El último viaje gratis

EL VUELTO DEL PASAJE

EL VUELTO DEL PASAJE

La estación Ingeniero White, como también la estación Garro, tenían un intenso tráfico de gente de todo tipo. Empleados,

estudiantes, vendedores ambulantes, palanqueros, diarieros, militares, bañistas, etc. poblaban no sola las plataformas sino los trenes locales, por un lado Ingeniero White a Bahía Blanca, con su combinación a Puerto Belgrano; y desde Garro a Bahía Blanca Noroeste, pasando por Puerto Galván y Loma Paraguaya. Este último tren local, reunía estibadores y empleados de las diversas empresas, que trabajaban en Puerto Galván y los que a la hora de la pleamar viajan, tanto de White como de Bahía, para disfrutar de la coqueta playita de de este puerto, que contaba con los servicios elementales y alguna cantina para aliviar el calor por dentro.El otro local a la estación Bahía Blanca del Ferrocarril Roca, contaba con un flujo mayor de pasajeros, entre los obreros y empleados ferroviarios, sus hijos que concurrían a escuelas de Bahía Blanca, quienes viajaban a Puerto Belgrano, los palanqueros con su carga de pescado fresco.Era muy fluido también el transporte de recipientes lácteos que, por la mañana llegaban llenos de leche espumosa y por la tarde volvían vacíos, para una nueva rutina de vuelta desde el campo. En la estación Ingeniero White, a tal efecto se habilitaban las boleterías donde, generalmente se adquiría el boleto de ida y vuelta. Pero ese tren tenía además de la parada en la estación Spurr, dos paradas intermedias, en el Galpón de Máquinas y en la denominada Parada El Guanaco. Las personas que subían en esas paradas, debían abonar al Guardatrén el importe del boleto correspondiente. El guarda le entregaba un pequeño comprobante, donde constaba la procedencia y el destino del pasajero y el importe cobrado. Generalmente cuando se abonaba con un valor aproximado al importe, el guarda debía optar entre conseguir cambio entre el pasaje, casi siempre infructuosa, o en su defecto, permitir que ese pasajero viajara gratis. En determinada oportunidad, un guarda debió optar por no cobrar el pasaje a un pasajero que habiendo subido en el Galpón de Máquinas, le quería abonar con un billete de cien pesos. Es de hacer notar que la responsabilidad del pasajero viajando gratis, recaía en dicho guarda ya que si un superior constaba esta situación, lo informaba y era pasible de una sanción. Concluida la jornada de trabajo, este guarda rumiaba el tema, sin encontrarle salida, ya que no era posible portar cambio suficiente si una situación así volvía a presentarse y quiso comentarlo con un colega que también estaba afectado a los trenes locales de pasajeros. Cual no sería la sorpresa de ambos, al comprobar que ese pasajero, les había planteado a los dos la misma alternativa. Buscaron y encontraron, mientras presenciaban un partido de fútbol entre Comercial y Huracán, al tercer guarda que cumplía ese recorrido, quien les refirió que también había sufrido esa experiencia. Estafados como se sentían, se juraron terminar con este avivado y trazaron un plan. Uno de ellos tenía una despensa en la calle Knout y ese domingo preparó en la registradora de su negocio un envoltorio de monedas, de la más pequeña denominación que pudo, exactamente con el importe del vuelto de los cien pesos, descontado el valor del pasaje a Bahía Blanca. Ese lunes, por la mañana, mientras hacía sonar su silbato, para anunciar el reinicio del viaje en el Galpón de Máquinas, vio que el pasajero que esperaba, ascendía al tren local. Con la mejor cara de inocente que pudo lograr, comenzó a pedir a los pasajeros, con su: -¡Pases, boletos y abonos!!! – y fue revisando uno a uno los comprobantes que le exhibían y perforando con los boletos, como se estilaba. Cuando llegó a “su” pasajero, volvió a repetir la cantinela: -Pases, boletos y abonos!!! – “su” pasajero, sacó la mano del bolsillo con el consabido billete de cien pesos y se sorprendió cuando no observó ningún gesto de desaprobación por parte del guarda, quién solícito le preguntó: -A.. a Bahía, pero… – balbuceó el pasajero. La libreta del guarda en ristre, mientras escribía, procedencia, destino e importe, con la voz más neutra que logró, le informó: -Son ochenta centavos… -Pero no tengo… cambio, sólo cien pesos – dijo más turbado su interlocutor. -¡Todo tiene arreglo, mi amigo! – replicó el guarda, gozándolo plenamente y ahuecando la voz, continuó – ¡Abrí las manos…!!! y volcó en el hueco de sus manos aquella parva de monedas que completaban exactamente noventa y nueve pesos con veinte centavos. Me contó uno de estos tres guardatrenes, que el sujeto en cuestión, se hizo perdiz, ya que nunca más pretendió viajar gratis con la excusa de no llevar cambio. T.D.

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