Historia de un cajero

Recuerdo una sección en un medio semanal, que trataba sobre “Mi personaje inolvidable”. Podría haber incluido esa sección, a mi recordado de hoy. Era un cajero eficiente, prolijo, que casi nunca tenía deferencias en los arqueos de cierre de caja y generalmente el primero que nos extendía los totales diarios, para el cierre contable. Es una persona correctísima que sin embargo casi siempre tenían encontronazos, con compañeros y aun con el público usuario, por la forma de exponer los problemas técnicos o de otro tipo que se producían. Cuando más procuraba ser amable, su observación surgía de la peor manera.Los compañeros que ya sabíamos su dualidad entre lo que sentía y lo que expresaba, tratábamos de ignorar los impactos de su carácter que parecía siempre agresivo.
Era aparatoso para llamar a las personas que debían cobrar valores en su caja, vigoroso para sellar los comprobantes o para contar las monedas o los fajos de billete. En cada billete quCAJEROe contaba, sus dedos producían un chasquido característico, que le servía como hito para realizar el conteo. Alguien que esperaba en su caja, viendo y escuchando el control de fajo sde nuestro cajero, alguna vez expresó: “Este cajero hace sonar la guita como mi señora”.
Con todo lo expuesto anteriormente, no era raro que se suscitaran situaciones enojosas, curiosas o risueñas. Vamos a recordar alguna de estas últimas.

La entidad donde trabajábamos era la Caja de Crédito Bahiense, en la calle Moreno de Bahía Blanca, frente al correo. En la vereda de la Caja estaba la parada de línea de ómnibus a Ingeniero White, que yo utilizaba diariamente para ir al trabajo. Dicha parada estaba indicada además con el cartel que indicaba la línea, demarcando el sector con dos carteles, habituales, prohíbiendo estacionar entre señales.
Nuestra cultura de desobediencia ancestral, ignora esas vedas de estacionamiento y un coche se había detenido entre las respectivas señales. Una apurada dama, bajó del vehículo y se dirigió al sector cajas para cobrar un valor.
Estaba entregándolo en la caja contigua, para su control técnico, cuando nuestro cajero que estaba esperando la autorización para pagar otro valor, se sintió obligado a dar aviso a la dama:
Señora, estacionó entre señales y el “zorro” le va a hacer la boleta…- lo hizo suavemente, como midiendo las palabras para no molestar.
El señor que esperaba desde antes para cobrar, intervino:
-No, el “zorro” no le va a ser la boleta a la señora.
-Como que no – se alteró nuestro hombre – ahí no se puede estacionar y el “zorro”, que anda por ahí, le va a ser la boleta.
-¡No! – fue la tajante respuesta.
-¿Y por qué no? – su tez blanca se teñía de rojo púrpura.
¡Porque el “zorro” soy yo!
El azoramiento fue envuelto en una carcajada general que atrajo hasta al mismísimo gerente, para ver que pasaba.

Ocurrió, justamente en enero del año 1970 cuando se produjo nuestro ingreso a la entidad. Esta vez no tuvo culpa del choque nuestro cajero, aunque ya tenía fama de “leche hervida”. Se había producido el cambio del signo monetario, pasando de pesos moneda nacional a pesos ley 18188, por lo que había que convertir los valores, emitidos antes del 31 de diciembre, con fecha posdatada. Como los valores estaban expresados en moneda nacional, debía correrse la coma, dos lugares adaptándola a los nuevos valores. Esa variación debía realizarla el tenedor del valor, indicando con una línea vertical, el nuevo lugar que ocupaba la coma, en la conversión.
Un señor presentó el valor en ventanilla, variando las directivas del Banco Central, y apelando a su condición de profesor de matemáticas, trazó una línea horizontal sobre el importe y colocó como si fuera un denominador el número cien. El planteo era correcto el procedimiento no.
Tiene que colocar una barra vertical, en el lugar donde va la coma – le explicó el cajero.
-Puse el 100 dividiendo – contestó el presentante, ajustándose los gruesos anteojos.
-Lo que está ordenado el colocar el trazo vertical, dos lugares a la izquierda de la coma original – explicó y todavía podía contenerse.
Es lo mismo – volvió a responder, mirándolo ahora con suficiencia.
-Matemáticamente, puede ser igual, pero para que yo le pague la letra de cambio, Ud, debe poner la barra que indica donde va ahora la coma y si no…
-Si no, qué? – inquirió, ahora un poco molesto, el usuario.
-…¡no se lo puedo pagar! – concluyó, nuestro cajero y le devolvió el valor, continuando la atención de los que seguían en la fila.
Luego de protestar en mostrador con el jefe, le dio las explicaciones, repitiendo las palabras del cajero e indicándole, al alterado profesor, que debido a la inscripción efectuada en el valor, debía dar intervención al librador del valor, para que se lo reemplazara.

Años más tarde, ya en el local de la calle Chiclana, nuestro cajero tenía una visión panorámica de los que pasaba en la vereda y en la calle.
Un coche estacionado, desde donde se baja una hermosa mujer, y abriendo la puerta del asiento de atrás, se agacha para tomar una bolsa, mientras la pollera indiscreta se desliza más allá de lo conveniente, dejando al descubierto, parte del final de la espalda.
Nuestro cajero se dirige a un señor, que aguarda en su caja, y le indica:
-Mire, mire que c…!
A lo que el señor, responde:
-¡Lo conozco, es mi señora!!!

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