Los bancos te prestan dinero, si no lo necesitás…

“Los bancos te prestan dinero, si les demostrás que no lo necesitás” – había escuchado esa frase. Le había causado gracia la frase aunque un poco exagerada. Ahora sabía que era una verdad total.
Durante esa semana, se había entrevistado con los gerentes de los bancos con los que operaba. La suma no era exorbitante, pero lo parecía por los resultados negativos que hasta ese momento, de “iliquidez”, le daban en cada uno de las entidades financieras.los bancos
No contaban sus antecedentes intachables, el cumplimiento tradicional que acompañó su desenvolvimiento comercial. Ni la falta de endeudamiento. Sus cuentas, con permanente saldo para atender la emisión de cheques. Sin saldos en rojo. Sin rechazos de cheques.
Su pequeño negocio como representante farmacéutico tenía frente a sí, una importante transacción con una repartición nacional, que le aseguraba el reintegro de la suma solicitada en un plazo máximo de 45 días.
Esta operación, de concretarse podría traducirse en un rápido crecimiento en el volumen operativo de su empresa. Sería la primera operación de un ciclo de tres años de abastecimiento de medicamentos.
Nada pudo modificar el dictamen de los bancos.
Dispuesto a no perder la oportunidad, esa misma noche viajó a su pueblito natal, junto con su familia, para visitar a sus padres y para intentar alguna salida, a su encrucijada.
Volvía con algo de culpa. Ese regreso lo había ido postergando por años y ahora estaba retornando, pero… ¿Lo entenderían?
No hizo falta que planteara el tema. Casi en el saludo, sus cuñados le preguntaron sobre el trabajo, el rechazo de pedidos de créditos y no tuvo reparo en exponer la situación a la que se enfrentaba, con las perspectivas que perdería si no lograba reunir el dinero necesario.
Los dos cuñados y su padre pusieron a su disposición, las reservas de dinero que tenían.
Quiso negarse. Pero no se lo permitieron y regresó con una parte del problema cubierto y gran sentimiento, mezcla de agradecimiento hacia los suyos y de dudar si no se estaba aprovechando de ellos.
Ya de vuelta, fue a un concesionario amigo y le ofreció su coche en venta. Hacía apenas tres meses que había llegado al cero kilómetro.
Pero le advirtió: “No lo vendas, que en un mes y medio te lo compro de nuevo”.
Esa noche tampoco pudo dormir. Había logrado reunir la suma que podría catapultarlo al despegue de su empresa. Tenía miedo dormirse y despertar comprobando que todo había sido un sueño.
A la mañana siguiente tomaba el colectivo para Buenos Aires

Hacía mucho calor en la capital. Mientras esperaba que el laboratorio habilitara el horario de atención, contemplaba ese enjambre humano que es la Reina del Plata a media tarde. El ruido de automotores en la calle lo ensordecía. Comenzó a imaginar adónde iría con tanto apuro esa gente. Sería empleados que culminaban su tarea, ciudadanos porteños que realizaban una instancia más del trámite interminable, desocupados en busca de la nada, bohemios buscando un Buenos Aires que ya no está…
Una niña le dejó una estampita, mientras hacía lo propio con las otras mesas del bar. Era la Ceferino Namuncurá. Le dejó unas monedas. Su mirada recorrió el bar. Un anciano en un rincón tratando de resolver un solitario, un viajante que completaba, remitos o planillas (¿sería colega?), una parejita de estudiantes que, habiendo desplegado sus libros como para repasar algún texto, se acariciaban olvidando, olímpicamente, los tratados de física, de química o tal vez de álgebra.
El ruido de una persiana que se abría, le interrumpió la inspección interna y entre colectivos, taxis, camionetas, combis y coches particulares, contempló que la droguería esta abriendo…
Minutos después estaba sentado frente al encargado de ventas, quien estaba confeccionando la respectiva orden de ventas, que interrumpía para pedirle alguna aclaración, sobre unidades, presentaciones o simplemente para comentarle procedimientos para próximas remesas.
Le alcanzaron un cortado y se aprestaba a incorporarle el azúcar, cuando todo se alborotó.
Habían ingresado cuatro encapuchados, con armas largas, exigiendo que todos los presentes, empleados, jefes y clientes se tiraran al suelo. Mientras uno de ellos, con conocimiento pleno del lugar y el movimiento interno, encañonaba al tesorero exigiéndole la entrega del dinero en caja y atesorado.
Mientras dos vigilaban estratégicamente ubicados, el restante iba recogiendo los atachés de los clientes, vaciando sus bolsillos y llevando todo lo de valor, como relojes, anillos, celulares, encendedores, cigarrillos y camperas.
Todo tenía el vértigo de los filmes policiales, gritos amenazadores, armas apuntando intimidando, cualquier reacción y finalmente un bricolage colectivo, que dejó maniatados a todos los presentes.
Una de las combis, estacionadas frente al laboratorio, sirvió de soporte para el importante botín y para la rauda huída de los maleantes.

Cuando se hizo el silencio, las víctimas del asalto trataban, infructuosamente, de soltarse de sus ataduras. Escucharon el timbre del portero eléctrico, que alguien presionaba desde la calle. Uno de los empleados se incorporó como pudo y llegando al aparato interno, pudo desprenderse la tira que le cubría la boca y desesperado, gritó que llamaran a la policía, que habían sufrido un asalto.
Rápidamente llegaron varios patrulleros y la policía comenzó a realizar, el trabajo de relevamiento de rastros y declaraciones. Por todos lados policías escuchando o escribiendo en su libretas, las alternativas que les relataban cliente y empleados del laboratorio. Despliegue de personas, con polvos con los que rociaban los lugares que hubieran tocados los delincuentes. Luego con una escobilla eliminaban el polvo restante y aplicando una cinta autoadhesiva, levantaban supuestas pruebas dactilares de los cacos.
Si la desazón imperaba en todos, en nuestro personaje la pérdida del negocio con el descrédito del compromiso asumido y no cumplido; De un futuro casi acariciado, el auto que no recuperaría, la deuda dineraria con su familia, la impotencia de semejante mala suerte, hacían presa de su estómago y ponían brillo de bronca en su mirada.

Volvió al hotel, donde no pudo retener el llanto al contar lo sucedido a su mujer y a sus hijos. Su esposa, trató de serenarlo y le propuso que hiciera la denuncia, con el propósito de iniciar los trámites, tanto de recuperación de la documentación personal, como los comprobantes del robo.
Antes de salir hasta la seccional policial, revisó en las valijas y en la ropa, en busca de algún documento que pudiera, por lo menos, identificarlo. En Vano. Todo se había ido en el maletín que le arrebataron.
Cuando en la comisaría quiso presentar la denuncia, pretendieron que se identificara.
Trató de explicarles que le habían robado todo.
Le replicaron que no podían tomar una denuncia en potencial presumiendo su identidad porque sería un procedimiento incorrecto. Debían asegurarse fehacientemente de su filiación.
Estuvieron intercambiando posibilidades, hasta que surgió un principio de solución. Se trataba de hablar por teléfono a la seccional de su pueblo, donde podrían atestiguar que quién denunciaba era efectivamente la persona que decía ser.
Con un procedimiento interno validaron la información y confeccionaron la denuncia policial para iniciar los trámites correspondientes.
Ese jueves la noche porteña, contempló a un matrimonio y sus dos hijos, compartiendo una triste cena.
Todavía no se habían terminado las penurias para ellos.
Cuando el viernes regresaron a su casa, recibieron el mazazo final.
La casa había sido completamente saqueada.

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