El perro del bar

Cuando la primavera nos iba devolviendo el sol que nos había quitado abril, y el rojizo resplandor del ocaso, nos anticipaba una próxima jornada ventosa, solíamos caer al Bar Curacó un grupo de muchachos a charlar los mil temas de ese tiempo
Mi llegada, en martes o miércoles era un poco antes. Antonio Fontán, propietario del negocio con su hermano Luís, era uno de los empresarios dueños del Cine Jockey Club, me había encargado que le preparara un suerte de slide, para anunciar la cartelera semanal durante las funciones, para las futuras proyecciones.
Era unos trozos de vidrio, de aproximadamente 10 por 5 cms, a los que cubríamos un día con pintura al agua de color ocre y al día siguiente, con una pluma cucharón o simplemente con una especie de lesna, puntiagudamente afilada, escribíamos en letra tipo de imprenta, rasgando la pintura, los días de la semana entrante y la indicación de ronda o noche, y los fines de semana matinée, con el nombre de películas que se pasarían y en algunos casosespeciales otros detalles, como los nombre de los actores famosos, como gancho y en algunos pocos casos, que se trataba de un estreno. También cuando se contrataban números vivos, para actuar en la sala de Guillermo Torres y Elsegood (hoy Belgrano)
En retribución, teníamos entrada libre en todas las funciones de todos los días. Este trabajo lo realicé con mucho gusto, pero por poco tiempo, ya que no era adepto al cine y era casi imposible que me quedara en la butaca, más allá de la proyección de una película, como me pasa actualmente con la televisión, con el agravantes entonces, que no había “control remoto”, -ni se conocía – en aquellos cines, para intentar el zapping Al ver que no hacía uso de la franquicia, Antonio, me atendía deferentemente, en el bar. Cuando pedía un té, además de no cobrarlo, lo preparaba, con esas hebras especiales, que tenía reservadas para momentos muy particulares, y que según afirmaba correspondían a cajitas de té de importación.
Hasta que un día, le sugerí que si alguno de los muchachos, a quien le agradara el cine más que a mí, quería hacerse cargo de las diapositivas, no tenía ningún problema, en cederle el lugar.
Me dijo que no, que siguiera con la tarea y que cuando quisiera concurriera al cine sin problemas. Finalmente uno de la barra, enterado de mi punto de vista, me preguntó si podría volver a hablarlo con Antonio, ya que le encantaría poder ver filmes que empezaban a llegar en Technicolor.
Y a partir de ahí mejoraron un poco las presentaciones de los programas proyectados.
Por mi parte conservé, no solo la atención especial en el bar, sino también la entrada irrestricta a las funciones de cine.
En la mesa de ese bar escuchamos las cuitas de algún pretendiente desairado, la confesión entre efluvios de alcohol de eso que no se le cuenta a nadie, las alternativas que quedaran de un domingo de fútbol o de una función danzante en el Jardín Recreo del Club Puerto Comercial. También algún aprendiz a escritor o poeta se atrevía a presentar sus primeros balbuceos literarios.
Y estaba un poco más tarde la victrolera, que nos regalaba ilusiones, mientras iba reemplazando los discos de tango sobre el plato de la fonola. O aparecían unas violas ruidosas, que trataban de seguir a un cantor desafinado.
Como en todo bar que se precie, su mozo era una parte irreemplazable de la geografía cotidiana. Y así se alternaron, Ramos, Ferrer y otros a los que indefectiblemente, rebautizábamos “Flecha” y ciertamente no por la diligencia con eran atendidos los pedidos, de un café, un cortado o tal vez un vermú o una cerveza.
Alguien rescató de la desaparecida revista “Rico Tipo”, una nueva forma de nombre para los mozos del Curacó: “Embarazo”, por que “cuando se le pide algo, tarda como nueve meses y generalmente, lo que trae no es lo que se le pidió”.
También solíamos ocupar, cuando el calor apretaba, las mesas de la vereda. Era atrayente ver pasar a las pibas entre las mesas, que siempre en grupos de tres o cuatro, realizaban los últimos mandados, algunos inventados, del día. Muchos romances nacieron de esas miraditas furtivas desde y hacia las mesas.
Los grupos de muchachos ocupaban, casi sin variantes, las mismas mesas, mientras alargaban un café o un cortado, ocupaban al lustrabotas, en el lustrado o repasado de los zapatos.
En la nuestra éramos, según los días, seis o siete, que como los demás parecían pertenecer al inventario del Curacó. Un día se agregó un perro. Un hermoso perro blanco que simpatizó con uno de los amigos, que le alcanzara un trozo de salame del vermú. Desde ese día, fue infaltable integrante de la nuestra mesa. Era uno más.
Estábamos en una discusión, totalmente banal, creo que pronosticábamos sobre las próximas elecciones, y al loquito del grupo, se le ocurrió preguntarle al perro: “¿Y vos que opinás, quién gana?” y ante el asombro de todos escuchamos que el perro nos decía: “Perón”.
Sorprendidos insistimos en preguntas al canino, que por supuesto no hallaban respuesta. Pero todos habíamos oído la contestación que nos diera.Perro en el bar
Cuando casi habíamos olvidado y tal vez culpado a alguna copa de más, lo ocurrido, el amigo, que siempre le alcanzaba al perro, unos trocitos de fiambre del aperitivo, con el dado en el escarbadientes, lo desafió: “Si me decís como te llamas, te doy el salame”. El perro ladró esperando el bocado, que nuestro amigo no le dio. Cuando reafirmábamos la ilusión auditiva del hecho pasado y quitamos la vista del can, escuchamos al perro decir: “Moreira”.
No se si Moreira tuvo el premio prometido. Nosotros nos hicimos una promesa, cuidarnos con la bebida, que pronto olvidamos ya que un buen día el perro no acudió a la cita. Nos quedó el misterio. La confusión colectiva. La incertidumbre de una hipnosis general del grupo. También un poco de vergüenza por lo que había pasado y nos prometimos guardarlo para nosotros, sin hacer comentarios a nadie.
Días siguientes, ahora ya en el bar Americano, compartíamos la mesa con Tulio (Angelozzi) que había comenzado a trabajar como ayudante de “bicho canasto”, y venía de un viaje a López Lecube, acompañando a Heriberto Cornachoni, en el trayecto de ida y vuelta. Nos contaba las alternativas y peripecias que el padre de Gustavo Gabí, le había hecho pasar, con sus atributos de ventrílocuo, haciéndole escuchar gritos de pedido de auxilio, fuera del furgón en marcha o cuando dormían en la “comuna”, con gritos de muchachas desde la calle y otras circunstancias similares.
Se nos hizo la luz. El padre de Gabí, solía ocupar alguna mesa contigua, en aquellos momentos en que creímos escuchar hablar al perro Moreira.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s