposición en el Galpón de Palermo de la Sociedad Rural Argentina. Su muestra fue visitada por el Presidente de la Nación, Marcelo T. De Alvear, quien se convirtió en ferviente admirador de su obra y lo premió otorgándole una cátedra en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda. Durante una exposición que llevó a cabo en Mar del Plata en el año 1927, Florencio conoció a una joven mendocina, María Elvira Ponce Aguirre, a la que no volvió a ver por un largo período. Años después formaron pareja y convivieron hasta la muerte de Florencio en el año 1959. Como en la Argentina no estaba legalizado el divorcio, y por lo tanto no se permitía el casamiento de personas separadas, la pareja contrajo matrimonio sucesivamente en Uruguay en 1932, Estados Unidos en 1937 y, finalmente, por civil en Buenos Aires el 9 de marzo de 1956, favorecidos por la Ley Perón. En 1928 completa la serie “Picapiedras criollos”, que publica periódicamente en el diario “La Razón”. En esa época inició el contrato para ilustrar los almanaques de la firma Alpargatas, que se editaron desde el año 1931 a 1936, 1940 a 1945, 1961 y 1962. Constituyeron, quizá, su obra más difundida, y sobre ellos dijo Ruy de Solana: “los almanaques constituían un sinónimo elemental de lo barato y despreciable. Pero desde que este artista empezó a difundir sus trabajos por ese medio humilde y anual, los almanaques se convirtieron en la pinacoteca de los pobres”. En 1931, realizó su primer viaje a Europa y expuso en París. Más adelante viajaría infinidad de veces, invitado por diferentes gobiernos como representante cultural argentino. Fue profesor de las nuevas generaciones, tanto en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda como en Bellas Artes. Viaja a Estados Unidos en 1937, al haber obtenido una beca de la Comisión Nacional de Cultura. Al año siguiente presenta una exposición en el English Book Shop de Nueva York y casi inmediatamente expone en la Galería Witcomb, en 1939. A partir de 1942, Molina Campos estrechó su relación con Walt Disney y fue contratado para asesorar al equipo de dibujantes para tres películas que los Estudios Disney estaban por realizar, ambientadas en la Argentina y basadas en obras del artista argentino y en los paisajes que habían visto en sus viajes a nuestro país. Su intervención se manifiesta en las películas “Goofy se hace el gaucho”, “El gaucho reidor” y “ Saludos amigos”. Molina Campos había sido convocado cuando ya estaba bastante avanzada la primera de las tres películas que planeaban realizar. El pintor argentino no compartía las extravagancias que el estudio cinematográfico quería hacer protagonizar a los paisanos y, tras varios intentos fallidos por lograr una representación más fiel del gaucho argentino, renunció. Ya sin Molina Campos, Disney decidió convertir las tres películas en una sola, que se conoció como “Saludos, amigos”. Como muda huella de su paso por los estudios de la Disney, quedaron las fotografías que se exhiben en el Museo Florencio Molina Campos entre las que aparecen Walt y sus dibujantes en el rancho Los Estribos, en un viaje relámpago que hicieron a la Argentina exclusivamente para contratarlo. Una nueva edición del “Fausto” de Estanislao del Campo, contiene los dibujos de Florencio Molina Campos. En 1944, el pintor formalizó un contrato que se extendería por 10 años en forma consecutiva con la firma norteamericana Mineapolis-Moline, para la que ilustró entre 1944 y 1958 una serie de almanaques similares a los de Alpargatas, pero que incluyeron – por sugerencia suya- maquinaria agrícola de esa empresa. Además efectuaron afiches, estampillas y naipes y se reprodujeron los cuadros en diarios y revistas. En 1951, editaron también 12 láminas de los originales de ese año. En 1956, vuelve con una exposición en la Galería Witcomb, con lo más destacable de su obra, con escenas de caballos criollos, pulperías y paisanos y presenta en el festival de Berlín su cortometraje “Pampa Mansa”. La Galería Sudamericana de Nueva York, presenta en 1957 una muestra de su obra. La última exposición en 1959 se lleva a cabo en la Galería Argentina de Buenos Aires. El 16 de noviembre de 1959, superado por una enfermedad terminal luego de una infructuosa operación, Florencio Molina Campos murió en Buenos Aires. Sus restos permanecieron en la bóveda familiar de la Recoleta hasta que, en la década del 70, fueron trasladados a instancias de Elvirita al Cementerio de Moreno, en donde permanecen.

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